El Gobierno de Etiopía utiliza el hambre como arma de guerra 

La ONU advierte sobre el deterioro de la situación humanitaria en Etiopía 
PHOTO/ OLIVIER JOBARD/MYOP  -   Conflicto Tigray

PHOTO/ OLIVIER JOBARD/MYOP  -   Conflicto Tigray

Huir para vivir es una reacción primaria del ser humano ante la violencia. Cuando las personas se desplazan masivamente suelen hacerlo repentinamente, con lo puesto, abandonando sus hogares y medios de vida. Cuando consiguen llegar a un campo de refugiados dependen de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Muchas veces se hacinan en lugares sin acceso a agua segura y con precarias condiciones de saneamiento e higiene, donde es fácil que se propaguen enfermedades y epidemias. Cuando esta situación se alarga en el tiempo a menudo se generan tensiones con la población de acogida. 

En una guerra es frecuente que las personas huyan sin tiempo para recoger su cosecha, o perdiendo los periodos de siembra. Abandonan o pierden sus animales y sus herramientas de trabajo. A menudo las partes en conflicto utilizan los cultivos como táctica militar aplicando una política de “tierra quemada” o practicando con asiduidad el robo de ganado. Uno de los primeros objetivos militares en una guerra son las vías de comunicación, interrumpiendo así el abastecimiento de poblaciones enteras. Los campesinos tampoco pueden sacar sus productos a la venta en entornos amenazados por la violencia. Es habitual que las guerras disparen la inflación. Los conflictos armados reducen el PIB de un país en un 17,5% de media. A su vez, la subida de precios de los alimentos y productos básicos ha prendido la mecha en muchos de los conflictos actuales.  

Cuesta pensar en un saco de arroz como un elemento mortífero. O en bidones de agua como granadas esperando ser activadas. La guerra, sin embargo, tiene mucho que ver con la comida. O, mejor dicho, con la falta de ella. El hambre es causa y consecuencia de enfrentamientos y, en suma, provoca una inseparable espiral de desnutrición y violencia. El orden habitual del círculo vicioso comienza con el estallido de la violencia, que provoca el desplazamiento de la población. Después llega la destrucción de cosechas y de mercados u otras vías de comunicación. Hasta que miles de personas quedan aisladas de la comida.  

Hay dirigentes que invierten todo su tiempo y su talento en crear un sistema para que toda su población coma. Otros se esfuerzan en lo contrario. Y hay algo que mata más que las balas: es la hambruna inducida como arma de guerra. 

La sequía  y el miedo a ser atacados hacen que las familias no salgan a cultivar. Además, millones de personas han tenido que huir de sus casas en busca de protección y alimentos, dejando atrás sus tierras y los pocos recursos que tenían para ganarse la vida. Al no haber suficientes cosechas, el precio de los productos básicos se ha encarecido (la inflación ha llegado a subir un 800%). Las familias no pueden comprar comida y sobreviven a base de nenúfares o semillas. 

Entre tres y cuatro millones de personas no tienen acceso a servicios médicos esenciales en la zona central de la región etíope de Tigray, como consecuencia del conflicto abierto que la enfrenta con el Gobierno federal de Etiopía desde el 4 de noviembre, informó hoy en un comunicado Médicos Sin Fronteras.

PHOTO/JASON RIZZO/MSF - El paso fronterizo de Hamadayet, donde los refugiados de Etiopía cruzan el río hacia Sudán
PHOTO/JASON RIZZO/MSF - El paso fronterizo de Hamadayet, donde los refugiados de Etiopía cruzan el río hacia Sudán

Según el comunicado, en muchos lugares visitados por MSF "el suministro eléctrico está cortado, el de agua no funciona, las redes de telecomunicaciones están caídas, los bancos cerrados y muchas personas tienen miedo de regresar a sus lugares de origen debido a la constante inseguridad". 

Desde que estallaron los enfrentamientos, el pasado 28 de noviembre,  unas 55.000 personas han cruzado a Sudán desde esta región, fronteriza con este país y Eritrea, pero muchas otras se han desplazado internamente en ciudades, pero también zonas remotas o atrapadas entre focos de violencia, unas 500 al día, según los datos de Acnur, que se está centrando en trasladarlos para descongestionar las zonas fronterizas. 

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) informó  de que ha logrado finalmente acceder a dos campos de refugiados eritreos en Tigray (Etiopía) que habían quedado aislados tras dos meses de conflicto, y halló graves síntomas de malnutrición y falta de acceso a necesidades básicas. 

Decenas de miles de refugiados en los campos de Mai Aini y Adi Harush "necesitan desesperadamente suministros y servicios, después de que el conflicto forzara a los trabajadores humanitarios a dejar la zona", señaló en rueda de prensa el portavoz de ACNUR Babar Baloch. 

Naciones Unidas advirtió hace unos días  sobre el deterioro de la situación humanitaria en Etiopía, donde cientos de miles de personas aún no han podido recibir ayuda humanitaria desde que comenzó el conflicto en la región de Tigray hace más de dos meses y medio, debido a las restricciones en el acceso a la región. 

"La falta de comida, agua y servicios sanitarios está afectando a muchas personas hasta el punto que ya se ha reportado un aumento de la malnutrición y de enfermedades relacionadas con la deshidratación", señaló en una rueda de prensa el portavoz de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, Jens Laerke. 

La pandemia de coronavirus ha agravado esta situación, en el informe, titulado “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo”, y elaborado por la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Fondo de Desarrollo Agrícola (FIDA) -las tres con sede en Roma-, junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de la ONU para la Infancia (UNICEF), alerta de que la crisis sanitaria “está intensificando la vulnerabilidad y la desigualdad de los sistemas alimentarios mundiales”, desde la producción, a la distribución y el consumo.  

Más allá de la pandemia, el hambre en el mundo es un problema que no deja de crecer. Los datos recabados demuestran que los hambrientos crónicos comenzaron a aumentar “lentamente” en 2014 y sigue haciéndolo hasta hoy, después de disminuir durante décadas.