Opinión

Vía libre a la eternización del Zar Putin

El presidente de Rusia, Vladimir Putin

Rusia no puede pasarse sin un hombre providencial, está en los genes de uno de los pueblos más apegados a la creencia de que el poder que les rige, y no pocas veces les sojuzga, tiene un origen divino o sobrenatural. A punto de que el siglo XXI entre en su tercer decenio esta convicción no parece haberse evaporado. Desde que el manirroto y dipsómano Boris Yeltsin le designara para sucederle y reconducir el caos que se había apoderado de la Rusia postcomunista, Vladimir Putin ha actuado y se ha consolidado como ese dirigente providencial que reclamaba un pueblo humillado por haber perdido su indiscutible potencia e influencia planetaria. 

Como zar de todas las Rusias, Putin no concibe la dimisión o el retiro. Su actual mandato, el segundo consecutivo, acaba en 2024, y constitucionalmente no podría volver a presentarse. Obstáculo resuelto. La que fuera primera astronauta de la historia, la hoy octogenaria Valentina Tereshkova, miembro del partido oficialista Rusia Unida, presentó una enmienda, que fue aprobada sin el menor problema por la Duma por 380 votos a favor y 43 en contra. 

Los 20 años que Putin ya acumula al frente del Kremlin, que serán 25 cuando acabe su actual segundo mandato consecutivo, no contarán a partir de 2024 para ser nuevamente elegido por otros dos, lo que en caso de que Dios no le llame antes a su presencia, le llevará a perpetuarse en el poder hasta 2036. Para entonces, Putin contará 83 años de edad, y tal vez surja de nuevo una voz como la de Tereshkova que reclame otra reforma constitucional que permita a Rusia seguir bajo la todopoderosa batuta de Putin. 

El argumento esgrimido por la exastronauta es que “la reelección del actual presidente sería un factor de estabilidad para nuestra sociedad”. Aparentemente, nadie esperaba tal enmienda, incluida in extremis entre otras propuestas relativas al poder y la presencia institucional de la Iglesia Ortodoxa rusa, el reforzamiento de los poderes del Consejo de Estado y las relaciones que deberían regir en adelante entre presidente y primer ministro, que inicialmente otorgaban a este último mayor margen de autonomía y maniobra frente al jefe del Estado. 

La necesidad de un “poder fuerte”

Para subrayar la importancia que este debate tiene para el futuro del país, el presidente de la Duma, Viacheslav Volodin, suspendió las discusiones y decidió llamar al propio Putin a comparecer ante la Cámara, cosa que el máximo dirigente del Kremlin hizo a las pocas horas. Y, como era de esperar, Putin dio la razón a Tereshkova. Elogió la “originalidad y limpieza” del sistema político ruso, y naturalmente convino con la diputada proponente en que el país “necesita de un poder fuerte, que se proyecte verticalmente sobre toda la sociedad”, o sea él. 

Escrupuloso con la legalidad, Putin puso como condición que “el Tribunal Constitucional dé su visto bueno a que esta reforma no contradiga los principios y salvaguardas de la Constitución”. No parece a priori que los magistrados vean algo anómalo, por lo que cabe esperar que el nuevo texto pase a la Cámara Alta, el Consejo de la Federación Rusa, sea aprobado por mayoría aplastante y sometido posteriormente a referéndum de los ciudadanos rusos el próximo 22 de abril. 

Dicha consulta se celebrará en un clima de euforia para Putin. A pesar de los duros ajustes derivados de las sanciones internacionales en vigor por la invasión y anexión de Crimea, Vladímir Putin sigue gozando de amplios índices de popularidad. Su última disputa con Arabia Saudí a propósito del mantenimiento o recorte del volumen de la producción de petróleo para frenar el derrumbe de los precios, ha acentuado el respaldo popular al presidente ruso. 

Esa gran mayoría de la población que le respalda sigue pensando que Putin ha devuelto a Rusia la dignidad que perdió durante el calamitoso proceso de privatizaciones de las grandes empresas del Estado, y que está devolviendo a Moscú la influencia de la que gozó la Unión Soviética como superpotencia. En suma, el zar goza de incuestionable autoridad y del aprecio de su pueblo. De momento, pues, y al menos en los próximos 16 años, la alternancia en el Kremlin no es una opción.