Las llegadas del cine a la luna desde 1969

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Víctor Arribas

La luna sale en cientos de miles de películas. Los personajes hablan, se mueven, ríen o lloran alrededor del satélite terrestre, y los espectadores la vemos allá arriba impávida, ingrávida y indolora, testigo de todos nuestros actos. Nunca he visto una luna más bella en el cine que la captada por Norman Jewison en Moonstruck, rodada en 1987 con Cher y Nicholas Cage en estado de romántica gracia. Tan llena, tan redonda y sugerente. Su mera observación a simple vista provoca un viaje en la imaginación que el cine ha transitado con argumentos reales e inventados, pero siempre en los terrenos de la ensoñación, lo que parece todavía aquel hito de Armstrong, Aldrin y Collins. Cuesta creer lo que ocurrió en realidad aquél caluroso día de julio de 1969, pero a estas alturas de la Historia nadie desde el escepticismo ha sabido demostrar que no fuera cierto. Capricornio Uno de Peter Hyams puso en cuestión la veracidad de la carrera espacial, pero sus guionistas eligieron un falso viaje a Marte para situar a sus astronautas. Aquella película de 1977 contribuyó a difundir la teoría de que la llegada a la luna había sido un montaje, una teoría muy querida por todo el antiamericanismo planetario. 

La Humanidad celebra esta semana los cincuenta años de la llegada del hombre a la luna, convertida en una conquista que abrió otras muchas puertas al futuro. Por mucho que esa conquista fuera anticipada por Verne o Hergé, son las obras posteriores los que la coronan entre los principales capítulos que han despertado el interés de los humanos. El repaso a las obras cinematográficas que han glosado la llegada a la luna arroja obras maestras, documentales voluntariosos, alguna boutade y films muy interesantes por lo general. Un asunto que ha interesado a cineastas como Georges Méliès, Michelangelo Antonioni o Fritz Lang. 

La época muda aceptó pronto el reto de anticipar la llegada del hombre a la luna. Viaje a la Luna (1902, Georges Mèliés) es un suceso para la época en que está rodada de manera puramente artesanal, una reliquia arqueológica que contemplada hoy no deja de asombrar. Mèliés creó la fantasía en el cine, la revistió de un ropaje tan excéntrico como personal, y logró con el cohete incrustado en el ojo de la luna crean la primera gran imagen icónica de este nuevo medio de expresión que había nacido pocos inviernos antes con los hermanos Lumiére. Nadie que quiera saber mínimamente lo que el cine ha aportado a la cultura puede dejar de contemplar esta joya. 

Moonland (1923-29, Neil McGuire y William O’Connor) es un cortometraje de ficción (rara avis en una época en la que Hollywood ya había asentado su industria sobre los largos) en el que un niño recibe en sus sueños la invitación del hombre de la luna para visitar su hogar, y las aventuras que vivirá por el camino. La era silente estaba terminando, pero deja hermosas metáforas como ésta que puede verse en Internet con pasmosa facilidad, la que da la ausencia de derechos que cobrar a quienes tengan la curiosidad intelectual de acercarse a ella. La mujer en la luna (1929, Fritz Lang), también muda, pero realizada en la Alemania expresionista y pre-nazi, mezcla hábilmente esos aromar de totalitarismo con la aventura espacial y con el caracter visionario de un científico que va a demostrar que hay más oro en el satélite que en nuestra Tierra. Lleva la firma de Lang, y eso ya es una garantía, además del guión de su compañera Thea Von Harbou, pero no está a la misma altura que Metrópolis o la serie del Doctor Mabuse.

Los años 50 en el cine americano trajeron una oleada de películas de aventuras hechas por los grandes estudios, que entraban ya en su época de declive. Aún así podemos analizar obras como Con destino a la Luna (1950, Irving Pichel), realizada por uno de los pequeños estudios como Eagle Lion y con escaso presupuesto, una especie de serie B en un estudio B. No hay grandes estrellas en su reparto, algo que sí ocurre en De la Tierra a la Luna (1958, Byron Haskin), adaptación de la novela de Verne que cuenta con Joseph Cotten y Debra Paget ante la cámara. Dos obras interesantes, especialmente ésta última, en un momento en que la ciencia ficción era uno de los géneros favoritos del público norteamericano que veía en ella un trasunto de la guerra fría entre su país y la URSS. Cotten aterriza en una luna de cartón piedra, pero ya sabemos que el material del cine es del que están hechos los sueños...

H.G. Wells y sus novelas de anticipación tienen también una adaptación importante en la pantalla: La gran sorpresa (1964, Nathan Juran). Allí aparecen los selenitas, habitantes de una luna del pretérito a la que los humanos creen que van a ir por primera vez, pero siempre ha habido una primera vez anterior. Selenitas que también se dejaban ver en El viaje a la luna del Barón de Münchausen. Es una cinta británica muy sugerente y rescatada para el subgénero lunar. Donde no logra llegar ningún personaje es en Huellas de pisadas en la Luna (1975, Luigi Bazzoni), pero la luna está eternamente presente en las obsesiones de su protagonista femenina. Un sueño, una pesadilla, una fijación recorre su mente de día y de noche: el astronauta abandonado por su compañero en la superficie lunar. 

El cine contemporáneo ha vuelto a inspirarse en este hecho histórico, tal vez influenciado por la cercanía del cincuenta aniversario. Ron Howard lo hizo con la épica de Apolo XIII (1995) y el redescubrimiento una vez más filmado del héroe americano. Los ocupantes del Apolo perdieron oxígeno y el mundo ganó una gesta: la que culminó en el desenlace que tuvo a millones de personas de todo el mundo pendientes del cielo. Una excavación minera en la luna es escenario para que Sam Rockwell quede aislado en Moon (2009, Duncan Jones), un relato siempre asfixiante y plagado de suspense. 

La mejor de todas ellas es muy reciente:First Man (2018, Damien Chazelle). No se queda en la épica, sino que deconstruye al héroe (la vida del propio Neil Armstrong, el primer hombre en poner el pie en la luna) desde el plano psicológico e incluso metafísico. Una especie de “¿por qué yo?” de inspiración cristiana que sitúa a Ryan Gosling en la cima de su filmografía. No todo ocurrió aquel julio de 1969 en las campas de lanzamiento de Cabo Cañaveral, lo más humano tuvo lugar en la interioridad del domicilio y la familia de Armstrong. La película es una adaptación de la novela de James R.Hansen, y tiene mucho de contra-elegía para recordar la figura del astronauta que falleció en 2012.

Y en los cines aún, el documental muy recomendable Apollo 11 (2019, Todd Miller) que cuenta con imágenes inéditas de lo que ocurrió entre bambalinas aquellos días históricos. Con un pulso narrativo magnífico y una textura retro que lo convierten en pieza indispensable de su género de no ficción.