¿Guerra o genocidio en Etiopía?

El Gobierno de Adís Abeba declara el final del conflicto, pero Tigray denuncia un genocidio étnico
Atalayar_Etiopía

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En el país de las 100 tribus, las peleas étnicas son cíclicas, como la sequía y la hambruna. Son plagas de calendario. Eso debieron pensar los asesores militares del primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, cuando le aconsejaron atacar Tigray. Una guerra étnica más, creyeron los generales. El 4 de noviembre pasado, el Ejército federal lanzó un ataque contra la región del norte. Dos meses después, Adís Abeba asegura que ha ganado la guerra, pero reconoce que no ha conseguido su objetivo de detener a Debretsion Gebremichael y a sus comandantes del Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF, por sus siglas en inglés). El Ejército federal está apoyado por las milicias de los amharas y los afar, vecinos y eternos enemigos de los tigrinos, con quienes se disputan territorio. En el bando de los vencidos denuncian un genocidio étnico. “Etiopía no pelea contra la guerrilla del TPLF. Lo que pretende Abiy es aniquilar a nuestro pueblo”, asegura Ageazi Woldeyes, trabajador social en Adís Abeba. 

El frente de guerra está en el norte, pero en el resto del país hay una marea de odio contra los tigrinos. “Hace unas semanas, un batallón de unos diez policías rodeó la casa de mi vecino. La registraron con gran violencia y no encontraron nada, todo porque es tigrino”. Hay una represión a la vista y otra silenciosa que va calando en la ciudadanía de Adís Abeba. Un ejemplo es la compañía de seguridad SS Security, propiedad de Shebatu, un conocido empresario tigrino. Da servicio a la mayor parte de las embajadas de la capital, entre otras instituciones y empresas. Nada más empezar la guerra, Shebatu ordenó retirar el emblema de la empresa de los uniformes de los vigilantes, por miedo a represalias. Todos en Adís Abeba identificaban ese logo con una empresa tigrina.

La llegada a Sudán

El 28 de noviembre, Abiy Ahmed anunciaba en televisión el fin de la guerra, pero al cierre de esta edición los enfrentamientos en Tigray continúan. Con la región bloqueada por el Ejército federal y las comunicaciones telefónicas y por internet cortadas, es imposible tener una idea real de lo que está ocurriendo. La principal fuente de información llega del otro lado de la frontera. Unas 50.000 personas han conseguido escapar a Sudán por la “puerta de atrás” y están ahora en campos de refugiados en las provincias de Kasala y Gadarif.  Fuentes de ayuda humanitaria cuentan que algunos llegan con heridas de bala o machete, otros intentan regresar a sus casas de noche y se las encuentran ocupadas por milicianos de las etnias rivales, y lo que es más preocupante, entre los refugiados hay más de 20.000 niños, muchos de ellos fugados en solitario.

Desde la frontera hasta el primer campamento de refugiados en Sudán, los tigrinos deben atravesar una planicie semidesértica. “Cada día que pasa llegan en peor estado de supervivencia” nos cuenta en Jartum, la capital de Sudán, una fuente de ayuda humanitaria de la Unión Europea que pide anonimato. “El comportamiento de los sudaneses está siendo ejemplar. Los consideran refugiados y los alojan incluso en sus casas”. La misma fuente confirma los temores del Gobierno de Adís Abeba: “Entre los miles de refugiados hay guerrilleros del TPLF que escapan de la guerra”.

El final oficial de las hostilidades debería permitir la llegada de ayuda humanitaria, pero a mediados de diciembre el Ejército federal disparó contra un convoy solidario, sin causar heridos. A los pocos días, Cruz Roja fue capaz de hacer llegar el primer contingente de medicinas al hospital de Mekele, la capital de la región.

La minoría tigrina

Etiopía es un país dividido en un centenar de etnias que han protagonizado enfrentamientos sangrientos durante los últimos años. Los tigrinos son minoritarios, unos seis millones en un país que supera los 100 millones de habitantes. A pesar de ello, “los de las montañas” han gobernado Etiopía durante casi los últimos 30 años, hasta la llegada al poder del actual primer ministro en 2018.

El pueblo tigrino protagonizó una de las revoluciones africanas más sorprendentes del siglo pasado. En 1991, tomaron Adís Abeba y derrocaron al DERG de Mengistu Haile Mariam, uno de los regímenes comunistas más sangrientos de la reciente historia africana. Se hicieron con el poder y lo ejercieron a su manera. Enseguida empezaron a rearmarse, con el sueño de un gran Tigray independiente que incluyera a la vecina Eritrea, donde la mitad de la población es de su misma etnia. Durante casi tres décadas, el dinero del Estado financió al TPLF y modernizó la región: Mekele tiene tres universidades, cuenta con modernas infraestructuras y está en construcción la conexión por tren con la capital del país. Todo iba bien hasta que un político, Abiy Ahmed, que no era de su misma etnia, llegó al poder hace dos años y les metió en una guerra. “El conflicto es una lucha de poder interna entre la vieja guardia, representada por el TPLF, y el ala reformista del nuevo partido que lidera Abiy”, apunta el prestigioso economista y analista -Alemayehu Geda.

A falta de noticias fiables desde el frente de guerra, la imagen del primer ministro ha salido reforzada en el país. Fuentes diplomáticas en Adís Abeba interpretan el “golpe contra la región separatista” como un aviso a navegantes. Etiopía mantiene un enfrentamiento diplomático con sus vecinos del norte, Sudán y, sobre todo, Egipto, a cuenta de la Gran Presa del Renacimiento. “Si golpeamos a los nuestros para saldar cuentas con el pasado, qué no haremos en caso de una agresión exterior por el agua”, interpretan esas fuentes. Geda vaticina que “si el TPLF resulta vencido en esta contienda, Etiopía corre el riesgo de que se arroje en manos de Egipto y eso puede tener consecuencias respecto a la presa y en la propia región”.

El conflicto del norte corría riesgo de extenderse por el Cuerno de África. El presidente sudanés, Abdalla Hamdok, ha sido el primer dirigente en visitar Adís Abeba, a mediados de diciembre, para ofrecerse como mediador en el conflicto. Pero todos los ojos están puestos en Eritrea, por su vecindad con Tigray. Asmara ha mantenido un papel ambiguo, sin apoyar oficialmente a Abiy Ahmed, pero evitando las provocaciones de los tigrinos.

Hub significa “mi corazón” en árabe. Es el nombre de un artista eritreo que lleva cuatro años viviendo en Gotera, uno de los barrios de inmigrantes de su país en la capital etíope. “No apoyo este conflicto porque no es un juego. Es una guerra sangrienta que no beneficia a nadie”. Le entrevistamos junto a uno de sus músicos, que toca la kirar, una guitarra popular en su país. “Si Eritrea entrara en la guerra, el conflicto no duraría ni dos días. La guerrilla de Tigray ha lanzado seis misiles contra nuestra capital, Asmara. Nos han provocado, pero nosotros no hemos respondido”. Tigray queda muy lejos de Adís Abeba, unos 800 kilómetros. Pese a la distancia, en la capital son conscientes de que cuando las guerras se acaban, los milicianos del norte se atrincheran en las montañas para continuar con su guerrilla.