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En busca del tiempo judío de Proust

Centro Sefarad-Israel conmemora el centenario de la muerte del escritor judío francés con una exposición en la que muestra su singular visión de la sociedad, los secretos inconfesables y su relación con España
marcel proust en el centro sefarad

PHOTO/ATALAYAR  -  

Catorce años tardó Marcel Proust en escribir En busca del tiempo perdido, una de las obras cumbre de la literatura universal, gracias a su capacidad de análisis y observación de uno de los momentos más convulsos en la historia de Francia y Europa. 

En aquellos cincuenta años a caballo de los siglos XIX y XX, Francia acentúa su rivalidad con Alemania, que desembocará en tres guerras de consecuencias globales a partir de la franco-prusiana, que acabaría con la derrota de Napoleón III y el final definitivo del Imperio. Son momentos en los que las comunidades judías tanto de Francia como de muchos países de Europa empiezan a ser señaladas. Estallan episodios como el “affaire Dreyfus”, que partirá la sociedad francesa en dos, “a la manera de las dos Españas”, en expresión de Brigitte Leguen, catedrática emérita de la UNED y asesora especial del contenido de esta exposición. 

marcel proust centro sefarad atalayar
PHOTO/ATALAYAR

En conversación con Atalayar, Leguen pone el acento en la ocultación sistemática de la identidad judía de muchos de sus grandes personajes: el propio Proust, como también el filósofo Bergson o el también escritor Montaigne. “Los planes de enseñanza ocultaban conscientemente esta característica de sus grandes prohombres, como también se cuidaban muy mucho de resaltar la homosexualidad de gran número de ellos”, subraya Leguen. 

La exposición que ahora nos muestra el Centro Sefarad-Israel  nos muestra cómo el judaísmo de Proust se presenta en multitud de aspectos identitarios y culturales, que se entremezclan en su obra con una maestría insuperable. Plasma sus muchas referencias a la idea del tiempo. En el judaísmo el pasado y el presente fracturan la idea de una cronología y siempre remite a una de las esencias del pueblo judío: la memoria. 

PHOTO/ATALAYAR - Marcel Proust centro sefarad Atalayar
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El secreto en su tiempo

Su homosexualidad ya empezó a manifestarse en Los placeres y los días, justo cuando era un tema que permanecía soterrado en la sociedad de su época, y que desarrollará con el también habitual sentimiento de culpa por poseer una orientación sexual que no se adaptaba a las normas establecidas de entonces. En el crepúsculo de sus días publicará no obstante Sodoma y Gomorra, cuyos dos tomos saldrán a la luz en 1921 y 1922, respectivamente, y en los que indaga con profusión en esa temática. 

En realidad, hasta la muerte de su madre, Joanne Weil, en 1905, Proust evita manifestar abiertamente lo que Elisabeth Ladenson llama “la trinidad maldita”. Proust varía y lo llama “raza maldita”, al tiempo que realiza un empleo del concepto de raza relacionándolo con el judaísmo. Proust describe la sociedad que le rodea y su hipocresía social y mundana, de forma que defiende cada vez con mayor vehemencia, a través de sus personajes, la homosexualidad masculina como expresión de la naturaleza. En Sodoma y Gomorra, su personaje, el barón de Charlus, entre viril y femenino, hará su mayor alegato en defensa de la visibilidad de la homosexualidad, que en esa obra concreta también se ocupa de la femenina. 

PHOTO/ATALAYAR - Marcel Proust centro sefarad Atalayar
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Todo ello se produce en Francia al mismo tiempo que en Inglaterra estalla el caso Oscar Wilde, arrestado y condenado en 1895 “por conducta indecente y sodomía”, al tiempo que en Alemania el caso Eulenburg pone el foco en la relación entre el emperador Gillermo II y Philippe zu Eulenburg. Una relación que termina con la condena del príncipe y que influye notablemente en la política internacional del país. 

Proust se vale de nombres ficticios en sus obras, pero hay uno al que menciona por su verdadero nombre, el artista español Mariano Fortuny (1871-1949), que nace en Granada y muere en Venecia. Proust le dota en su novela de un papel sensual, poético y doloroso. Además de sus pinturas, Proust admiraba en Fortuny su creación de moda, con invenciones que hicieron furor en la época, como la túnica Delfos o el chal Knossos, creaciones que fueron adaptadas pronto por las grandes divas del teatro y la danza, Sarah Bernhard o Isadora Duncan, Lilian Gish o Peggy Guggenheim. El mismo Orson Weles realizó el vestuario de su Otelo basándose en los diseños de Fortuny. 

Una muestra que cumple con su cometido de descubrir y profundizar en facetas no muy conocidas de un gran personaje. Organizada en colaboración con el Institut Français de Madrid y la Fundación Hispanojudía, permanecerá abierta hasta finales de este 2022, jalonada por numerosas conferencias y debates que ayudarán a comprender más aún  la compleja personalidad de este escritor universal y, por lo tanto atemporal.