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Opinión

Vuelve Stalin: todo disidente es un enemigo del pueblo

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Tres decisiones judiciales sucesivas en apenas tres días han certificado el final de lo que aún pudiera quedar de libertad en Rusia. El lunes, 27 de diciembre, un tribunal de apelación alargaba hasta quince años de cárcel la pena que ha de cumplir el historiador Yuri Dmitriev, acusado de abusos sexuales. Al día siguiente se producía un golpe de mucha mayor envergadura: el Tribunal Supremo de Rusia decretaba la disolución de la ONG Memorial. El miércoles, 29 un tribunal de Moscú hacía lo propio con el Centro de Defensa de los Derechos Humanos.

Las tres sentencias tienen un nexo común: tanto el historiador como la ONG y el Centro han contribuido de manera decisiva a la desmitificación del comunismo, de sus crímenes, de la historia misma de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y del nuevo relato que el presidente Vladímir Putin quiere incrustar en la mente de los 147 millones de rusos.

Yuri Dmitriev ha sido uno de los artífices de que los historiadores de todo el mundo y el propio pueblo ruso hayan tenido conocimiento cierto y documentado de lo ocurrido en los grandes procesos de Moscú de los años treinta, del holodemor (hambruna provocada) en Ucrania y de la persecución, encarcelamiento en condiciones atroces de millones de prisioneros, todos ellos condenados bajo la condición genérica de “enemigos del pueblo”.

La ONG Memorial, fundada por el científico y verdadero demócrata Andrei Sájarov en 1989, con miles de colaboradores de todas las ramas de la sociedad, tiene en sus archivos más de tres millones de documentos que prueban el implacable y sistemático genocidio de tres millones de ciudadanos, y fichas pendientes de investigaciones complementarias de otros nueve millones. Un arsenal documental, que ha permitido a institutos, universidades y bibliotecas de todo el mundo profundizar en los horrores del stalinismo. Uno de esos investigadores, Robert Conquest, cifra en quince millones los muertos durante la “Gran Purga” y la hambruna en esos años del terror soviético. 

Reescribir la historia, olvidar a los muertos

En cuanto al Centro de Defensa de los Derechos Humanos es la rama de Memorial dedicada a investigar y documentar la persecución a los prisioneros políticos a lo largo de los veintiún años en que Putin rige los destinos de Rusia, periodo que se prolongará casi sin duda alguna hasta que abandone este mundo, habida cuenta de las modificaciones constitucionales que le permiten perpetuarse.

Entre sus pesquisas más sobresalientes, el Centro ha recopilado testimonios y todo tipo de documentos que probarían las exacciones cometidas por las fuerzas especiales rusas en el Cáucaso, especialmente durante las dos guerras de Chechenia. La responsable del Centro en aquella región, Natalia Estemirova, fue asesinada en 2009, sin que hasta la fecha se hayan encontrado culpables, al igual que en muchos otros casos acaecidos en el inmenso territorio de Rusia.

Además de las acusaciones de abusos sexuales, nunca reconocidos por Dmitriev, tanto él como las dos instituciones ahora proscritas han sido declarados culpables de omitir que son “agentes extranjeros” en varios de sus documentos, conforme a la ley implantada por Putin para toda aquella persona u ONG que reciba cualquier tipo de donación de fuera de Rusia. Y se remacha el clavo acusándoles de falsear tanto el heroísmo de los soldados y población civil durante la Gran Guerra Patriótica (el nombre con el que designan a la II Guerra Mundial), como la de presentar una imagen distorsionada de la URSS bajo Stalin e incluso de la Rusia actual bajo Putin.

Con este mazazo a la disidencia Rusia termina 2021 casi como lo empezó, encarcelando a la bestia negra de Putin, el opositor Alexei Navalny, milagroso sobreviviente del intento de envenenamiento, retornado después a Rusia en la convicción de que debía ofrecer al país otra alternativa política. Mientras sus condiciones en los presidios se agravaban de día en día poco después, una tras otra, fueron clausuradas todas sus oficinas regionales, detenidos y encarcelados muchos de sus dirigentes y reprimidas con dureza las manifestaciones que se alzaron en apoyo de Navalny.

Vladímir Putin, el nuevo zar ruso, el antiguo coronel del temible KGB, califica la desaparición de la URSS como la mayor catástrofe del siglo XX. Asido a tal convicción todos sus movimientos políticos y estratégicos tienden a reimplantar a Rusia como la superpotencia que fue, respetada en todo el mundo en pie de igualdad con Estados Unidos. Eso pasa, por lo tanto, por reivindicar la figura de Iósif Stalin, volver a erigirle en el pedestal de los grandes héroes, lo que a la vez significa borrar la huella histórica de sus crímenes.

Sus inmediatos vecinos europeos, los que conocieron de primera mano lo que significó la dominación bajo la bota soviética, tienen razones para inquietarse. Para acometer la “reconstrucción” del imperio soviético la primera premisa es poner en estado de prietas las filas a la propia Rusia, o lo que es lo mismo cercenar de raíz la menor disidencia y señalar al discrepante como “enemigo del pueblo”. Quizá estemos en la antesala de un segundo acto de la historia, y que a diferencia de lo que señaló Karl Marx ésta no se repita como farsa sino como una nueva tragedia.