Crisis sanitaria versus crisis de legitimidad en el Magreb

Un estudio titulado ‘El Magreb frente a la COVID-19’ analiza cómo el coronavirus afectará al sistema político, económico y social de los países de la región
Una vista general muestra tiendas cerradas en la aldea de Sidi Bou Said, a unos 20 kilómetros al noreste de Túnez, durante el confinamiento general impuesto por las autoridades ante el coronavirus

AFP/FETHI BELAID  -   Una vista general muestra tiendas cerradas en la aldea de Sidi Bou Said, a unos 20 kilómetros al noreste de Túnez, durante el confinamiento general impuesto por las autoridades ante el coronavirus

La pandemia provocada por el coronavirus nos ha demostrado que el destino de todos depende de la conducta de cada uno. Sin embargo, esta máxima ha adquirido nuevas dimensiones en regiones como el Magreb, donde los países tienen que lidiar con algunos problemas previos a la pandemia de la COVID-19. Las consecuencias de esta crisis sanitaria han evidenciado la crisis de legitimidad que se vive en algunos países del Magreb, una región constituida por los territorios de Mauritania, Marruecos, Argelia, Libia, Túnez y Sáhara Occidental. La Fundación de Investigación Estratégica (FRS, por sus siglas en francés) ha realizado un estudio titulado ‘El Magreb frente a la COVID-19’ en el que analizan las repercusiones que puede tener esta pandemia en el sistema político, económico y social de los países que componen esta región.

La crisis económica tunecina, la inestable situación en Libia, provocada por una guerra que parece que nunca va a llegar a su fin, y las continuas protestas en Argelia, entre otros acontecimientos, han sacado a la luz el espíritu de las Primavera Árabes. Sin embargo, el estudio realizado por la FRS considera que el período post-pandemia vendrá marcada por “una desarticulación del escenario magrebí en un mundo que se ha convertido multipolar”, y en el cual China se ha proclamado vencedor, al convertir la diplomacia sanitaria en el principal actor de su política exterior. 

Los gobiernos de los países que componen el Magreb han tomado durante las últimas semanas una serie de medidas destinadas a reducir el impacto económico y social de esta pandemia. Además, hay que tener en cuenta que las infraestructuras sanitarias de algunos de los países del Magreb no están preparadas para hacer frente a una crisis sanitaria de estas características. Este hecho provoca que aquellas personas con mayor poder adquisitivo tengan más probabilidades de sobrevivir, que aquellas que viven de la economía informal. La investigación realizada por la FRS considera necesario preguntarse si la “histórica y excepcional” relación entre Europa y los países del Magreb podría ser sustituida en favor de un nuevo centro mundial liderado por China. 

La inestabilidad en Argelia 

La crisis política, económica y social se ha convertido en una constante durante los últimos meses en Argelia. La inestabilidad sigue siendo la protagonista indiscutible del país, un año después de que las protestas obligasen a dimitir al por aquel entonces presidente Abdelaziz Bouteflika. A esta situación hay que sumar el desplome de los precios del petróleo o la fragilidad que define al nuevo Gobierno. Además, la crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha despertado el fantasma de la escasez de alimentos. “Los productos básicos como la harina o la leche son objeto de la especulación de precios. El coste de las mascarillas fluctúa según las existencias, y los recaudadores de impuestos ilegales se aprovechan del paro parcial de los transportes públicos”, advierten en el estudio realizado por la Fundación de Investigación Estratégica. 

Ante esta situación, el actual presidente de Argelia, Abdelmadjid Tebboune, ha tratado de restablecer la credibilidad de su régimen a través de la imposición de varias medidas sanitarias y sociales. “Estas medidas se han tomado en un país que dispone de 1,9 camas de hospital por cada 1.000 habitantes, en comparación con las 13,4 que hay en Japón”, subraya el informe. Sin embargo, el investigador Saïd Belguidoum considera que esta crisis sanitaria es un “regalo caído del cielo para Argel”, quien ahora tiene la oportunidad de detener a algunos de los líderes de las revueltas que han azotado al país durante los últimos meses y que han quedado relegadas a un segundo plano tras el inicio del brote de la COVID-19. 

Una vista general de la planta de gas de Tiguentourine en In Amenas, al sureste de Argel
PHOTO/REUTERS - Una vista general de la planta de gas de Tiguentourine en In Amenas, al sureste de Argel
La diplomacia basada en la noción de ejemplaridad de Marruecos 

La monarquía marroquí ha tenido que hacer frente durante la última década a varios retos como las primaveras árabes de 2011, las manifestaciones de Al-Hoceima en 2017 o la crisis sanitaria provocada por el virus de la COVID-19. “Rabat dirige una diplomacia basada en la noción de ejemplaridad. Hacia el Norte, tratando de imponerse como un interlocutor regional creíble, y hacia el Sur, consolidando su presencia estratégica en el continente africano”, indican en este estudio. 

Por esta razón, Marruecos fue uno de los países del continente africano que más rápido supo actuar ante el coronavirus. “La estrategia del rey Mohamed VI fue doble”, aseguran los investigadores. En primer lugar, Mohamed VI supo ejercer su autoridad para obligar a la sociedad del país a cumplir con las normas de contención. Y, en segundo, el mandatario marroquí fue “capaz de transformar la amenaza sanitaria en una causa nacional”. El hecho de que la sociedad civil se haya implicado en este proceso y haya decidido ayudar a los más vulnerables ha provocado que el Fondo Monetario Internacional (FMI) haya concedido un préstamo de 3.000 millones de dólares a Rabat. Según el informe elaborado por FRS, “este préstamo es visto por los medios oficiales chinos como un compromiso de los organismos internacionales en favor del Reino”. 

Aun así, la crisis sanitaria que azota al planeta en estos momentos ha puesto en evidencia la fragilidad de la economía marroquí, dependiente en gran parte del sector informal. En medio de esta situación de inestabilidad, el islamismo político ha encontrado un hueco en Marruecos. Después de que se anunciara el cierre de las mezquitas, el predicador salafista Abu Naïm hizo un llamamiento a la resistencia para que gritase “Allahou Akbar” en los tejados de las casas.  Este acontecimiento dio lugar a varias protestas y manifestaciones en el eje Tánger-Tetuán, según este informe. Tánger es uno de los bastiones del movimiento salafista marroquí y ello lo demuestra el hecho de que, en las elecciones generales de 2016, esta ciudad presentase entre sus candidatos a un salafista. El coronavirus ha obligado a cambiar algunas de las reglas del islam y el cierre de mezquitas ha sido una de las consecuencias de esta crisis sanitaria. 

El voluntarismo estatal de Túnez 

“Túnez ha vuelto al voluntarismo estatal”, subraya el informe elaborado por la Fundación de Investigación Estratégica. La incertidumbre política y el liderazgo del presidente de la república Kais Saied, han llevado a Túnez al borde del abismo.  Según la investigación llevada a cabo por FRS “son tres las aristas que forman la piedra angular de la lucha contra la COVID-19”. Este triángulo de autoridades está formado por el propio presidente, el primer ministro Elyes Fakhfakh y la sociedad civil del país. Mientras que el primer ministro se ha encargado de reorganizar el aparato estatal y de corregir los errores cometidos durante las primeras semanas, en las que se condenó al olvido a colectivos como los pensionistas, el miedo a la pobreza ha llevado a la sociedad civil a salir a las calles. “La epidemia está despertando la división social en Túnez y muestra la debilidad de un Estado que lucha por organizar la distribución de la ayuda de emergencia, unos 50 millones de euros. Las interminables colas para recibir subsidios son utilizadas a veces, por los ciudadanos portadores del patógeno que, por falta de medios de subsistencia, se unen a la muchedumbre para vivir (o sobrevivir) de un día para otro”, explican en el informe.

El presidente de Túnez, Kais Saied
PHOTO/FETHI BELAID - El presidente de Túnez, Kais Saied 
La fragmentación política y social en Libia 

Casi nueve años después de la muerte de Muamar El Gadafi, la incertidumbre y la inestabilidad siguen siendo las principales protagonistas del conflicto de Libia. Desde entonces el país se encuentra dividido entre el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA, por sus siglas en inglés), reconocido internacionalmente y respaldado por Turquía, y el Ejército Nacional Libio (LNA, por sus siglas en inglés), con sede en el este del país y apoyado por Egipto y Emiratos Árabes Unidos. El secretario general de la ONU, António Guteres instó a las partes implicadas en el conflicto a acordar un cese de hostilidades para hacer frente a la pandemia de la COVID-19. 

A pesar de que ambas partes aceptaron inicialmente este alto el fuego, este nunca ha sido respetado. Los ataques entre ambas partes continúan siendo los protagonistas del cielo y el suelo libio. Todo ello ha llevado al sector médico a estar al borde del abismo. “Los pacientes con la COVID-19 tuvieron que ser evacuados del hospital de la Independencia (antes al-Khadra) debido a los bombardeos. Los cortes de agua y electricidad siguen empeorando las condiciones de vida de la población, especialmente de los ancianos”, advierte el informe elaborado por FRS. 

“Los investigadores y representantes de la sociedad libia temen que la población pague caro la lucha fratricida entre Oriente y Occidente, autoridades cuya capacidad de reacción ante el virus se fundamentaba en la idea de que la contención era inútil porque en Libia ya estaban confinados”, añade el informe, en el que se lamenta que, en el Magreb, el caso de Libia sigue siendo el “más preocupante”. 

Un combatiente del Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA) de Fayez Sarraj dispara su ametralladora durante los enfrentamientos con las fuerzas del autodenominado Ejército Nacional Libio (LNA)
PHOTO/AMRU SALAHUDDIEN - Un combatiente del Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA) de Fayez Sarraj dispara su ametralladora durante los enfrentamientos con las fuerzas del autodenominado Ejército Nacional Libio (LNA)
El crimen organizado en Mauritania 

La pandemia del coronavirus pilló a Mauritania por sorpresa. El Gobierno del país cometió algunos errores al principio de la crisis, según la investigación de FRS. Sin embargo, el presidente Mohamed Ould Ghazouani anunció posteriormente la movilización de más de 64 millones de dólares para la compra de medicamentos y equipos esenciales para hacer frente a esta crisis sanitaria. Además, se puso en marcha un plan de apoyo para respaldar las actividades relacionadas con el pastoreo, principal medio de subsistencia para cientos de los ciudadanos de este país. “Nuakchott está tomando medidas simples y pragmáticas para anticiparse a la crisis mundial”, indican en este informe. 

Al mismo tiempo, el Ejército de Mauritania ha aumentado la vigilancia a lo largo del río que atraviesa el país para evitar actividades ilegales, como el transporte de migrantes ilegales que, según esta investigación, suelen ser ciudadanos mauritanos que intentan llegar a sus hogares. “En las ciudades, la aplicación de medidas de contención está causando impaciencia entre los agentes económicos, incluidos los informales, que aspiran a reanudar sus actividades. Algunos están desesperados, creyendo que el Estado está exagerando las normas sanitarias en vista del número de casos observados. Los mauritanos confinados en un hotel de Nuakchot hacen una huelga de hambre (temporal) para protestar contra la cuarentena”, explican los investigadores encargados de llevar a cabo este informe. 

El presidente de Mauritania, Mohamed Ould Ghazouani
AFP/ISSOUF SANOGO - El presidente de Mauritania, Mohamed Ould Ghazouani
El coronavirus y el futuro del Magreb 

Aunque el Magreb esté resistiendo y la pandemia parezca estar contenida, la crisis de legitimidad que azota a gran parte de los países de la región ha salido a la luz con esta pandemia. La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha puesto de manifiesto la necesidad de elaborar políticas que tengan en cuenta la importancia del sector no estructurado.  

Sin embargo, la cuestión en estos momentos es cómo poner en marcha de nuevo la región, según este informe. Por un lado, la guerra civil en Libia y el escaso impacto de la pandemia en Mauritania hacen que estas dos regiones no se vean afectadas por las medidas que se han aplicado en otros países. Mientras, en Argelia el estado necesita del petróleo para equilibrar su presupuesto para superar la consecuente crisis económica. Algo similar ocurrirá en Marruecos, donde la economía también sufrirá las consecuencias de esta pandemia, tras la reducción de la inversión extranjera directa o la caída de las ventas de vehículos nuevos. En este escenario tampoco hay olvidar el papel que juega Túnez. Durante los últimos días, más de sesenta actores de la sociedad civil han elaborado una carta en la que expresan su preocupación ante esta situación. “Somos conscientes de que hay poco o ningún margen de maniobra en el presupuesto del Estado. Y, sin embargo, el Estado debe acudir en ayuda de todos sus actores económicos”. ¿De qué forma los países del Magreb van a hacer frente a la crisis económica y política que se les avecina? 

Más allá de estos dos ámbitos, la salud se está erigiendo como un nuevo vector de poder en la región. Mientras Occidente ha dedicado gran parte del tiempo a hacer frente al impacto de la pandemia en sus propios países, otras naciones como China han ejercido su influencia en la región con el envío de equipos médicos. Y en el mismo momento, según recoge este informe, Rabat ha puesto en marcha una iniciativa junto con Senegal y Côte d'Ivoire para dar una respuesta conjunta a la amenaza de la COVID-19. Esta iniciativa consistiría en desarrollar una diplomacia de la salud, sin una presencia occidental, mediante el fortalecimiento de las colaboraciones multisectoriales. El futuro del Magreb depende de las decisiones que tomen los líderes políticos de una región en la cual la sociedad está alzando la voz para recuperar el protagonismo perdido durante los últimos años.