Opinión

Uzbekistán y la cooperación de Asia Central para pacificar Afganistán

Alberto Rubio. Director The Diplomat in Spain

Pie de foto: Está claro que los grandes poderes que rodean la región no están dispuestos a ceder sus parcelas de influencia. En la imagen, El presidente de Uzbekistán, Shavkat Mirziyoyev.

Ochocientos expertos de todo el mundo reunidos en Taskent. La estabilidad y el desarrollo de Asia Central como objetivos. Se abre la conferencia internacional ‘Conectividad en Asia Central: desafíos y nuevas oportunidades’. En el centro del debate Afganistán, el principal problema y el tablero de ajedrez donde todos los jugadores, y son muchos, mueven sus fichas. ¿Hay solución?

El presidente de Uzbekistán, Shavkat Mirziyoyev, debe estar seguro de que la hay. O al menos está dispuesto a intentarlo. Desde que fue elegido el 4 de diciembre de 2016, ha ido tejiendo una compleja red de complicidad política y económica con sus vecinos -Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán- que en tiempos de su antecesor, el venerado Islam Karimov, hubiera sido impensable.

El objetivo de esa incipiente alianza regional es encontrar una solución propia al conflicto afgano. El martes, en la apertura de la conferencia el ministro de Exteriores uzbeko, Abdulaziz Kamilov, afirmó que “la paz en Afganistán es parte integral de nuestra región”. Sin ella, toda la zona es inestable y su desarrollo económico imposible. Sin embargo, en el aire queda la gran duda: ¿serán esos cinco países capaces de encontrar y poner en marcha la deseada solución por sí solos?

Durante la conferencia, que no convocaba a gobiernos sino a expertos independientes, quedó claro que los tradicionales grandes poderes que rodean la región no están dispuestos a ceder sus parcelas de influencia. Y no deja de ser curioso que fueran los propios expertos -fundamentalmente responsables de think-tanks y académicos de países como Rusia, Irán, Turquía o Pakistán-, los que actuasen como apologistas de sus propios gobiernos. 

Resumiendo mucho las posturas de cada uno, la delegación rusa no tardó en subrayar, con extrema seriedad, incluso dureza, que Moscú participará activamente en cualquier proceso. Los iraníes reclamaron también su derecho, sin rodeos, porque “Irán también es parte de la región”. Los representantes de India y Pakistán advirtieron que no se sentarán a mirar mientras lo que se decida afecte a su conflicto en Kachemira. Turquía tampoco se quedó atrás, dando a entender que no cederá un ápice de su influencia en la zona. ¿Y China? Sus representantes fueron los menos vehementes y se aplicaron en mantener un perfil moderado pero firme respecto a su objetivo principal: la seguridad para su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda.

Tampoco faltaron representantes de Estados Unidos, el principal implicado en una intervención militar a la que no se ve fin ni réditos, como RAND Corporation, aunque como en el caso de China mantuvieron un prudente ‘wait and see’. Entre tanto, los expertos europeos, atónitos, -entre ellos los españoles Irene Martínez, de la Universidad Blanquerna de Barcelona, y Antonio Alonso, de la Universidad CEU-San Pablo de Madrid-, trataron de aportar en general propuestas constructivas que, ojalá, no caigan en saco roto. 

Por último, la presencia de la ONU y de organismos financieros multilaterales (Banco Mundial, Banco Europeo de Inversiones), da una cierta esperanza a quienes apuestan por el camino de la cooperación regional, que como dijo Natalia Gherman, representante especial del secretario general de la ONU, “es clave para una paz duradera que abra el camino a la seguridad y el desarrollo en Asia Central”.

A mediados de abril, en la cumbre convocada por Mirziyoyev para concretar esa cooperación a cinco bandas, se verá cuánto y cómo se puede avanzar. Lo innegable es que, al menos, Uzbekistán está impulsando una iniciativa inédita hasta ahora: que sea la propia región la que soluciones sus problemas. Aunque es previsible que la propuesta choque con la visión de ‘patio trasero’ que sus grandes vecinos tienen de Asia Central.