80 años y tres modelos distintos en las relaciones internacionales

El paradigma westfaliano desapareció, luego llegó el turno de la Guerra Fría, con los bloques capitalista y comunista, y ahora hay un orden incierto para tiempos inciertos
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Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hace ahora 80 años, el mundo ha conocido tres modelos o, como dicen los expertos, tres paradigmas muy diferentes en la dinámica de las relaciones internacionales.

Evidentemente, la Segunda Guerra Mundial supone una fractura clara en el sistema de relaciones internacionales establecido con la Paz de Westfalia de 1648 (con la que concluye la Guerra de los Treinta Años) y que estaba deteriorándose de manera constante e inexorable desde al menos 1914.

1914-1939, la certificación del final del paradigma westfaliano

Westfalia fijó, por decirlo brevemente, un orden basado en un equilibrio de poder entre naciones, de modo que no hubiera una sola predominante sobre las demás, ni tampoco un binomio perverso -dos imperios enemigos que tratan de aglutinar aliados o vasallos-, sino que varias de ellas mantuvieran una prevalencia casi equitativa para garantizar una estabilidad incierta, con recelos, pero eficiente en términos geopolíticos.

La Primera Guerra Mundial supondrá una vuelta de tuerca en este paradigma, que queda muy debilitado (por no decir que herido de muerte), aunque su mecanismo de reemplazo, el sistema establecido en los Tratados de Versalles y la creación de la Sociedad de Naciones, no sea suficiente para argumentar que se ha pasado a otro orden internacional, sino que las relaciones entre estados van a regirse casi con los mismos argumentos del orden westfaliano.

En definitiva, se llega a una situación que resume certeramente el exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger en su esclarecedor libro ‘Orden Mundial’ (Debate): "Ninguno de los líderes que se dejaron llevar a la ofensiva en agosto de 1914 lo habría hecho de haber podido anticipar el mundo en 1918".

En declaraciones a Efe, el historiador británico Max Hastings afirma que "la Segunda Guerra Mundial supuso, al menos en Europa, el intento de Alemania por anular el veredicto de la Primera". Un planteamiento muy claro si tenemos en cuenta que, al menos desde los Acuerdos de Múnich (30 de septiembre de 1938), por los cuales Francia y Gran Bretaña (inspiradas en la llamada entonces política de ‘apaciguamiento’) literalmente ‘regalan’ a Adolf Hitler la región checa de los Sudetes (habitada en su mayoría por población de lengua alemana), era evidente que la Alemania nazi estaba decidida a borrar cualquier vestigio de Versalles que quedara en pie.

En marzo de ese mismo año, y sin que nadie hiciera nada por evitarlo, Alemania ya se había tragado Austria. Hitler consideraba que ni Francia ni Gran Bretaña podían pararlo y lo cierto es que lo acordado en Múnich parecía darle la razón. Incluso cuando en marzo de 1939 decide extender su dominio a toda Checoslovaquia (y no solo a los Sudetes), París y Londres seguirán poco menos que impertérritas, actitud que solo cambiará cuando tenga lugar la invasión de Polonia, el 1 de septiembre de 1939.

El final del orden Westfaliano. Una alianza de conveniencia para un mundo dividido

Los aliados eran conscientes de que solo había un motivo que les uniera en esta guerra: derrotar al Eje. Todo lo demás era una incógnita y desde luego tenían muy claro que el mundo de la posguerra no iba a ser igual. Era necesario configurarlo, establecer las bases del futuro orden internacional, que paradójicamente (o no tanto) va a comenzar en el mismo lugar donde concluyó el anterior, Polonia, ahora entregada a la Unión Soviética tras haber sido compartida por soviéticos y alemanes desde el pacto Molotov-Ribbentrop, de agosto de 1939, solo roto por la invasión de la URSS, en el verano de 1941.

Y esas bases se van a establecer principalmente en tres conferencias -Bretton Woods, Yalta y Potsdam-, en las que se define un nuevo orden económico para Occidente regido por Estados Unidos y un nuevo orden geopolítico y geoestratégico en el que este país y la Unión Soviética se repartirán el dominio, en una estructura bipolar que arranca de cuajo las raíces del orden westfaliano.

El precio se establece en Yalta y se termina de definir en Potsdam: la división del mundo en dos bloques y el compromiso de no interferir (al menos de manera ostensible) en cada uno de ellos. Para que el nuevo orden funcionara había que presentar un argumento incontestable y este fue el arsenal nuclear que las dos grandes superpotencias se apresuraron a desarrollar y perfeccionar hasta extremos pavorosos, y que hoy perdura.

El horror de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki servía como recordatorio de lo que podía pasar en un mundo sumido en una guerra nuclear y que Albert Einstein pronosticó con aguda y triste ironía: "No sé cómo será la tercera guerra mundial, pero la cuarta se hará con piedras y palos".

Hastings sintetiza el significado de esta estructura bipolar: "La gran ironía es que los aliados confiaron en la tiranía de Stalin para hacer la mayor parte del trabajo duro y superar la tiranía de Hitler. La victoria en 1945 no trajo la paz y la libertad al mundo. Trajo una porción de paz y, en parte, la libertad, sobre todo para algunas naciones, especialmente en Europa occidental".

Más contundente es el historiador español Ángel Viñas cuando afirma en declaraciones a Efe que "con la desaparición de Alemania como potencia, el camino quedó expedito para la Guerra Fría. Se cumplieron los vaticinios que señalaban como incongruente la asociación entre las democracias liberales y la Unión Soviética".

Por su parte, el también historiador Ángel Bahamonde dijo a Efe que "en el nuevo orden mundial surgido de la guerra el nuevo eje será el económico, el del enfrentamiento entre los modelos de capitalismo y comunismo".

Un nuevo orden incierto para un tiempo incierto

El orden bipolar estalla en 1989 con la caída del Muro de Berlín y colapsa definitivamente el 25 de diciembre de 1991, con la desaparición oficial de la Unión Soviética. Si el orden westfaliano duró -con altibajos- cerca de 300 años, el orden bipolar rígido duró poco menos de 50.

Es una incógnita hacia dónde se dirige ahora el sistema de relaciones internacionales, aunque hay expertos que señalan que todo apunta a que estamos en camino de un orden multipolar, no westfaliano, no de varios iguales que se miran de reojo; sino un orden de límites imprecisos, en el que, aparentemente, y quizá por efecto reflejo de los últimos 80 años, hay dos grandes potencias -Estados Unidos y Rusia- fuertes en lo militar, con una de ellas de gran solidez económica (y que ha marcado y marca un orden económico que todavía sobrevive a la Guerra Fría), mientras que la otra presenta grandes carencias en ese terreno. Entre ambas emerge China, el gran rival económico de Estados Unidos a partir de ahora, capaz de tejer una complejísima red de vínculos financieros y comerciales que pueden poner en peligro el sistema capitalista liberal para sustituirlo por otro -no menos capitalista- en el que, en apariencia sin cambiar las formas, el gran patrón no sea una democracia liberal como la estadounidense, sino un Estado comunista, de partido único y que ha conseguido prácticamente la cuadratura del círculo: la dirección de la economía por el Estado (y el partido), pero con criterios capitalistas.

Entretanto, Europa, la Unión Europea, se enfrenta a enormes dificultades políticas, con problemas notables de identidad y de identitarismo; con un país como Gran Bretaña que va a abandonarla, y ello con el aplauso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuya secreta aspiración es ver una Europa débil, algo impensable en cualquier mandatario norteamericano en los cien últimos años.

Por otro lado, surge un elemento intangible pero vital en estos nuevos tiempos, el poderío cibernético; quien controla el ciberespacio tiene agarrado al resto por el cuello. Ya no hacen falta grandes divisiones de tropas para ejecutar sofisticados planes de movimientos y operaciones sobre amplias extensiones de terreno; ese es el modelo de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) de la Guerra Fría y se ha quedado obsoleto. Ahora, un pequeño grupo de expertos informáticos, bien preparados en las técnicas de sabotaje, interferencia o, dicho tan clara como técnicamente, ‘hackeo’, pueden neutralizar el entramado operativo, financiero, energético y de seguridad de cualquier país y reducirlo prácticamente a escombros (virtuales) en cuestión de minutos. En la actualidad no es Estados Unidos el que domina el ámbito cibernético (con todas sus ramificaciones y derivadas, lícitas e ilícitas), sino que, a juicio de muchos expertos, China se presenta como la gran potencia en ese sentido. Obviamente, no es un poder imperial clásico, pero es que, tal vez, la era de los imperios clásicos -y tangibles- ya ha desaparecido.

Como dijo en una entrevista con Efe el coronel retirado y analista Pedro Baños: "Estamos asistiendo a un cambio de paradigma" en el plano geopolítico. "Ahora mismo, la situación es impredecible. No sabemos quién es el amigo o el enemigo".