Opinión

Tres ideologías criminales y un mismo monstruo totalitario

Paco Soto

Pie de foto: Nazismo, fascismo y comunismo tienen en común ideas totalitarias y prácticas criminales y opresoras.         

“Tonto y malo es la misma cosa”     Platón                   

“El comunismo es un fascismo con rostro humano”.      Susan Sontag

En Europa son malos tiempos para la inteligencia política y la reflexión. El populismo y la demagogia cotizan más en el mercado de la política que el pensamiento consistente, aunque sosegado. La razón ha sido secuestrada por pandillas de cantamañanas y sinvergüenzas que prometen el paraíso en la tierra. En muchos países europeos, los canallas se visten con el traje de la extrema derecha nacionalista y xenófoba; en otros, como en España, se disfrazan de ultraizquierdistas y antisistema. Como dice Fernando Savater en su libro ‘Las preguntas de la vida’: “La razón no exige nada especial para funcionar, ni fe, ni preparación espiritual… sólo pide ser usada”.

Los charlatanes del populismo ultraderechista y ultraizquierdista no necesitan de la razón, la desprecian, y apelan a las emociones y las bajas pasiones de millones de personas agobiadas por la crisis económica, asqueadas de tanta corrupción y hartas de que los partidos tradicionales les tomen el pelo y no resuelvan los problemas. La filosofía y la política de altos vuelos han sido arrinconadas por la consigna y la soflama. ¿Quién se acuerda de esta frase del filósofo y psicoanalista Cornelius Castoriadis?: “No filosofamos para salvar la Revolución, sino para salvar nuestro pensamiento y nuestra coherencia”.

Los vendedores de pociones mágicas como la francesa Marine Le Pen, el británico Nigel Farage y el español Pablo Iglesias han asumido perfectamente el lema fascista de Benito Mussolini: “Creer, obedecer y combatir”. A los populistas y manipuladores del legítimo descontento social no les interesa que la gente piense, no quieren ciudadanos responsables y con criterio, apuestan por seres atormentados y acomplejados que les aplaudan, les adulen y les faciliten su llegada al poder. Los demagogos aman al populacho, a la chusma, y detestan a los ciudadanos y librepensadores. Nuestro actual modelo económico y sistema de representación política es criticable y cuestionable, por supuesto, pero siempre y cuando se respeten las reglas del juego democrático que excluyen la violencia.Es más, soy de los que piensan que es bueno y necesario que surjan y se consoliden movimientos sociales capaces de poner en tela de juicio los aspectos más problemáticos e inhumanos del capitalismo posindustrial en una época de crisis como la que vivimos, pero siempre desde la razón y la democracia, nunca desde la violencia, el griterío y la imposición. Esto es precisamente lo que no hacen ni desean muchos movimientos supuestamente alternativos: respetar las reglas del juego democrático y apostar por la razón y no por la violencia y la coacción para alcanzar sus objetivos. No lo hacen, porque son unos bárbaros carentes de verdaderas ideas políticas y de sólidos principios, no aceptan el debate contradictorio; son fanáticos e ignorantes, además de idiotas morales.

“El peor mal es la ignorancia”

“El peor mal es la ignorancia”, decía Platón. Como apunta el filósofo catalán Norbert Bilbeny en su libro ‘El idiota moral. La banalidad del mal en el siglo XX’, “la ausencia de pensamiento se encuentra siempre entrelazada con otras causas en la formación de un idiota moral”. Ausencia de pensamiento, de ideas consistentes, esto es lo que ocurre en sectores sociales supuestamente críticos con el sistema. En el caso español, me refiero, por ejemplo, al movimiento okupa alentado por independentistas radicales catalanes que estos días ha saqueado el barrio de Gracia en Barcelona, a sindicalistas fanfarrones y pendencieros, a gente de mal vivir y sin cerebro dispuesta a quemar contenedores de basura, destruir mobiliario urbano y quemar sucursales bancarias en nombre de la revolución anticapitalista y a políticos irresponsables y oportunistas que aplauden y jalean a los antisistema de cabeza hueca. Estos revolucionarios de salón actúan como los ultraderechistas Guerrilleros de Cristo Rey durante la última etapa del franquismo y en la Transición. Les atrae la sangre como a las hienas, son unos resentidos sociales que no pueden vivir sin destruir y hacer daño a los demás.Hijos de papá en su gran mayoría, huelen a fascismo a la legua. No es un fascismo a la vieja usanza, es un nuevo fascismo izquierdista de pelo largo y sucio y aros en las orejas y la nariz, pañuelo palestino y citas de Marx o Bakunin. Es un fascismo rojo y rojinegro que apoya a los hermanos Castro y al régimen bolivariano venezolano y entiende a ETA. Eso sí, es un fascismo que hace las delicias de algunos intelectuales y periodistas de izquierda bien integrados en el sistema. Llama mucho la atención el parecido que tienen estos nuevos matarifes de la inteligencia, delincuentes y fascistas izquierdistas del siglo XXI con los fascistas tradicionales, los de toda la vida, por decirlo de alguna manera, y sus primos hermanos nacionalsocialistas, o nazis. Los fascistas rojos y rojinegros odian a los fascistas tradicionales, pero se parecen a esta gentuza. Sus diferencias son doctrinales y políticas, su forma de vestir es radicalmente diferente, pero su manera de pensar a base de consignas y de actuar es similar. El concejal de Podemos en el Ayuntamiento de Jaén y sindicalista del SAT, Andrés Bódalo, encarcelado por haber agredido a varias personas, representa a esta nueva corriente de fascismo, o neofascismo, izquierdista, que primero pega y luego pregunta.

El ‘bueno’ de Alfon

Alfonso Fernández Ortega, conocido popularmente como Alfon, es otro (in) digno representante del nuevo rojerío fascistoïde. Está en prisión porque la policía lo detuvo en una manifestación, en Madrid, con una maleta con explosivos. Pues resulta que Podemos y sus amigos políticos de IU, Compromís, ERC, Amaiur, BNG y Geroa Bai organizaron una campaña de solidaridad para “paralizar la criminalización de la protesta social y la restricción de los derechos fundamentales y libertades públicas”, y plantearon un debate en el Congreso, porque “Alfonso está acusado falsamente por la policía” y es víctima de “una acusación absolutamente infundada y sin carga probatoria, salvo las declaraciones de la policía” que “pretende utilizarse como instrumento para atemorizar a la juventud trabajadora”. Sobran comentarios… Tampoco hizo nada reprobable, según ella, la portavoz  podemita en el Ayuntamiento de Madrid y niña pija, Rita Maestre, hija de Luis Maestre Avilés, subdirector de la Agencia Tributaria madrileña, cuando en 2011 entró con un grupo de mujeres semidesnudas en una capilla católica de la Universidad Complutense de la capital de España al grito de “arderéis como en el 36”.

 

 

 

 

 

 

Pie de foto: Benito Mussolini y un grupo de fascistas italianos, al frente de la Marcha sobre Roma, en 1922.

Burlarse del dolor ajeno

En esta misma Universidad, en otro tiempo, entraban a saco las hordas de extrema derecha al grito de “rojos al paredón”. Maestre aseguró ante el juez que fue “una protesta pacífica y legítima”. Eso sí, la muchacha tuvo la amabilidad de pedir disculpas a todos los católicos por lo ocurrido aquel día. También pidió perdón el exconcejal de Cultura de Podemos en el Ayuntamiento de Madrid, Guillermo Zapata, por haber utilizado las redes sociales para burlarse de los judíos masacrados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y las víctimas de ETA. Asimismo, es significativo que un concejal de la CUP en el Ayuntamiento de Barcelona y sindicalista de CGT y después de COS, Josep Garganté, que tiene pinta de matón de discoteca, lleve tatuada la palabra “Odio” en las falanges de su mano izquierda. En 2010, fue condenado por romper el objetivo de una cámara de TV3 que filmaba piquetes durante la huelga general del 29 de septiembre. Odio, es lo único que saben transmitir al resto de la sociedad estos energúmenos. ¿Y qué pasa con unos tipos que fueron capaces de exhibir en una obra de teatro infantil, ¡ante unos niños de ocho y nueve años!, una pancarta con el lema “Gora Alka-ETA”?¿Qué les movió a semejante despropósito? ¿El odio? ¿La idiotez moral? ¿Y qué le ocurre al rapero catalán Pablo Rivadulla Duró, alias Pablo Hasél,  que en 2014 fue condenado a dos años de prisión por enaltecimiento del terrorismo, debido al contenido de sus letras de apoyo hacia bandas terroristas como ETA y GRAPO? Son casos distintos, por supuesto, pero tienen un nexo común: el odio y la negación del adversario, la burla a las víctimas, la banalización del dolor ajeno, el desprecio a la democracia, la fascinación por la violencia y el culto a la brutalidad ideológica. Los neofascistas rojos y rojinegros se inspiran de distintas doctrinas como el comunismo histórico, el anarquismo y diversas corrientes del izquierdismo militante. En este sentido, cabe destacar que el comunismo histórico, sus diversas variantes, que resultó ser un totalitarismo sangriento, en las formas y en el fondo, tiene grandes coincidencias con los otros dos grandes totalitarismos criminales del siglo XX: el fascismo y el nazismo.

Ideas falsamente liberadoras

El totalitarismo comunista se hundió con la caída del Muro de Berlín en 1989, pero algunas de sus ideas falsamente liberadoras han sobrevivido y calado en la mente de muchas personas de buena voluntad. Incluso en los países que sufrieron durante décadas dictaduras comunistas. Tanto es así que es frecuente oír decir que el comunismo fue una idea buena pero pervertida por Stalin. Llevo años combatiendo esta tesis absurda y denunciando a los fariseos que se reclaman de diversas variantes del comunismo de raíz marxista y se burlan de los muertos y de la Historia del siglo XX. Margot Honecker, la viuda del dictador comunista de Alemania del Este Erich Honecker, que falleció este mes de mayo, es uno de esos siniestros personajes que han tenido apoyos y seguidores en países europeos como España, Portugal, Francia e Italia.

Recuerdo haber leído una entrevista periodística con la mujer de Honecker -la primera que concedió desde la caída del Muro de Berlín- en la que este sujeto despreciable calificó de “estúpidas” a las víctimas del socialismo real alemán. Margot Honecker, que fue ministra de Educación del régimen comunista de la República Democrática Alemana, aseguró que no se arrepentía de nada. En un documento difundido por la cadena de televisión pública alemana ARD, Margot Honecker justificó la represión en la etapa comunista llevada a cabo por la Stasi, la policía política del poder dictatorial, porque “teníamos enemigos”. También califico de “criminales” a los opositores detenidos, torturados, encarcelados y a veces asesinados. Las declaraciones de esta anciana, que vivió en Santiago de Chile hasta el día de su muerte, fueron recogidas por medios de comunicación de varios países, pero que yo sepa no provocaron ningún comentario crítico de políticos, sindicalistas, intelectuales, artistas y periodistas de izquierda en España.

¿Qué hubiera pasado si esas declaraciones las hubiese hecho María Lucía Hiriart Rodríguez, esposa del dictador chileno Augusto Pinochet? Estoy seguro de que habrían provocado una cascada de condenas, y los santones de la progresía habrían pedido la cabeza de la exprimera dama del Chile pinochetista. Esto es así, porque algunos sectores de la izquierda siguen pensando que el comunismo fue una idea fantástica, pero traicionada por Stalin y mal aplicada en los países donde los comunistas tomaron el poder. Hace unos años pude leer el libro ‘Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin’ del historiador estadounidense Timothy Snyder. La obra revela que entre 1933 y 1945, 14 millones de personas no combatientes fueron asesinadas por las políticas criminales de Berlín y Moscú en Europa Central y Oriental. Snyder destaca que han sido necesarias ocho décadas de investigación para saber que entre 1933 y 1945 14 millones de personas fueron asesinadas por el nazismo y el comunismo en una estrecha franja de tierra olvidada por la Historia. Fueron víctimas de políticas monstruosas y no bajas de la Segunda Guerra Mundial.

Víctimas inocentes

La mayoría eran mujeres, niños y ancianos desarmados. Eran ciudadanos de Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania y de la franja occidental de la Rusia soviética. En esta parte del Viejo Continente, los planes imperialistas de Hitler y Stalin se solaparon, la Wehrmacht y el Ejército Rojo se enfrentaron y la NKVD soviética y las SS alemanas concentraron sus fuerzas. Según Timothy Snyder, las barbaridades cometidas por los regímenes nazi y comunista se asocian con Alemania y la URSS, pero la zona de mayor sufrimiento fue la periferia no soviética, en el caso de Moscú; mientras que los nazis mataron masivamente fuera de su país. El historiador estadounidense señala en su obra que una cuarta parte de las 14 millones de víctimas murió de hambre antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial.

El hambre fue un arma de control político de los dos grandes totalitarismos del Siglo XX. Según los cálculos de Snyder, el régimen comunista soviético mató a unos seis millones de personas y el régimen nacionalsocialista alemán a 11 millones. Las revelaciones de este historiador son escalofriantes, pero no causaron especial indignación en Europa en los círculos del progresismo de salón. Más de dos décadas después de la caída del Muro de Berlín y del ulterior hundimiento de la URSS, un trabajo como el de Timothy Snyder demuestra que el nazismo y el comunismo en sus diversas variantes, y no sólo en su versión estalinista soviética, han sido, junto con el fascismo y los militarismos caudillistas, las principales barbaries que ha vivido Europa en el siglo XX.

Distorsión mental

Sin embargo, cuesta entender que a estas alturas de la Historia de la Humanidad, en el siglo XXI, mientras el nazismo y el fascismo son rechazados sin contemplaciones por la inmensa mayoría de los ciudadanos, la utopía comunista, aunque fracasó estrepitosamente, goce de mejor prensa de la que se merece. Como dice el filósofo Felipe Giménez Pérez: “Resulta que hoy en día si un individuo proclama su adscripción ideológica al nazismo está condenado, maldito, proscrito. El nazismo liquidó a 25 millones de hombres. Lógicamente es una doctrina criminal. Pero si un individuo presume de ser comunista, no pasa nada, es admirado, aplaudido, respetado. Sin embargo, el comunismo liquidó a 100 millones de hombres. Lógicamente debiera ser considerado el comunismo como una doctrina más criminal aún si cabe que el nazismo y sin embargo no ocurre así”. El filósofo y escritor español Gabriel Albiac reflexiona sobre “la distorsión mental en la cual vivimos los hombres de final del siglo pasado y del inicio de éste”, lo que, a su juicio, “no puede ser otra que ésta: ¿qué odiosa perversión nos permite ser, a un tiempo, dignamente implacables con los genocidas hitlerianos y untuosamente benévolos con los genocidas stalinianos?”

En su obra Le Passé d´une ilusion (El Pasado de una ilusión), el difunto historiador francés François Furet, gran especialista de la Revolución Francesa, demuestra que el comunismo y el nazismo, como hace varias décadas ya denunciaron  Raymond Aron y  Hannah Arendt, son las dos caras de un mismo monstruo totalitario. Para Furet, los regímenes nazi y comunista recurren a las mismas prácticas criminales, someten a los individuos a semejantes coacciones e intentan forjar con sangre el “hombre nuevo” y el “superhombre” del mañana. Históricamente, el comunismo fracasó, pero existe una cultura política poscomunista que despierta simpatía en una parte importante de la izquierda española y de otros países. El común de los mortales ve con malos ojos a una persona que en el pasado fue nazi o fascista, o dio su apoyo a dictaduras caudillistas como la franquista en España y la de Salazar en Portugal. Pero, en cambio, no le provoca la menor indignación si esa persona defendió a un sátrapa como Lenin, o a asesinos como Stalin y Mao Zedong. Esto ocurre también en países que han sufrido una doble tiranía, la nazi y la comunista, como Chequia, Eslovaquia, Polonia y otros estados de Europa Central y Oriental.

Comparativa entre cartel propagandístico nazi y venezolano

Pie de foto: Curiosas similitudes entre un cartel de la época nazi en Alemania y otro de la Liga Nacional-Bolchevique en Venezuela.

Doble moral

La doble moral no es sólo patrimonio de algunos católicos hipócritas, sino también de los progresistas de cartón piedra; sus conciencias sectarias no sienten demasiada repugnancia por la barbarie cometida en nombre de la emancipación de los trabajadores, el progreso y el socialismo. Muchos deben pensar que los 100 millones de muertos del comunismo son un pequeño detalle en la Historia del siglo XX. Nuestros progresistas políticamente correctos se parecen a la peor derecha extrema. Huelen a mierda, aunque sean magníficos escritores, poetas, artistas, periodistas, ensayistas, antiguos combatientes… Muchos ciudadanos, alentados por intelectuales y científicos sociales con mucha jeta, piensan honestamente que el comunismo, por culpa de la desviación estalinista, es criminal por accidente, mientras que el nazismo es criminal por esencia. Es, por ejemplo, la tesis de los plumíferos de Le Monde Diplomatique, que desde su cómoda vida parisina expresan tanto cariño por los dictadores y políticos populistas y autoritarios de izquierda de Hispanoamérica. El fallecido golpista militar Hugo Chávez y su seguidor Nicolás Maduro, el corrupto y violador Daniel Ortega y el asesino Fidel Castro son ídolos intocables para los burgueses de izquierda de Le Monde Diplomatique.

El papel de la URSS

Los necios que todavía simpatizan con la idea del comunismo suelen decir que la URSS fue decisiva en la lucha contra el nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. El sociólogo Manuel Castells señalaba recientemente en un artículo en el diario La Vanguardia: “La Unión Soviética se industrializó y modernizó en un tiempo récord y construyó una máquina militar que fue la fuerza decisiva para derrotar al nazismo”. Castells olvida de mencionar en el artículo que Stalin, antes de oponerse a Hitler, pactó con él. Y cuando se vio obligado a participar en la contienda mundial, lo hizo porque no tenía más remedio y para defender los objetivos imperialistas soviéticos y no para salvar a Europa de la barbarie nazi y fascista. El comunismo soviético, mientras se aliaba con las potencias democráticas contra Hitler, masacraba a los pueblos de la URSS y sembraba el terror en los territorios que el Ejército Rojo conquistaba en Europa. Cabe pensar que si la URSS hubiera mantenido el pacto con la Alemania nazi o se hubiese situado al margen de la guerra, una vez acabado este conflicto, el comunismo no habría podido presentarse ante los pueblos europeos como el adalid de la libertad, sino como lo que realmente era: un sistema criminal que en 1945 ya había matado a decenas de millones de seres humanos.

Comprendo perfectamente que mi posición sorprenda y moleste a mucha gente que se aprendió de memoria el catecismo izquierdista y es incapaz de pensar con su propia cabeza. Sobre todo en países donde los comunistas desempeñaron un papel importante en la lucha contra el nazismo y el fascismo y después en la reconstrucción democrática, como Francia e Italia; o sufrieron durante muchos años crueles dictaduras de derecha, como en España y en Portugal. Yo asumo sin complejo que soy anticomunista, de la misma forma que son antinazi y antifascista, porque rechazo los totalitarismos y defiendo la democracia liberal como el menos malo de los sistemas políticos históricamente conocidos. En Francia, muchos comunistas combatieron con las armas al nazismo. Valoro y respeto a esas personas. Respeto a los comunistas españoles que resistieron al franquismo y a los italianos que no capitularon ante Mussolini.

Las paradojas de la Historia

Ahora bien, hay que recordar que los mismos comunistas que fueron valientes y lucharon contra el nazismo y el fascismo, no tuvieron el menor reparo político y moral en negar o justificar los crímenes de Stalin y después de Mao Zedong, la opresión de los países de Europa Central y Oriental por la URSS, la invasión de Hungría y Checoslovaquia por tropas soviéticas y del Pacto de Varsovia, la barbarie castrista, la ignominia de la Revolución Cultural en China, el exterminio de una parte de la población de Camboya por el régimen de Pol Pot, las barbaridades de las guerrillas comunistas en Hispanoamérica y África… Deben ser las paradojas de la Historia. Sólo unos pocos comunistas se atrevieron a denunciar la infamia. Ahora que está tan de moda ser un indignado, no me vale la indignación selectiva que de la mano de la hipocresía y la cobardía intelectual subyace con demasiada frecuencia en las mentes de muchos progresistas inconsecuentes. Un aspecto especialmente trágico y patético del comunismo es que muchos comunistas que creyeron honestamente en ideales de emancipación y libertad, sacrificaron sus vidas y murieron bajo las balas de otros totalitarismos, también fueron asesinados por sus propios camaradas en purgas sangrientas.

Algunos nazis críticos con Hitler murieron a manos de sus correligionarios y Franco mandó fusilar y encarcelar a falangistas, pero las purgas ideológicas y políticas internas del comunismo no tienen parangón en otros sistemas totalitarios. Quiero dejar claro una cosa: la sinceridad de muchos comunistas y su condición de víctimas en guerras, conflictos y dictaduras en el siglo XX no invalidan la naturaleza totalitaria de la ideología y proyecto que defendieron. No olvidemos que el camino del infierno está poblado de buenas intenciones. Mientras el nazismo practicó el mal en nombre del mal, el comunismo practicó el mal en nombre del bien. Esta diferencia entre los dos totalitarismo es quizá lo que pudo confundir durante tanto tiempo a mucha gente honrada.

Muerte de Stalin

La muerte de Stalin fue un hito en la historia del comunismo. Después, el XX Congreso del PCUS, en 1956, en el que Nikita Kruschev condenó el “culto a la personalidad” al dictador soviético y los “excesos” del estalinismo, dividió profundamente el movimiento comunista, pero no provocó una autocrítica sincera ni reflexión política y filosófica de calado sobre los fundamentos del sistema político ideado por Marx y Engels en el siglo XIX y puesto en práctica por Lenin y los bolcheviques en la Rusia zarista en 1917. A partir de los años sesenta del siglo pasado, el movimiento comunista fue perdiendo fuerza e influencia, entró en decadencia, se dividió en mil sectas y capillas. Después, los países del socialismo real se hundieron como un castillo de naipes en 1989, la URSS dejó de existir y los partidos comunistas desaparecieron o se transformaron en socialdemócratas. China no ha abandonado la dictadura comunista, pero la compagina con una suerte de capitalismo de Estado que le ha permitido convertirse en pocos años en la segunda potencia mundial. Sobreviven del naufragio comunista la Cuba de los hermanos Castro, Corea del Norte y Vietnam; y algunos regímenes de corte autoritario y populista, como el venezolano, imitan aspectos políticos y económicos del comunismo y también del fascismo.

En los países capitalistas, dentro de la izquierda, sobreviven algunas sectas comunistas que no han sabido o querido romper con el pasado y añoran tiempos pretéritos y totalitarios y dictaduras del proletariado que machacaron sin piedad a los trabajadores. El balance de casi un siglo de comunismo es escalofriante, pero, como ya he dicho, muy a menudo la ciudadanía es más benevolente con el totalitarismo comunista que con el nazismo y el fascismo. A los que tienen dudas sobre su naturaleza violenta y piensan que hay un comunismo bueno y otro malo, les recomiendo la lectura de una obra magistral, ‘El libro negro del comunismo’. Es un extenso y bien documentado estudio publicado en 1997 por un equipo de historiadores bajo la dirección del investigador francés Stéphane Courtois. Este libro ofrece al lector un trágico paseo a través de los crímenes cometidos por los diversos regímenes comunistas en el mundo. El trabajo aclara que el comunismo comparte con el nazismo la misma naturaleza criminal, el desprecio por la libertad y una escandalosa cifra de víctimas.

Es lógico que así sea, porque, aunque el comunismo tiene orígenes ideológicos distintos del nazismo y del fascismo, como recalca Karl Popper en su obra ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, “defiende un pensamiento totalitario que supone una visión del mundo y de la historia fundada sobre la creencia de un destino político inexorable, hace de sus ideas y propuestas las únicas aceptables y aboga por la ingeniería social y la utopía”. El comunismo, el nazismo y el fascismo se asemejan en el absoluto dominio de las instituciones. Se parecen en haber llevado a cabo esfuerzos propagandísticos descomunales y en el control total de la prensa, la educación, las ciencias y las artes. Defienden la existencia de un partido único y sabotean cualquier intento de organización política incómoda para el poder y que no se ajuste a la ideología oficial. El comunismo, el nazismo y el fascismo, aunque han sido sistemas rivales, también han tenido objetivos comunes.

 

Lenin, líder de la Revolución Bolchevique de 1917, arengando a los trabajadores.

 

 

 

 

 

 

 

Pie de foto: Lenin, líder de la Revolución Bolchevique de 1917, arengando a los trabajadores.

Remontar a Hegel

Los ideólogos comunistas y nazis remontaron a Hegel para elaborar su teoría. No es fruto de la casualidad que en el libro ‘Kampf um Berlin’, el nazi Goebbels subraye que “el movimiento nacional-socialista tiene un solo maestro: el marxismo”. Si en ‘El Estado y la Revolución’ Lenin escribe que “la Dictadura del Proletariado es una dominación no restringida por la ley y basada en la fuerza”, en un discurso ante la Cámara de los diputados, Mussolini, que antes de ser fascista fue socialista, declara: “Todo para el Estado. Nada contra el Estado. Nada fuera del Estado”. En 1979, el secretario general del Partido Comunista Francés, Georges Marchais, consideró que el balance de la historia de la URSS era “globalmente positivo”. Sus declaraciones provocaron un profundo malestar en Francia, pero un sector de la izquierda y de la intelectualidad progresista apoyó las palabras del burócrata comunista galo. Varias décadas después, pocas personas de izquierda que en otra época defendieron y justificaron la barbarie comunista, quieren recordar este pasado tan triste. Muy pocos asumen abiertamente que, en términos políticos, fueron unos necios o unos auténticos cabrones. Es humanamente comprensible.

El cantamañanas Jean-Paul Sartre, que a día de hoy sigue siendo un dios intocable en ciertos círculos literarios e intelectuales de la gauche divine parisina, se pasó media vida defendiendo los crímenes de Stalin y la otra parte los de Mao Zedong, y muy pocos se atrevieron a pedirle cuentas. El gran Albert Camus fue uno de los pocos valientes que se enfrentaron a Sartre. En 1998, el trotskista francés Gilles Perrault, el socialista suizo Jean Ziegler y el escritor, poeta y dramaturgo Maurice Cury publicaron, a guisa de réplica a ‘El libro negro del comunismo’, ‘El Libro negro del capitalismo’. En ese libro denuncian los crímenes del sistema capitalista. Tienen razón los autores de este libro en poner sobre la mesa las miserias del capitalismo, pero olvidan una cosa: mientras en el marco del sistema capitalista ha habido y hay gobiernos democráticos, en ningún régimen socialista, ¡en ninguno!, ha existido un poder de esta naturaleza. Por algo será. Chequia era antes de la Segunda Guerra Mundial uno de los países más desarrollados y avanzados del mundo. Tras cuatro décadas de comunismo se retrasó notablemente, si comparamos su situación con los países de Europa Occidental.

Denunciar los crímenes

En febrero de 2006, el Consejo de la Asamblea del Parlamento Europeo condenó las violaciones de los derechos humanos cometidas por los regímenes totalitarios comunistas y expresó su simpatía, comprensión y reconocimiento para con las víctimas de estos crímenes. En la resolución adoptada, la PACE denunció violaciones tales como las ejecuciones, los muertos en campos de concentración, la tortura, el trabajo de esclavos y la mala alimentación utilizados por los regímenes comunistas. “Mientras que otro régimen totalitario del siglo XX, el nazismo, fue objeto de investigación e internacionalmente condenado y que sus verdugos fueron llevados ante los tribunales, crímenes similares cometidos en nombre del comunismo jamás fueron objeto de investigaciones y de condena de la comunidad internacional”, escribió el representante sueco, Goran Lindblad, en un informe emitido a mediados de diciembre de 2005 por el Comité de Asuntos Políticos del Parlamento europeo, que sirvió de catalizador para el debate sobre la resolución de la PACE.

El documento contó con el rechazo de grupos de la izquierda poscomunista, pero también, y esto es lo más escandaloso, de algunos parlamentarios socialistas. El nazismo liquidó a 25 millones de seres humanos, y si alguien se reclama de esta doctrina criminal es condenado. ¡Y con razón! Pero si un individuo presume de fe comunista, no pasa nada, es respetado e incluso puede resultar hasta gracioso. El nazismo, el fascismo, los caudillismos militares y las diversas variantes del comunismo han matado y han ejercido el terror de masas en perfecta sintonía y coherencia con sus fundamentos doctrinarios. Lo que ocurrió es que el comunismo se camufló con una fraseología liberadora, mientras que el nazismo fue condenado por irracional, racista y antisemita. Ahora, en España, los izquierdistas de diverso pelaje y con aroma fascista o fascistoïde intentan rehabilitar el sistema comunista y minimizar la barbarie que representó. Que ganen o que pierdan esta batalla dependerá en gran medida de la capacidad de los demócratas y los liberales de la izquierda, el centro y la derecha para derrotar sus nauseabundas ideas falsamente progresistas y liberadoras y desbaratar sus irresponsables proyectos políticos