La economía y el nuevo paradigma de la guerra: El caso del DAESH

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Alejandro Martín Iglesias
 
El concepto clásico de la guerra, de dónde, cómo y por parte de quién son librados los conflictos bélicos en el mundo moderno ha cambiado sustancialmente durante las últimas décadas. La organización terrorista DAESH puede considerarse como un claro ejemplo de este cambio y sus ambiciones territoriales no son su única característica novedosa. Según esboza el analista Pedro Sánchez Herráez en su artículo DAESH ¿El paradigma financiero de los nuevos conflictos?, las cada vez más heterogéneas fuentes de financiación del grupo deben centrar y condicionar la acción estratégica si lo que se quiere es evitar la expansión continuada del autodenominado califato.
 
Viejas y nuevas guerras
 
Tradicionalmente, las guerras se han librado entre naciones soberanas, esgrimiendo como causa la llamada “razón de estado”, por medio de ejércitos que son sufragados mediante impuestos. Podrían denominarse, así pues, guerras “simétricas”, pues en cada bando hay unos objetivos y unas estrategias enmarcadas dentro de una misma idea de la guerra, que es la de vencer de manera legítima, doblegando al ejército enemigo y obteniendo así una victoria definitiva.
 
Tras la caída de la URSS y debido a la globalización económica y tecnológica ha cambiado la manera en que las guerras tienen lugar. La guerra es ahora “asimétrica” por la participación en ella de fuerzas irregulares, por la existencia de fuentes de financiación que escapan al control de los estados, por la presencia de nuevos actores, de un nuevo contexto político, económico, cultural y social. De ahí la necesidad de comprender estas nuevas guerras, carentes de campos de batalla a la vieja usanza, en las cuales no hay una búsqueda de la batalla final y definitiva, sino un ciclo ininterrumpido de violencia que se alimenta a sí misma y que acaba por convertirse en modo de vida para quienes luchan.
 
La economía, factor decisivo en las “nuevas guerras”
 
Son las milicias, los grupos terroristas y los señores de la guerra los nuevos protagonistas de los modernos conflictos armados, surgidos del final de una política de bloques que funcionó como motor ideológico y económico. La actualidad es bien diferente, pues los flujos económicos abarcan la totalidad del globo. De igual manera, grupos muy separados geográficamente pueden tener hoy una interacción mucho mayor. No hay un consenso claro entre los especialistas sobre cuál es la raíz que determina estos nuevos conflictos, existiendo muchos matices y muy interrelacionados. Una lógica que podría denominarse “empresarial” puede ser un factor a tener en cuenta, pues es aplicable la idea de conseguir un objetivo determinado con el menor coste y el mayor beneficio.
 
La globalización, según Sánchez Herráez, ha abaratado la guerra. El gran despliegue de medios logísticos y armamentísticos es el punto débil de los ejércitos tradicionales, pues esos mismos recursos son tomados por el enemigo de las propias sociedades donde tiene lugar la guerra, siendo capaces de un gran daño haciendo uso de medios muy elementales, tales como armamento ligero, relativamente fácil de obtener y de usar, así como de vehículos no necesariamente preparados para el combate. Los límites entre la guerra y el crimen organizado son difusos, redes clientelares de todo tipo brotan entre la misma población, constituyendo auténticos entramados socioeconómicos, y la inestabilidad del estado se prolonga indefinidamente, constituyendo el saqueo y la violencia un medio no sólo de subsistencia, sino de enriquecimiento personal y de exaltación de sus propias fuerzas para los contendientes.
 
DAESH y la nueva economía bélica
 
El DAESH, por su voluntad de constituirse en una estructura política organizada, requiere de un flujo económico constante. Del modelo bélico “clásico” mantiene la recaudación de impuestos entre la población con la excusa de la ayuda a la causa y de la mejora de las condiciones de vida del pueblo. Del modelo bélico “nuevo” toma la financiación vía tráfico de drogas, de petróleo, de personas, de órganos y de antigüedades, principalmente, controlando también recursos hidráulicos, el comercio de algodón y el de trigo. Estamos pues ante un modelo híbrido cuya originalidad reside en el aprovechamiento de todos lo que pueda ser útil, incluyendo la propaganda en internet y la captación de nuevos miembros a escala global mediante las nuevas tecnologías. No hay que olvidar, por otra parte, las donaciones recibidas desde el exterior mediante el tradicional sistema de la “hawala”, que permite el envío de capitales sin mediación del control estatal.
 
Puede afirmarse que el DAESH, por la manera en que ha conseguido arraigarse en una zona geográfica y controlar materialmente un gran número de recursos, se encuentra plenamente integrado en la economía global. La voluntad de acuñar una moneda propia, a la manera del antiguo y añorado califato, para desligarse de un sistema económico proclamado como satánico y corrompido, es contradictoria con una enorme facilidad para aceptar cualquier forma de financiación, lícita o ilícita, existiendo graves contradicciones entre lo proclamado y lo realmente llevado a cabo.
 
De igual manera, Sánchez Herráez llama la atención sobre la responsabilidad del mundo civilizado, afectado también por contradicciones, pues los gobiernos de países que se dicen miembros de la Comunidad Internacional pueden facilitar indirectamente la tarea a los terroristas, las obras de arte saqueadas terminan en manos de coleccionistas occidentales y las drogas que son producto del narcotráfico son consumidas en países europeos. La realidad ha demostrado que, cuando son interrumpidos estos flujos económicos, el DAESH pierde capacidades. Así lo ha puesto de manifiesto la bajada del precio del petróleo, que les ha perjudicado, así como el cese del abono de las nóminas a los funcionarios por parte del gobierno iraquí, que les ha privado de una fuente de financiación importante.
 
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