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Opinión

Ucrania puede ser sólo el principio

Guerra en Ucrania

Cuarenta y un años y un día después de la bufonada de Tejero en el Congreso, Putin ha invadido Ucrania a sangre y fuego. Parece que los días 23 y 24 de febrero oscilan entre el esperpento y la tragedia. Cuando los tanques rusos penetran en Ucrania y sus aviones y misiles destrozan su infraestructura, no solo militar, todavía no se conocen los designios finales de Putin porque los oculta y cuando habla miente con descaro, no en balde él y su ministro Lavrov se han pasado semanas asegurando que no iban a invadir y que todo era intoxicación y desinformación de la OTAN, mientras que Biden era el único que advertía que la invasión era inminente a un mundo que no quería creerle y que le tachaba de exagerado. Putin ha perdido toda credibilidad, aunque nunca llegó a afirmar que invadir Ucrania no le dejaría dormir. Pertenece al grupo de los que prefieren las “verdades alternativas”, o sea las mentiras. Diga lo que ahora diga, no le creeremos.

Y por eso seguimos sin saber con certeza cuál es su objetivo final porque mi impresión es que Ucrania es un mero peón en una jugada mucho más amplia. A corto plazo las tropas rusas están encontrando bastante resistencia y que eso les impide progresar con la rapidez que planeaban, aunque el resultado final esté cantado porque los bravos militares y civiles ucranianos no podrán resistir indefinidamente contra uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Y aquí hay que rendir homenaje a la gallarda actitud del presidente Zelenski que permanece en Kiev dirigiendo la resistencia. Quizás porque se da cuenta de que la ocupación va a ser muy costosa, Putin pide al Ejército ucraniano que le haga el trabajo sucio, que de un golpe de Estado, derribe al Gobierno legítimo y que luego se rinda para poder poner a su frente a una marioneta de Moscú que acabe la guerra... al precio de convertir a ciudadanos de un país con muchos problemas de corrupción, pero libre, en súbditos de una dictadura extranjera y vecina, no menos corrupta, como paso intermedio hacia la fagocitación del país, como ocurre con Bielorrusia que ya está en avanzado proceso de digestión. Con su conducta agresiva Putin reniega del Memorándum de Budapest de 1994 por el que Ucrania renunciaba a su armamento nuclear (trasladado a Rusia) a cambio de una garantía de sus fronteras por parte de Moscú, garantía que también le da el Tratado fundacional de la OSCE, firmado por la URSS y refrendado luego por Rusia. Trump no es el único que viola alegremente los tratados firmados.

Europeos y americanos observamos consternados lo que ocurre, enviando armas letales con cargo al presupuesto común (algo que ocurre por vez primera) y ayuda humanitaria a Ucrania e imponiendo duras sanciones a Rusia, que no van a cambiar el resultado final de esta guerra porque Putin contaba con ellas y ya las ha descontado, aunque probablemente son mayores, mucho mayores, de lo que esperaba. Biden ha explicado que las sanciones son la alternativa a la Tercera Guerra Mundial. Ojalá que el precio no incluya también la libertad de Ucrania.

El temor es que una vez que Putin se ha quitado la careta no se va a parar en Ucrania y si lo anterior era malo lo que viene puede ser peor. Bielorrusia ha convocado un referéndum para instalar armas nucleares rusas en su suelo, y con los porcentajes de votos que Lukashenko obtiene en todas las elecciones nadie duda del resultado ampliamente favorable de la consulta. Así que habrá armas nucleares rusas en Bielorrusia, encima prácticamente de los Estados bálticos y de Polonia, que están todos que no les llega la camisa al cuerpo y yo les comprendo muy bien.

Todavía más, para que no queden dudas sobre su voluntad de crear un glacis de seguridad en torno a sus fronteras y una zona de influencia un poco más allá, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, ha lanzado una dura advertencia a Suecia y a Finlandia para que no se les ocurra entrar en la OTAN porque eso tendría “consecuencias militares y políticas perjudiciales”. Que no digan luego que no estaban avisados. La advertencia llegó cuando la primera ministra finesa dijo en el Parlamento que “Finlandia está preparada para pedir ingresar en la OTAN si la cuestión de seguridad nacional se vuelve más aguda”. Que Finlandia considere dar ahora ese paso revela el comprensible miedo que tienen metido en el cuerpo. Como mera pregunta retórica me pregunto cómo reaccionaríamos si el oso ruso le diera mañana un zarpazo a Finlandia, que al igual que Ucrania no es miembro de la OTAN, porque ese puede acabar siendo el verdadero problema. Y aunque no haya ataques militares, cabe dentro de lo posible que Rusia responda a las sanciones con otras medidas económicas, pero también con ataques cibernéticos a esos países o a miembros de la OTAN que afecten a infraestructuras básicas (agua, electricidad, servicios financieros o sanitarios etc.) porque esos ataques podrían ser considerados como actos bélicos. ¿Cómo responderemos? O, mejor, ¿cómo responderán los americanos que son los únicos que de verdad pueden hacerlo? De momento el expresidente Medvedev consideró ya hace tres años que la exclusión del sistema de pagos Swift -como ahora ha ocurrido- equivaldría a una “agresión militar”.

¿Cómo responderá Moscú?

Y resulta que dos tercios de los norteamericanos no tienen ni idea de dónde está Ucrania y son incapaces de localizarla en un mapa, y más del 60% eran contrarios antes de la invasión a involucrarse en la crisis actual y a imponer sanciones a Rusia porque no querían meterse en más guerras y porque ésta, además, les encarece llenar el depósito de combustible del coche. Supongo que la dureza de las imágenes que transmite la televisión los habrá llevado a cambiar de opinión. Pero Biden, que ya lo tiene muy complicado con las elecciones de ‘midterm’ de este verano, no puede desconocer este estado de ánimo y, sin embargo, no tiene más remedio que actuar con firmeza porque lo que está en juego va incluso más allá de las fronteras y de la arquitectura de seguridad en Europa, pues la ambición de Rusia es ser considerada gran potencia al nivel de EEUU y de China e ir a un régimen multipolar que divida el mundo en esferas de influencia en tensión constante entre ellas. Y si eso sucede será la seguridad global la que se verá afectada. Por lejos que eso de vea desde Arkansas. No parar a Putin ahora es garantizarnos problemas más graves mañana.

Que Junqueras haya dicho que la crisis de Ucrania se parece a la situación de Cataluña porque “allí hay una agresión exterior por parte de un Estado que quiere imponerse y que está condicionado por sus tentaciones autoritarias internas”, añadiendo luego que “en nuestro caso, tres cuartos de lo mismo”, me parece que le coloca casi al mismo nivel del coronel Tejero en cuanto a esperpento nacional. Hay gentes a las que la inteligencia les persigue, pero que cuando se tocan ciertos temas ellos son más rápidos, mucho más rápidos. Aquí no hay nada más diferente que el comportamiento de Zelenski comparado con el de Puigdemont.

Jorge Dezcallar, embajador de España