Las crisis sanitaria y económica marcan el décimo aniversario de la guerra en Siria

Las ONGs Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras trabajan para mejorar las condiciones de la población local y denuncian la actuación de los intereses estratégicos internacionales
Guerra de Siria

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La guerra en Siria cumplió su décimo aniversario el pasado 15 de marzo. Aunque hace aproximadamente un año desde los últimos combates, las consecuencias del conflicto han provocado una devastadora crisis política, social y económica. En este contexto, la pandemia ha terminado por colapsar el sistema sanitario. Cientos de instalaciones han sido bombardeadas, gran parte del personal médico ha muerto o huido, y todavía hay una grave escasez de suministros en muchos enclaves del país.

“La población se enfrenta a una situación desesperada. No ven ninguna salida al conflicto, ni ninguna señal de mejora. Su situación se ve agravada por una grave crisis económica y la pandemia de COVID-19. Y viven en el miedo constante a una nueva ofensiva militar, que significaría otro desplazamiento y la necesidad de encontrar un lugar seguro en un área geográfica muy limitada”, afirma Francisco Otero y Villar, coordinador general de Médicos Sin Fronteras para Siria.

Guerra de Siria

“Hoy hace justo 10 años... Hace diez años, desde que el 15 de marzo de 2011, las protestas de la llamada Primavera Árabe, tan alabada en los medios occidentales, se convirtieran rápidamente en un conflicto armado en Siria”, destaca Nabil Antaki, un médico sirio-canadiense y miembro de la directiva de los Maristas Azules, la ONG con la que, desde hace dos, colabora Manos Unidas.

La tan jaleada Primavera Árabe pronto se convirtió en Siria, según palabras de Antaki, “en un largo invierno muy duro e insoportable que ha destruido el país”. Estos diez años de conflicto han supuesto la muerte de más de 400.000 personas, la huida y el exilio de unos 5,6 millones de sirios, la gran mayoría ubicados en países como Turquía, Líbano, Jordania, Irak y Egipto. En el interior del país ha habido, además, más de 6 millones de desplazados. Y hasta 13 millones de personas necesitan ayuda humanitaria dentro, según Naciones Unidas.

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Cerca de 1 millón de personas se vieron obligadas a desplazarse durante la última ofensiva en el noroeste de Siria, que se prolongó hasta marzo de 2020. Desde entonces, la intensidad de los combates en la zona ha disminuido considerablemente tras el alto el fuego hace un año, sin embargo, muchas personas –incluidas mujeres y niños– siguen fuera de sus hogares y viven en condiciones extremas.

“A nuestros hijos les han robado la infancia, los sueños de nuestros adolescentes han desaparecido y el futuro de nuestros jóvenes ya no existe”, lamenta Antaki. La guerra ha frustrado las aspiraciones de millones de personas. Toda una generación perdida. Sin educación y sin perspectivas vitales. Siria era un país “seguro, estable, próspero y laico”, detalla Antaki. “Un país donde no todo era perfecto, ni mucho menos, aunque ninguna reforma justifica destruir nuestro país y sacrificar a generaciones de sirios”, sostiene el médico sirio-canadiense. 

Guerra de Siria

“Llevamos en guerra 10 años. Más que las dos guerras mundiales del siglo pasado juntas. Y el sufrimiento, el duelo, la pobreza y la miseria se han convertido en parte de nuestra vida diaria; una vida que es una pesadilla”, lamenta. “Aunque mis compatriotas merecen el título de campeones mundiales de resiliencia, su cuerda está a punto de agotarse. Ellos solo quieren vivir normalmente, como todos los pueblos del mundo, y con dignidad”, pide Antaki.

La población ya no se muere por los bombardeos o por el uso de armas químicas, sino por el hambre. El bloqueo y las sanciones impuestas por la Unión Europea y Estados Unidos al régimen de Bachar al-Asad ahogan a la población civil inocente. La crisis económica no tiene precedentes. “En un país con la moneda constantemente devaluada y con una inflación desenfrenada, se produce un aumento del coste de la vida vertiginoso. El 70% de las familias viven por debajo del umbral de pobreza y la mayoría necesita de la ayuda de las ONG”, detalla Antaki.

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Los recursos humanos en el sector sanitario eran limitados incluso antes de la pandemia. A menudo los centros hospitalarios debían compartir personal para mantener la atención médica, sin embargo, la cooperación es ahora necesaria tras un aumento significativo de contagios por parte del personal sanitario. Además, la limitada capacidad de diagnóstico de la COVID-19 en el norte de Siria dificulta la detección del virus. 

En el norte del país se han confirmado casi 30.000 casos y cerca de 900 muertes. El número de contagios ha disminuido en las últimas semanas, aunque esta disminución se pueda interpretar como una buena señal, también podría estar relacionada con la falta de recursos de seguimiento. 

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Encomiable labor humanitaria

En este contexto, los Maristas Azules trabajan en colaboración con Manos Unidas. Los proyectos iniciados por la ONG abarcan todos los ámbitos “desde la ayuda humanitaria inmediata hasta la creación de microempresas muy básicas, pasando por la educación no formal a niños que no pueden acudir al colegio, el reparto de comida caliente a ancianos que viven solos, clases de costura y producción de ropa, compañías de teatro como terapia…”, enumera África Marcitllach, coordinadora de Proyectos de Manos Unidas en Oriente Medio. 

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“La labor de los Maristas Azules es heroica”, describe Marcitllach. “Algunos tienen doble nacionalidad y podrían haber dejado Siria en cualquier momento, pero han elegido quedarse entre la población más vulnerable y desprotegida; acompañarlos en su proceso vital e ir abriendo proyectos que puedan mejorar su situación”. En los últimos dos años Manos Unidas ha apoyado a los Maristas Azules con seis proyectos por un valor total de 284.123 euros.

Médicos Sin Fronteras también es testigo del continuo deterioro de la situación humanitaria en el norte del país. La organización ha trabajado en diferentes áreas de Siria, y se ocupa de la donación de suministros médicos, la instalación de hospitales y clínicas o el apoyo a instalaciones médicas y redes sanitarias, entre otras labores. En el noreste del país, en las provincias de Idlib y Alepo, MSF dirige varios centros hospitalarios y regula la distribución de productos de primera necesidad. La organización gestiona actividades regulares en los campos de desplazados y asentamientos no oficiales, como el de Al-Hol. 

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La lucha por el dominio de Siria

Ambas organizaciones trabajan sobre arenas movedizas. La inseguridad constante, ya que Médicos Sin Fronteras tiene vetada la entrada en las áreas controladas por el Gobierno de Al-Asad. Mientras que Manos Unidas ve inaceptable la situación en la que se encuentran millones de sirios, y han denunciado públicamente “la situación desesperada en la que los intereses estratégicos internacionales están sumiendo a la población”.

El régimen de Al-Asad decidió mantener el poder a toda costa. Hasta el momento ha conseguido preservar su régimen, sin embargo, esto ha sido gracias al respaldo de sus aliados más directos: Rusia e Irán, con los que comparte soberanía. Ante una oposición mal organizada, con poco peso político y venida a menos, el presidente ha convocado elecciones para el próximo mes de abril. No obstante, no parece que vaya a existir un cambio de paradigma dentro de la política siria, donde los comicios han sido ya calificados como “ilegítimos”. 

Distintas potencias se reparten las porciones del pastel sirio. Gran parte del país está bajo el control del régimen, aunque existen diversos bastiones rebeldes en el norte, apoyados por Turquía. Las milicias kurdas dominan otra gran parte del país, mientras que la provincia de Idlib sigue gobernada por la organización yihadista HTS.