Cipreses, robles y castaños

A la sombra de los árboles, algunos, al fin, encuentran la paz
Colleville-sur-Mer, en el extremo oriental de la playa Omaha, ofrece un panorama excelente del océano; para ver la playa, es mejor esperar a que haya marea baja

PABLO RUBIO  -   Colleville-sur-Mer, en el extremo oriental de la playa Omaha, ofrece un panorama excelente del océano; para ver la playa, es mejor esperar a que haya marea baja

El pueblo de Colleville-sur-Mer marca el extremo más oriental de la playa de Omaha. El flanco izquierdo de ataque de los Aliados, el derecho de la defensa de los alemanes. El desnivel allí entre la playa y la parte alta del risco es bastante pronunciado. Hacia el interior, empiezan a extenderse colinas surcadas por numerosos ríos, arroyos y canales. Justo al borde de los acantilados de la zona de Colleville, se distingue una construcción, moderna pero discreta, de hormigón y cristal. Parece un búnker, pero es un centro de interpretación de la guerra.

Prácticamente, todos los pueblos de la costa normanda cuentan con uno, pero este tiene algo de especial. De entrada, varias banderas de Estados Unidos avisan a quien se acerca de dónde se está metiendo. Palabras mayores. El zaguán está precedido por un arco de seguridad custodiado por cuatro agentes. En el interior, las salas son amplias; los contenidos, pertinentes; la musealización, ordenada y exhaustiva. Lo gestiona la American Battle Monuments Commission, y algo se nota.

Desde el edificio, parten unos senderos perfectamente acondicionados con bancos de madera en sus márgenes. Atraviesan un bosque de pinos. Uno de los caminos se desvía hacia un mirador desde el cual se domina un sector de Omaha, pero el principal continúa recto hasta desembocar en un memorial de guerra. Lo preside una colosal estatua alegórica de la libertad; está flanqueada a ambos lados por sendos espacios decorados con frescos que muestran mapas del desembarco.

El panorama que se abre al frente es sobrecogedor. En primer término, aparece un estanque; le aportan algo de color varios grupos de nenúfares que descansan sobre su superficie. Al otro extremo del agua, se alza un mástil en el que ondean, de forma perenne, barras y estrellas. Justo detrás, al fondo según se mira desde el memorial, comienza un vasto prado que constituye el motivo por el que tanta gente viene a Colleville. Entre la hierba, además de algunos cipreses profusamente adornados por flores, se levantan 9000 lápidas de otros tantos soldados estadounidenses. La mayoría son cruces; unas cuantas son estrellas de David. Todas, a la luz del sol, brillan con una blancura inmaculada.

Una estampa más propia de Washington D.C. que del norte de Francia. Así se ve el cementerio desde el memorial que lo precede
PABLO RUBIO - Una estampa más propia de Washington D.C. que del norte de Francia. Así se ve el cementerio desde el memorial que lo precede

El ‘cementerio americano’, como se refieren todos los mapas a este lugar, es un lugar relativamente silencioso, pese a su extensión y la cantidad de visitas que recibe. Los carteles informativos ruegan a los turistas que observen respeto hacia el sitio en que se encuentran. Casi todos cumplen sin mayor problema. A los que más se oye, de hecho, es a los propios guías del museo, que ofrece visitas a pequeños grupos.

En el centro del cementerio, existe una capilla de planta circular. En el fresco de la bóveda, la Libertad con la antorcha iluminada acude, a través del Atlántico, a socorrer a la Libertad tocada con el gorro frigio. Alrededor de la capilla, se distribuyen las tumbas simétricamente. Todas y cada una en su correspondiente lugar.

las lápidas del cementerio americano están perfectamente alineadas. Entre las cruces, se asoma alguna estrella de David. En medio, se alza un ciprés
PABLO RUBIO - Las lápidas del cementerio americano están perfectamente alineadas. Entre las cruces, se asoma alguna estrella de David. En medio, se alza un ciprés

En Colleville, están enterrados soldados que murieron en Omaha, en Utah o en el cuerpo a cuerpo con los alemanes en la batalla de Normandía, que duró hasta septiembre del 44. La mayoría ellos habían sido, previamente, inhumados en otros emplazamientos en la región. Sus restos fueron trasladados antes de 1956, cuando se inauguró la necrópolis. Todos ellos se encuentran allí con la aquiescencia de sus familias, que optaron por no repatriar sus restos cuando les fue ofrecida esa opción.

No se trata de un cementerio elitista. Acoge los restos de todo el escalafón militar, desde la tropa al alto mando. Desde el soldado Stephen Pawlak, de Michigan, caído un mes después del desembarco, al sargento segundo Robert Stacy, procedente del mismo estado, pero que murió el mismo Día D; desde el soldado de primera clase David Tenenbaum, judío de Pensilvania, al general Theodore Roosevelt Jr., el hijo del primer presidente Roosevelt, fallecido a causa de un infarto el 12 de julio. La cruz de este último sí que se distingue, no obstante, de las demás. Las letras que están grabadas en ella son doradas. En su brazo inferior, se pueden leer tres palabras: ‘Medal of Honor'. 

Theodore Roosevelt Jr. Falleció en julio de 1944 de un infarto. A pesar de su deficiente condición física, lideró el asalto estadounidense sobre la playa de Utah
PABLO RUBIO - Theodore Roosevelt Jr. Falleció en julio de 1944 de un infarto. A pesar de su deficiente condición física, lideró el asalto estadounidense sobre la playa de Utah

El honor, sentenció el general Omar Bradley, al mando de la invasión en Omaha, lo tenía reconocido cada hombre que se hubiese embarcado hacia Normandía. Desde luego, la máxima sería aplicable a los 9000 de Colleville-sur-Mer, pero en casi ninguna cruz o estrella de David figura esa inscripción. El mayor Sidney Bingham, del 116.° regimiento, 29.° división, pronunció al respecto una frase aún más lapidaria que la de Bradley: “Muy pocos fueron condecorados como es debido porque no quedó nadie que relatase lo que hicieron”. Amén.

Robles

Los soldados estadounidenses descansan a no más de 15 kilómetros de sus, entonces, enemigos. Cerca de la población de La Cambe, unos seis kilómetros hacia el interior de Omaha, se encuentra el cementerio alemán de Normandía. Los restos de 21.000 soldados, muchos de ellos no identificados, reposan en el recinto. 

La Cambe, lugar de reposo sobrio y discreto de los soldados alemanes caídos en Normandía
PABLO RUBIO - La Cambe, lugar de reposo sobrio y discreto de los soldados alemanes caídos en Normandía

La necrópolis se ubica, literalmente, al pie de una carretera general. El centro de visitantes solamente tiene dos salas. No hay arco de seguridad en la entrada. Ni agentes. Por no haber, no hay ni personal -justo esos días, los empleados han cogido vacaciones, según reza una hoja de papel escrita a mano y colocada en la puerta del despacho-. Si en Colleville hay un memorial en cuyos muros estaban inscritos los nombres de todos los caídos, en La Cambe esa función es asumida por un par de libros de registro. El pequeño museo, no cabe duda, está bien organizado a través de las historias de algunos soldados, pero es más modesto. El sitio, en general, no atrae tanta atención.

La pequeña exposición no ahorra detalles y explica, en toda su crudeza, algunos de los episodios más inhumanos perpetrados por los nazis en su retirada de Normandía. Uno de ellos tuvo lugar en Oradour-sur-Glane. Allí, miembros de la segunda división Panzer de las Waffen-SS, con el Sturmbahnführer Adolf Diekmann al mando, fusilaron a todos los hombres del pueblo. A las mujeres y los niños, unos 450 en total, los metieron en la iglesia del pueblo. Después, prendieron fuego al edificio. Nadie sobrevivió. El propósito de enmienda del memorial es evidente. Dicho esto, el Volksbund, la institución encargada del mantenimiento de los cementerios militares alemanes, aclara: “La cuestión de la responsabilidad individual en las guerras se plantea con una agudeza particular. Sin embargo, rechazamos toda acusación simplista y sin matices: la mayoría de los alemanes combatieron pensando en cumplir con el deber nacional".

El altar central de La Cambe, adornado con ofrendas
PABLO RUBIO - El altar central de La Cambe, adornado con ofrendas

La entrada a la necrópolis es bastante sobria. El estrecho vano está flanqueado por dos pequeñas capillas. Nada de estatuas, nada de estanques. En el centro del terreno, se levanta un gran túmulo rematado en la cúspide con una cruz. A su alrededor, las sepulturas se organizan en casi cincuenta sectores distintos. A pesar de que en La Cambe hay enterradas más del doble de personas que en Colleville, la extensión de los dos cementerios es similar. Esto se debe a que los alemanes están inhumados de dos en dos. Cada lápida tiene inscritos los datos de dos soldados, si es que se han podido determinar. En muchas de ellas, las palabras que figuran son Zwei deutsche soldaten (‘dos soldados alemanes').

Las únicas cruces que se ven en el paisaje, aparte de la gran cruz central, están erigidas en grupos de cinco, con fines netamente ornamentales. No indican tumbas concretas, que están marcadas por placas cuadradas que se apoyan directamente en el suelo. En Colleville, las lápidas brillan al sol. En La Cambe, algunas también están expuestas, pero otras muchas están a la sombra de los robles; el árbol cuyas hojas adornaba uniformes e insignias de Alemania durante la guerra.

El roble, compañero de algunos soldados en la vida y en la muerte
PABLO RUBIO - El roble, compañero de algunos soldados en la vida y en la muerte

Existe una diferencia aún más significativa entre las tumbas americanas y alemanas; un matiz que convierte la necrópolis de La Cambe en un lugar especialmente desasosegante. Las placas, estén o no bajo un roble, recogen, además de la fecha de deceso, la fecha de nacimiento del soldado que allí reposa. Casi todos murieron en 1944. Los años de nacimiento son diferentes unos de otros, desde luego. Sin embargo, al visitante le basta un vistazo rápido para darse cuenta de que ciertos números se repiten con persistencia. 1925. 1923. 1926. 1926. 1925. 1921. 1925. En la placa del granadero Heinz Barth, incluso, se lee 1927.

La mayoría de los cuerpos enterrados en La Cambe corresponden a jóvenes que no habían cumplido los veinte. Muchos de ellos eran niños de 18 años recién salidos de las Juventudes Hitlerianas; seres humanos cuya única cultura consistió en absorber la doctrina de matar y morir por el Führer. 

El soldado Barth, apenas un adolescente cuando cayó en batalla. Junto a él, reposa un soldado no identificado
PABLO RUBIO - El soldado Barth, apenas un adolescente cuando cayó en batalla. Junto a él, reposa un soldado no identificado
Castaños 

Alemania no fue la única en enviar al frente a su juventud. Los Aliados también lo hicieron. En el cementerio de Colleville, no se ve a simple vista; no hay fechas, no figuran edades en ningún sitio. Solamente se intuye. La intuición se confirma en otra necrópolis. Se encuentra a las afueras de Bayeux, el primer gran núcleo urbano que fue liberado y el primer sitio que pisó Charles de Gaulle tras su vuelta a Francia. En esta localidad, de poco más de 12.000 habitantes, reposan más de 4000 soldados de la Commonwealth. A los británicos, que son mayoría, los escoltan compañeros de armas irlandeses, australianos, neozelandeses, sudafricanos…

El cementerio de Bayeux, el mayor asociado a la Commonwealth de toda Normandía, es un lugar, ante todo, abierto. El espacio dedicado a las sepulturas está separado de la calle por un murete de apenas unos palmos de altura. La entrada, custodiada por dos Union Jack, es diáfana. En el interior, hay una avenida central amplia. No se respira ni la rigidez de Colleville ni la austeridad de La Cambe. Como en el cementerio alemán, una gran cruz preside el camposanto. A su alrededor, lápidas y más lápidas, agrupadas según cuerpos y divisiones. Quienes combatieron juntos descansan juntos, a la sombra de castaños de tronco ancho y hojas con bordes de sierra.

En Bayeux, los castaños arropan las sepulturas de los soldados británicos. No obstante, muchos otros continúan dispersos en otras necrópolis normandas
PABLO RUBIO - En Bayeux, los castaños arropan las sepulturas de los soldados británicos. No obstante, muchos otros continúan dispersos en otras necrópolis normandas

Las lápidas son sobrias, pero no carecen de un cierto encanto, si es que tal cosa es posible cuando de lo que se trata es de una sepultura. Son rectangulares, con un abombamiento en el lado superior. Todas iguales, pero dos detalles hacen que cada una se diferencie de las demás. No se trata de los datos del soldado, entre los que se encuentra su edad -de nuevo, 18, 19, 20 años…-. Se trata, en primer lugar, de la insignia del regimiento en el que sirvió el fallecido, grabada a todo detalle en la parte superior. En segundo lugar, la parte inferior de cada lápida lleva inscrita una despedida de sus familiares.

No es tanto un epitafio como un panegírico: el sentimiento de pérdida de un hijo, un hermano o un marido condensado en diez o quince palabras. Estas dedicatorias adoptan formas diversas. Las hay que se refieren a Dios; otras, a la patria; pero, en la mayor parte de los casos, son una elegía a los hombres que allí yacen: “Too dearly loved to be forgotten”, reza la tumba del soldado G. W. Oakden, del 59.° regimiento del cuerpo de Reconocimiento. ‘Demasiado amado como para ser olvidado'. Firman mamá, papá, Harry y Eileen. 

Saunders, conductor, no tenía más que 18 años. Edad mínima para llevar un vehículo, también para morir en la guerra. Querido y añorado por su familia
PABLO RUBIO - Saunders, conductor, no tenía más que 18 años. Edad mínima para llevar un vehículo, también para morir en la guerra. Querido y añorado por su familia

El acto del recuerdo en la necrópolis de Bayeux no se reduce exclusivamente al respeto debido profesado por los familiares. El visitante ocasional puede, asimismo, experimentar una reminiscencia bélica cuando entra o sale del recinto. En este tramo, la calle que pasa por delante, el bulevar Fabian Ware, está configurado por unos adoquines especiales. Cuando pasa un coche por encima, el ruido que se oye recuerda al producido por el motor de un bombardero. Si se cruza este bulevar, adornado con varios maletines de flores en su centro, se podrá ver, en una esquina, una lápida que conmemora la labor periodística de Robert Capa durante el desembarco.

Las cámaras de Capa retrataron los rostros de la operación Overlord. Gran parte de su trabajo se perdió por un error humano
PABLO RUBIO - Las cámaras de Capa retrataron los rostros de la operación Overlord. Gran parte de su trabajo se perdió por un error humano

El tributo a Capa, que describió Omaha como “la playa más fea del mundo", no es casual. En Bayeux, justo en frente del cementerio británico, se ubica el único monumento construido en Europa en recuerdo a los periodistas asesinados por desempeñar su oficio. La iniciativa, puesta en marcha por el ayuntamiento local y Reporteros sin Fronteras, homenajea a los informadores fallecidos desde 1944 hasta la actualidad.

El memorial consiste en un agradable paseo por un parque a cuyos lados van sacudiéndose placas de piedra. A cada año, una losa; bajo la fecha, los nombres de los asesinados durante ese periodo. Los más recientes, los de 2018: Daphne Caruana, Jan Kuciak y muchos más. En la placa de 2003, más lejanos en el tiempo, pero con un recuerdo indeleble: Julio Anguita Parrado, José Couso. Y todos los demás.

El memorial de RSF en Bayeux, un tributo a la profesión periodística
PABLO RUBIO - El memorial de RSF en Bayeux, un tributo a la profesión periodística