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De Ucrania a Taiwán: aprender a vivir en un mundo peor

La guerra de Ucrania puede interpretarse como un primer acto de una guerra de mayores proporciones por la supremacía global entre EE. UU. y China
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Este documento es copia del original que ha sido publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos en el siguiente enlace

En función de cómo y cuándo acabe la guerra en Ucrania, así se perfilarán las condiciones de partida para un periodo histórico sobre el que la trampa de Tucídides proyecta su inexorable sombra.

Washington está presionando para que Pekín y Nueva Delhi rompan su vínculo con Moscú. Cuando callen las armas, la supervivencia del régimen ruso dependerá en gran medida del apoyo que reciba de ambas potencias. La recomposición de alianzas y alineamientos es la clave de un mundo futuro que tiende a polarizarse y corre el peligro de quedar muy fragmentado.
Frente a un panorama estratégico más tenso e inseguro, muy distinto al orden internacional precedente, es necesario considerar los distintos escenarios de futuro y medir los pasos con prudencia para salir a flote de la tormenta en las mejores condiciones posibles. Las recetas tradicionales probablemente no sirvan.

Introducción

Desde hace algún tiempo, Emilio Lamo de Espinosa pone gran énfasis en que vivimos un momento de inflexión histórica que cierra cinco siglos de dominio occidental1. Pues bien, la guerra de Ucrania ha consumado tal circunstancia y podemos tener la certeza de que el sistema mundial se desvanece. El que vendrá será significativamente distinto y en términos generales peor, más tenso y más inseguro que el implantado tras la caída del Muro de Berlín y que ya había evolucionado hacia un orden multipolar crecientemente confrontacional.

La enorme tragedia que se está viviendo en el este de Europa puede interpretarse como un primer acto de una guerra de mayores proporciones por la supremacía global entre los colosos del sistema internacional: EE. UU. y la República Popular China (RPCh). Ambas potencias están sacando conclusiones de cara a un potencial choque armado en la región de los mares colindantes de China, y muy especialmente por Taiwán.

No sabemos ni cómo ni cuándo va a acabar la guerra de Ucrania. El modo en que esto ocurra y la duración de la contienda dibujarán las condiciones de partida para un periodo histórico sobre el que la trampa de Tucídides proyectará su inexorable sombra.

Mientras EE. UU. está intentando que la actual guerra obligue a China a romper o debilitar su relación con Rusia, su principal socio estratégico, el gigante asiático ve la situación con gran preocupación y actúa con cautela de cara a lo que haya de venir después. La India —el gran objeto de deseo de la diplomacia internacional en este momento— está adquiriendo una relevancia creciente porque, siendo un aliado tradicional de Moscú y un rival de China, tiene la capacidad de equilibrar la balanza de la geoestrategia global en un sentido u otro.

No cabe ninguna duda de que la supervivencia de la Federación Rusa después de la guerra, y durante esta si se prolonga mucho, dependerá del apoyo que Pekín y Nueva Delhi presten a Moscú. La Casa Blanca está ejerciendo una gran presión sobre dichas potencias asiáticas al tiempo que vigila cómo se posicionan los distintos actores del panorama internacional en un mundo que tiende a polarizarse y corre el peligro de quedar muy fragmentado. El gran juego que acaba de comenzar puede hacer palidecer etapas históricas superadas. Hay signos claros de una desconfianza al alza entre los protagonistas implicados. Los resentimientos antioccidentales heredados de la etapa imperialista están reverdeciendo.

Vivimos momentos de enorme trascendencia para el devenir del mundo y de Europa. Solo tenemos una certeza: hemos entrado en una década en la que, como ya predijo Kevin Rudd, «viviremos peligrosamente»2. Las decisiones que se tomen en materia estratégica deberán ponderar cuidadosamente sus consecuencias tanto a corto como largo plazo. Corremos el peligro de que los árboles de las pasiones que la guerra ha encendido no nos dejen ver el bosque por el que en el futuro habremos de transitar.

Antecedentes

Al acabar la Guerra Fría, Henry Kissinger defendía que, tanto para los EE. UU. como para el mundo, el mejor orden posible sería aquel en que Washington mantuviera una distancia geopolítica con Pekín y Moscú menor que la que estas mantuvieran entre sí. Dada la profunda rivalidad histórica entre estas últimas —solo contenida en la etapa del entendimiento entre Stalin y Mao—, si la gran potencia norteamericana actuaba con habilidad, podría ser el árbitro en el concierto de potencias. El tiempo ha venido a darle la razón. Sin embargo, entonces se afirmaba que Kissinger era un hombre del siglo XX anclado en la dinámica de la geopolítica tradicional, ya superada en el nuevo siglo por el triunfo de la democracia y los valores liberales a escala global.

El «último hombre» de Fukuyama3 auguraba que, por medio de un proceso hegeliano —muy parecido en su estructura a la teoría marxista sobre el final de la historia—, las grandes contradicciones que en el pasado habían obstaculizado la convivencia racional y pacífica entre las naciones quedarían superadas. En el horizonte se vislumbraba el advenimiento de un mundo kantiano, aunque todavía hubiera que superar algunos baches en el camino.

No ha sido así. La teoría geopolítica se ha cumplido y, al igual que en situaciones similares a lo largo de la historia, las potencias revisionistas han unido sus fuerzas para retar a la potencia dominante. No nos debe sorprender, en el siglo XVII y en el 98 la monarquía española ya lo sufrió en sus propias carnes.

El ser humano es signo de contradicción y proyecta sus pasiones al ámbito internacional. Los sistemas son perfectibles y las comunidades humanas pueden llegar a construir importantes consensos que la democracia facilita enormemente, pero, en lo esencial, la condición humana permanece y con ella las contradicciones y el conflicto. De igual manera, toda persona —y las decisiones internacionales las toman personas— se ve enfrentada a la dimensión ética de sus acciones y, por tanto, a su legitimidad. ¿Cómo y quién determina dicha legitimidad? He aquí la sustancia de la que está hecha la historia. Occidente cree haber encontrado la respuesta, pero sus rivales no la aceptan; no hay mayor sometimiento que la subordinación moral. Por otra parte, las potencias occidentales fueron las protagonistas de la era del imperialismo y del colonialismo y, por tanto, de la humillación de más de medio mundo4, lo que resta autoridad a la universalización de un sistema de referencias y valores de inspiración occidental.

En un principio, China y Rusia no eran en lo esencial antiestadounidenses sino fundamentalmente contrarias a un orden internacional presidido por una única gran potencia. Con el paso del tiempo, ambas naciones-imperio, cada una a su manera, han ido aumentando su capacidad y confianza, haciendo de la necesidad virtud y acercando posiciones frente a un creciente antagonismo con EE. UU. Ya en 1996 habían firmado una asociación estratégica para oponerse conjuntamente tanto al orden hegemónico norteamericano como a la injerencia en asuntos internos. Para ambas, esto último suponía una amenaza para su legitimidad política e integridad territorial.

En 2004, dicha entente obtuvo el importante fruto de cerrar el acuerdo fronterizo, condición esencial para que China pudiera transformar sus Fuerzas Armadas, eminentemente terrestres y anticuadas, desplegadas frente a Rusia en un ejército aeronaval y moderno con su centro de gravedad en el Pacífico occidental. La exportación de armamento a la RPCh ayudó a que Rusia sostuviera su industria de defensa, sin la cual Moscú no podría reivindicar su rango de potencia militar.

En 2008, la crisis de la cumbre de Bucarest —en la que la OTAN abrió la puerta a Ucrania y Georgia— y la consiguiente guerra en Georgia y, en 2014, la de Crimea —que marcó una clara ruptura entre Rusia y Occidente, con una China cada vez más convencida de que había llegado su momento— terminaron de disolver las reticencias entre los viejos rivales que veían en EE. UU. el gran obstáculo frente a sus ambiciones geopolíticas. La asociación estratégica chino-rusa alcanzó cotas de colaboración más allá de lo previsible.

La rivalidad entre grandes potencias vuelve a presidir la geopolítica global

En 2017, EE. UU. despertó y reconoció en su Estrategia de Seguridad Nacional que la rivalidad entre las grandes potencias se había convertido en la principal amenaza a su seguridad. Ese mismo año, Graham Allison había publicado su famoso libro Destined for War: Can America and China Escape Thucydides's Trap?, que explica de forma desarrollada una idea que ya había expresado en un artículo anterior de 2014, donde defendía que el ascenso de la RPCh y la tendencia a que desplazara a EE. UU. en la primacía del poder mundial elevarían la probabilidad de una guerra entre las dos grandes potencias. Aconsejaba, pues, preparar a la nación norteamericana, no para ganar la guerra, sino fundamentalmente para evitarla, ya que una seria colisión supondría un riesgo inasumible.

Hasta entonces habían dominado el optimismo en relación con la capacidad de los EE. UU. para sostener un orden internacional conforme a su cosmovisión democrático- liberal y la idea de que, por el mero peso de las tendencias históricas, China y Rusia terminarían acomodándose en él. En dicho sentido, Robert O’Brien, el último consejero de Seguridad Nacional de la Administración Trump, afirmó que «durante décadas se sostuvo la convicción de que solo era una cuestión de tiempo que China se volviera más liberal, primero en lo económico y luego en lo político. No pudimos haber estado más equivocados, un error de cálculo que se presenta como el mayor fracaso de la política exterior norteamericana desde la década de 1930 […]. En vez de escuchar a los líderes del Partido Comunista Chino y leer sus documentos clave, creíamos lo que queríamos creer»5.

En Washington se empezó a percibir la necesidad de desarrollar una estrategia que se opusiera al ascenso de la RPCh. El presidente Trump planteó en 2018 una guerra arancelaria, que con el tiempo incorporó también una dimensión tecnológica. Pero todo esto no eran más que «paños calientes» para un problema de mucho mayor calado. Permanecía la cuestión de fondo: ¿Cómo actuaría el gigante asiático si alcanzaba la primacía mundial? ¿Hasta qué punto ello podía representar una amenaza grave, o incluso existencial, para los EE. UU.?

Con una población cuatro veces superior y una eficacia probada, el gigante asiático constituía un rival más notable de lo que había sido la Unión Soviética, que, al fin al cabo, igualaba en su día en habitantes a la gran potencia norteamericana y cuyo sistema económico y social mostraba deficiencias muy superiores a las de la actual China.

Una estrategia de contención como la aplicada durante la Guerra Fría tenía el inconveniente de que, como había previsto Kennan, requeriría mucho tiempo para su culminación6; cuatro décadas tardó la URSS en mostrar fisuras. Pero el tiempo, que siempre había estado del lado de los EE. UU., esta vez parecía favorecer a China. La mayoría de los estudios prospectivos predecía que, en una década, la RPCh habría alcanzado en PIB en dólares a la gran potencia norteamericana.

Una política de coexistencia y disuasión, que aplicara el principio que Kennedy había propugnado tras la crisis de los misiles de Cuba y que definió como «A world free for diversity», corría el peligro de aplazar la solución hasta un momento en que no hubiera estrategia alguna que aplicar, porque Pekín estaría ya plenamente encaminada para alcanzar el objetivo fijado por Xi Jinping: convertir a China en la primera potencia global para 2049.

En Washington empezó a cundir la idea de que, si no se actuaba, cuando se quisiera hacer, sería demasiado tarde. Esto inspiró una «cruzada democrática» dirigida a aislar a las potencias autoritarias, China y Rusia, con la esperanza de que esta terminara forzando en ellas un cambio o crisis internos, permaneciendo válido para el resto del mundo el orden internacional liberal liderado por EE. UU.

En Moscú y Pekín esto se interpretó como una seria amenaza y, desde entonces, la relación entre las grandes potencias no ha dejado de deteriorarse, dando lugar a un sistema internacional multipolar divergente, presidido por una intensa desconfianza y con una entente chino-rusa muy reforzada. Este es el contexto en el que la Federación Rusa ha desencadenado la guerra de Ucrania.

La apuesta alemana por articular la relación con Rusia sobre las bases de la Ostpolitik se hizo cada vez más difícil de sostener, y con la guerra ha muerto definitivamente7. No obstante, la aplicación previa de dos estrategias distintas, una desde EE. UU., más confrontacional, y otra desde Centroeuropa, basada en intereses económico-energéticos compartidos, ha llevado a un daño irreparable de la economía europea.
 

Guerra en Ucrania

Aunque para Washington la prioridad era la RPCh, a su estrecho aliado ruso, que llevaba ya tiempo retando a las potencias occidentales con toda una panoplia de acciones híbridas, había que pararle los pies. Anteriormente, EE. UU. y sus aliados habían dado muestras de debilidad y de desunión frente a las agresiones del Kremlin. En Ucrania la Casa Blanca quería demostrar que las cosas habían cambiado. Por su parte, Putin no estaba dispuesto a dar Ucrania por perdida, pero, como afirman Liana Fix y Michael Kimmage en Foreign Affairs, «aunque los rusos habían ganado las batallas en 2014 y 2015, el Kremlin estaba perdiendo la guerra por el futuro de Ucrania»8.

La Federación Rusa todavía mostraba gran confianza en la Estrategia Nacional de Seguridad de julio de 2021 y basaba su designio en la «paciencia estratégica», con la esperanza de que el imparable ascenso de la RPCh terminara forzando a Washington a buscar el acercamiento con Moscú. Contaba también el Kremlin con que los hidrocarburos le siguieran aportando importantes dividendos durante las próximas una o dos décadas, tiempo suficiente para mantener una economía fuerte mientras se producía  el reequilibrio estratégico que permitiría a Rusia jugar el papel de bisagra entre los dos colosos. Esto aseguraría a Rusia la capacidad para conservar su rango entre los grandes.

¿Qué ha ocurrido entonces para que el presidente Putin haya tomado la arriesgada decisión de apostar por las armas poniendo a medio mundo en su contra? Después del verano, Washington y Londres habían redoblado el esfuerzo militar para capacitar a Ucrania en caso de ataque ruso —con gran resultado hasta ahora, como hemos podido ver— y estaban haciendo una apuesta decidida para incorporar de facto a dicho país en el ámbito occidental con la determinación de hacer el proceso irreversible.

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Figura 1: Paralelismo entre las guerras de Ucrania y de la Independencia
Fuente: elaboración propia.

Se han propuesto las dos guerras mundiales como modelo para intentar explicar la lógica que rige los dilemas de la guerra de Ucrania. El ejemplo más adecuado es, no obstante, la guerra de la Independencia, donde todo rima asombrosamente. Entonces la invasión de España respondió a la pugna entre el Imperio napoleónico —la potencia terrestre— y la talasocracia británica. En palabras de Bonaparte, se trataba de «un juego de niños». Este, al igual que Putin, se confió y envió una fuerza insuficiente, que tras el Dos de Mayo dividió en múltiples comunas de castigo. El éxito de Bailén obligaría, en un primer tiempo, a abandonar Madrid. Los asombrosos éxitos anteriores habían infundido en el Gran Corso, ebrio de poder, un exceso de confianza, hasta el punto de que perdió el sentido de la realidad y no atendió a los consejos de sus más allegados.

Para España, que contribuyó de forma decisiva a la derrota de Napoleón, la guerra se tradujo en una victoria pírrica9, lo que parece ser también el destino de Ucrania. Las fuerzas insurrectas, respaldadas por el Reino Unido, enemigo acérrimo del Emperador, obligaron a detraer tropas de las operaciones principales para desplegarlas en la retaguardia, atacaron la moral de los ocupantes y les disputaron la información y los recursos logísticos; los heroicos sitios de Zaragoza y Gerona (léase Mariupol y Járkov) retuvieron fuerzas, les produjeron grandes bajas y sostuvieron la moral de lucha; al final, débil en todos los frentes, la falange napoleónica se detuvo. Con el tiempo, la empeñada resistencia española permitió que otras potencias se sumaran a la lucha —algo que hasta ahora no ha ocurrido por temor a una tercera guerra mundial—, lo que terminó salvando a la causa patriótica.

De haber vencido Napoleón, habría incorporado una parte del territorio español —al menos hasta la línea del Ebro— a Francia, suprimiendo la barrera del Pirineo y convirtiendo a España en un protectorado militar. Esto es lo que ahora pretende Putin, y en el horizonte se vislumbra la partición de Ucrania.

La gran batalla que acaba de comenzar supone una nueva fase de la guerra. Si la Federación Rusa resulta derrotada, hay gran probabilidad de que la naturaleza del conflicto escale y la guerra se prolongue, lo que nos acerca también al umbral del empleo del arma nuclear. Si las fuerzas rusas vencen, el Ejército ucraniano habrá perdido la capacidad de frenar la embestida enemiga y el Kremlin buscará más ganancias territoriales antes de detener su ofensiva. Al igual que el emperador de los franceses, Putin no se dará fácilmente por vencido y buscará una situación final que pueda vender al pueblo ruso como una victoria.

Moscú no desea que la guerra se prolongue por mucho tiempo, el riesgo de un colapso interno es real. La UE está sometida a grandes presiones y tampoco se puede permitir el lujo de una confrontación indefinida. Ucrania, que ya ha pagado un precio altísimo, resistirá hasta donde pueda. Washington no querría que la Federación Rusa saliera de la contienda conservando su condición de potencia y no tiene prisa, ni razones, para un final prematuro. Pase lo que pase, esta guerra dejará un rastro de odio y resentimiento que condicionará el escenario de seguridad europeo por décadas.

¿Después de la guerra qué?

Mientras esta guerra de desenlace incierto se prolonga, la RPCh y los EE. UU. están pensando en el conflicto potencial que se deriva de las actitudes agresivas, de los malentendidos culturales, de los agravios históricos y de la incompatibilidad ideológica, así como del deseo de Pekín de reemplazar el orden internacional de inspiración occidental por otro que ponga a China en el centro y se acomode mejor a sus valores e intereses nacionales.

En Taipéi la preocupación por una invasión militar ha subido muchos enteros. Desde Pekín el mensaje es claro —«mirad a Ucrania»—, mientras las incursiones en la zona de defensa aérea de Taiwán no han dejado de intensificarse. Para la RPCh, dicha isla tiene un triple significado: identitario, al revertir la afrenta histórica que desgajó un territorio nacional; geopolítico, por su posición que controla el acceso entre los mares de la China Meridional y Oriental y entre estos y el Pacífico (algo de enorme valor para un país encorsetado por la geografía), y económico-tecnológico, por el dominio de Taiwán en la producción de los semiconductores más avanzados. Para Washington, está en juego el liderazgo regional y, en definitiva, global, dado que el centro de gravedad del mundo se está desplazando hacia allí.

Kevin Rudd, en su reciente libro The Avoidable War? 10, presenta el siguiente panorama (que el resultado de la guerra obligará a revisar): Pekín todavía no está preparada para medirse por la fuerza con Washington. Necesita algunos años, cinco o más, para ganar resiliencia económico-financiera, protegerse de las sanciones económicas de EE. UU. y de sus aliados y dotarse de las capacidades militares que le aseguren el éxito en una eventual toma de Taiwán por la fuerza. En opinión del autor, Xi Jinping planea estar en el cargo hasta mediados de la década de 2030, asumiendo su posible reelección en el 20.º Congreso del Partido en noviembre. Es probable que intente utilizar medios militares para recuperar Taiwán si no puede hacerse con ella por medios políticos. Parece que desee ver el contencioso resuelto en vida y haber hecho de ello un asunto personal.

Según el ex primer ministro australiano, esto supone que durante algunos años la situación pueda resultar más tranquila, pero hacia finales de la presente década o principios de la siguiente el contexto estratégico tenderá peligrosamente hacia la confrontación militar. Esta ha de ser evitada porque arrastraría a un conflicto catastrófico. Desde ahora habría que empezar a diseñar un modelo y unos mecanismos de relación recíproca, que Rudd define como managed strategic competition, dirigidos a crear una eficaz combinación de disuasión, distensión y diplomacia. Uno de los pilares de este enfoque pone el énfasis en los retos comunes, como el cambio climático y la seguridad frente a pandemias que afectan a todos, que han de ser abordados desde una actitud de colaboración.

Dicho punto de vista no es el mayoritario entre las potencias anglosajonas, donde se impone una actitud cada vez más beligerante, pero es el que mejor se acomoda a la perspectiva de España, que, al no tener responsabilidad en el siglo chino de las humillaciones, tampoco percibe como existencial la amenaza de una China emergente. Si al final la RPCh llegara a convertirse en la nación más poderosa de la tierra —sin duda, la hipótesis más peligrosa y para algunos también la más probable—, España y la UE tendrán que encontrar su acomodo. En Australia se dice que han izado la bandera de combate y la han clavado al mástil, ¡no hay cabida para la derrota! En nuestras latitudes no hay razón para tanto dramatismo, aunque únicamente una UE mucho más integrada podrá hacer frente a las imposiciones de Pekín.

Un aspecto determinante será cómo las otras potencias y actores regionales se posicionen en relación con Rusia y, posteriormente, con China, siendo la India la clave de bóveda. El cierre de filas de todo Occidente tras el liderazgo de Washington que la guerra de Ucrania ha producido no se traduce necesariamente a escala más amplia. Nueva Delhi no quiere contribuir, mediante el aislamiento y el empobrecimiento de Rusia, a que Moscú acabe definitiva e irreversiblemente bajo la influencia de Pekín. Así, se entiende que quiera facilitar a Rusia incluso medios de pago alternativos bilaterales en sus propias divisas para disminuir esa dependencia11. Al mismo tiempo, India quiere mostrar su autonomía estratégica y, de momento, está resistiendo a las presiones de EE. UU. y sus aliados.

La RPCh, por su parte, también se está acercando a la India porque teme que, tras la guerra de Ucrania, EE. UU. pueda salir reforzado y necesita un entorno geopolítico más distendido en Asia. El Gobierno indio, sabedor de su posición de fuerza, quiere arrancar a Pekín importantes concesiones en el delicado contencioso fronterizo. De cómo evolucione esta relación dependerá en gran medida el futuro orden geoestratégico global.

Aunque en China estén surgiendo diversas voces que abogan por romper con Rusia para evitar el aislamiento y poner el énfasis en el desarrollo económico12, todo parece indicar que, de momento, Xi Jinping desea mantener a la Federación Rusa viva para obligar a Washington a diversificar la atención estratégica en dos frentes, seguir contando con la colaboración rusa —esencial para el desarrollo militar chino— y evitar que una Rusia hostil o en proceso de descomposición le obligue a dedicar una parte de las Fuerzas Armadas a la cobertura de la frontera común13.

Turquía, al igual que otros países, incluido Israel, ha buscado un término medio en relación con la guerra de Ucrania. Aunque votó contra Rusia en la Asamblea General de la ONU, no ha sancionado a Moscú ni ha cerrado su espacio aéreo a los aviones rusos. Hay claras diferencias entre la política turca y los enfoques inequívocos en favor de Ucrania de la UE y la OTAN, lo que implica que Ankara está manteniéndose retóricamente comprometida con la independencia de Ucrania y ofreciendo mediar en el conflicto mientras se inclina hacia Rusia14. En el caso de Turquía, como en el de la India —extensible a otros países—, el intenso nacionalismo de sus dirigentes ahonda en el resentimiento antioccidental, lo que podría llegar a tener una carga geopolítica tan preocupante como decisiva. En un mundo que se desoccidentaliza15, los abusos de la era imperialista pueden terminar pasando factura.

A todo lo anterior hay que sumar las consecuencias económicas y sociales —especialmente severas para la UE— de la misma guerra y de los obstáculos a la globalización. Con ello se destruyen, además, importantes instancias inmateriales cada vez más necesarias en un mundo interconectado e interdependiente y que, como afirma Kaplan, se está contrayendo por efecto de la tecnología.

El número de escenarios de futuro es tan amplio que no se puede prever hacia dónde arrastrará esta serie de tormentas a España y a Europa. De momento, el primer gran reto es no verse abocados a una tercera guerra mundial. Una pesadilla asoma al sur con el desplazamiento de Francia por parte de Rusia en Mali y la creciente presencia rusa en la región. No es evidente, aunque podría ser la única consecuencia positiva de la guerra de Ucrania: que la UE salga reforzada. Tampoco se puede descartar algún contratiempo serio en la política interna de los EE. UU. Cuando le llegue el momento a Taiwán, la posición que se adopte será especialmente delicada… El nuevo sistema internacional que surgirá requerirá formulas nuevas y hay que evitar que las pasiones que las guerras despiertan nos nublen la vista y la inteligencia.

Conclusión

La guerra de Ucrania ha clausurado una era y ha abierto otra, suponiendo el paso definitivo hacia un mundo postoccidental. El futuro se presenta muy incierto y especialmente contradictorio.
Putin se ha lanzado imprudentemente al conflicto armado, pero no parece un líder dispuesto a aceptar la derrota. Muchos son ahora los peligros que se asoman por el horizonte.

Según cuándo y cómo finalice esta guerra, así se iniciará una nueva etapa en la que la confrontación por Taiwán entre EE. UU. y China está llamada a presidir la geopolítica global. Washington teme las consecuencias del ascenso de Pekín a la primacía mundial; Xi Jinping está determinado a reincorporar la antigua Formosa durante su mandato, si fuera necesario por la fuerza.

Tanto el actual conflicto armado como el potencial en ciernes están conduciendo a un realineamiento de las potencias, lo que puede producir una gran fractura del mundo en bloques enfrentados con una geometría variable.

La supervivencia de la Federación Rusa dependerá de que Pekín y Nueva Delhi no la suelten de la mano.

La India se ha convertido en el gran objeto de deseo geopolítico y no parece dispuesta a renunciar a su autonomía estratégica. La RPCh desea mejorar su relación con el otro gigante asiático para protegerse de la presión de EE. UU. y sus aliados.

Se abre toda una multitud de escenarios de futuro en los que España y Europa tendrán que encontrar un camino seguro. No parece que las recetas de siempre vayan a seguir siendo válidas. Una UE verdaderamente unida sería la respuesta más coherente a los enormes retos que se han de abordar.

En cualquier caso, se debe mantener la cabeza fría; lo que está en juego es la vida y la prosperidad de las generaciones más jóvenes.


José Pardo de Santayana*

Coronel de Artillería DEM Coordinador de Investigación del IEEE
 

Bibliografía

1 LAMO DE ESPINOSA, Emilio. Entre águilas y dragones. El declive de Occidente. Espasa, 2021.

2 RUDD, Kevin. «Short of War. How to Keep U.S.-Chinese Confrontation From Ending in Calamity», Foreign Affairs.
Marzo-abril de 2021.

3 FUKUYAMA, Francis. The End of History and the Last Man. Free Press, 1992.

4 LAMO DE ESPINOSA, Emilio. Op. cit., p. 57.

5 O’BRIAN, Robert C. «How China Threatens American Democracy. Beijing’s Ideological Agenda Has Gone Global»,
Foreign Affairs. Noviembre/diciembre de 2020.

6 X (KENNAN, George F.). «The source of Soviet conduct», Foreign Affairs. Julio de 1947.

7 RÁCZ, András. Germany’s Shifting Policy towards Russia. The sudden end of Ostpolitik. FIIA Briefing Paper, n.o 335. Marzo de 2022.

8 FIX, Liana y KIMMAGE, Michael. «What If Russia Makes a Deal? How to End a War That One Is Likely to Win»,
Foreign Affairs, 23 de marzo de 2022.

9 PARDO DE SANTAYANA, José. El 200 aniversario de la muerte de Napoleón y su huella en el devenir de España. Academia de la Ciencias y las Artes Militares, 1 de abril de 2021.

10 RUDD, Kevin. The Avoidable War? The Dangers of a Catastrophic Conflict between the US and China. PublicAffairs, 2021

11    PIQUÉ, Josep. «¿Con quién está India?» (Política Exterior). 7 de abril de 2022. Disponible en: https://joseppique.es/articulos/geopolitica-otan-guerra-ucrania-rusia-occidente-geoestrategia-crisis-conflicto-putin- invasi%C3%B3n-china-india-europa%20

12 WEI, Hu. «Possible Outcomes of the Russo-Ukrainian War and China’s Choice», US-China Perception Monitor. 12
de marzo de 2022.

13 RUDD, Kevin. Op. cit.

14 COOK, Steven A. «Where Turkey Stands on the Russia-Ukraine War», Council on Foreign Relations. 3 de marzo de 2022.

15 LAMO DE ESPINOSA, Emilio. Op. cit.