Mozambique y el racismo portugués

Isabel Figueiredo presenta ‘Cuaderno de memorias coloniales’, editado por Libros del Asteroide
Cuaderno de memorias coloniales

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Nacida en 1963 en lo que entonces era Lourenço Marques, hoy Maputo, capital de la colonia portuguesa de Mozambique, Isabel Figueiredo ha escrito un libro perdurable: por verdadero, por agridulce, por emocionante, porque no se engaña ni engaña, y porque sirve para derogar la falacia de que hay colonialismos buenos, paternalismo aceptable y racismo explicable. Las primeras frases son decisivas. La del primer capítulo reza: “Manuel dejó su corazón en África”. La del segundo: “Los blancos buscaban a las negras”. La del tercero puede que resulte brutal para esta revista (me disculpo): “Follar. A mi padre le gustaba follar”. Todo lo que no se suele decir sobre las relaciones sexuales en el mundo colonial se plasma sin eufemismos. Y muestra qué pasaba si un blanco se casaba con una negra, y lo inadmisible: que una blanca se casara con un negro.

Si quiere saber con cuánta intensidad, cercanía, emoción, dolor y memoria vivió esta hija de colonos el fin del dominio luso en una de sus grandes posesiones africanas, ‘Cuaderno de memorias coloniales’ le dejará una huella imborrable. Es una lectura que no se puede abandonar, que divierte y abrasa. Se comprende por qué levantó tantas ampollas entre sus compatriotas, entre quienes se niegan a ver con ojos no velados por los prejuicios cómo lo hicieron los portugueses en África (“el colonialismo suavecito”). Ella misma lo advierte: “Es más fácil olvidar”. 

La espina dorsal de este libro lleno de África, de sensaciones y de sentido, es la relación entre la autora y su padre. Pese a la distancia abismal que acaba por abrirse entre los dos, hasta física, cuando todo se desmorona y ella es enviada a la metrópoli, llega a decir: “Yo soy mi padre. Lo que queda de él”. Un instante prodigioso –aparte de sus estampas portuguesas, sobre todo las de su abuela materna, en un Portugal sombrío, rodeada de gallinas tullidas a las que cuida– es cuando Figueiredo descubre que ha aprendido a leer: “Me apoderé de la herramienta con la que excavaría mi libertad”, y una consecuencia: “Fue cuando, lentamente, comencé a volverme la peor pesadilla de mi padre (…) Mi padre tenía la camisa blanca y yo, su tesoro, la ensucié de tierra para siempre”. 

Isabel Figueiredo no se muerde la lengua, no sabe lo que es políticamente correcto, respira literatura y memoria, y habla de “la negrada”. Para quienes compartimos el amor por África y por la literatura este Cuaderno nos acompañará mientras vivamos. Ella lo aclara así: “Mi madre desconfiaba de mí, adivinando mi alma de negra”. La paradoja del profundo racismo portugués, que aquí se muestra en toda su incomprensión y crudeza, es que, también él, su padre, electricista, de alguna manera, impregna esa pregunta que en su extraordinario libro se plantea su hija: “¿Y si mi padre fuese ya también un poco negro?”. Ella no entregó nunca en la metrópoli el mensaje que le habían encomendado. O sí lo hizo, y es este terrible y hermoso alegato: ‘Cuaderno de memorias coloniales’. No dejen de leerlo.