A la guerra con lo puesto

Canadá también participó del esfuerzo de guerra aliado… como pudo y con lo que pudo
Canada_Segunda Guerra Mundial_Juno Beach

PABLO RUBIO  -   Cerca de 14.000 soldados canadienses llegaron a Francia a través de Juno Beach. Courseulles-sur-Mer.

Ouistreham (Francia)

En total, unas Fuerzas Armadas constituidas por poco más de 7.000 efectivos: 4.169 soldados en el Ejército de Tierra;1.674 marineros; 145 oficiales de Marina; unos 2.200 hombres en el Ejército del Aire. Estas eran las capacidades militares de Canadá en el verano de 1939. En el mejor de los casos, todos sus soldados equivalían a la mitad de una división de la Wehrmacht. El primer ministro, Mackenzie King, sin embargo, no se paró en cálculos cuando llegó septiembre; el día 10 de ese mes, una semana más tarde de que Reino Unido y Francia, declararan la guerra a Alemania. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se podía hacer? 

Para Canadá, la mayor parte del conflicto se libró en el mar. La batalla del Atlántico. Durante los seis años de hostilidades, la Marina del país, tanto la militar como la mercante, colaboró con Reino Unido para trasladar soldados y material bélico a las islas británicas. Los barcos con bandera canadiense tuvieron que operar en un océano infestado de submarinos alemanes. Los U-Boat, cuyas bases se encontraban en la costa oeste de la Francia de Pétain, hundieron cientos de navíos canadienses, especialmente en 1942 y 1943. Un periscopio en el horizonte significaba, en la mayoría de las ocasiones, un torpedo en el casco. 

A pesar de que la Marina canadiense creció notablemente a principios de los 40 -al término de la guerra, era la cuarta fuerza naval del mundo-, su inferioridad durante la contienda se hizo notar. Y, de hecho, hizo pasar algún mal trago a los habitantes de la costa este. Para proteger los convoyes que viajaban por el Atlántico, se enviaron destructores que, en teoría, debían guardar la costa. Nada impidió que, entre el 42 y el 43, los submarinos alemanes se metieran hasta la cocina. Y no una vez ni dos. Consiguieron penetrar por el golfo del San Lorenzo, donde hundieron ocho embarcaciones, y remontaron el río hasta llegar a unos pocos kilómetros de Quebec. La ciudad, sin embargo, se salvó de los bombardeos. 

Juno Beach_Segunda Guerra Mundial_Canada
PABLO RUBIO - El centro Juno Beach repasa la lucha de los canadienses contra el nazismo. Courseulles-sur-Mer.

Mientras la Marina se las veía y se las deseaba con la Kriegsmarine, los soldados de tierra iban a clase. No había más remedio. Después de la Primera Guerra Mundial, el Ejército canadiense fue siendo desmantelado poco a poco. Con el advenimiento de la Sociedad de Naciones, los líderes del país redujeron su músculo militar hasta la práctica atrofia. El auge de los totalitarismos en los años 30 tampoco alteró demasiado el ambiente de calma tensa. El primer ministro King fue, junto al británico Neville Chamberlain y el francés Édouard Daladier, uno de los adalides de la política de apaciguamiento hacia la Alemania de Hitler, escenificada en la conferencia de Múnich (1938, a un año exacto del inicio de la conflagración). Con la invasión de Polonia y la declaración de guerra, las cosas cambiaron. El reclutamiento fue masivo. Los jóvenes canadienses, no obstante, eran inexpertos en el combate y tuvieron que ser entrenados por las tropas británicas durante meses. 

Por está razón, Canadá apenas se prodigó en acciones bélicas en los primeros años de la guerra. Unos cientos de sus soldados resistieron el asedio japonés sobre Hong Kong en diciembre del 41. Aguantaron la plaza durante tres semanas, pero no tuvieron otra que rendirse el día de Navidad. Más adelante, el 19 de agosto del 42, cerca de 6.000 soldados de infantería canadienses y británicos participaron en la llamada operación Jubileo: un asalto por mar sobre la ciudad francesa de Dieppe, cercana al paso de Calais. Fue un fiasco en toda regla. Los alemanes repelieron la incursión sin demasiados problemas. En las filas canadienses, el balance fue pésimo: unos 900 soldados murieron y más de 2.300 fueron hechos prisioneros. Poco más hasta mediados del 43. En julio de ese año, los Aliados invadieron la Italia fascista. Los canadienses lucharon en primera línea de frente en Sicilia y Montecassino junto a partisanos, británicos, franceses y estadounidenses. Era la primera campaña de envergadura en la que Canadá tomó parte. La segunda fue Normandía. 

El desembarco en el norte de Francia, probablemente, no habría sido factible sin la lucha de desgaste en el Atlántico contra los U-Boats alemanes. Además, el fracaso de Dieppe ayudó al alto mando aliado a planificar mejor la operación Overlord, pues sirvió para hacerse una idea de la capacidad de respuesta del Muro Atlántico de Rommel. Así que, de alguna manera, Canadá comenzó a preparar el camino para la invasión mucho antes de que tuviera lugar. 

El Día D, el Ejército canadiense dispone en exclusiva de una playa, cuyo nombre en clave es Juno. Se extiende desde Saint-Aubin-sur-Mer, al este, hasta Courseulles-sur-Mer, al oeste. Este último pueblo se encuentra entre los más importantes del litoral normando. Conocido por la calidad de sus ostras, en Courseulles es corriente ver banderas canadienses expuestas en los balcones. Algunos hay que cuelgan, incluso, la bandera de la provincia de Quebec, donde el azul sustituye al rojo y las flores de lis, a la hoja de arce, emblema de Canadá por antonomasia. 

Canada_Día D
PABLO RUBIO - La bandera de Quebec ondea en el puerto de Courseulles

Este símbolo -que, precisamente, empezó a reconocerse como tal en el curso de la Segunda Guerra Mundial- está presente también al pie de la playa. La planta del museo memorial que rinde homenaje a los esfuerzos canadienses en la contienda recuerda a la hoja del árbol nacional. A juzgar por su estética, que combina elegantemente curvas y líneas rectas, el edificio se da un aire a las creaciones de Frank Gehry, pero es obra de otro arquitecto canadiense: Brian Chamberlain. El interior ofrece un repaso a la historia de Canadá en la primera mitad del siglo XX desde diversos puntos de vista: político, social, económico… El desembarco y la batalla de Normandía, como es lógico, reciben una atención especial. 

La tarea de los canadienses el Día D es compleja. De las playas no estadounidenses, Juno es la mejor defendida. Después de Omaha, la playa de Courseulles es la más letal, en términos relativos, del desembarco. Como en Omaha, los bombardeos aéreos y navales no dañan significativamente las baterías y ‘blockhaus’ alemanes, que castigan sin piedad a las primeras oleadas. El soldado Alfred Turnbull, de 19 años, se pregunta: “¿Qué milagro nos mantiene aún con vida? Hemos pasado tres barreras de minas y la lancha que iba a nuestra derecha ha saltado por los aires". 

Solo el 6 de junio, más de 350 canadienses son abatidos; la cifra de heridos supera los 700 efectivos. Una de las compañías de los Royal Winnipeg Rifles, integrada por 120 soldados antes de la invasión, saldrá de Juno con solo 26 hombres intactos. A pesar de la resistencia alemana, la infantería que desembarca en Juno consigue tomar las posiciones enemigas en Courseulles y Bernières-sur-Mer, el pueblo vecino. Incluso, logran establecer un contacto estable con las tropas británicas desembarcadas en las playas Gold y Sword.

Cementerio Beny Sur Mer
PABLO RUBIO - El cementerio de Bény-sur-Mer acoge a 2.000 soldados canadienses caídos en Normandía. 

El avance hacia el interior es, si cabe, todavía más complejo que el propio desembarco; una constante en la batalla de Normandía. Los contraataques de las Waffen-SS, el brazo militar de la organización más nazi del nazismo, se dejan sentir. La toma del aeródromo de Carpiquet, cercano a Caen y esencial para el desarrollo de la operación, dura cerca de un mes. Caen, prácticamente reducida a escombros, no capitula hasta el 9 de julio. La ciudad tiene un gran valor estratégico, pero el verdadero punto de inflexión en el avance canadiense -y, más en general, en todos los combates por Normandía- tiene lugar en el mes de agosto, solo una semana antes de que París sea liberada. El escenario es un tranquilo pueblo del interior llamado Falaise. 

El nombre de esta población -que significa, literalmente, ‘acantilado'- es como un fantasma en la memoria colectiva de los normandos. Hoy, nadie lo diría, se trata de una localidad apacible en extremo. Sus poco más de 8.000 habitantes viven a la sombra del castillo de Guillermo el Conquistador, que, con el tiempo, fue rey de Inglaterra. Igual que en Courseulles, hay inmuebles que lucen enseñas canadienses. El casco histórico del municipio está flanqueado por dos imponentes y, al mismo tiempo, estilizadas iglesias góticas: Saint Gervais y La Trinité. Esta última se ubica al pie del castillo, justo enfrente de un museo dedicado a la población civil francesa en la batalla de Normandía. No es una coincidencia que el memorial se encuentre en Falaise. 

Canada_Falaise_Segunda Guerra Mundial
PABLO RUBIO - Falaise, un pueblo con un pasado negro. A la izquierda, la iglesia de La Trinité; a la derecha, el museo memorial; al fondo, el ‘hôtel de ville’ y el castillo. 

En las semanas que suceden al desembarco, los pueblos y ciudades normandos son bombardeados por los Aliados de forma sistemática. Caen, Lisieux, Saint Lô, Evreux, Cherburgo, Le Havre…los combates en pos de la liberación las dejan en ruinas. Más adelante, todas ellas habrán de ser reconstruidas con recursos provistos por el plan Marshall. El balance humano habla por sí solo. 20.000 civiles franceses mueren durante la batalla por la liberación de Normandía. Es esta región la que paga el mayor precio por la liberación de Francia. Y el caso concreto de Falaise es especialmente significativo.  

En la pequeña ciudad, prácticamente todo lo que abarca la vista -desde las iglesias a las casas, pasando por el Ayuntamiento y el centro cultural del castillo- es de nueva construcción. Los cañones aliados acribillan la ciudad de forma indiscriminada durante dos meses. No queda piedra sobre piedra, no hay edificio que resista los impactos. Pero da igual, ni siquiera eso basta para que los alemanes cedan. A mediados del mes de agosto, la batalla continúa entre los escombros de este reducto al que, con el tiempo, se denominará el ‘Stalingrado en Normandía’. 200.000 soldados de los ejércitos 5° y 7° de la Wehrmacht están atrapados entre los estadounidenses, al sur y al oeste, y los canadienses, que llegan desde Caen. El combate cuerpo a cuerpo dura cuatro largos días, del 16 al 19 de agosto. Finalmente, los canadienses, junto a los polacos que han desembarcado en la playa británica Sword, toman la ciudad. Unos 50.000 soldados teutones son hechos prisioneros. El camino hacia París está expedito. A cambio, Normandía, con su población, ha quedado devastada. 

Las bajas en el Ejército canadiense son igualmente cuantiosas. La batalla de Normandía se lleva la vida de 5.000 soldados. 13.000 más resultan heridos. Los que siguen en pie son enviados a nuevos destinos: Bélgica, Renania o el norte de Italia, donde Mussolini se ha inventado la República de Salò. Pasado el verano del 44, aún queda guerra para rato. 

Placa Conmemorativa Juno
PABLO RUBIO - Enfrente del centro Juno Beach, una placa recuerda a los canadienses caídos en la contienda. 

El papel de Canadá en la Segunda Guerra Mundial es, con frecuencia, eclipsado o, directamente, ninguneado. Su bandera, que entonces no exhibía la hoja de arce, no fue la que unos soldados heroicos clavaron bajo fuego enemigo en la isla de Iwo Jima, ni la que ondeó triunfante en el Reichstag tras la caída de Berlín. El protagonismo de su vecino del sur es evidente, desde luego. Y más allá de Estados Unidos, la imagen de la batalla contra el nazismo, comúnmente, está representada por actores como la Unión Soviética, Reino Unido o la Resistencia Francesa. Canadá ni está ni se la espera. Igualmente, los rostros de esa lucha suelen resumirse en la foto de la conferencia de Yalta -Roosevelt, Churchill y Stalin-, más De Gaulle y quizá algún otro general: Eisenhower, Montgomery, MacArthur...  

En términos absolutos, el esfuerzo de guerra impulsado por Ottawa no resiste comparación alguna con el del resto de Aliados. Los canadienses colaboraron, simplemente, en la medida en que pudieron, igual que australianos, polacos, noruegos, daneses, belgas y otros muchos. Con todo, su ayuda se demostró indispensable para el buen éxito de la campaña en Europa occidental. El zapador Ralph Spencer desembarcó en Juno como miembro de los Regina Rifles. Advierte: “Nunca olvidaré mi bautismo de fuego. Estoy seguro de que los que estuvieron allí no necesitan que se lo recuerde; pero quizá los canadienses de después de la guerra deban saber algo más sobre el tema". Quizá, también, los no canadienses.