La realidad de las clases medias

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Eso parece. Alguien está jugando al cubo de Rubik con el mundo. Las piezas se mueven en busca de completar las seis caras del juego, sin embargo no hay forma. Nadie sabe cómo encajarlas. A la bisectriz que une clases medias, economía y geopolítica le sucede lo mismo. Existen infinidad de hipótesis (algunas esperanzadoras y otras preocupantes), pero todas se mueven en el terreno de las conjeturas. La demografía nos deja algunas pistas. Los analistas calculan que las clases medias crecerán con mucha fuerza en Asia y Latinoamérica y caerán con la misma intensidad en Europa y Estados Unidos. Pero esta frase, que se teclea con rapidez, esconde infinidad de notas a pie de página.

La clase media en Alemania ha pasado en 15 años de sumar el 65% de la población al 58%. En el otro extremo del planeta, Brasil ha añadido a su clase media unos 40 millones de personas y es la gran responsable de su pujanza económica. Y China, un actor a quien nadie arrebata su papel protagonista, va camino de los 200 millones de consumidores con ese poder adquisitivo.

Al mismo tiempo que la demografía se abre paso, los analistas intentan entender el fenómeno y lanzan al mar sus particulares mensajes en la botella. El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (editorial Lengua de Trapo). El título lo explica casi todo en esta obra de Edoardo Narduzzi (empresario y ejecutivo) y Massimo Gaggi (periodista del diario Corriere della Sera). Preciso retrato de un tiempo. Eso sí, más difícil de entender es que el millonario George Soros anuncie que “la guerra de clases está llegando a Estados Unidos”. No se alarmen (algunos). No retorna el marxismo sino el miedo. Fenómenos crecientes –y preocupantes– como los millennials (el mileurismo americano) así lo evidencian. En España, los técnicos de Hacienda (Gestha) narran que el 43,7% de la población española (20,6 millones) vive en la precariedad. O sea, tiene unos ingresos anuales brutos conjuntos por debajo de 12.000 euros.

El cubo Rubik de las clases medias mueve sus piezas y con ellas gira la sociedad, la economía, el consumo… la vida. El filósofo esloveno Slavoj Zizek avisa de que la “burguesía en su acepción tradicional tiende a desaparecer”. Y el catedrático de Seguridad Económica de la Universidad de Bath (Reino Unido) advierte de la aparición de un “precariado global” de varios millones de personas.

Y todo esto, al igual que las caras del cubo al girar, afecta a la influencia de esta clase a la hora de transformar la sociedad donde actúa; a cómo interacciona a partir de los nuevos dispositivos móviles; a cómo influye en nuestras decisiones de inversión, en el mercado inmobiliario, en el de las acciones.

Por ahora no hay nada seguro. Excepto una cosa. El auge (en algunas zonas del planeta) de las clases medias está cambiando el mundo, la pérdida (en otras) también.

“Disminuyen las clases medias en el planeta”

Crecen pero de manera desigual. En el argot ciclista un corredor que “hace la goma” es aquel que en un momento parece extenuado, sin resuello, y, al poco tiempo, le vemos tirando, eufórico, del pelotón. Lo mismo le sucede a la demografía de las clases medias. Suben y bajan. En 2009, la clase media mundial, según la OCDE, marcaba la cifra de 1.800 millones de personas, con un reparto que lleva a Europa (664 millones), Asia (525) y Norteamérica (338). Pero, como nuestro ciclista, no se estará quieta. En 2020 llegará a los 3.200 millones de personas y diez años después ya serán 4.900. “El grueso de este fuerte crecimiento procederá de Asia, que pasará a suponer en 2030 el 66% de la clase media mundial, cuando en 2009 representaba el 28%”, narra Antonio Hernández, socio responsable de Sectores Regulados, Inversiones Extranjeras e Internacionalización de KPMG. Leyendo desde la mirada de los porcentajes, la población mundial en ese estrato se ha trasladado desde el 26% que representaba en 2009 al 42% de 2020 y el 59% que alcanzará durante 2030.

“Una clase media frustrada y desesperada es gasolina para los populismos”

Sí. “La clase media es la que más sufre. Lo vemos en las hipotecas, en las preferentes; es la que no se lleva el dinero a Suiza; la que ahorra y la que, lógicamente, acumula un mayor resentimiento hacia los poderosos. Lo sentimos en lo que sucede en Chipre o en Grecia, donde se acerca a las posturas de grupos de extrema derecha como Amanecer Dorado”, reflexiona el escritor y filósofo Fernando Savater. Sin embargo, en España, el franquismo “nos dejó vacunados” con la extrema derecha, apunta Savater. “En nuestro país, si se fija, nunca ha alcanzado altos niveles de presencia como ocurre en Francia, donde ha llegado al 20% del voto. Aquí, nuestros populistas, como Beppe Grillo en Italia, son los nacionalistas”.

Detrás de esta reflexión habita la evidencia de ese riesgo, que Mauro F. Guillén, director del Joseph H. Lauder Institute for Management & International Studies en Wharton School, también nos recuerda: “Un clase media quemada” –relata– “es una receta para la inestabilidad política, de la misma manera que una clase media próspera es el cimiento de la estabilidad en las sociedades contemporáneas”. A este foco de tensión se le suma la falta de perspectivas de los jóvenes, que son, en su mayoría, esa clase media. Por lo tanto, “nos enfrentamos a un reto inmediato y a uno futuro, ya que muchos jóvenes quizás no puedan aspirar a la vida de clase media que tuvieron sus padres”, sentencia Mauro F. Guillén.

“Veremos grandes masas de desheredados”

En principio no, pero a medida que aumenta el paro crece el riesgo. La imagen que tenemos en Occidente de los desheredados nos lleva a la Inglaterra de la revolución industrial narrada por, quizá, el mejor periodista de la historia, Charles Dickens, y, también, a la California de la Gran Depresión retratada con punzante realismo por John Steinbeck en Las uvas de la ira. Ambos son recuerdos que duelen. ¿Volveremos a ellos? ¿Viviremos imágenes parecidas? “Seguramente no se llegue a este extremo, pero lo que si veremos es lo que podríamos llamar desheredados contemporáneos”, desgrana Enrique Alcat, profesor del IE. “Son los jóvenes españoles que han tenido que marcharse a Inglaterra o Alemania a buscar un futuro y que ven que solo les ofrecen un infrajob; son los griegos que “huyeron” de su país a Chipre en busca de un trabajo que ahora, con el rescate de la Troika, ha desaparecido; o los jóvenes irlandeses que emigraron a Nueva Zelanda o Estados Unidos tras el crashdel país y que se convierten en los nuevos mileuristas anglosajones”. ¿Y serán muchos? Complicado calcularlo. Pero hay algunos indicadores que tiran de esa precariedad, y encienden las señalas de alarma.

Situémonos en Estados Unidos. Entre 1992 y 1994, y otra vez entre 2002 y 2004, la renta media de los hogares estadounidenses cayo a pesar de que la economía creció más de un 6%. De hecho, en el periodo 2009-2011 la riqueza del país aumentó un 4%, pero los ingresos medios reales solo lo hicieron un 0,5%. “Es decir, y esto es lo preocupante, a pesar de que la economía crece, el dinero en el bolsillo de las familias baja y esto supone avivar la llama del descontento y ver como la clase media se va empobreciendo con fuerza incluso en la primera potencia del mundo”, indica Sara Baliña, experta de Analistas Financieros Internacionales (AFI). ¿Cifras? Casi 12 millones de estadounidenses están buscando empleo y no lo encuentran, y 11 millones se ven obligados a trabajar media jornada cuando necesitan un trabajo a tiempo completo. Todo esto deja una suma. 23 millones de personas que mezclan la desesperación y la frustración. Los dos elementos que dan dolorosa forma a los desheredados. Y si esto sucede en Estados Unidos, ¿qué ocurre en otros países?

En Portugal, el paro no encuentra soporte en el que detenerse. Supera ya el 18% y la riqueza del país cae estos primeros meses del año un 3,8%. Cáritas asegura que hay un 24,4% de pobres, o sea, más de dos millones de portugueses. Y la clase media ha emprendido un movimiento de precarización en un país en el que el salario mínimo no llega a los 500 euros. Mientras, Francia, antaño una de las referencias económicas y sociales de Europa, pierde esa posición. Ya se contabilizan 3.195.000 parados, una cifra inusitadamente elevada para el país. E Italia se encamina al 12% de desempleo, la tasa más alta de su historia.

Y en el mundo, ¿qué sucede? Globalmente se espera que el número de desempleados afecte en los próximos cinco años a 210,6 millones de personas. Ahora hay unos 73 millones. De esta forma, se incorpora más tensión y se lleva al borde del precipicio a esas personas para que, inexorablemente, se conviertan en los próximos desheredados. Es más, detrás de la clase media se observa que quienes viven “cerca de la pobreza” (con entre dos y cuatro dólares al día) han pasado de representar el 24% de la población total en 2001 al 25% durante 2011. Este crecimiento resulta evidente sobre todo en el África Subsahariana y en el sur de Asia. Desde luego, si no son los Okies de John Steinbeck se le parecen mucho.

“En España las clases medias van a perder peso”

Inevitablemente. Cuando Brasil no era el Brasil que hoy conocemos, los economistas acuñaron el término de brasilinización para describir aquellos países en los que la clase media había casi desaparecido y, a cambio, se daba una potente, y muy reducida, clase alta junto a una magullada y abundante clase baja. Toda una oda a la desigualdad. Hoy, España, parece que se mueve hacia ahí. Según la última Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) elaborada por el INE en 2012, la clase media pierde masa crítica. “Esta situación tiene muchas aristas pero existe un problema fundamental, y es de carácter sistémico”, advierte Álvaro León, gerente del Sector Público en la consultora Everis. “La estructura de la economía española está sustentada en sectores y actividades de poco valor, lo cual condiciona significativamente nuestra productividad”.

Con este lastre de fondo, cuestionarnos el futuro de la clase media en plena crisis financiera es una pregunta, aseguran los analistas, que se antoja razonable. Pero hay que ir algo más allá para ver que los problemas en España son más profundos. “El último trabajo del Consejo Económico y Social (CES) evidencia que la desigualdad ha aumentado con la crisis, pero no se redujo con el crecimiento. Es decir, aunque sea lógico plantearnos esto ahora, seguramente deberíamos haberlo hecho antes y en estos momentos ya tendríamos las respuestas adecuadas”, observa Álvaro León.

Pero como los deberes no están hechos, la evidente precarización de la clase media es un eco que reverbera en muchas industrias. Una de ellas es el sector inmobiliario, donde la preocupación se capta con facilidad. “Nos costó muchas décadas conseguir una clase media”, apunta Luis Corral, consejero delegado de la firma inmobiliaria Foro Consultores. “Y no hay que olvidar que las democracias y los países con mayor poder adquisitivo están sustentados en clases medias que ayudan a potenciar la economía con su gasto. De ahí la necesidad de evitar que se abra una brecha mayor entre ricos y pobres, en detrimento de ese espacio intermedio”, que, hasta ahora, conviene recordarlo, había sido la principal clase tractora del sector inmobiliario.

Además, este adelgazamiento de las clases medias también tendrá su efecto sobre el consumo. En primer lugar, “porque las líneas rectas no existen en las clases sociales”. Lo recuerda Pilar Sánchez, profesora de marketing de ESIC. Esta experta se refiere a que dentro de un grupo social los comportamientos no son uniformes y, en este caso, y empujada por la crisis, la clase media española (definida como aquellas personas con 2.000 euros de ingresos mensuales, según esta analista) tiene un cierto aspecto esquizoide. No se trata de una exageración. La gente puede no tener trabajo pero compra masivamente un iPhone (un dispositivo caro). O bien se gasta 80 euros en una entrada para un musical, un concierto o el inevitable fútbol. Es un consumo selectivo en el que el criterio de lo necesario es tan subjetivo como impredecible. Y esto nos lleva a una vertiente del comportamiento. “A nuestros jóvenes, a esa clase media, no les enseñamos lo que cuestan las cosas para no hacerles sufrir, lo cual es un error”, sentencia Pilar Sánchez.

El aumento de la separación entre clases altas y bajas repercute en la industria de la inversión

Exacto. “La diferencia entre clases altas y bajas es una mala noticia desde el punto de vista social y un problema que genera una caída en la popularidad de las inversiones”, apunta David Álvarez, analista de la casa de Bolsa XTB. Los expertos aseguran que iríamos a contracorriente si pensáramos que el mundo financiero es un espacio solo para las élites. Es cierto que muchos ahorradores –por ejemplo, los españoles que en su día se apuntaron a eso que se llamó el capitalismo popular– han tenido más de una mala experiencia. Pero una golondrina no hace primavera. “Una vez que la economía repunte se debería ir tendiendo a normalizar esta situación y corregir la preocupante divergencia que existe ahora mismo”, augura Daniel Álvarez.

Esta, por decirlo así, sería la vía ortodoxa. En principio, el mundo de la Bolsa tiene un perfil distinto al del ahorrador tradicional (que se identifica con esa clase media), el cual invierte, sobre todo, en depósitos, planes de pensiones o productos similares. Al contrario. Quienes llaman a su puerta son clientes “más exigentes y sofisticados”, apunta Daniel Pingarrón, analista de IG Markets, y por tanto alejados de ese estatus medio. “Nuestros asesorados tienen menos aversión al riesgo y mayor cultura financiera (no necesariamente más dinero para invertir)”, matiza el experto. En general, las inversiones más tradicionales son las que se hallan más expuestas al ciclo económico. Y la pérdida de capitalización del Ibex 35 (ha perdido la mitad de su valor desde 2007) ha contribuido en España a alejar a esas clases medias de los mercados financieros. Aun así, lo más importante para el negocio bursátil es que existan expectativas sobre posibilidades de inversión. Y para eso da igual que los índices suban o bajen –y también es, en cierta medida, ajeno a la población– pues los mercados ganan dinero en ambas direcciones. Lo que no puede darse es un movimiento plano, sin volatilidad, porque entonces desaparecen los beneficios. Estas son sus particulares reglas de juego.

El uso de las redes sociales e Internet por parte de las clases medias facilitará los estallidos sociales

Desde luego. La Primavera Árabe nos ha enseñado que una chispa siempre es el inicio de un gran incendio. Mucho se ha debatido desde el comienzo de las revueltas, a primeros de 2011, sobre cuál había sido el papel de estas tecnologías en todo lo que sucedió. “Las evidencias” –reflexiona Fardi Salem, director del programa de Gobernanza e Innovación de la Dubai School of Government– “sugieren que los medios sociales han jugado un papel crítico en estos movimientos”. El cambio de esa naturaleza social hacia una herramienta de transformación política se ha basado en una mayor penetración de estas redes en todo el mundo árabe, pero también en una variable demográfica inesperada: la juventud. Los jóvenes de clase-media y media-baja representan entre el 60% y 70% de la población árabe y son ellos quienes, en palabras de Fardi Salemn, “han conducido el cambio”, ayudados por estas nuevas herramientas accesibles, maltusianas y baratas. Tanto es así que “Facebook y Twitter han permitido a la gente organizarse y movilizarse, difundir información de acontecimientos que se estaban dando o que se iban a producir y alertar al mundo de las protestas y las revoluciones”, desgrana Racha Mourtada, profesor también en la Dubai School of Goverment.

Por estas mismas lindes camina la opinión del tecnólogo y profesor del IE Enrique Dans. Asegura este experto “que la capacidad de influir, de pedir cambios, de denunciar abusos; o sea de exigir, está basada en la capacidad de movilización. Antes se encontraba en manos de unos pocos con acceso a medios de comunicación masivos, pero ahora se halla a disposición de cualquiera –incluidas esas clases medias en crecimiento– que tenga la habilidad de originar información”.

En el fondo, junto a la social, también hay una derivada tecnológica que no se debe desestimar. Y es que la tecnología, por sí misma, es neutral. Sirve para expandir información y también para tratar de sofocarla. Las revueltas árabes han mostrado que se ha utilizado como arma tanto por los gobiernos como por los opositores. Tanto para dar a conocer como para silenciar. Pero esto último, dejar sin voz a la sociedad, cada vez le costará más a las administraciones de turno. Porque la primavera árabe también ha revelado que intentar censurar las redes sociales o Internet es opositar al fracaso. La sociedad civil, como la vida, se abre paso. ¿Lo harán también las nuevas clases medias?