La crisis interna en Turquía suma un nuevo problema a Erdogan

La corrupción, la deteriorada situación económica y la política exterior expansionista del presidente han caldeado los ánimos en la nación euroasiática
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, durante una conferencia de prensa en Estambul, Turquía, el 3 de febrero de 2020

PHOTO/REUTERS  -   El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, durante una conferencia de prensa en Estambul, Turquía, el 3 de febrero de 2020

“Es hora de irse. Les decimos a quienes no han podido hacer su trabajo durante 17 años que ya es suficiente”. Con este mensaje, el líder de la oposición turca, Kemal Kilicdaroglu, se ha referido al presidente del país, Recep Tayyip Erdogan, y a la formación política de este, el Partido Justicia y Desarrollo (AKP). “Le pido al régimen, que afirma día tras día que ha puesto a Turquía en la senda de la civilización, que nos diga alguna crisis o algún problema que haya resuelto”, ha declarado, de forma desafiante, la autoridad opositora. 

Las voces críticas contra el presidente turco han estallado en un momento crítico contra la nación euroasiática. En primer lugar, cabe destacar la inestabilidad política que parece avecinarse dentro de su propio partido. El medio opositor Republicano desveló, este miércoles, una profunda brecha entre los miembros de la formación, provocada por un fuerte desacuerdo en torno al proyecto de reorganización del Gabinete, previsto para esta primavera-verano. Así, por un lado, se sitúan los “nombres antiguos” que forman parte del actual Gobierno y aspiran a permanecer en el Ejecutivo y, por otro lado, los partidarios de fichar a “nombres nuevos” que permitan reestablecer la confianza del pueblo en el partido. 

La hoja de ruta del presidente contempla “el sacrificio de varios ministros”, con el objetivo de “calmar a la opinión pública, agitada por el deterioro del sistema de bienestar turco”, según explican desde el medio Al-Ain. Sin embargo, los expertos citados por esta publicación aseguran que el nuevo plan de Erdogan no satisfará a la opinión pública, puesto que el pueblo está molesto por otras cuestiones, como la corrupción.

El presidente del Partido Popular Republicano (CHP), Kemal Kilicdaroglu
AFP/ADEM ALTAN - El presidente del Partido Popular Republicano (CHP), Kemal Kilicdaroglu

De hecho, el partido opositor Republicano del Pueblo (CHP) remitió esta semana a la Sexta Corte Civil de Primera Instancia de la capital, Ankara, evidencias que presuntamente probarían la implicación del mandatario y su familia en el saqueo de dinero público. De acuerdo con Al-Ain, existen tres llamadas telefónicas que ilustran diferentes episodios de corrupción protagonizados por Erdogan y su hijo, Bilal. La primera desvela la compra de un apartamento privado por valor de 25 millones de dólares, en el marco de un proyecto inmobiliario estatal en la capital, Estambul. En la segunda, el presidente y Bilal conversan sobre un plan para vengar a Fethullah Gülen, el clérigo al que el círculo del mandatario acusa de orquestar el intento de golpe de Estado de 2016. La tercera y última ofrece una muestra de la estrategia de Erdogan para interferir en los asuntos judiciales de Turquía. 

Cabe recordar, en este punto, que el clan encabezado por el presidente lleva prácticamente dos décadas protagonizando escándalos de corrupción y nepotismo. Uno de los más sonados es el relativo a su tercera hija, Esra, quien está casada con un empresario del sector de la energía, Berat Albayrkar. Además de ser el yerno del presidente, ocupa actualmente el cargo de ministro de Hacienda. Anteriormente, se desempeñó como responsable de la cartera de Energía. Durante ese periodo, Rusia le vinculó con la compra de petróleo a los terroristas de Daesh, que robaban el oro líquido en Irak y Siria para financiar sus actividades. Otros miembros de la familia como su padre o su hermano también se han visto salpicados por los escándalos. 
“La presencia de Erdogan y su partido al frente del poder, hace 17 años, facilitó el proceso de saqueo de los fondos públicos y la creación de grandes fortunas en beneficio de su familia, a través de acuerdos comerciales sospechosos bajo la protección del AKP”, explican desde Al-Ain, que cita informes de la oposición turca.

En cuanto a la situación económica, cabe resaltar que Ankara se está dirigiendo hacia una nueva crisis, similar a la que ya tuvo que enfrentar en el año 2018. Entre los datos que han contribuido a esta nueva dirección, destacan, por ejemplo, que la lira registró la semana pasada su nivel más débil desde el pasado mes de mayo, el incremento en el déficit del comercio exterior hasta llegar a los 402 millones de dólares o el desplome de la Inversión Extranjera Directa (IED) en un 30% en el año 2019, registrando la cifra más baja desde 2004.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan y su hijo, Bilal Erdogan, durante el Festival de la Juventud de Estambul el 4 de mayo de 2017
AFP/OZAN KOSE - El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan y su hijo, Bilal Erdogan, durante el Festival de la Juventud de Estambul el 4 de mayo de 2017

Otras cifras que afectan directamente a los ciudadanos turcos son el estancamiento en el 15% de la tasa de paro, la inflación en niveles cercanos al 13% o el incremento en el número de empresas cerradas -casi un 10% entre enero de 2020 y el mismo mes del año pasado-.

Este escenario provocó que, en las elecciones municipales del pasado 9 de abril, el AKP perdiera los dos centros neurálgicos de poder en Turquía, Ankara y Estambul. Este último caso fue especialmente “sangrante”, porque Erdogan empezó allí su carrera política y la había convertido en su feudo personal durante los últimos 25 años. 

Un cambista cuenta billetes de liras turcas en una oficina de cambio en Estambul
PHOTO/REUTERS - Un cambista cuenta billetes de liras turcas en una oficina de cambio en Estambul
La inquietante política exterior 

Siria y Libia. Libia y Siria. Estos dos países ocupan los primeros puestos en la agenda de política exterior de la Presidencia turca. En el caso de la nación liderada por Bachar al-Asad, destaca Idlib como campo de batalla entre el Ejército Árabe sirio y las tropas fletadas por Ankara que, sobre el terreno, apoyan a los insurgentes y milicianos rebeldes contra las fuerzas gubernamentales sirias, secundadas por Rusia. El último episodio de esta guerra, que se ha producido en la noche de este jueves, parece acarrear un punto de inflexión para la estrategia de Erdogan en el país árabe: al menos 33 soldados turcos han muerto y otras tres decenas han resultado heridas en un bombardeo del que todavía se desconoce su autoría, aunque todo apunta al Ejército sirio como responsable. 

Este duro golpe asestado contra las Fuerzas Armadas turcas ha provocado la reacción de Ankara, que decidió poner bajo su radar de ataque a todas las posiciones sirias ubicadas en Idlib. Otras consecuencias que ya se han producido en la esfera internacional son que la OTAN ha convocado una reunión de urgencia y la Unión Europea está viendo como se avecina un nuevo episodio en la crisis de refugiados: las autoridades turcas han ofrecido vía libre durante 72 horas a los desplazados sirios en su territorio para que lleguen a la frontera con Grecia.

Mientras, en Libia, otros 10 soldados turcos han muerto este jueves tras una ofensiva aérea lanzada por el Ejército de Liberación Nacional (LNA, por sus siglas en inglés), encabezado por el mariscal Jalifa Haftar. Ankara apoya a la facción rival, el Gobierno de Unidad Nacional (GNA, por sus siglas en inglés), liderado por el primer ministro Fayez Sarraj, a cuyas filas ha contribuido con el envío tanto de tropas y equipos militares como de mercenarios sirios, entre los cuales, según diversas fuentes, se encuentran hasta terroristas de organizaciones yihadistas como Daesh y Al Qaeda. Los planes de Erdogan en esta contienda también son muy ambiciosos: de acuerdo con el medio Al-Ain, el mandatario contempla desplegar a un total de 11.000 “voluntarios” en Libia para contrarrestar al LNA, que cuenta con el apoyo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto o Francia. 

Soldados turcos se reúnen en el pueblo de Qaminas, a unos 6 kilómetros al sureste de la ciudad de Idlib, en el noroeste de Siria, el 10 de febrero de 2020
AFP/OMAR HAJ KADOUR - Soldados turcos se reúnen en el pueblo de Qaminas, a unos 6 kilómetros al sureste de la ciudad de Idlib, en el noroeste de Siria, el 10 de febrero de 2020

La pregunta que se plantea, entonces, es cómo puede sostener el presidente todas sus ambiciones en estos dos escenarios, teniendo en consideración la dañada situación de la economía. De hecho, el ataque de este jueves contra las posiciones turcas en Idlib ha provocado que la lira se desplome hasta su nivel más bajo de los últimos 17 meses.

Si bien en el caso de Libia está prácticamente confirmado que recibe ayuda procedente de Qatar para financiar el flujo de milicianos, en Siria parece, por el momento, que Turquía se encuentra más bien sola. Pero aun en este hipotético caso, en el que en el plano económico sus planes serían posibles debido a contribuciones extranjeras, la siguiente cuestión que se esboza es qué precio está dispuesto a seguir pagando Erdogan para mantener su estrategia expansionista, en el que ya se ha incluido la pérdida de vidas humanas, las de sus propios soldados. 

Así, la crisis política interna, la precaria situación de la economía y una política exterior cada vez más desorbitada tanto en medios como recursos podría conducir al despertar del pueblo turco con manifestaciones por todo el país, pero, de producirse, no durarían mucho, puesto que los precedentes indican que las fuerzas de seguridad siempre han sido capaces de sofocar las protestas con una intensa represión. Las figuras críticas, además, corren el riesgo de ser detenidas, simplemente por mostrar una ideología contraria a la presidencialista. De acuerdo con un informe publicado por Bold Media esta misma semana, en los 17 años de mandato del AKP -Erdogan estuvo 11 años como primer ministro entre 2003 y 2014 y, desde ese año, como presidente- el número de encarcelados ha llegado a los 300.000 y se han construido más de 194 prisiones.

Tampoco es probable que el mandatario dé un paso atrás. Su estrategia parece basarse en una “huida hacia delante”, es decir, seguir con sus planes sin tener en cuenta señales -como las económicas- que podrían estar advirtiéndole de que es necesario tomar otro rumbo.