Consecuencias para Europa de la compleja relación ruso-turca

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La compleja relación ruso-turca, de profundas raíces históricas, ha afectado tradicionalmente a la situación de seguridad en Europa. Ambas potencias apoyan a facciones enfrentadas en tres teatros geoestratégicos y mantienen sus diferencias con la Unión Europea y potencias europeas en el Mediterráneo oriental. Aun así, han conseguido desarrollar una forma de entendimiento funcional, que podríamos denominar de «confrontación cooperativa», del que ambas se benefician y que pretendemos analizar en el presente artículo, así como sus posibles consecuencias para el continente europeo.

Introducción

Si hay algo que caracteriza la relación entre Rusia, Turquía y Europa es una larga interacción mutua amor-odio con profundas raíces históricas. Por su parte, la relación bilateral entre las dos primeras lleva experimentando durante los últimos años una complejidad y problemática de cooperación-confrontación, con un fuerte impacto en las diversas crisis que se desarrollan en el vecindario geoestratégico europeo. Resulta sorprendente que, a pesar de haber sufrido de manera sustancial por efecto de la pandemia tanto social como económicamente, cada uno de estos Estados ha reaccionado de manera diferente ante la misma: Rusia restringiendo su actividad exterior, mientras que Turquía la ha incrementado de manera notable, desde Libia hasta el Cáucaso. Pero la característica común de ambas políticas exteriores es que están siendo utilizadas como proyección fuera de sus fronteras para neutralizar los problemas internos, apuntalando la imagen de sus respectivos líderes mediante éxitos en política exterior.

En cualquier caso, no cabe duda de que la asertiva política exterior turca de los últimos años, que ha causado no poca consternación entre sus aliados y socios occidentales de la OTAN y la Unión Europea, ha obligado a Moscú a reevaluar su relación con Ankara1. Entre otras cosas porque precisamente Rusia es quien a menudo se beneficia de las consecuencias de la nueva política de proyección de poder turca.

Hay que reconocer que hay una cierta compatibilidad entre los sistemas políticos progresivamente autocráticos que ambos líderes están fraguando en sus respectivos Estados, a pesar de que uno pertenece a la OTAN, organización que es vista por el otro como una permanente amenaza. De hecho, las declaraciones del presidente Putin acerca de su colega Erdoğan, dejan clara la voluntad rusa de mantener un diálogo estratégico fluido: «No importa lo dura que pueda parecer la postura adoptada por el presidente Erdoğan, sé que es una persona flexible y es posible encontrar un lenguaje común con él»2.

Pero muchas de las fuerzas que gobiernan sus relaciones están fuera del control de ambas partes, como las variaciones del mercado de la energía o el creciente descontento interno. Así, ambas potencias han llegado a crear una especie de modelo de entendimiento cooperativo en las zonas de conflicto donde, a pesar de apoyar facciones enfrentadas, han desarrollado una relación colaborativa de la que ambos se benefician, a expensas de otros actores, en lo que podríamos denominar una «confrontación cooperativa».

No es el objetivo de este estudio, analizar en toda su profundidad y extensión la evolución de esta relación bilateral, sino examinar el posible impacto que los vaivenes de esta supone para la seguridad en los vecindarios sur y este de Europa. Para ello analizaremos cuatro áreas consideradas como destacadas: Siria, el mar Negro, Libia y el Cáucaso.

Una compleja relación

Para analizar la relación ruso-turca, quizás es conveniente comenzar por los intercambios económicos, ya que, estos ayudan a clarificar los intereses mutuos.

En este sentido, las exportaciones rusas hacia Turquía en 2019 fueron de unos 17 750 millones de dólares y sus importaciones de unos 3450 millones. Un incremento del 2,5 % con respecto a 2018 y más bajo que los 31 000 millones alcanzados en 2014, antes del serio encontronazo entre ambas potencias por el derribo del bombardero ruso sobre Siria en 2015. El único sector que está experimentando un crecimiento importante es el turismo, con más de 7 millones de turistas rusos visitando cada año Turquía, lo que sitúa a Rusia entre los mayores visitantes del país mediterráneo, antes de la pandemia3.

Un aspecto importante para considerar es la disminución progresiva de la dependencia turca del suministro de gas ruso. La contracción de la economía turca, así como el desarrollo de la infraestructuras para el gas licuado, han acelerado la tendencia de los últimos años a la reducción de las importaciones de gas ruso4. Si bien Gazprom llegó a suministrar hasta el 52 % de las importaciones de gas turcas, planeando incluso una expansión del suministro mediante la construcción del gaseoducto TurkStream, dicho suministro cayó al 33 % en 2019, a favor de Azerbaiyán, que se convirtió en el suministrador principal. Además, los prometedores resultados de las prospecciones de gas realizadas en el mar Negro pudieran posibilitar la eliminación total de la dependencia turca del gas ruso5.

Así, la cooperación en la construcción de la planta nuclear de Akkuyu por la empresa rusa Rosatom, queda como uno de los proyectos económicos mutuos más relevantes, con un coste aproximado de 20 000 millones de dólares, con su pleno funcionamiento previsto para 2023.

Este panorama nos revela unas relaciones económicas no especialmente contundentes, en franca disminución y que pudieran indicar un cierto declive en el interés por parte de Turquía.

En el campo de la influencia mutua, parece que Ankara podría tener una cierta capacidad sobre Moscú. No podemos olvidar, los miles de estudiantes rusos (especialmente desde Tatarstan) que acuden a universidades turcas; la diáspora que conecta personas del norte del Cáucaso con familiares en Turquía, o los millones de rusos que como turistas disfrutan cada año de las playas turcas y en cierta manera se sienten atraídos por su cultura. En cualquier caso, al menos Moscú muestra claramente su deseo de preservar la relación, mostrando una clara voluntad de desescalar las últimas crisis que han surgido entre ambos Estados. Así, mientras Erdoğan asistió a la inauguración de una mezquita en Moscú, Putin se abstuvo de comentar la transformación de la catedral de Sofía en una mezquita, a pesar de las protestas del patriarca Kiril; aunque Moscú está disgustado por el apoyo turco a los tártaros de Crimea o a los chechenos6, hasta ahora no ha hecho nada por establecer lazos o apoyar a la oposición laica liberal turca o a los independentistas kurdos; mientras Rusia ha empleado su amplia panoplia de capacidades híbridas en Occidente, se muestra reacia a emplearlas en Turquía; cuando Turquía derribó en noviembre de 2015 un bombardero Su-24 en Siria, las relaciones estuvieron muy tensas (incluso a punto de ruptura), pero Rusia renunció a aplicar un «ojo por ojo». De hecho, apoyó sin reservas a Erdoğan tras el intento de golpe de Estado en julio de 2016, aprovechando la coyuntura para que Turquía comprara el sistema antiaéreo S-400 (junto a las disculpas del propio Erdoğan, quizás fue una manera de congraciarse con Rusia por el mencionado derribo).

Tampoco podemos olvidar que Turquía es miembro de la OTAN, lo que fuerza Rusia a considerar la posibilidad de opciones geoestratégicas de calado, ya que, en caso de crisis Turquía podría cerrar el Bósforo (con el apoyo de sus aliados e independientemente de lo que diga la Convención de Montreux), lo que interrumpiría una crucial línea de comunicación rusa con el Mediterráneo oriental. Por otro lado, las serias disputas entre Turquía por un lado y Grecia y Francia por otro, en el Mediterráneo oriental y Libia, abren oportunidades a Rusia para aprovecharlas y debilitar la solidaridad atlántica. En este sentido, la venta de los sistemas antiaéreos S-400, fue una jugada maestra rusa, que seguirá causando problemas en la cohesión de la alianza, ya que pone en jaque la integración del sistema de control y defensa aérea de la alianza.

Hay que tener en cuenta que aún en el caso de que la relación turca con la Unión Europea siguiera deteriorándose por su presión sobre Chipre, cuestiones de derechos civiles, sus operaciones en Libia o su empleo de la inmigración descontrolada como herramienta de presión, es previsible que, en el futuro, los problemas de cohesión en la alianza tiendan a solucionarse.

Así pues, para Moscú el aspecto militar de la relación mutua, la pertenencia de Turquía a la OTAN es sin duda el componente más importante a tener en cuenta a la hora del planeamiento geoestratégico.

Por otra parte, ambos líderes no han desarrollado una afinidad personal que permita asegurar que exista un deseo mutuo de profundizar y solidificar su relación. Los dos autócratas llevan en el poder aproximadamente una década (Putin desde 2000 y Erdoğan desde 2003) habiendo sostenido docenas de encuentros personales y conversaciones telefónicas (pensemos que con el líder chino ha tenido cuatro conversaciones telefónicas) según afirma el propio Kremlin. Esta densa interacción permitiría afirmar que ambos tienen relativamente claras las intenciones, aspiraciones y carácter del otro, lo que no ha generado mucha simpatía mutua y relativa poca confianza mutua. La naturaleza autocrática de ambos regímenes políticos (el ruso en mucho mayor grado) no ha generado los incentivos necesarios para una profunda y extensa cooperación, como en el caso ruso-chino. El asunto que provoca mayor desconfianza en Putin es sin duda el apoyo que Erdogan proporciona a la causa del islam político y más concretamente a los Hermanos Musulmanes, organización prohibida en Rusia. Aunque en general, se podría decir que, en este asunto, Moscú cuenta con Ankara para la lucha contra el extremismo religioso, pero con matices, ya que Turquía, aunque apoya a las minorías tártaras en Crimea, modera sustancialmente dicho apoyo para no irritar a Rusia.

Es obvio que Putin está muy concienciado de la amenaza que significa extremismo yihadista, por lo que el hecho de que el líder turco posea ambiciones de liderazgo del mundo musulmán no es asunto baladí para el Kremlin, que impulsa constantemente la causa común de la lucha contra el terrorismo islámico junto a Europa, contemporizando al mismo tiempo con las minorías musulmanas rusas.

Pero es los diferentes escenarios geoestratégicos, donde se puede comprobar que a pesar de que los intereses de ambos Estados, cada vez más miméticos con las ambiciones de ambos líderes, divergen de manera creciente, se ha llegado a crear un método de acuerdo que beneficia a ambos. Esto no quiere decir que haya una coincidencia geoestratégica, como muestra el caso del petróleo iraní, que Moscú intenta evitar que inunde el mercado mundial, porque redundaría en una bajada de los precios del crudo, reduciendo drásticamente sus ingresos. Por el contrario, Ankara está muy interesada en que el gas y petróleo iraní salga al mercado a través de su territorio, lo que redundaría en el objetivo de convertir a Turquía en un distribuidor energético.

Si bien, como decíamos, Ankara puede tener cierta influencia sobre Moscú, no cabe duda de que es Moscú quien posee más poder de influencia. Esta relación asimétrica de poder se comenzó a fraguar tras el derribo del bombardero ruso sobre Siria en 2015. A partir de ese momento, Rusia utilizó varias herramientas para presionar a Turquía: restricciones al comercio y desplazamiento de personas entre ambos países, la amenaza de cancelar el proyecto de construcción de infraestructura energética nuclear, e incluso una campaña de medios de comunicación y redes sociales cuyo objetivo fueron el mismo Erdogan y su familia. Pero sin duda, el factor más serio en el arsenal de presión ruso sigue siendo el nivel de apoyo político a los kurdos en territorio turco y siria, y sobre todo el tradicional apoyo militar que presta al PKK desde los tiempos de la extinta Unión Soviética, enemigo experimentado, acérrimo y encarnizado de las fuerzas militares turcas, lo que supone un grave problema para Ankara y un motivo constante de irritación turca7.

Por lo tanto, Rusia sería el lado fuerte de la relación y no cabe duda de que Turquía se ha beneficiado de este modo de acuerdo en los escenarios mencionados, como veremos más adelante y aún podría seguir beneficiándose, ya que, la intervención rusa en Siria impediría de jure la consolidación de una autonomía curda en la región. Asu vez, en Libia, la dominación binaria contribuiría a los intereses y económicos y ambiciones políticas turcas respecto a las reservas de hidrocarburos en el Mediterráneo oriental.

Como efecto indirecto, pero de gran calado, podríamos pensar que a medida que los intereses rusos y turcos se entremezclan y expanden a otras áreas potenciales (como podría ser Ucrania), el riesgo de confrontación mutua disminuiría, ya que, los problemas que se pudieran crear en un área se podrían solventar acudiendo a un quid pro quo en otra región. Pero también podrían aumentar los motivos de discordia. Sin ir más lejos, Turquía ha vendido recientemente a Ucrania seis drones Bayraktar TB2, como los utilizados con éxito en la guerra de Azerbaiyán8.

El escenario sirio: surge el modelo de confrontación cooperativa

Siria es sin duda el escenario donde podría ser mayor el riesgo de colisión entre Turquía y Rusia, pero curiosamente es el área donde primero han conseguido establecer un cierto estilo de inestable cooperación. La intervención rusa desde septiembre de 2015 ha impedido derribar el régimen de Bashar al Assad, que era el objetivo (todavía lo es) de Turquía. Así pues, resultó sorprendente que Putin consiguiera llevar a Erdogan en 2016 a una reunión trilateral junto a Irán (denominado formato «Astana»), lo que sin embargo no ha sido posible en febrero de 20219, aunque dicho foro se mantiene activo en varios niveles, en los que es capaz de diseñar soluciones a pequeña escala. El caso es que dicha reunión permitió sentar las bases para establecer un compromiso en octubre de 2019 sobre el control de zonas, que, si bien no dejó satisfecho a ninguna de las partes, todavía se mantiene de manera inestable, a pesar de las violaciones de este. Cuando Turquía incrementó de manera notable su implicación en el conflicto sirio, tras el abandono de EE. UU. en 2015, el régimen de Assad no tuvo más remedio que echarse en brazos Rusia, ya que Irán no tenía la capacidad requerida para contrarrestar a Turquía. Así, aunque de manera indirecta, la implicación turca permitió que Moscú dominara el régimen sirio, reduciendo la influencia iraní. A su vez, otros actores regionales como Arabia Saudí fueron perdiendo influencia de manera gradual, al igual que la diplomacia occidental, lo que ha acabo convirtiendo a Ankara en el poder dominante que apoya a las fuerzas de oposición siria. Así, debido a la exitosa intervención militar rusa, los grupos armados rebeldes son conscientes de que su supervivencia depende del apoyo turco.

De esta manera, Moscú y Ankara controlando a las facciones en guerra en Siria, controlan el conflicto. Además, la reunión del formato Astana en 2016 contribuyó mover el centro de atención de los mecanismos de mediación internacionales, que se habían puesto en funcionamiento tanto en Viena como en Ginebra, contribuyendo así a aumentar su control del conflicto.

Con el tiempo, el entendimiento entre ambas potencias ha contribuido a disminuir aún más la influencia de Teherán, ya que, las tensiones entre los rebeldes, los proxis turcos y las fuerzas de Assad se resuelven mejor a través del diálogo entre Moscú y Ankara, que a través del formato trilateral Astana.

Ejemplos de este entendimiento o «confrontación cooperativa» ruso-turca los tenemos en 2016 cuando Rusia dio luz verde a la incursión turca en Siria, recibiendo a cambio la aceptación de la toma de Alepo por el régimen sirio, la ciudad más importante bajo control rebelde, en un claro quid pro quo. A su vez, históricamente Ankara viene presionando a Washington para que elimine la ayuda que proporciona a los kurdos, lo que también beneficia a Moscú en el escenario sirio.

La inestable situación en Siria puede cambiar, ya que EE. UU. pudiera decidir volver al escenario, proporcionando apoyo a los rebeldes que en su momento abandonó, lo que desestabilizaría la situación actual. La Unión Europea, a su vez, podría jugar un papel destacado y quizá determinante si proporcionara fondos en cantidades sustanciales para financiar la reconstrucción, especialmente en los territorios al este del Éufrates, limitando así el control del régimen sirio sobre los mismos. Hasta ahora, solo Francia y Reino Unido están actuando en el área (en zonas geográficas distantes relacionadas con yacimientos de petróleo. Por su parte, la Unión Europea no consigue forjar un acuerdo entre sus socios para aplicar una estrategia conjunta decidida y efectiva.

Libia y el Cáucaso sur: se afianza el modelo cooperativo

Hacia finales de 2019, Turquía decidió aumentar su implicación en Libia enviando asesores militares, mercenarios sirios (existe también la sospecha de la presencia de paramilitares turcos) y drones armados, en apoyo del gobierno sostenido por Naciones Unidas y la Unión Europea. En el lado opuesto se encuentran las fuerzas del mariscal Haftar, apoyadas por los Emiratos Árabes, Egipto, Rusia y curiosamente Francia.

De nuevo podemos ver el modelo en el que la intervención decidida de uno apoyando a una facción, realimenta la importancia del apoyo del otro sobre la contraria. La intensidad del apoyo turco frenó en seco la ofensiva de Haftar, obligándole a solicitar más apoyo de Moscú, que reacciono enviando mercenarios sirios y de la empresa Wagner y modernos sistemas de armas (incluidos cazas MIG-29 y bombarderos Su-24) junto con personal instruido para operarlos. El resultado ha sido la congelación del conflicto, en el que de nuevo Turquía y Rusia han contribuido a convertirse en las potencias con mayor influencia en un conflicto en un tercer país, también favorecido por la hasta ahora pasividad estadounidense y las divisiones intraeuropeas en el mismo. En el caso de que Rusia consiguiera establecerse firmemente también en el territorio libio (ya posee bases en Tartus y Latakia), ya sea una base naval en Bengasi o aérea en Tobruk (que podría compartir, por qué no, con China10), ello reforzaría sustancialmente su posición en el mediterráneo central y oriental.

Por otro lado, en la reciente reactivación del conflicto en Nagorno Karabaj entre Azerbaiyán y Armenia, también podemos apreciar el mismo modelo de confrontación cooperativa, con beneficio mutuo. El fracaso de la plataforma del Grupo Minsk de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE, por sus siglas en inglés) para establecer una solución negociada, es el trasfondo que ha impulsado a Azerbaiyán a lanzar su última y exitosa ofensiva, recuperando una extensa franja de territorio en la región, infligiendo una dura derrota militar a las fuerzas armenias, apoyada decididamente por Turquía con asesores militares y material de última generación en cuanto a drones, sistemas de comunicaciones y sensores.

Aunque en principio parezca contradictorio afirmar que Rusia ha salido beneficiada del conflicto, ya que presta su apoyo a al derrotada Armenia, no lo es tanto si recordamos que desde 2018 el presidente armenio Pashinyan fue convencido por EE. UU. y otras potencias occidentales a seguir una agenda prooccidental, en detrimento de Rusia. Pero tras la exitosa ofensiva azerí, Armenia se vio abandonada por las potencias occidentales impotentes por la lejanía estratégica del conflicto, lo que la obligó a volverse hacia su tradicional aliado y garante de seguridad, Rusia.

Así pues, ambas potencias han consolidado su influencia en la región. Turquía, que a través de Azerbaiyán ganaría acceso al mar Caspio, y se reafirma en una región donde su ascendencia cultural, étnica y lingüística le confiere influencia (de hecho, tras el conflicto Ankara ha intentado desplegar observadores en la zona, pero la oposición rusa se lo ha impedido)11. Rusia por su parte, consolida su posición como potencia dominante sobre la debilitada Armenia, desplazando las veleidades occidentales de la misma y garante del acuerdo de paz.

Consecuencias para Europa

Como hemos podido ver, el modelo de confrontación cooperativa se ha implementado exitosamente en tres teatros geoestratégicos diferentes, sin necesidad de establecer acuerdos oficiales, resultando beneficiosos para ambas partes. Hay que tener en cuenta que dichos éxitos se han visto facilitados por la debilidad de terceros actores con capacidad o voluntad para influir/intervenir en los citados teatros.

Por extraño que parezca, tanto la OTAN como la UE podrían contribuir a la asertiva política exterior turca, ya que, su pertenencia a la OTAN y, por ende, al bloque occidental, proporcionan a Ankara la seguridad de un cierto apoyo implícito, caso de que la situación desemboque en un Artículo V. Un ejemplo de esta afirmación lo vemos en el escenario sirio, donde esta sensación permite a Turquía presionar para limitar los avances de las fuerzas de Assad, carta que le permite cierta seguridad en sus negociaciones con Moscú, aunque siempre consciente de su inferioridad frente a Rusia.

La UE podría desarrollar opciones estratégicas que limitaran la capacidad de maniobra turca en asuntos exteriores, forzando así a Ankara a una mayor cooperación en temas tales como inmigración y la enquistada situación en Chipre. Para ello, se debería ser más consciente y realista ante la naturaleza de la confrontación cooperativa que existe de facto entre Rusia y Turquía. Algo parecido podría afirmarse de la OTAN, quien podría condicionar su apoyo a un menor obstruccionismo político turco en el Consejo y en las relaciones con la UE, así como a una agenda regional más coordinada con sus aliados occidentales.

A pesar de que el modelo de cooperación ruso-turco, que en esencia es un modelo con un alto contenido militar, ha mostrado su utilidad, convirtiendo zonas de guerra en conflictos congelados que benefician a ambos actores, el mismo podría tener sus límites. En Libia, el proceso de reconciliación se debe en gran parte al apoyo que el mismo ha recibido por parte de Ankara y Moscú, que además ha recibido el respaldo de la ONU, así como de EE. UU., Francia e Italia. La intervención de actores y organizaciones internacionales de peso podría debilitar el control ejercido por Ankara y Moscú, rebajando el duopolio ruso-turco en determinadas áreas geográficas. Esta situación podría hacer considerar Erdoğan que alinearse con sus aliados europeos pudiera proporcionarle una influencia más duradera en las zonas en conflicto y mejores opciones para ganar con la paz, en vez de simplemente controlar el conflicto, aunque para ello, se precisaría primero diseñar una estrategia común entre los actores implicados, lo que parece un objetivo difícil de conseguir.

Por otra parte, llama la atención que el comunicado tras la cumbre de la OTAN de junio de 202112, no se haga mención de la expansión rusa por el Mediterráneo oriental y Libia, quizás por no querer exacerbar a Turquía, lo que demuestra una vez más que la habilidad política de la Alianza para adaptarse a la evolución geoestratégica rusa y su carácter político estaría siendo limitada, afectada por la «entente» ruso-turca13. Además, estamos presenciando una brecha en el seno de la Alianza provocada por el crecimiento de intereses nacionales entre algunos de sus Estados miembro. Esto está limitando la flexibilidad política de la organización para reestablecer un orden equilibrado de seguridad en Europa y su entorno. La situación lleva a Moscú (según su propia lógica) a instrumentalizar conflictos alrededor del área euroatlántica con el objetivo de crear y/o aumentar fisuras dentro de la OTAN y diversificar su foco de atención.

A pesar de todo, Magreb y Sahel continúan siendo para la Alianza un teatro de segunda categoría frente a la prioridad que recibe la frontera este. Pero la creciente presencia rusa en el área aconseja un cambio de mentalidad y un reequilibrio de las prioridades entre el flanco este y el sur.

Los movimientos y reposicionamientos rusos y turcos en el Mediterráneo oriental y norte de África son parte de una tendencia geopolítica en la que potencias emergentes como Rusia y Turquía actúan de manera más o menos coordinada para desafiar y circunvenir los intereses occidentales, y en este caso europeos. De modo que, el peligro radica en que el modelo se institucionalice y más potencias emergentes y/o regionales vean la oportunidad de perseguir sus propios intereses (políticos y militares) al margen de los de la OTAN y de la Unión Europea.

Por último, Rusia podría utilizar el estado de tensión existente entre Grecia y Turquía, o entre la última y Francia (en los últimos meses han habido incidentes entre navíos franceses y griegos, con navíos turcos, que a punto han estado de desembocar en enfrentamientos armados14) para alentarlo, lo que podría provocar una escalada incontrolada, que pudiera desembocar en una confrontación militar15, que debilitaría de forma sustancial la cohesión de la OTAN, creando un grave problema interno que favorecería en alto grado los intereses y la posición de Rusia en el Mediterráneo oriental16.

Conclusiones

Durante los últimos años hemos podido contemplar la progresión de la siempre ambigua relación ruso-turca que, aunque todavía no ha llegado a ser estratégica, está produciendo sus frutos para ambos. Si bien hemos visto como los lazos económicos, fundamentalmente las exportaciones de gas ruso a Turquía se han ido reduciendo y se puede constatar la inexistencia de una afinidad personal entre ambos autócratas, ello no ha sido óbice para que hayan sido capaces de desarrollar un modo de cooperación aceptable para ambas partes, a pesar de apoyar facciones enfrentadas en diversos teatros geoestratégicos.

Aun así, los políticos y diplomáticos occidentales deberían buscar incentivos para explorar oportunidades que profundicen la división entre Moscú y Ankara. Libia parece ser el escenario más prometedor y especialmente atractivo para Italia17. Pero debemos tener siempre presente que cuando hablamos de la Unión Europea, la posibilidad de forjar una posición común en política exterior es siempre difícil, lo que resulta especialmente claro en el caso libio, en el que Francia y la UE sostienen a diferentes facciones. Pero si Europa no toma medidas más comprometidas en Libia, más allá de su misión marítima de control, se verá relegada a continuar siendo un mero observador de una situación controlada de facto por Turquía y Rusia, en una región del Mediterráneo de gran importancia para la Unión.

Por otro lado, la capacidad de influencia de la Unión Europea en el Cáucaso es muy escasa, más allá de la ayuda económica al desarrollo y la lejana posibilidad de la integración de Georgia en la Unión. En el caso de Siria, Bruselas se encuentra prisionera de las crisis de refugiados que Turquía pudiera desencadenar, si así lo considerase conveniente, como ya ha ocurrido anteriormente, por lo que su capacidad de intervención en dicha región está bastante limitada, siempre obligada a contemporizar con los intereses turcos.

En cualquier caso, el tiempo podría jugar en contra de la entente ruso-turca. El líder turco ha ido compensando el creciente descontento interno con los éxitos e intervenciones militares exteriores, pero estos éxitos tienen corto recorrido. Tarde o temprano se podría ver obligado a lanzarse a nuevas y costosas aventuras exteriores o a aumentar la presión sobre la creciente oposición interior. Esta última opción chocaría sin duda con los intereses y valores europeos, ya sea de la Unión como tal o de alguna de sus potencias. Incluso la primera opción también podría producir las críticas occidentales y lo que es peor para Turquía, la posibilidad de sufrir sanciones económicas, tanto de la Unión Europea como de la nueva administración estadounidense.

Quizá un asunto de la máxima gravedad para Europa podría ser la probabilidad de una confrontación militar entre Turquía y Rusia fuera del área de cobertura del Artículo V, producto de la tensión en una o varias de las áreas geoestratégicas mencionadas. Por su parte, es evidente la Unión Europea estaría muy mal equipada para lidiar con los riesgos de una confrontación similar. Para disminuir al mínimo cualquier posibilidad de escalada militar, la Unión debería evitar cualquier paso que hiciera políticamente imperativo el compromiso europeo con Turquía si su asertiva política exterior la llevara a una escalada militar con Rusia.

En este sentido, un escenario posible podría producirse por el papel determinante que Turquía está jugando en la modernización de las fuerzas armadas ucranianas, para gran disgusto de Moscú. Ante una hipotética intervención rusa, Turquía muy posiblemente requeriría protección, ayuda y apoyo del resto de la OTAN, lo que podría llevar a una escalada incontrolable y de muy preocupante e incierto resultado. La conducción de un escenario similar al descrito debería estar prevista con antelación, por los enormes riesgos que conllevaría.

Dado que las características de los regímenes ruso y turco no favorecen el acercamiento en asuntos de seguridad, la Unión Europea debería seguir desarrollando herramientas que permitieran simultáneamente la cooperación y la contención en su relación con y entre sus dos incómodos vecinos, en la que una de sus principales preocupaciones debería ser evitar la posibilidad de un enfrentamiento militar entre ambos.

No debemos olvidar que mientras Moscú ha sido acusada de interferir directamente contra los intereses occidentales (ciberataques, desinformación e interferencia en procesos electorales), Ankara continúa siendo miembro de la alianza atlántica y mantiene su interés por unas relaciones más estrechas con la Unión Europea. Por lo tanto, la Unión debería aprovechar cualquier oportunidad para ampliar los asuntos en los que sus intereses no difieran fundamentalmente con los de Turquía, mirando el contexto estratégico de manera más amplia, con el objetivo de alejar todo lo posible a Turquía de Rusia.

Por último, la OTAN debería considerar la posibilidad de reequilibrar sus prioridades, prestando más atención, medios y capacidades al Mediterráneo oriental, donde Rusia se está posicionando y convirtiendo en un actor destacado. En dicho escenario, la posibilidad de una escalada de tensión entre miembros de la Alianza (Grecia vs. Turquía o Francia vs. Turquía) debe de neutralizarse antes de que un incidente desemboque en un enfrentamiento armado de muy negativas consecuencias para el bloque occidental.

José Luis Pontijas Calderón
Coronel de Artillería DEM Doctor en Economía Aplicada (UAH) Analista de Seguridad Euroatlántica (IEEE)

Referencias:

1 Mardasov y Semionov, “Best Frenemies: Russia and Turkey”, Riddle, 26 de noviembre de 2020. Disponible en: www.ridle.io

2 Declaraciones de Putin durante la reunión del grupo de discusión Valdai, 22 de octubre de 2020. Disponible en: www.valdai.ru

3 BAEV, Pavel. “Russia and Turkey Strategi Partners and Rivals”, IFRI, mayo 2021. Disponible en: www.ifri.org

4 “The estate of Turkey’s Gas Market and Reducing Foreign Dependency”, TRT World, 21 de agosto de 2020. Disponible en: www.trtworld.com

5 SANCHEZ TAPIA, Felipe; Impacto geopolítico de los descubrimientos de gas natural en el Mar Negro, p. 8.    Disponible    en: http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2020/DIEEEA37_2020FELSAN_gasmarNegro.pdf

6 Disponible en: https://jamestown.org/program/turkey-breaches-russias-sphere-of-influence/

7 El PYD (Partido de Unión Democrática) rama del PKK Kurdo en Siria y que mantiene una oficina abierta en Moscú. Disponible en: https://ekurd.net/pyd-open-representative-moscow-2015-10-20

8    Disponible    en:    https://www.defensenews.com/unmanned/2019/01/14/turkish-firm-to-sell-drones-to- ukraine-in-69-million-deal/

9 THEPAUT, C. “The Astana Process: A Flexible bu Fragile Showcase for Russia”; The Washington Institute for Near East Policy, 28 de abril de 2020. Disponible en: www.washingtoninstitute.org

10 Hasta ahora China no ha desplegado fuerzas permanentes en el Mediterráneo y África, salvo en Sudán y en este último, debido a los intereses petrolíferos chinos en dicha región, pero eso no descarta la posibilidad de que un alineamiento de intereses ruso-chinos en el área les aconseje dicha opción. Disponible en: https://www.wsj.com/articles/china-deploys-troops-in-south-sudan-to-defend-oil-fields- workers-1410275041

11 Turquía sostiene unos lazos muy estrechos con Azerbaiyán, hasta el punto de lanzar la idea de «dos países, un solo pueblo» y Erdoğan visitó en diciembre a su homólogo azerbaiyano para celebrar «la victoria conjunta» sobre Armenia. Disponible en: https://www.voanews.com/europe/erdogan-visit-azerbaijan-could-stoke-russian-rivalry-observsers-say

12 Disponible en: https://www.nato.int/cps/en/natohq/news_185000.htm

13   RYNNING,   Sten.   “Deterrence   Rediscovered:   NATO   and   Russia”,   Springer.   Disponible en: http://www.springer.com/series/13908

14 Disponible en: https://www.elconfidencial.com/mundo/europa/2020-08-14/egeo-otan-claves-conflicto- turquia-grecia_2713788/

15 JABBOUR, Jana; “France vs Turkey in the EastMed: A Geopolitical Rivalry between a keeper of the Old Order and a challenging Emergent Power”; Briefings de L’IFRI, 6 de mayo de 2021.

16 La posibilidad de confrontación entre miembros de la Alianza Atlántica resulta muy remota, dada la cantidad de resortes políticos y de relación mutua existentes en la misma, amén de la presencia de EE. UU. que no lo permitiría. Pero dada la situación actual, un incidente armado no resulta totalmente descartable, es decir, resulta posible.

17 TOCCI, Nataly. “Peeling Turkey Away from Russia’s Embrace: A Transatlantic Interest”, IAI Commentary, 14 de diciembre de 2020. Disponible en: www.iai.it