Las plazas de soberanía española en el Mediterráneo

Explicación histórica de la pertenencia a España de determinados islotes frente a las costas del norte de África
Una fotografía tomada desde la ciudad marroquí de Fnideq muestra una vista general del enclave de Ceuta

AFP/FADEL SENNA  -   Una fotografía tomada desde la ciudad marroquí de Fnideq muestra una vista general del enclave de Ceuta

La batalla entre el Sáhara Occidental y Marruecos ha reabierto el tema de la soberanía española en el norte de África.

Aparte de las típicas ciudades Ceuta y Melilla, ¿qué más enclaves tiene España en el Mediterráneo? Estos enclaves, llamados ‘plazas de soberanía’, son las islas y peñones frente a la costa norteafricana, que se siguen manteniendo por su enorme relevancia geoestratégica.  Estas son: las islas Chafarinas, la isla de Alborán, el Peñón de Vélez de la Gomera, las islas Alhucemas y la isla Perejil.  Pero ¿desde cuándo, cómo y por qué pertenecen al Estado español?

La Constitución no hace referencia a estos territorios, excepto las plazas mayores – Ceuta y Melilla-, las plazas menores no aparecen mencionadas en los Estatutos de Autonomía. Excepto la isla de Alborán, que pertenece al municipio de Almería, los demás territorios se encuentran en un “limbo legal”. Marruecos sigue reclamando hasta nuestros días estos enclaves, al igual que las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.

Este artículo hará un breve repaso de por qué pertenecen estas plazas de soberanía al reino de España. Si bien la presencia hispánica en el Magreb es muy dilatada, este artículo solo cubrirá los eventos desde los Reyes Católicos (s. XV).

1. Reyes Católicos (1492-1516)

A finales del siglo XV comienza la conquista de la costa magrebí por los Reyes Católicos (RRCC), empezando lo que la historiografía islámica ha denominado como ‘la Guerra de los Trescientos Años’. Esta longeva y permanente guerra de desgaste entre cristianos y musulmanes comprende el periodo entre 1497 y 1782, donde los territorios pasan de unas manos a otras constantemente.

La conquista estuvo impulsada por motivos religiosos, defensivos y económicos. Los RRCC se propusieron determinadamente expulsar a los musulmanes de la península ibérica, y la conquista del norte de África como la última fase de la Reconquista. En primer lugar, la reina Isabel I de Castilla quería recuperar la ‘Hispania Transfretana’, los territorios pertenecientes a la provincia romana ‘la Bética’ que estaban situados al otro lado del estrecho de Gibraltar. En segundo lugar, Isabel anhelaba vengar a la Cristiandad por la toma de Constantinopla en 1453 por los Otomanos. La reina fantaseaba con la posibilidad de avanzar por la orilla sur del Mediterráneo, ocupar Egipto y reconquistar los Santos Lugares. Para lograr este objetivo, la denominada “guerra contra el moro” de los siglos XV y XVI fue enardecida por el espíritu épico y glorioso que la envolvía. Se creía que un cristiano debía ir a luchar contra el infiel para engrandecer la fe y servir a su señor, independientemente que fuera moro, árabe o turco (De Bunes, 1995). Por medio de bulas, Alejandro VI, el papa español de la familia Borja, otorga la conquista de África a los Reyes Católicos, y la convierte en una cruzada, una empresa “santa”. Fue el mismo Papa quién les otorgó el título de ‘los Monarcas Católicos’, además de donarles financiación para sufragar esta guerra.

Siendo desde hace siglos la costa magrebí la principal fuente de peligros y amenazas militares a la península, los RRCC quisieron dominar ambas costas del Estrecho para poder defender los reinos españoles de futuros ataques, así como garantizar rutas seguras para comerciar a lo largo del Mediterráneo.

Los últimos móviles se encuentran en una nobleza española deseosa de grandezas, aventuras y grandes botines, así como la necesidad de entretener a una clase militar y política que había perdido su importancia al terminar la Reconquista. También las clases urbanas y comerciales presionaban para poder comerciar con nuevos mercados, aprovechar las caravanas de oro africano que atravesaban el Sáhara y poder explotar recursos, como la pesca. Finalmente, las parias impuestas a las comunidades musulmanas constituían una buena fuente de ingresos.

Curiosamente, la conquista del norte de África en esta época se llevó a cabo con una estrategia medieval. La falta de fondos de las coronas españolas tras la Guerra de Granada, forzó la conquista de la costa norteafricana igual que la conquista de América, por el sistema de ‘botín con el quinto real’. Es decir, la conquista no se llevó a cabo por las armas y fuerzas militares reales españolas, sino por tropas formadas y financiadas por un noble o señor, como ocurrió con Hernán Cortés en México. La conquista de Melilla fue financiada por el duque de Medina Sidonia, y ejecutada por su capitán de armas, Pedro Estupiñán el 17 de septiembre de 1497. Con el paso de los años y ante la falta de medios económicos y militares de conservar Melilla, el duque entregó la isla como patrimonio para los Reyes. En 1508, al mando de don Pedro Navarro, los españoles conquistaron el Peñón de Vélez de la Gomera.

Durante los primeros siglos, las empresas portuguesas y españolas despojaron a los Estados berberiscos situados en los actuales reinos de Marruecos, Túnez y Argelia del dominio de sus zonas costeras, puesto que las principales ciudades portuarias estaban en manos cristianas.Atalayar_ España y sus Enclaves

La muerte de la reina Isabel frenó la vehemencia de la “guerra contra el moro”. Fernando el Católico se desentendió de la conquista del Magreb por los asuntos de Italia, la política matrimonial y la conquista de América; por lo que el proyecto africano quedó reducido al asentamiento de posiciones estratégicas formando una marca fortificada de pocas ciudadelas a lo largo del litoral. Estos enclaves fortificados fueron llamados ‘presidios’.

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El Presidio de Melilla
2. Carlos I (1516-1556)

El rey Carlos I de España y V de Alemania hereda ‘la Berbería’, un rosario de puertos a lo largo de la costa africana desde Trípoli, en el Mediterráneo central, hasta Santa Cruz de Cabo Gue (Agadir) y las Canarias, en el Atlántico; así mismo, hereda la cruzada de su abuela Isabel, quien en su última voluntad pidió a su hija Juana que se intentara seguir adelante con la conquista de África para continuar con la labor de lucha contra el islam (De Bunes, 1995). El objetivo de Carlos I en la Berbería será conservar estos territorios y transmitirlos a su sucesor y heredero, a través de una estrategia de defensa con políticas de control y de contención de la costa magrebí.

Como ocurrió bajo el mandato de su abuelo Fernando, Carlos V atenderá los asuntos africanos exclusivamente durante los respiros concedidos en otros frentes. Por lo tanto, la actividad en la Berbería es discontinua, y en especial la militar no sigue ninguna planificación. El emperador solo volcará su atención en el Magreb en momentos puntuales, por razones de defensa o de prestigio. Por ejemplo, el 1 de octubre de 1540, tuvo lugar la batalla de la isla de Alborán, una batalla desatada por el ataque de Barbarroja (un almirante otomano) a territorios españoles, esta finalizó con la victoria aplastante de la Armada española y la anexión de la isla.

Los presidios, un poco descuidados por la corona, desarrollan una estrecha relación con las tribus musulmanas para sobrevivir. Estas abastecen los presidios a cambio de la protección cristiana frente al intento de control otomano. Asimismo, la corona invierte en la creación de Estados-tapón para dificultar la conquista de los presidios por los turcos.

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Peñón de Vélez de la Gomera 

Sin embargo, a medida que la amenaza del Imperio Otomano y sus aliados bereberes se hace cada vez más intensa, Carlos I establece por un tiempo el Magreb como el frente más importante contra Estambul, por encima incluso del frente abierto a lo largo del Danubio. Los mayores miedos eran otra invasión musulmana a la Península y el final del monopolio comercial andaluz en el Mediterráneo que los Reyes Católicos establecieron en 1490.

3. Felipe II (1556-1598)

Felipe II continuará en la misma línea que su abuelo y que su padre, de defensa, mantenimiento y fortificación de los presidios, esforzándose por frenar la piratería bereber y la expansión otomana.

Con Felipe II, la costa del norte de África se convierte en una prioridad hasta el comienzo de la década de los 80, como foco de la lucha con el Imperio Otomano. El Mediterráneo se vuelve un escenario de guerras, y por primera vez desde los RRCC, ocurren numerosas victorias españolas como la Batalla de Lepanto en 1571, que expanden las posesiones del Imperio por la costa del Barbería. Se ve un resurgir en los sentimientos de cruzada contra “el infiel”.

Por primera vez con Felipe II, se establece una poderosa red de espionaje a lo largo de la región norteafricana. “Rescatadores, renegados, mercaderes, aventureros y excautivos en las bases corsarias y en Estambul se encargaban de organizar las conjuras y complots, de sabotear las infraestructuras del enemigo, de informar sobre los preparativos militares, de las salidas de las flotas, de sobornar altos cargos, de atraer al servicio de Su Majestad a determinadas personalidades, de negociar treguas, paces o alianzas” (Téllez Alarcia, 2000). Por lo tanto, “la lucha contra el turco” además de conllevar actividad militar, usa el espionaje y la diplomacia como otras herramientas de guerra. Como ejemplo de diplomacia están las alianzas con líderes de la zona como con el Sultán Muley Abdalá, quien, en 1560, cede al monarca español las islas de Alhucemas a cambio de protección contra las otomanos.

Durante las dos últimas décadas de su mandato, Felipe II relega definitivamente a un segundo plano al escenario magrebí. Eso no significa que no haya ningún tipo de actuación, sino que focaliza sus esfuerzos en evitar que los Estados que estaban emergiendo en el Magreb mantuviesen su independencia de Estambul. Al final, Felipe II se consolida como señor del Mediterráneo occidental, mientras el sultán lo es del Mediterráneo oriental.

Por otro lado, con la anexión de Portugal en 1581 al reino de España, sus territorios de ultramar también pasan a manos del monarca.  Tras la independencia de Portugal, los nobles ceutíes solicitaron seguir perteneciendo a la Corona Española. Y en 1668 un Tratado con Portugal reconoce la soberanía española sobre Ceuta y su jurisdicción, lo que incluye la isla de Perejil.

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Duque de Medina Sidonia   
4. Isabel II (1833-1868)

A comienzos del siglo XIX, tras perder la mayor parte de las colonias americanas, España deja de ser un gran imperio ultramarino y es relegada a un segundo plano. Por lo tanto, Isabel II se propone recuperar el prestigio español a través de expediciones militares alrededor del mundo. Las más importantes fueron las del norte de África y la subsecuente guerra de Guerra de África entre 1859-1860 contra Marruecos. Esta estrategia política pretendía imitar al resto de potencias europeas del momento como Francia e Italia en sus conquistas del Magreb y la unificación de España, la cual acababa de sufrir una guerra civil entre isabelinos y carlistas.

En 1848 el futuro general Serrano conquistó las islas Chafarinas, instalando ahí un presidio.

5. Conclusión

La mayoría de los territorios conquistados en estos siglos se perdieron, y los que seguimos conservando cambiaron de manos en numerosas ocasiones. Pero estos pocos enclaves, de irrelevante importancia política y económica, tienen una gran valor estratégico y defensivo aún hasta nuestros días para controlar: el estrecho de Gibraltar, los flujos migratorios, el crimen organizado, las rutas de comercio marítimas y el resto de los peligros que puedan provenir del continente africano. Es decir, seguimos siendo herederos de la política africana de Fernando el Católico.

 

REFERENCIAS

  1. De Bunes, M.A. (1995) La presencia española en el norte de África: las diversas justificaciones de la conquista en el Magreb. Aldaba: revista del Centro Asociado a la UNED de Melilla, nº. 25, (Ejemplar dedicado a: Estudios sobre presencia española en el norte de Africa), págs. 13-34
  2. Alonso, B. (2001) El norte de África en el ocaso del emperador (1549-1558). Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V. p. 387 - 414 (Volumen 1) https://repositorio.uam.es/bitstream/handle/10486/1213/17087_A21.pdf?sequence=1
  3. Téllez Alarcia, D. (2000) El papel del norte de África en la política exterior de Felipe II. La herencia y el legado. Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, H.ª Moderna, t. 13, págs. 385-420https://www.researchgate.net/publication/286165814_El_papel_del_norte_de_Africa_en_la_politica_exterior_de_Felipe_II_la_herencia_y_el_legado/fulltext/56668f5a08ae15e74634d26f/El-papel-del-norte-de-Africa-en-la-politica-exterior-de-Felipe-II-la-herencia-y-el-legado.pdf
  4.  Martínez Hoyos, F. (2019) La guerra de África: imperialismo de andar por casa. La Vanguardia. On-line: https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20191119/471723366845/guerra-marruecos-1859.html