Importante paso de la Casa Blanca contra el supremacismo blanco

El Gobierno estadounidense califica como terrorista al Movimiento Imperial Ruso, una organización armada neonazi con conexiones en otros países
Miembros de los nacionalistas blancos se enfrentan a un grupo de contramanifestantes en Charlottesville, Virginia, EEUU, el 12 de agosto de 2017

REUTERS/JOSHUA ROBERTS  -   Miembros de los nacionalistas blancos se enfrentan a un grupo de contramanifestantes en Charlottesville, Virginia, EEUU, el 12 de agosto de 2017

“Había gente muy buena en las dos partes”. Estas palabras resonaron por todo Estados Unidos. Las pronunció el presidente Donald Trump el 15 de agosto de 2017. Tres días antes, en la ciudad de Charlottesville, Virginia, la plataforma ‘Unite the right’ (Unir a la derecha) había convocado una manifestación en la que se exhibieron todo tipo de símbolos racistas. Los habitantes de la localidad se movilizaron y se concentraron frente a ellos junto a grupos de antifascistas. Hubo enfrentamientos. En la refriega, un joven de extrema derecha lanzó su coche contra la multitud. Asesinó a la abogada Heather Heyer e hirió a otras 30 personas.

Debido a su tibia y equidistante reacción, el presidente Trump fue duramente criticado en todo el país, también por voces de la derecha más moderada. La benevolencia que el magnate neoyorquino ha mostrado hacia sus simpatizantes supremacistas blancos había sido una constante desde que dio el salto a la política. Sin embargo, esta actitud podría estar cambiando.

En esta foto de archivo tomada el 12 de agosto de 2017, el presidente de los Estados Unidos Donald Trump habla a la prensa sobre las protestas en Charlottesville en uno de sus resorts
AFP/ JIM WATSON - En esta foto de archivo tomada el 12 de agosto de 2017, el presidente de los Estados Unidos Donald Trump habla a la prensa sobre las protestas en Charlottesville en uno de sus resorts

Por primera vez, la Casa Blanca ha dado el paso de calificar a un grupo armado de extrema derecha como organización terrorista. El grupo en cuestión es el llamado Movimiento Imperial Ruso (RIM, por sus siglas en inglés). Se trata de una entidad de corte paramilitar que tiene su base en San Petersburgo, pero que cuenta con numerosas conexiones en otros países de Europa y en el propio suelo estadounidense.

Se considera al RIM responsable del reclutamiento y la instrucción de dos hombres de nacionalidad sueca que, tras pasar un tiempo en sus campos de entrenamiento, perpetraron varios ataques en Gotemburgo y otros puntos cercanos del país escandinavo. Aquellos episodios ocurrieron a finales de 2016, según la información facilitada a medios por Nathan A. Sales, coordinador de Contraterrorismo de la Casa Blanca. 

La etiqueta de organización terrorista, aplicable solo a organizaciones de fuera de Estados Unidos que representen un peligro para la seguridad nacional, había sido monopolizada, hasta la fecha, por entidades de etiología yihadista; una circunstancia, en cierto modo, lógica, puesto que la lucha antiterrorista se ha centrado más en este tipo de amenaza a lo largo de las últimas décadas.

Manifestación anual de la Marcha Rusa, organizada por nacionalistas y activistas políticos de extrema derecha, en el Día de la Unidad Nacional en Moscú, el 4 de noviembre de 2019
REUTERS/TATYANA MAKEYEVA - Manifestación anual de la Marcha Rusa, organizada por nacionalistas y activistas políticos de extrema derecha, en el Día de la Unidad Nacional en Moscú, el 4 de noviembre de 2019
Percepción de una amenaza creciente

La óptica de seguridad, sin embargo, parece estar cambiando o, por lo menos, parece haberse ampliado. A principios de año, el Congreso estadounidense, con apoyo de los dos grandes partidos, aprobó una moción en la que se expresaba un rechazó firme y explícito al nacionalismo y el supremacismo blanco. En la misma línea, hace apenas dos meses, a principios del pasado febrero, el director del FBI Christopher Wray ya definió que el terrorismo con motivaciones racistas constituía una “amenaza nacional prioritaria”.

En esta foto de archivo tomada el 12 de agosto de 2017, nacionalistas blancos, neonazis y miembros de la derecha alternativa chocan con los contramanifestantes en Charlottesville, Virginia
AP/ CHIP SOMODEVILLA - En esta foto de archivo tomada el 12 de agosto de 2017, nacionalistas blancos, neonazis y miembros de la derecha alternativa chocan con los contramanifestantes en Charlottesville, Virginia

La designación como terrorista del RIM implica que el Tesoro tiene la capacidad de intervenir los bienes de aquellas personas que, desde suelo estadounidense, se muestren dispuestas a colaborar con el grupo. Del mismo modo, puede actuar sobre los activos de sus miembros en el país. Los líderes de la organización, Stanislav Anatolyevich Vorobyev, Denis Valliullovich Gariyev y Nikolay Nikolayevich Trushchalov, quedan, asimismo, marcados como terroristas y se les pueden imponer sanciones a nivel personal.

“Permítanme ser claro: las designaciones realizadas hoy envían un mensaje inequívoco de que Estados Unidos no dudará en emplear su autoridad sancionadora con agresividad, y de que estamos preparados para poner en la diana cualquier grupo terrorista, independientemente de su ideología, que amenace a nuestros ciudadanos, nuestros intereses en el extranjero o a nuestros aliados”, sentenció el coordinador Sales al término de su intervención.

El embajador Nathan Sales, subsecretario interino de Seguridad Civil, Democracia y Derechos Humanos y Coordinador de la Lucha contra el Terrorismo
REUTERS/YARA NARDI - El embajador Nathan Sales, subsecretario interino de Seguridad Civil, Democracia y Derechos Humanos y Coordinador de la Lucha contra el Terrorismo

Lo cierto es que, a lo largo de los últimos años, el terrorismo asociado a la ideología de extrema derecha ha representado una amenaza mayor en Estados Unidos que el terrorismo de inspiración yihadista. Según un informe publicado en septiembre de 2019 por el prestigioso laboratorio de ideas The Soufan Center, casi tres cuartas partes de los actos terroristas perpetrados en el país perpetrados desde el 11-S hasta finales de 2016 estuvieron inspirados por el supremacismo blanco (62 ataques, frente a los 23 cometidos en nombre del yihadismo).

El impacto de este tipo de violencia extremista no se reduce simplemente al territorio estadounidense. Son ejemplos de ello el ataque perpetrado por un neonazi australiano contra dos mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda, en el que 51 personas fueron asesinadas en marzo de 2019. 

Tampoco Europa se libra; en el recuerdo colectivo del viejo continente, queda la matanza perpetrada por el terrorista noruego Anders Breivik en la isla de Utoya el verano de 2011. Casi 80 personas, en su mayoría adolescentes, perecieron aquel día. Más recientemente, un ciudadano alemán abrió fuego contra dos locales de ‘shisha’ en Hanau, cerca de Frankfurt. Diez personas personas fueron asesinadas.

Ceremonia en el segundo aniversario de la masacre gemela de Oslo y Utoya por el asesino confeso Anders Breivik en Utvika, el 22 de julio de 2013
REUTERS/ALEKSANDER ANDERSEN - Ceremonia en el segundo aniversario de la masacre gemela de Oslo y Utoya por el asesino confeso Anders Breivik en Utvika, el 22 de julio de 2013
El “Gran Reemplazo”

Muchos de estos ataques han compartido un rasgo común, más allá de la ideología que los inspiró: los individuos que los llevaron a cabo dejaron tras de sí manifiestos que ellos mismos habían elaborado para explicar los motivos que tenían para cometer los actos terroristas. Uno de los patrones que se puede identificar en esos textos radica en las constantes referencias a lo que se llama la “teoría del Gran Reemplazo”. 

Esta hipótesis, popularizada por el francés Renaud Camus y basada en conspiraciones y no en datos empíricos, apunta a que los gobiernos occidentales, compinchados con los lobbies judíos que dominan el mundo, están, de alguna manera, permitiendo sin ningún control la llegada de inmigrantes musulmanes a los territorios que, tradicionalmente, han sido de mayoría cristiana. A largo plazo, esta política provocará que las tierras europeas queden en manos de los musulmanes. A la postre, este “reemplazo” se traduciría en un “genocidio blanco”.

Lo que inspira a muchos de estos atacantes es, por tanto, un convencimiento sustentado por ideas conspirativas, identitarias, que respaldan la supremacía de la raza blanca cristiana, antisemitas e islamófobas. Así pues, se trata de un ideario que representa una actualización a la realidad del siglo XXI de algunos de los puntos doctrinales que caracterizó a los totalitarismos de extrema derecha de la primera mitad del siglo XX.

Mezquita Al Noor, una de las mezquitas donde unas 50 personas fueron asesinadas por un pistolero de supremacía blanca autoproclamado el 15 de marzo, en Christchurch, el 5 de abril de 2019
AFP/SANKA VIDANAGAMA - Mezquita Al Noor, una de las mezquitas donde unas 50 personas fueron asesinadas por un pistolero de supremacía blanca autoproclamado el 15 de marzo, en Christchurch, el 5 de abril de 2019
Ucrania y Rusia, áreas de expansión

Los documentos elaborados por The Soufan Group y otras entidades dedicadas al estudio de las amenazas a la seguridad alertan de que no se debe bajar la guardia frente a este tipo de terrorismo. Señalan a un punto de la geografía mundial que pasa bastante desapercibido, pero que continúa registrando una notable actividad bélica: Ucrania.

La guerra del Donbás es un conflicto que continúa abierto sin visos de una resolución a corto plazo. Este escenario ha servido como un laboratorio perfecto para que muchos grupos supremacistas -tanto ucranianos como rusos- perfeccionasen sus tácticas y técnicas de combate y comisión de atentados. De hecho, se llega a considerar a Ucrania como “el Afganistán del terrorismo de extrema derecha”, puesto que fue en la guerra Afgano-soviética cuando sobrevino la ola de terrorismo yihadista con el nacimiento de Al-Qaeda. El proceso de surgimiento de la amenaza terrorista ha sido, en ese sentido, similar en los dos casos.

Es preocupante igualmente el hecho de que gran parte de estos grupos -como el propio RIM o el Batallón de Azov ucraniano- han contado con apoyo de Moscú y de Kiev, así como con la participación activa de combatientes procedentes de otros países de Europa y de Estados Unidos. Como ocurrió en el caso de la guerra de Irak y Siria con Daesh, la extrema derecha tiene sus propios ‘foreign fighters’ que, en un momento dado, pueden retornar a sus países de origen.

Combatiente del batallón de voluntarios ucranianos Donbás
AFP/ ANATOLII STEPANOV - Combatiente del batallón de voluntarios ucranianos Donbás
¿Hacia una “internacional supremacista”?

Es por esta razón que, al contrario de lo que pueda parecer, los grupos supremacistas blancos han elaborado una red de conexiones realmente sólida en los últimos años que se extiende por buena parte de Europa y América del Norte. Organizaciones como la División Atomwaffen o Blood and Honor (‘Sangre y honor’) en Estados Unidos o el Partido Nacional Británico son solo algunas muestras del largo alcance de los grupos violentos de extrema derecha.

Igual que Daesh y otras entidades terroristas yihadistas, han sabido aprovecharse de las posibilidades que brindan Internet y las redes sociales para expandir su influencia, reforzando sus mecanismos de propaganda, sus instrumentos de financiación y sus redes de reclutamiento y radicalización violenta.

Marcha Rusa, organizada por nacionalistas y activistas de grupos políticos de extrema derecha, en el Día de la Unidad Nacional en Moscú, Rusia, el 4 de noviembre de 2019
REUTERS/TATYANA MAKEYEVA - Marcha Rusa, organizada por nacionalistas y activistas de grupos políticos de extrema derecha, en el Día de la Unidad Nacional en Moscú, Rusia, el 4 de noviembre de 2019

No deja de ser paradójico, pero, aunque se trate, en muchos casos, de grupos que propugnan ideologías ultranacionalistas, el terrorismo supremacista blanco representa una amenaza transnacional. Sus integrantes han sabido tejer alianzas amplias que trascienden las fronteras. En consecuencia, la respuesta debe ser global. Que Estados Unidos empiece a calificar a estas organizaciones como terroristas es, sin duda, un paso absolutamente positivo. No obstante, sin acción multilateral coordinada a todos los niveles de la administración, será muy complicado aplicar estrategias de prevención de la radicalización y, así, frenar la expansión de la amenaza.