"Me dijeron que era una vergüenza para la familia, que ya no eran mis padres, y me echaron de casa"

El testimonio desgarrador de mujeres marroquíes estigmatizadas por la sociedad y repudiadas por los suyos tras tragedias como la violación
Dibujo de una mujer con velo

NOOR AMMAR LAMARTY  -   'A través de ellas'

Hay mujeres silenciadas, ocultas al mundo, invisibilizadas. Mujeres que son el polvo que se oculta debajo de las alfombras, para no darle solución pero que tampoco quede a la vista. Mujeres estigmatizadas, ninguneadas, engañadas y, sobre todo, 'apatriarcadas’. Educadas en el “todo lo malo que te pase, es cosa tuya”. Criadas en las reglas de la autoprotección por la muy habitual violencia machista, psíquica y física externa, por parte de otros hombres, pero también de otras mujeres. Renegadas a que todos los platos de la vajilla se hayan lavado, los suelos fregado y los niños alimentado. Cubiertas por el velo de la ignorancia, pero también por el de la esquizofrenia social con la que se autoculpabilizan de ser mujeres, y atribuyen a Dios todas las pocas cosas buenas que les suceden. Mujeres completamente despojadas de su poder sobre sí mismas, sus sentimientos, emociones, y cuerpos. Es una de las duras realidades del Marruecos actual.

En el país magrebí hay 300.000 niñas, según las cifras que manejan las asociaciones, por debajo de los 15 años trabajando en hogares en calidad de 'pettite bonne’. Más del 90% de las violaciones no son denunciadas, y los niños nacidos fuera del matrimonio son 50.000 cada año, mientras todos los días son practicados de entre 600 y 800 abortos clandestinos. Y la violencia machista ronda el 54% de mujeres de todo el país.

Joven marroquí
Niña en una calle de Marruecos
El testimonio silenciado de una violación: “No podía contarlo, me daba un miedo de muerte. Ni siquiera sabía bien qué había pasado o si era normal”

Tenía 15 años cuando ocurrió, era de noche y no había nadie cerca, se había quedado a cuidar de sus hermanos pequeños porque sus padres tenían que ir al pueblo a por unos recados, era la segunda semana que estaba en su aldea, normalmente trabajaba en la gran ciudad, servía en la casa de una familia adinerada desde los 7 años. En su aldea tenían de vecinos a otra familia, las hijas eran amigas suyas, pero ese día habían salido con su madre. Entonces él, de 48 años, la violó. El padre de sus amigas. Su voz no parece la de una joven de 21 años, sino la de una mujer sufrida. Prefiere mantener el anonimato. Se le pregunta con tacto sobre el embarazo y la violación: “No podía contarlo, me daba un miedo de muerte. Ni siquiera sabía bien qué había pasado, o si era normal. No dejaba de llorar y no podía decir nada a mi madre. Ese hombre me había amenazado, y encima era amigo de la familia. Pero bueno, luego empecé a vomitar y no paraba, aunque no pasó nada hasta que empezó a crecer el vientre, entonces me di cuenta de que estaba embarazada y mi madre también”.

Esas mujeres silenciadas son niñas enviadas con 7 años a casas de familias pudientes a ser explotadas laboralmente, abusadas sexualmente por familiares, vecinos o amigos de la familia, y que nunca contaron que pasó por miedo o vergüenza. Las mujeres silenciadas, violadas y repudiadas aún albergan la esperanza de ser perdonadas por sus familias porque sienten que no tiene valor alguno por la desgracia que han vivido. Las mujeres silenciadas son niñas obligadas a casarse con 9, 10, 11, 12, 13, 14,15, 16 y 17 años, precozmente enviadas a un infierno conyugal en el que abundan los abusos y los maltratos. Las mujeres silenciadas son las madres solteras que se convirtieron en apestadas para su comunidad, su sociedad y su país. Las mujeres silenciadas son las prostitutas que ejercen para salir de la miseria, a las que han llamado tantas veces “puta” que han decidido creérselo. Las mujeres silenciadas son las mujeres aquellas que aguantan todo porque se han convencido de que es su papel en la vida, y que nunca darán el paso al divorcio por el miedo al qué dirán. 

Un grupo de niños marroquíes
Tres niñas marroquíes sonríen a la cámara

Las mujeres silenciadas son todas las que sin duda sufren el extremo de la opresión en silencio, porque su voz es anulada constantemente o porque directamente no tienen, ni piensan tener derecho a ella. “Mi madre se lo contó a mi padre sin decirme nada, y me pegaron. Me dijeron que era una puta, que no tenía honor, que era una vergüenza para la familia, que ya no eran mis padres, y luego me echaron de casa con lo que llevaba puesto y me dijeron que no volviera nunca más. Lo peor es que ni mientras me pegaban fui capaz de decirles que había sido él, pensaba que no me creerían y que me pegarían aún más fuerte. Supliqué para quedarme y lloré durante horas hasta que salió a darme más patadas mi padre y amenazarme con matarme si no me iba”, relata la joven a Atalayar.

Las niñas y mujeres que se convierten en madres fuera del matrimonio están condenadas. Poco importa si el hijo es resultado de una relación amorosa o si no contaba con la voluntad de ambas partes, incluso las violaciones entran en este grupo. No existe ningún tipo de compasión para estas mujeres, y sus hijos ilegítimos son la prueba indiscutible del 'pecado'. La estigmatización que sufren ellos como 'bastardos’ los acompañará el resto de sus vidas.  

Una mujer tendida en el suelo en una medina magrebí
Una joven tendida en el suelo en una medina magrebí

“Luego fui al pueblo”,explica: “Me monté en una camioneta que llevaba desde la aldea a cambio que vigilar la ovejas de la camioneta, y en el pueblo busqué trabajo, pero iba a tener un hijo con 16 años y no podía hacer prácticamente nada. Mendigué en las calles durante días, durmiendo en un porche, hasta que un día me acogió una señora mayor en cuya casa vivían varias chicas, pero me advirtió que sólo podía quedarme con ella a cambio de discreción y de ayudarla en las tareas domésticas. Las otras chicas habían vivido situaciones como la mía, pero yo era la más joven”.

Cuando las madres solteras, a menudo adolescentes o adultas jóvenes se quedan embarazadas las asociaciones suelen enterarse a tiempo, y ofrecen un lugar de acogida a muchas de ellas, así como las ayudan a cuidar de sus hijos e intentan formarlas con el fin de que puedan reintegrarse en la sociedad. Sin embargo, conseguirles trabajo es muy difícil por la estigmatización social que sufren como mujeres y muchas no alcanzan a tener la ayuda de las asociaciones y se quedan en la calle o buscan vías de supervivencia como la prostitución. Con las asociaciones los empleadores que acceden a contratar a estas mujeres, lo hacen por caridad, y son las asociaciones las encargadas de legalizar la situación de la madre y del hijo, a veces teniendo que acudir hasta los pueblos de origen para conseguir sus documentos de identidad, y para retomar el diálogo con los padres de los hijos, que sólo pueden reconocer a sus hijos a través del matrimonio con la madre y la mayor parte de las veces se desentienden de esos niños.

Cuando se le pregunta a la protagonista de nuestro testimonio por el comienzo de la nueva etapa, expresa: “En la casa sólo dormíamos y comíamos. Al principio trabajé en la ciudad más cercana, iba a casas, limpiaba, y cocinaba, pero lo que ganaba no era suficiente para poder mantenerme y a mi hijo. Hasta que un día una de las chicas me dijo que podía proponer una alternativa, que no era la mejor, pero que al menos me daría dinero y una vida. Mi desesperación era más grande que mis ganas de tener un trabajo que a la sociedad le pareciese bien, me sentía sucia, avergonzada, pero no tenía alternativa. Empecé ganando poco en la gran ciudad, pero pronto aprendí cómo funcionaba y ahorré lo suficiente para poder mudarme con la otra chica de la casa a la ciudad y llevarme a mi hijo. La prostitución es un mal trabajo, pero es el único trabajo que me ha dado una vida, encima tener un hijo me cerraba las puertas en todos lados, y por no estar casada no podía ni alquilar un piso, había que sobornar con más dinero para que accediesen”.

En las asociaciones, que hacen una labor insustituible, las dificultades radican en conseguirles trabajo. Los empleadores que acceden a contratar a estas mujeres lo hacen por caridad, y son las entidades las encargadas de legalizar la situación de la madre y del hijo, a veces teniendo que acudir hasta los pueblos de origen para conseguir sus documentos de identidad, y para retomar el diálogo con los padres de los hijos, que sólo pueden reconocer a sus hijos a través del matrimonio con la madre y la mayor parte de las veces se desentienden de esos niños.

El trabajo precario y mal pagado, y la necesidad de supervivencia y de mantener a sus hijos, las lleva a menudo a tomar la vía de la prostitución y esta implica riesgos que a menudo desconocen. Todas las etapas desde que se quedan embarazadas son ilegales en el ordenamiento jurídico marroquí. Su causa está abierta a las ayudas, pero realmente no tienen garantías de dignidad en la sociedad. 

“Nunca volví a saber nada de mi familia y no quiero, mi padre me mandaba trabajar a casas de ricachones desde que tenía 7 años para que llevase dinero a casa, nunca me llevó al colegio, nunca me cuidó, el sólo nos insultaba y se tumbaba en el sofá, no trabajaba. Para mí era normal lo que hacía, pero ahora que tengo un hijo se que no quiero eso para él. Quiero que tenga una buena infancia, y un futuro, yo no tuve nada de eso. En Marruecos la familia es una forma de vivir para que la sociedad no te juzgue, pero no todo es justificable porque te lo haga tu familia, aunque en Marruecos sí es así. Cuando me fui de mi casa durante el primer año sólo quería que me volviesen a aceptar y que me perdonasen. Con el tiempo entendí que no era culpa mía nada de lo que me ocurrió, pero me sigo sintiendo sucia ejerciendo de prostituta”.

Una joven marroquí en una cocina
Una joven marroquí friega un utensilio de cocina 

El mercado laboral está vetado para ellas, sus familias las consideran su peor desgracia, las personas que conocían dejan de frecuentarlas por el qué dirán, la justicia no las protege sino que las condena. Y ellas consideran que no tienen derecho a más vida, por no decir que ni siquiera se plantean reconstruir sus vidas con otra pareja futura, porque ellas mismas se consideran apestadas para todos los hombres porque ya no son 'vírgenes’ y, por lo tanto, dejan de ser válidas para el matrimonio. No tienen autoestima, no conocen el amor propio, a menudo no saben cómo darle cariño a sus hijos porque ellas mismas carecen de estabilidad emocional. Están completamente anuladas por la sociedad, y son víctimas de ellas mismas porque son las primeras en juzgarse.

Cuando a la joven se le hace referencia sobre la situación de las mujeres en Marruecos, se muestra firme y dolida: “Las mujeres siempre somos las culpables de lo que nos pasa en Marruecos, sea lo que sea, siempre el problema es nuestro. Eso tiene que cambiar, y se tiene que acabar con el trabajo y los abusos que sufren las niñas que se van a trabajar desde tan pequeñas como yo, esas niñas tienen que jugar y tener que tener derechos y hay que protegerlas. Tienen que decir que las han violado si les pasa porque hay que meter a la cárcel a toda esa gente, y la sociedad tiene que ver que una niña sola embarazada no tiene muchas alternativas si es repudiada por su familia. La religión es un problema muy grande, te dicen que todo es por Dios, pero Dios ha permitido que me violasen, entonces ¿por qué tengo que sentirme mal por ser prostituta?. En Marruecos si no eres virgen te tachan y no vales para nada, directamente eres una prostituta o una facilona”.

“Están penadas con prisión de entre un mes y un año las relaciones sexuales entre diferentes sexos que no estén amparadas en el matrimonio”, recoge artículo 490 del Código Penal de Marruecos, así es como las mujeres en la mayoría de los casos quedan estigmatizadas a ojos de la misma ley, que como bien explican las asociaciones se alinea con la religión lo que dificulta considerablemente los intentos de cambios legislativos en esta materia, dado que su mera existencia está completamente prohibida.

La joven aborda también la cuestión del aborto en Marruecos, que es tabú. “Quería abortar, era una niña, no sabía ni cómo cuidar de mí misma y que Dios me perdone, sentía tanto asco de mí misma que tuve una depresión después de tener a mi hijo porque cada vez que lo veía me recordaba a lo que había ocurrido y no podía soportarlo. Durante el embarazo, una de las chicas me dijo que podía comprar hierbas abortivas, pero me daba miedo que no funcionase y que el bebé tuviese luego otro problema. No podía ir al hospital, no es legal, hubiera ido a la cárcel. Conozco a chicas que fueron a médicos particulares y las acabaron pillando y siguen en la cárcel hoy en día. Lo peor es cuando te violan y estás obligada a tener un hijo de tu propio violador, a mi me decían que Dios lo había querido así, imagínate. Quiero mucho a mi hijo, pero hubiera querido tenerlo porque quería, no que su padre fuese un violador.”

Dos prostitutas en una medina de Marruecos
Tres prostitutas en una calle de Marruecos 

Están silenciadas porque han vivido normalizando la sumisión en todas las esferas de sus vidas, porque sólo se espera de ellas que obedezcan, que acepten y que no se quejen. Porque son mujeres, y con eso basta para aguantarlo todo. Están silenciadas porque su país las condena, porque la ley las condena, porque la religión las condena y porque la sociedad las condena. Están silenciadas porque si hablan, estarán peor.

Las problemáticas no están aisladas, sino que a menudo una cosa lleva a la otra y van de la mano en la desgracia que suelen vivir las mujeres más vulnerables y desprotegidas. Es por ello que no se puede abarcar el problema desde un solo ángulo, sino que hay que analizarlo desde el amplio espectro que compone la estigmatización y la vulneración de los derechos más básicos de las mujeres.

La educación desde la culpabilidad por ser mujeres es a largo plazo un problema de independencia para estas. Por eso 'apatriarcar’ a las mujeres es quitarles todas las herramientas para salir adelante solas desde la creencia en ellas mismas. Apatriarcar anula, degrada, silencia e invisibiliza, y para cambiar las realidades se debe empezar a educar desde el empoderamiento, desde la igualdad, lejos del tabú que la religión y la cultura albergan.

“Somos muchas mujeres sufriendo lo mismo, y nadie quiere saber nada de nosotras. Quiero dejar la prostitución, pero quiero que mi hijo tengo una vida digna, y si para eso tengo que perderla yo en este país, estoy dispuesta”, remata la protagonista de este desgarrador relato.