El ocaso de la legitimidad de occidente

‘Así empieza todo’. La guerra oculta del siglo XXI
Portada 'Así empieza todo' de Esteban Hernández

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Escribe Esteban Hernández en ‘Así empieza todo’ que, si Estados Unidos hubiera tenido un dirigente distinto a Roosevelt tras la Segunda Guerra Mundial, el panorama del orden mundial resultante tras la contienda habría sido muy diferente.

Y es que, aunque nos empeñemos en entonar el mantra de que la historia es cíclica y que todo tiende a repetirse, lo cierto es que las personas, y más aún nuestros dirigentes, influyen profundamente en ella, aunque no por ello se obtienen mejores resultados.

Así, entrelazando la historia con ejemplos actuales y revisando una gran variedad de temas, desde mitos griegos hasta la pandemia del coronavirus, Hernández nos presenta situaciones parejas en las que los errores han tendido a repetirse y han dibujado la situación política, económica y social de algunos países, por separado, así como del conjunto del globo.

El autor pone como ejemplo la crisis de los misiles de Cuba y la pandemia de coronavirus. En el primero de los eventos, relata cómo la sociedad, el Ejército y los altos mandos norteamericanos se inclinaban, aparentemente sin remedio, por un conflicto con Rusia. “La guerra iba a estallar por lo que rehuir el conflicto era peor”. El punto diferencial lo pusieron Kennedy y Kruschev evitando el conflicto.

Sin embargo, la paranoia de la seguridad ha sido una constante a lo largo de la historia de la política internacional. Los ejemplos más claros han sido los líderes soviéticos, blindándose ante cualquier movimiento exterior inesperado y desconfiando del resto de la humanidad hasta la locura. 

Pero no hace falta remontarse a la URSS para encontrar decisiones desproporcionadas por miedo a agentes externos; el muro de Trump contra los inmigrantes, la expulsión de Gadafi o la sobrerreacción a la crisis de 2008 son ejemplos bastante cercanos a los lectores. 

Algo parecido, explica, le sucede al sistema inmune con las peores situaciones de la COVID-19. “La reacción desproporcionada del sistema inmunitario genera una tormenta de citoquinas que provoca una inflamación en los pulmones, lo que dificulta todavía más la respiración del enfermo”. 

“La COVID-19 es una metáfora bastante precisa de esta reacción que pretende solucionar un problema y acaba por empeorarlo”. Lejos de caer en argumentos negacionistas, el autor ilustra a la perfección cómo un potencial peligro, si desconocido, es doblemente peligroso.

China y EEUU

Hernández va un paso más allá y asegura que “la actual guerra comercial entre China y Estados Unidos es el resultado de la creciente hostilidad entre ambas potencias con el riesgo cierto, a medio plazo, de que el horizonte de todas estas tensiones sea una guerra real”.

Con afirmaciones como esta, el lector se adentra en una absorbente guía de cómo funciona la sociedad y el mundo actual, cómo hemos llegado a este punto y, en última instancia, la fragilidad que tiene el orden mundial. El autor nos dibuja, de una manera que nada tiene que envidiar a otros referentes como ‘La trampa de la diversidad’, ‘Así se domina el mundo’ o ‘¿Por qué fracasan los países?’, un escenario internacional más que convulso.

Especial relevancia cobra el caso de China, para Hernández, “consecuencia obvia del ‘folly’” (o estupidez) de Occidente. Según el autor, los países occidentales cometieron dos grandes errores en este aspecto: “fomentar que el país asiático se convirtiera en la fábrica del mundo” y “dejar en manos ajenas todo aquello que había hecho fuerte a Occidente” como el trabajo, la tecnología o los recursos.

Ahora, con un gigante que ha arrollado a sus competidores en la carrera tecnológica y que se postula como uno de los focos de poder mundiales, lo que queda para el resto es negar la mayor y tratar de desvirtuar al oponente. Es el final perfecto de David contra Goliat.

La guerra oculta del siglo XXI

Pero la guerra oculta del siglo XXI no iba a producirse entre naciones, argumenta Hernández, sino que el principal enfrentamiento es “subterráneo” y lo vivimos entre el ámbito financiero y el productivo. El primero engloba a la mayoría de la población, personas que prestan su trabajo a cambio de una remuneración o, en caso de no poder hacerlo, reciben una prestación del Estado. Los segundos intermedian en el capital con asombrosa fortuna y “desvinculación de los vínculos comunes”, según Hernández. 

Como bien dice el autor, sólo hay que remontarse a la crisis de 2008 para ver que los primeros son los grandes perdedores y los segundos los capitanes del barco en una suerte de sociedad fiscal que haría que Karl Marx se revolviese en su tumba. El capital ha dado paso a lo bursátil, con unos valores inflados a base de generar expectativas y una economía productiva gravemente perjudicada. Lo real ha ganado a lo ficticio. Y eso sin contar a las criptomonedas.

Así, el autor asegura que la crisis del coronavirus sólo ha sido un ejemplo más de esta tendencia. “En la crisis de la COVID-19 los rescates han ido a parar a grandes empresas endeudadas, demasiado estratégicas para caer, cuya salvación beneficiaba a los accionistas y bonistas mucho más que a la misma economía; mientras las dificultades de trabajadores y pymes para acceder a las ayudas fueron mucho mayores”. 

Los índices bursátiles no se han hecho eco del replanteamiento social que surgió a raíz del confinamiento en torno al modo de vida y que examinaba qué era lo que realmente necesitábamos las personas. Pronto se ha olvidado aquello de que de poco valía, en lo peor del confinamiento, tener la cuenta bancaria en cifras astronómicas si el supermercado se veía desabastecido de papel higiénico.

Concluye Hernández, podríamos decir que, de manera consensuada con un groso de la sociedad, que los países occidentales tienen “la necesidad de realizar cambios” y alude a una “sensación de estancamiento y fatiga del sistema” que, a su juicio, “debe ser revertida mediante reformas”.

A este respecto, argumenta que este tipo de demandas ya existían antes del fatídico marzo de 2020 y que, en todo caso, la pandemia les “ha añadido un grado de urgencia”. Las fragilidades de la globalización han sido puestas bajo el foco y la falta de capacidad de respuesta por parte de los poderes ha acrecentado, aún más si cabe, el distanciamiento con los ciudadanos. 

“Esto es particularmente preocupante en la medida en la que el aspecto esencial de la legitimidad occidental sobre el que se asentaba su superioridad moral era claramente cultural: la identificación de los ciudadanos occidentales con los valores existentes”.

Mientras la obra de Hernández se convierte en un libro de cabecera para el público general y de referencia para politólogos internacionales, veremos cómo acaba todo y si hay cabida para que las transformaciones que nos esperan den lugar a un conjunto global más justo. Hernández sentencia: “Es el futuro lo que está en juego, por lo que, en lugar de invertir para salvar los agujeros del viejo sistema, sería mucho más conveniente reenfocarlo hacia un horizonte más moderno, equilibrado y sostenible”.