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Opinión

Yes, in Liz we Truss

Liz Truss

El título de este artículo está tomado de una de las pancartas con que los partidarios de la ministra de Asuntos Exteriores apoyaban su candidatura al puesto de primera ministra, un juego de palabras que hace referencia al In God we trust (Confiamos en Dios), que aparece en los billetes de un dólar. Finalmente, y conforme a lo que indicaban todos los sondeos, la militancia tory ha aupado a Liz Truss a la jefatura del Gobierno de Su Majestad Británica, la tercera mujer que lo consigue después de Margaret Thatcher y Theresa May. La ya sucesora del controvertido y excéntrico Boris Johnson se reclama más de Thatcher que de May, es decir, más del puño de hierro que de la contemporización. Sea cual sea la táctica y el estilo que finalmente adopte, no lo va a tener fácil; la herencia que le deja su antecesor es calificada de “envenenada” por numerosos sectores porque, en efecto, la envergadura de los problemas y los retos es descomunal, y no se avistan condiciones favorables para recetas mágicas.  

El triunfo final de Truss sobre su rival, el atildado descendiente de indios y multimillonario exministro de Finanzas, Rishi Sunak, puede haberse cimentado en gran parte en su lealtad al defenestrado Johnson. Sí, no deja de ser curioso que, en estos tiempos de convicciones relativas, afectos condicionados y actuaciones interesadas, la lealtad aún sea un valor que cotice. También, el electorado conservador ha sido más sensible a los cantos de sirena que quiere oír que a las recetas más cercanas al “sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo” de sir Winston Churchill. Ciertamente,  Truss ha prometido bajar los impuestos, arguyendo que “ello está en la base de la ideología conservadora”. Consciente de que las generaciones actuales no están por el aceite de ricino, el muy ortodoxo Sunak se había avenido a prometer lo mismo, si bien con la condición previa de rebajar la inflación, ese cáncer capaz de carcomer las estructuras económicas aparentemente más sólidas.  

Elegir al líder del Partido Conservador cuando éste ha sido apeado del 10 de Downing Street conlleva que automáticamente sea elevado a la Jefatura del Gobierno, previo trámite claro está de que sea encargado de ello por la Reina. Pero esa ínfima cantidad de electores que al fin y a la postre decide el o la titular de la máxima magistratura ejecutiva del país se antoja poco representativa a una mayoría creciente de votantes. Cierto es que, con este procedimiento, se evita el ingente gasto que originan unas elecciones generales anticipadas, pero no es menos verdad que, cuando un primer ministro pierde la confianza de su propio partido, es todo el Gobierno el que es cuestionado, y resolverlo mediante un sufragio exclusivo entre la propia militancia –apenas 200.000 votantes– se asemeja más a privilegios de otro tiempo que a una democracia representativa.  

Por supuesto, es a los británicos resolver esta y otras cuestiones relativas a su incuestionable democracia. En todo caso, el resultado es el que es y, para bien o para mal, lo que haga Truss incidirá no sólo en la política británica sino también en todo el mundo, comenzando por el territorio más cercano, es decir el de la Unión Europea.  

Entre el choque o el pacto de verdad con la UE 

La otrora partidaria de que el Reino Unido permaneciera dentro de la UE es hoy una entusiasta del Brexit, y el primer gran desafío a resolver es el del protocolo de Irlanda, el principal escollo que impide la relación fluida que se prometió cuando Johnson estampó su firma y proclamó a los cuatro vientos que Londres recuperaba en control de su propio destino. Romper el frágil equilibrio de ese acuerdo puede acarrear movimientos tectónicos de gran envergadura en el Mar de Irlanda, en el que los nacionalistas también aguardan su oportunidad para retomar su vieja aspiración de reunificar la isla.  

También, y en relación con esa presunta reconquista del control de las fronteras, Liz Truss habrá de buscar soluciones más imaginativas que la pergeñada por Boris Johnson de reaparcar a los demandantes de asilo en países africanos como Ruanda, a los que, a cambio del correspondiente estipendio, se les encargaría la guarda y custodia de quienes creyeron haber encontrado la tierra prometida tan pronto desembarcaron en las playas británicas.  

En el orden interno, la catarata de huelgas en el sector público se proyectará no sólo sobre la totalidad del país, sino que sus efectos continuarán desesperando a los europeos, especialmente a los que despachan mercancías y han convertido la ruta y estancia de los camioneros comunitarios en Gran Bretaña en una verdadera pesadilla.  

Por el contrario, cabe augurar que el Reino Unido seguirá siendo el más activo aliado de Ucrania, además de Estados Unidos, y que no variará en absoluto la determinación de hacer recular a Vladímir Putin en sus ambiciones imperialistas, tanto sobre Ucrania como sobre el viejo colchón de países exsatélites de la URSS.  

Liz Truss se ha convertido nada menos que en la 56ª persona en desempeñar el cargo de primer ministro, y en 15ª en recibir el encargo de la reina Isabel II. Si todos los signos que actualmente se advierten en Londres y Balmoral “de fin de reino” se confirmaren, sería la última en haber recibido tal encomienda de la monarca más longeva de la historia