Jacinda Ardern marca el camino en la lucha global contra la islamofobia

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Alex Erquicia

Pie de foto: Un hombre porta un letrero "Unidos contra la islamofobia" durante una vigilia por las víctimas de los tiroteos en una mezquita en Nueva Zelanda, en las afueras del ayuntamiento de Toronto, Ontario, Canadá, 15 de marzo de 2019. REUTERS/Chris Helgren 

La velocidad de los eventos del viernes 15 de marzo en Nueva Zelanda, cuando se produjo un atentado islamófobo ejecutado por un supremacista blanco contra dos mezquitas en Christchurch causando 50 muertos, no enturbió la rápida respuesta de la primera ministra del país, Jacinda Ardern. Su actitud de empatía y compasión es un claro cambio de rumbo a lo que la política internacional está acostumbrada desde hace unos años, con el estadounidense Donald Trump y el húngaro Viktor Orbán a la cabeza, que hacen política a través de un discurso de odio y, en muchas ocasiones, islamófobo, supremacista y contra los valores liberales.

Ardern es una líder que emerge como un soplo de aire fresco en los tiempos de islamofobia política, y social, que corren. Su respuesta representa la antítesis de la narrativa de ataque contra los seguidores del Islam que se reproduce en distintas esquinas del planeta. De sus primeras reacciones fue categorizar el ataque de terrorismo algo que no siempre ocurre cuando la aversión hacia el islam, los musulmanes o lo musulmán es la motivación del terrorista o, en otras palabras, cuando el terrorista actúa por motivos islamófobos. Hoy en día la narrativa islamófoba, cada vez más evidente, se nutre de distintas frentes desde la supremacía blanca a los movimientos de extrema derecha que lo utilizan como elemento ideológico unificador.

Pie de foto: Los estudiantes de secundaria de una escuela cristiana se abrazan mientras abrazan a los musulmanes que esperan noticias de sus familiares en un centro comunitario, después del tiroteo del viernes en Christchurch, Nueva Zelanda, el 18 de marzo de 2019. REUTERS/Jorge Silva

Desde entonces la primera ministra ha hecho todo tipo de gestos hacia la comunidad musulmana, y contra la islamofobia, en una señal inequívoca de que ese es el camino que su país seguirá tras recibir el mayor ataque terrorista de su historia. Empatía e inclusión ha sido su manera de liderar la respuesta de Nueva Zelanda a la tragedia. Así, Ardern, quien se declara atea, decidió vestir un hiyab (o velo) cuando visitó a los sobrevivientes o familiares de las víctimas musulmanas mortales del atentado, la mayoría de ellos migrantes o refugiados, como una muestra de respeto hacia la comunidad.

En su papel como líder de su país, ha hecho todo tipo de llamamientos a no mezclar los motivos y la tragedia de lo sucedido, así como el llamamiento para silenciar los mensajes de odio. "Somos uno. Ellos son nosotros", ha repetido en más de una ocasión. Marca distancia, de manera evidente, con el discurso islamófobo cada vez más presente y con el acusado al que ha definido como un "terrorista extremista de extrema derecha".

De la retórica Ardern está pasando a los hechos políticos. La semana que viene la primera ministra presentará los detalles de mayores controles en la ley de posesión de armas que le permitió al supremacista australiano comprar un arsenal. Un endurecimiento de las leyes como respuesta a las facilidades que los terroristas pueden llegar a tener en distintos países a la hora de planear sus ataques terroristas. Los propios ciudadanos neozelandeses se han hecho eco de la respuesta de la primera ministra.

Pie de foto: La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, se reúne con miembros de la comunidad musulmana después del tiroteo en masa en dos mezquitas de Christchurch. Office of the Prime Minister NZ via AAP/dpa 

Lo que le llevó al terrorista supremacista australiano fue una islamofobia rampante, un odio hacia la comunidad musulmana que crece en todo el mundo y que le sirvió de inspiración para planear y perpetrar tal atentado. La divulgación del manifiesto con su ideario extremista en las redes sociales, en el que expresaba su ideología de extrema derecha y su odio a los musulmanes, lo avala.

La actitud de Ardern contrasta con la ola islamófoba que se extiende en el planeta y en la que se basan muchos discursos de la extrema derecha (y no tan extrema). En el tablero de la política internacional el mayor representante de ello es el presidente estadounidense Donald Trump. Desde antes de su elección el presidente de Estados Unidos había mostrado su desdén hacia la comunidad musulmana cuando hace tres años dijo en una entrevista que "creo que el Islam nos odia". 

Días después de su inauguración en enero de 2017 introdujo una orden ejecutiva que incluía la prohibición de entrada a EEUU a todas las personas de hasta siete países de mayoría musulmana. Alegaba buscar "proteger al país de la entrada de terroristas extranjeros" y señalaba su adversidad a la religión musulmana e indicaba que su cruzada personal contra esta comunidad sería uno de los motores de su presidencia.

"El discurso de la islamofobia se está volviendo más presente y es una forma, cada vez más normalizada, de racismo que se ha instalado en todo el mundo", dijo Enes Bayrakli, coeditor del European Islamophobia Report (EIR), Informe sobre la Islamofobia en Europa, en una mesa redonda en Casa Árabe recientemente. "Lo que primero debemos hacer es reconocer que es un problema tan grande como el antisemitismo", añadió Bayrakli que también es director de estudios europeos de la Fundación SETA. (El cuarto informe, EIR 2018, se publicará en junio).

"Por ello se necesita voluntad política para atajar este racismo normalizado y sus manifestaciones que cada vez están más arraigadas en las sociedades y en las instituciones, especialmente ante el ascenso de los partidos de extrema derecha", añadió Carmen Aguilera, autora del capítulo dedicado a España del Informe sobre Islamofobia en Europa 2017. "El reconocimiento de la islamofobia como una forma de racismo es fundamental porque si no se vuelve institucional. Ya hay varios ejemplos de ello como es la muestra de la falta de cementerios para musulmanes en España cuya comunidad alcanza los dos millones de personas", agregó Aguilera que es profesora de la Universidad de Granada.

"La islamofobia no es un problema marginal: está incrustada en gran parte de la sociedad occidental. Desde hace más de dos décadas, el lapso de toda una generación, la comunidad musulmana ha sido obligada a aceptar la culpa colectiva y castigo por cada acto de terror o violencia cometido por uno de sus miembros. Nunca sería, o debería ser, aplicado este estándar a las personas blancas, que parecen haber mantenido el privilegio de la diferenciación individual para sí mismos", ha dicho el escritor Omer Aziz en The New York Times.

Pie de foto: REUTERS/Mark Makela

Abrazando la comunidad musulmana, y la inmigrante, Nueva Zelanda muestra el camino en la unión global contra la islamofobia. El extremismo violento no tiene cabida en los países y una condena tan rotunda de la ideología de los terroristas de la extrema derecha muestra que así será.

Si la reacción al terrorismo islamófobo es inequívocamente una de rechazo y repudio, sean cuales sean los motivos, el discurso de odio contra los musulmanes perderá relevancia aun cuando se institucionalice y utilice con motivos electorales. Mientras se trabaje en esa lucha contra la islamofobia, la primera ministra Jacinda Arden es el ejemplo de cómo los líderes mundiales deben actuar en situaciones así. Quizás así su actitud y certeza llegará a ser la regla en lugar de la excepción.

Al mirar al futuro en la lucha global contra la islamofobia aún queda mucho por hacer. "¿Estamos dispuestos y somos capaces de hacer frente a la islamofobia en los días en que no hay ataques terroristas brutales contra los musulmanes en las mezquitas?", se pregunta Mehdi Hasan en The Intercept. La dicotomía del nosotros contra ellos alimenta la narrativa de la confrontación entre religiones y culturas y es utilizado por la extrema derecha para alimentar su discurso nativista y nacionalista. Dicho movimiento de extrema derecha ven en la islamofobia como un unificador ideológico clave para su supervivencia.

Los mensajes de unidad contra la islamofobia y la búsqueda de solidaridad con la comunidad practicante del Islam calan tanto como los ataques que esta comunidad recibe. Por ello, los mensajes de compasión y claridad absoluta que ha lanzado Ardern nos dan la visión del camino a seguir y de un mundo mejor. La intolerancia y el extremismo violento no tienen cabida en él, como bien ha señalado la primera ministra de Nueva Zelanda.