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La virreina criolla

Almudena de Arteaga nos descubre a la mujer que secundó a Bernardo de Gálvez en la independencia de Estados Unidos y quiso empeñarse en la modernización de España
Almudena de Arteaga

 -   Almudena de Arteaga

Hasta hace bien poco el malagueño Bernardo de Gálvez (Macharaviaya, Málaga, 1746 – Tacubaya, Ciudad de México, 1786) era prácticamente desconocido del gran público español, pese a ser el único compatriota reconocido por George Washington como uno de los héroes de la independencia americana, e incluso siglos más tarde, en 2014, por el presidente Barack Obama, que le concedió la nacionalidad honoraria.

La última de las biografías que analizan la impresionante trayectoria de este militar la sacó a la luz en 2018 Gonzalo M. Quintero Saravia, galardonado con el Distinguished Book Award de la Society for Military History a la mejor biografía publicada en Estados Unidos.  En ese libro, (Bernardo de Gálvez, Alianza editorial), el autor ya señala que la fascinante biografía de Bernardo de Gálvez no se podría explicar sin la presencia de su mujer, Felicitas de Saint-Maxent, dejando en el aire el reto de que alguien la descubriese.

Desafío aceptado y consumado ahora por Almudena de Arteaga (1967), XX duquesa del Infantado, que nos relata la impresionante peripecia vital de Felicitas de Saint-Maxent en “La Virreina Criolla”. La ilustrada condesa de Gálvez, una mujer entre dos mundos (Ed. HarperCollins, 382 págs).

Almudena de Arteaga
 “La Virreina Criolla”

La autora se mete literalmente en la piel de su biografiada y narra en primera persona los frenéticos cambios y giros de su vida desde sus atalayas sucesivas en Nueva Orleans, La Habana, México y Madrid, en la convulsa mitad del siglo XVIII cuando la revuelta de las Trece Colonias involucrará a los tres grandes imperios de la época -español, inglés y francés- en la independencia americana. Este acontecimiento aceleraría la Revolución Francesa y provocaría las grandes tensiones en Europa que terminarán en la gran guerra continental napoleónica, con especiales daños y pérdidas para España.

La hermosa y rubia Felicitas de Saint-Maxent había nacido cajún, es decir colonos de ascendencia francesa que eligieron asentarse en la Luisiana. Procedían de la Nueva Francia (Canadá) y, como tantos otros, habían huido del asedio inglés a que eran sometidos con sus abusivas exigencias arancelarias. Dedicados al negocio de la peletería, al cultivo en las grandes praderas, a la ganadería de bisontes y a la venta de carne, pronto hicieron fortuna.

El Tratado de Fontainebleau de 1762 y la posterior paz de Paris, que ponían fin a la guerra de los Siete Años, saldada con la derrota francesa frente a Inglaterra, determinaron que Francia entregase Canadá y toda la zona de la Luisiana situada al este del río Misisipi a Inglaterra, quedando las posesiones de la orilla contraria en el oeste, incluida la capital, para España. La corona española, cuyo rey Carlos III había ayudado en la contienda a su primo Luis XVI de Francia, perdería las dos Floridas: la Oriental, con capital en San Agustín, y la occidental, con la capital en Pensacola.

Luisiana dejaba definitivamente de ser francesa y, como española, pasaba a depender de la Capitanía General de Cuba. Gilberto de Saint-Maxent, padre de Felicitas, fue el primer cajún en ofrecer sus servicios incondicionales a Antonio de Ulloa, el nuevo gobernador español designado por Carlos III.

​  Almudena de Arteaga  ​
​Almudena de Arteaga

Felicitas, siempre a través de Almudena de Arteaga, narra con su aguda visión femenina las intrigas que se fraguan a su alrededor, que cambia notablemente la perspectiva de la historia respecto a cuando es escrita por autores masculinos. La exquisita atención a los detalles, la precisión terminológica, especialmente la relativa a los nombres a que dio origen el fenómeno típicamente y exclusivo del imperio español, la descripción de los estados de ánimo de las familias, siempre expectantes de las noticias de sus maridos y novios en misiones militares y la rabia por los frecuentes ataques de los piratas ingleses, con sus prácticas habituales de robos y saqueos, componen un cuadro distinto y completo de la pujante sociedad que se estaba constituyendo en el nuevo mundo americano.

Viuda antes de cumplir los veinte años y unida y casada después con Bernardo de Gálvez, se convertirá en su apoyo y confidente y participará de su desesperación ante la lentitud administrativa que le retrasa, cuando no impide, realizar operaciones que hubieran acelerado el proceso de derrotar a los ingleses y reconquistar La Mobilia y Pensacola o acarrear los suministros que secretamente Carlos III hacía llegar a los combatientes de Washington.

Como virreina de la Nueva España introdujo grandes reformas en el comportamiento, trató con la ya inmensa población de la Ciudad de México y secundó a su marido en las nuevas formas de relacionarse con los grupos indígenas que vivían en los márgenes del territorio español más septentrional, especialmente los apaches. Vivió la penosa y larga enfermedad de disentería, que acabaría con la vida de Gálvez apenas cumplidos los cuarenta años. Y, otra vez viuda, cumpliría la promesa que le hizo en su lecho de muerte de dejar todo atrás y llevar a España para la educación a sus hijos.

Así quiso y logró implantar en los salones de su casa de Madrid las tertulias científico-literarias que ya había ensayado con notable éxito en La Habana y México, pero eran los tiempos convulsos desencadenados por la Revolución Francesa. Quienes tenían orígenes franceses o profesaban la apertura de ideas eran mirados con desconfianza y recelo, y Felicitas, pese a ser la viuda de un héroe y gozar del favor y la amistad de gran parte de los más influyentes hombres de la época, no pudo evitar ser desterrada. Una vida tan breve como la de su marido, pero desde luego en absoluto menos apasionante e intensa, y un ejemplo palmario de las vertiginosas subidas y bajadas que se experimentan a lo largo de la vida.