Opinión

Y después de Putin, más Putin

Vladimir Putin

Si Dios le concede una larga vida, Vladimir Vladimirovich Putin estará al frente de los destinos de Rusia al menos hasta 2036, sobrepasando incluso las tres décadas del “padrecito” Stalin. Su rotunda victoria en el largo referéndum de siete días para aprobar las 206 enmiendas constitucionales le conceden la legitimidad que buscaba, una vez que Duma y Tribunal Constitucional ya le habían dado su visto bueno.

El antiguo coronel del Comité de la Seguridad del Estado, el temible KGB, le tiene bien tomada la medida al pueblo ruso. Su deriva conservadora y nacionalista ha devuelto el orgullo perdido a una nación que se creyó hiperpotencia, en pie de igualdad con Estados Unidos durante la Guerra Fría, pero que se sintió miserable y humillada cuando el derrumbamiento del Muro de Berlín (1989) y de todo el sistema comunista dejó al descubierto la triste realidad del otrora denominado “paraíso socialista”. 

El meollo de la reforma constitucional actual era precisamente garantizar que el hombre fuerte del Kremlin, “con más poder que un zar, un faraón y un secretario general del antiguo PCUS juntos”, según la definición de Guenady Ziuganov, todavía secretario general del vetusto Partido Comunista, seguiría empuñando el timón del país. En suma, una apuesta por la estabilidad que los rusos creen ver en Putin, eliminada la práctica totalidad de las instituciones y líderes que pudieran hacerle sombra. Pero, junto con la autorización para presentarse a otros dos mandatos de seis años cuando concluya el actual en 2024, la panoplia de esas 206 reformas concede al menos una seguridad aparente a una población que experimenta en sus carnes los efectos de las sanciones de Occidente por la anexión de Crimea en 2014, y los devastadores efectos –retroceso del PIB y fuerte aumento del desempleo- de la pandemia del coronavirus.

Putin 20 años

Dios y el matrimonio heterosexual en la Constitución 

Al 78% de los votantes que le han otorgado su confianza les tranquiliza que se blinde constitucionalmente la indexación anual de las pensiones. Y, aunque todo vaya en el mismo paquete de reformas, les parece bien que se incluya a Dios en la Constitución; que se estipule con claridad que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer; que se prohíba la hipotética cesión de terreno ruso a otros países, y en fin que la Ley Fundamental de Rusia, en caso de conflicto, prevalezca siempre por encima del Derecho Internacional. Una vuelta radical, por lo tanto, a las esencias más profundas de un pueblo que siempre necesitó de un “padrecito” que guiara sus pasos, fueran los zares o los posteriores y sucesivos líderes del Partido Comunista de la Unión Soviética. 

Aunque se tilden de cosméticas estas medidas, con el solo propósito de no centrar el foco exclusivamente en Putin, lo cierto es que todas ellas contribuyen a convertir en omnímodo el inmenso poder del líder ruso, consagrado como el garante de la estabilidad y el patriotismo. Su influencia para nombrar y destituir tribunales y fiscales le convierte de hecho en un dictador, por encima de las leyes, señor de vidas y haciendas, en suma. 

Para los puristas de la democracia, Putin no cumpliría con los parámetros más clásicos. Sin embargo, el proceso seguido hasta culminar con la consulta no es menos democrático que el seguido en otros países presuntamente más limpios. Las maniobras de desgaste de la oposición, incluyendo la exhibición y oreo de sus presuntos delitos, especialmente fiscales o de traición a la patria, se dan también muy a menudo tanto en nuestra gloriosa Europa como en los Estados Unidos de Bush, Obama o Trump. Su sistema político no es evidentemente el que rige en las dos orillas del norte del Atlántico. Pero, ¿quién decide que el pensamiento único que se impone en las sociedades europeas, presuntamente más desarrolladas, sea superior al pensamiento único, de signo contrario, que va prevaleciendo en Rusia?

Como ocurre con el líder chino, Xi Jinping, la Rusia de Putin no puede ser obviada. Que económicamente sea mucho menos potente no es óbice para que siga desempeñando un papel fundamental para la solución, o el agravamiento en su caso, de muchos de los contenciosos internacionales en Europa, Asia, Oriente Medio y el Mediterráneo. Vladímir Putin era un líder insoslayable en ese panorama. Ahora, legitimado legal y popularmente por una mayoría aplastante de su pueblo, sería cuando menos temerario ignorarle o ningunearle.