Naciones Unidas, 75 años: el caso de la corbata prestada

Memorias de corresponsal
Edificio Naciones Unidas

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“Cuando mi madre visito el edificio de las Naciones Unidas se enteró de que estaba embarazada de mi; yo creo que por eso he salido tan viajera”. Las Naciones Unidas eran un tótem como edificio, con sus treinta y nueve pisos, y un faro inspirador de internacionalización para todo el mundo. Hasta el punto de que mi amiga la pintora norteamericana Eilleen Ahern lo tuviese idealizado así, y nos hiciese reír con su ocurrencia cosmopolita en los días que el mundo se volvía a apiñar en Nueva York en los años ochenta.

En mis años de corresponsal en la gran manzana, mas de una década, las Naciones Unidas, la ONU ocupaba un lugar preferente como centro de información y como pararrayos mundial. Las reuniones del Consejo de Seguridad, especialmente por asuntos del Oriente Medio, las tensiones ruso-americanas en la larga Guerra Fría y los casos de descolonización (incluidos Gibraltar y el Sáhara) así como las solemnes Asambleas Generales atendidas por los principales lideres del mundo- de Reagan a Gorbachov, Fidel Castro y el papa Juan Pablo II –nos daban para crónica segura. 

Nacida para consagrar el nuevo orden mundial nacido del resultado de la Segunda Guerra Mundial, su altiva estampa en la ladera este de Manhattan, junto al East River, confería a la organización un halo de poder, aunque mas bien lo era de observatorio del pulso internacional. Era como una trituradora o quizá como una aplanadora de las crisis.  El conflicto que entraba allí, bajaba de intensidad o se larvaba, aunque difícilmente se daba por resuelto o concluido. Para unos el paradigma de la diplomacia, para otros el túnel del tiempo perdido… De cualquier manera, todavía era un observatorio privilegiado en los cambiantes años ochenta. 

Nueva York

Radio Televisión Española situó su corresponsalía a tiro de piedra del edificio que albergaba la organización mundial. En la Segunda Avenida esquina con la Calle 42. Allí se instalaron Jesús Hermida y Cirilo Rodríguez, los primeros corresponsales de la casa. Y allí seguimos durante un tiempo- antes de movernos a la Avenida Madison –Pedro Erquicia y yo mismo, sus sucesores en la televisión y en la radio desde Nueva York.  También quedaban muy a mano la agencia UPI y la sede del Daily News, donde se rodó precisamente en los ochenta el primer film de la nueva saga de Superman con Christopher Reeve y la estelar aparición de Marlon Brandon en el reparto como todopoderosa figura paternal en el planeta Krypton.

Atravesabas Tudor City (edificios de apartamentos propiedad de los Rockefeller, como también lo fue el terreno donde se ubicó la sede del organismo internacional), y por unas escalerillas llegabas enseguida a la Primera avenida justo en frente del edificio de la Secretaria General. Era como un balcón urbano, un lugar perfecto para hacer las entradillas o presentaciones para los telediarios. Aunque la distancia fuese corta, los horarios para entrar en los boletines de la radio o editar para televisión obligaban a algunas carreras que te dejaban sin resuello. Otros colegas tenían mesa- que no oficina –dentro del edificio.

Solo las agencias, como la española Efe, tenían espacio propio con ventanal. Nuestro centinela de los ochenta fue Julián Martínez, un hombre con sonrisa perenne, siempre afable y cooperador. Antes o despues pasaron por allí Miguel Larraya y Silvia Odoriz, y muchos mas… incluido José Sobrino, que terminó trabajando en la oficina del portavoz del secretario general. Como tambien lo hizo el peruano Mario Zamorano, con el que volví a encontrarme en Paris trabajando en la UNESCO. Los mas veteranos de corresponsalía eran Gustavo Valverde, primero del Ya, luego de Tiempo, y José María Carrascal de ABC. Además de Julio Camarero que tras dejar Pueblo enviaba sus crónicas para la SER.

Atalayar- Vista edificios Nueva York

En los años 70 y 80 aún era muy noticiable la ONU. Después solo lo sigue siendo cuando alguien- sobre todos los presidentes americanos –la vilipendian o la dejan sin fondos. El representante español legendario fue Jaime de Pinies, con su inefable bigote, charla socarrona y conocimiento exacto y cabal de los mecanismos de relojería de la organización. Allí se la breó durante el franquismo y también después, estrella primero en las sesiones sobre la cuestión de Gibraltar y después en la democratización del régimen español. “Voy por mi sexto coctel, ¡que dura es la vida del diplomático!” Su chascarrillo escondía muchas verdades pese al aire inicial de frivolidad. La ONU era una base fundamental para hacer contactos, para arreglar malos entendidos, para jugar a los imposibles cuando la guerra fría no permitía reuniones abiertas

Y servía  también, como no, como gran tapadera oficial para deslizarse como espía por las calles de Nueva York y los entresijos de la primera potencia mundial. De eso los rusos, los cubanos y otros muchos mas sabían muy bien lo que hacían. Para que no se las prometieran muy felices, las autoridades americanas a veces restringían sus movimientos a unas pocas millas a la redonda del centro de Manhattan, lejos de instalaciones militares o centros logísticos de interés. 

Jaime de Pinies ya se hizo popular en los tiempos de la tele en blanco y negro con sus apariciones en defensa de la soberanía sobre Gibraltar en pleno franquismo. Estuvo destinado en distintos puestos en Nueva York desde el 68 al 72. Y de nuevo del 73 al 85.  Dicen que le encantó a Felipe González en su primer viaje a los Estados Unidos y le mantuvieron en este puesto clave. Encantador, sin duda, pero también cortante y a veces altivo, su capacidad de diplomático fue indiscutible. Reinaba en la colonia española desde el town house propiedad del estado situado cerca del Metropolitan Museum donde las cenas y recepciones tomaban una dimensión imperial. El edificio tiene una escalinata de aire hitchkoniano que sube del hall de entrada al salón y comedor de la primera planta. La visite de nuevo, con los recuerdos merodeando mi cabeza, con ocasión de una visita en la que el ministro Moratinos cumplía años y el embajador actual organizo una cena de ambiente distendido pero llena de guiños a la situación mundial entre los comensales de distintos países, degustando la comida sobre platos historiados con el escudo de España grabado en la cerámica. 

American Felt Building

Pinies también tuvo algo que ver con uno de los incidentes mas sonados en la historia de las Naciones Unidas: el zapatazo de Kruchev. Los hechos lo relacionan con el enfado del líder soviético tras el discurso entreguista y pro americano de un embajador filipino. El vehemente Nikita Kruchev primero golpeo con sus puños el estrado y después se reiteró en la protesta zapato en mano. Su nieta Nina  Jrushchova relató en el año 2000 que su abuelo estrenaba zapatos ese día, y al apretarle se los había sacado para relajarse. Cuando la emprendió a puñetazos contra la mesa, se le cayó el reloj y al recogerlo del suelo se encontró con el zapato y lo utilizó como arma ruidosa…     

Pero la versión en la memorias del mandatario soviético pone el zapateado en relación con España. Al haber lanzado una serie de acusaciones contra el régimen de Franco, el embajador español precisamente Jaime de Pinies -solicitó el derecho de replica, que fue replicado así mismo tras el discurso por un abucheo de los países socialista del Este. Entonces, escribió en sus memorias , quizá trastocando la historia, que "recordando informes que había leído sobre las sesiones de la Duma rusa, decidí agregar un poco más de calor. Por lo que me saqué un zapato y lo golpeé sobre el escritorio, para que la protesta fuese aún mayor".

Competía en teatralidad, en ese mismo escenario con fondo de madera y atril de mármol veteado en blanco y verde, Fidel Castro. La armó por todo lo alto en su primera intervención ante la Asamblea en 1960. Volvió en el 79, en mi primer año de corresponsal, y ocupó la tribuna embutido en su uniforme de comandante verde oliva y con el mismo tono grandilocuente para denunciar el hambre y la injusticia. “Si hay gente con hambre en el mundo, para que sirven las Naciones Unidas, para que sirve el mundo”  clamaba Fidel. Volvió en el 95 y en el 2000 porque a pesar del bloqueo americano, de las crisis como la de los misiles y las denuncias de infiltración de espías en uno y otro país, el acceso a Nueva York gracias a la ONU estaba garantizado a todos, amigos o enemigos de los Estados Unidos. 

Fidel había pasado su luna de miel del matrimonio con Mirta Díaz Balart en el 155 West de la Calle 82 de Manhattan y todos cuentan que sentía debilidad por la Gran Manzana.  El ponía color y vistosidad a las Asambleas Generales, y los sucesivos embajadores cubanos siempre eran los de verbo mas fino y afilado en la sesiones del Consejo de Seguridad. Tanto ellos, como los rusos, o en su momentos los iraníes eran vigilados con lupa durante sus movimientos por la Gran Manzana. Aunque territorio internacional, el temor a sus labores de espionaje les ponía en la lista de fichados por los servicios secretos americanos. Como se confirmo años después, los cubanos tuvieron infiltrado el aparato americano de espionaje que trataba de espiarlos a ellos. Hilaban muy fino. 

Central Station Nueva York
Espías de corbata

Los casos de espionaje se remontan al mismo inicio de la función de la ONU en territorio neoyorquino. Ya hubo sospechas en el “caso Galindez” sobre el miembro del Partido Nacionalista Vasco desaparecido en  la  ciudad y que noveló Manuel Vázquez Montalbán y llevó al cine Gerardo Herrero. Pero el mayor conocedor del rocambolesco episodio de Ángel Galindez y la conexión del PNV en el exilio con la Administración norteamericana del momento era el viejo profesor de blancas y pobladas cejas Mario de Salegui. Con su esposa norteamericana vivía en un espacio piso cerca de la Universidad de Columbia, y le gustaba regodearse con esta y otras peripecias del exilio en las tertulias que mantuvimos, muchas en compañía del cantante catalán Xabier Ribalta. Su potente presencia física y su cara enigmática me llevaron a ofrecerle un papel en un cortometraje que rodé a primeros de los años ochenta en distintas localizaciones de Manhattan, titulado “Improvisadores de ilusiones”. El titulo se lo debo a Cioran que califica con ese apelativo a los españoles en uno de los capítulos de su obra ‘La tentación de existir’.

Había que sacar entrada, que siempre te concedían como prensa si sobraba espacio, para asistir a las reuniones del Consejo de Seguridad que suelen ser publicas. Tambien para la Asamblea que yo seguía desde las peceras para radio y televisión, similares a las que tenían los interpretes de las lenguas cooficiales. Allí permanecía alerta y con su cara de funcionario impenetrable Eduardo Mendoza, que así se ganaba el sueldo en sus años neoyorquinos y luego escribía historias en ocasiones hilarantes. Un perfecto ejemplo de lo que se escondía bajo la estampa recta del gran edificio de bahía Tortuga, que diseñador al alimón y con fuertes tensiones Niemeyer y Le Courboisser.

El proyecto numero 32 del brasileño y el 23 del francés, que sus auxiliares casaron hasta alcanzar la disposición actual del alto edificio de la Secretaria General, y el panzudo de la Asamblea, con el del Consejo entremedias, y un auditórium a la derecha.  Allí tenían lugar actuaciones y conciertos, tan memorables como el de Alicia de la Rocha o muy  especialmente los de nuestro querido trovador catalán Xavier Ribalta, con el que compartimos músicas, risas, y viejas historias de conspiración.  

Edificio Nueva York

Años mas tarde, en 2005, los escenarios de la Asamblea, y las peceras para interpretes, mas otros rincones del gran edificio,  fueron muy sabiamente utilizados en la película de Sídney Pollack protagonizada por Nicole Kidman y Sean Penn, titulada precisamente The interpreter, que es el rol del personaje de Kidman en la película.  Conocí finalmente al guionista que tuvo la idea de esta historia, Martin Stellman y le invite para ser jurado en el festival de Cine de Sevilla en los años que lo dirigí. La película ha tenido una gran éxito sobre todo en el circuito televisivo porque no hay año que no la proyecte alguna cadena. Martin me confesó que ya pasa de verla, aunque no se cansa nunca de mirarla su esposa gaditana. Sin duda una historia compleja y bien hilada, que retrata perfectamente todos los detalles de acceso al edificio de Naciones Unidas, desde el aire y desde dentro. 

La película hasta esa fecha que mejor partido había sacado del complejo de edificios proyectados por Le Courbusier y Niemeyer era La muerte en los talones, en el original North by Nortwest (1955), de Alfred Hitchcock, escrita por el reconocido guionista neoyorquino Ernest Lehman, un gran triunfador en Hollywood. La pelicucla tuvo su estreno mundial precisamente en el festival de Cine de San Sebastián. Y no era el único ingrediente español en este película con trasfondo de espionaje en la ONU. Parte de la compleja historia se basa en la operación Mincemeat de la Segunda Guerra Mundial, El cuerpo de un pobre galés aparece ahogado en las playas de Huelva es confundido con el de un general británico. La clave son unos documentos relativos a que los aliados no pretendía atacar Sicilia. Se trataba de un truco para que el material fuese devuelto por las autoridades franquistas a la Alemania nazi y engañar al enemigo. Con este trasfondo y el deseo de ambientar un asesinato en la ONU se monto el guión.

Para discutir de las películas de ficción y de las realidades, la oficina paralela de los periodistas españoles y amigos asimilados estaba unas calles mas al sur de la 42,  en la Trattoria Frank, que realmente regentaba un gallego. Estaba especializado en traer langostas de Maine, tan crecidas como poco sabrosas, pero que aplacaban la gula por un cómodo precio. Tambien pasaría por este local, en una noche celebre, Rafael Albertí y sus vistosa compañera de los inicios de los ochenta, en el prime viaje a América del poeta comunista, que ya pudo saltarse aquel formulario de la aduana en el que se preguntaba si eras comunista como en los mejores años del Macartismo.  Recuerdo en la mesa  Julián Martínez, Ribalta, el productor Juan Lebrón y algunos mas. 

Nueva York Central Station

Rafael desplego sus encantos por la mañana en una gran sala de la universidad NYU, recitando de memoria sus poesías armónicas y divertidas. Por la noche no aguantaba mucho. Saludo, pintó en el mantel sus repetidas palomas, y nos dejo dar cuenta de las langostas, mientras se entregaba a un leve sueño. Hubo su jaleo a la hora de pagar, aunque las cuentas de Frank nunca eran muy altas. Pero la compañera pensó que dejar aquella propina de las palomas en el mantel de papel era mas que un pago… No se si Frank las llegó a enmarcar o si le salvaron finalmente de la subida de los alquileres, que parece le obligaron a volverse a su Galicia querida. 

También consiguió visado, en aquel tiempo de apertura estadounidense, un líder de las Juventudes Comunistas de España, protagonista de otra simpática anécdota culinaria. La cena a la que asistió fue en un chino, quien sabe si por afinidad ideológica. A los postres, los comensales empezaron a contarse en voz en alto la frase de turno que contenía su “galleta de la suerte” que siempre adornaba el final de la comida en esos establecimientos. El joven comunista poco viajado no pudo contar la suya, porque se la había tragado entera, sin mirar.

A pesar de aquella vieja prohibición de entrada a los que se declarasen comunistas en la hoja de inmigración que obligaban a rellenar en los aviones y entregar en aduana, lo cierto es que había un Partico Comunista nominalmente activo en el país cuyo líder se presentaba a las elecciones presidenciales cada cuatro años, y llevaba unos cuantos haciéndolo sin mucha fortuna. El ya legendario, por antiguo y entrado en años, secretario general de los comunistas de Norteamérica se llamaba Gus Hall. Tenia una pequeña oficina en la calle 23, casi enfrente del Hotel Chelsea y el restaurante El Quijote (que precisamente se incluyen también en la película The interpreter). Accedió a que le entrevistase y su anclaje en el pasado era tal que de España no sabía mucho mas allá de la Guerra Civil, episodio mítico en la historia especialmente para los miembros de la Brigada Lincoln, cuyos archivos custodiaba unas calles mas abajo, en Greenwich Village, la New York University.

Harlem
Javier Pérez de Cuéllar, la ONU en español

Fue todo un evento para nosotros que las Naciones  Unidas del mundo eligiesen por fin como secretario general a un hombre de habla hispana y apellido con reminiscencias segovianas. Javier Pérez de Cuéllar, que inscribió su nombre en 1982 tras el de Kurt Walheim, el hierático austriaco que escondía entre su piel enjuta un pasado nazi. Longevo, ha fallecido este año al cumplir los cien, Pérez de Cuellar  era afable, cordial, tranquilo, pero sin duda persistente, tenaz y autor de una diplomacia tranquila pero resolutiva. Cuando Rosa Montero vino a la ciudad para entrevistarle, recuero que tituló su entrevista para El País Semana “la gota del piso 39“, como la gota malaya incesante hasta conseguir su propósito.

Tuvimos acceso como nunca a la institución los periodistas españoles, tanto en grupo como cada uno.  Conservo una querida fotos con Pérez de Cuellar  como corresponsal de radio nacional de España y sentados atentos en la mesa mis compañeros Gustavo Valverde de, José María Carrascal, Ramón Vilaró de El País, Julio Camarero de la SER, Luis Foix de La Vanguardia, Rafael Ramos y José Sobrino de Efe y Mario Zamorano, su portavoz. Todos bien encorbatados como requería la Organización. 

Para acceder al comedor de delegados- una salón  de tremendas dimensiones, con grandes ventanales abiertos al East River –la corbata era obligatoria. Si el día era bochornoso como es el verano de Nueva York y se te ocurría ir sin la odiosa prenda que aprisiona el cuello, no había problema.  Amablemente te la prestaban en el ropero situado a la entrada. Algo parecido ocurría en el sofisticado restaurante de las fenecidas Torres gemelas al sur de Manhattan, Windows of the world, con sus espectaculares vistas hacia Brooklyn. Allí estaban prohibidos los vaqueros, y recuerdo a una amiga que al ser reprendida por el portero en la base del edificio recurrió, durante el trayecto de ascensor,  a remangarse los vaqueros por encima de la medida de su gabardina y pasar toda la cena con la prenda puesta, pero al fin sin amargarnos la noche de haber perdido la cena por culpa dela etiqueta. 

Puente de Brooklyn

Tendrá muchas y buenas memorias de Naciones Unidas el diplomático español Chencho Arias, que las vivió como jefe de la misión y muchas veces como director de la OID, la Oficina de Información Diplomática, con ministros de todo signo.  Con su carácter abierto, campechano, directo conseguía que hasta algún ministro lenguaraz o poco preparado cambiase sin alharacas por ninguna de las partes una declaración improvisada para los periodistas. La batalla cada cierto tiempo era la de conseguir meter a España en el Consejo. Lo que permitía jugar un papel primordial en el concierto internacional y lucirse también en las declaraciones para la prensa española. 

En un viaje de Felipe González su intervención ante la Asamblea General coincidió con la alerta ante la llegada de un huracán a Nueva York. Recuerdo poniendo cinta trasversal en las ventanas de mi apartamento porque tras años de bonanza este viento se prometía fuerte. Aguantamos el tirón y la espera al discurso presidencial, confiando en que se suspendería su visita prevista a Washington, mas al sur, en el camino de la tormenta tropical. Si no era así. Lo mas prudente parecía ir en Amtrak, por tren en un viaje que dura poco mas de dos horas. Pero al final, la decisión fue que lo importante era la reunión con Reagan, que no podía suspenderse y que el viaje se haría…en el avión presidencial con el que González había viajado desde Madrid. Imprudencia temeraria.

La tormenta, el huracán nos pillo de pleno. El vuelo fue un vaivén continuo. Chencho que hacia su función de “pastorear” a la prensa en los pasillos del aparato de repente dio un triple salto mortal y apareció cinco filas mas allá por desafiar la difícil gravedad. Llegaos sin muchas magulladuras a un Washington torrencial, con ramas caídas por el furor de la tormenta, pero dispuestos a seguir la cobertura y vernos a la mañana siguiente a las puertas de el asa Blanca que había adoptado un aire imperial con Ronald Reagan en el despacho Oval. No se si en esta, pero si en una visita de estado con todos los honores, fue el “interprete de Naciones Unidas” Eduardo Mendoza quien haría de y traductor en vivo para Reagan y González. Imposible encontrar alguien con mejores cualidades. Tambien recuerdo a Eduardo bien dotado para hacer alguna pirueta de baile en los buenos partís que disfrutamos en el Nueva York de la época. 

Carné prensa Javier Domínguez

Mas allá de sus actos obligados, los discursos noticiables en el Asamblea y las votaciones del Consejo, los alrededores de Naciones Unidas tambien servían para ofrecer espacio noticiable a diferentes manifestantes. Por palestinos, antinucleares, cubanos en el exilio, pro palestinos, ecologistas…las vallas de la policía de Nueva York se ponían y quitaban a merced de las convocatorias. Allí pude ver y entrevistar a  un Pete Seeger que ya octogenario seguía protestando en compañía de los indios nativos. Para los neoyorquinos era un fastidio que venia incluido en el precio de vivir en la capital del mundo.

El tráfico especialmente en el Midtown, en el centro de la cuadricula de Manhattan se atascaba con las numerosas limusinas, los autos de seguimiento con guardaespaldas y policía adicional... Se hacía misión imposible reservar una habitación de hotel a mediados de septiembre con toda la diplomacia mundial, lideres incluidos, ocupando Nueva York. El barullo externo devenía en un aire de pacifismo en el interior del edificio. Entrada por las puertas giratorias, subida por las escaleras mecánicas y allí el maestro de ceremonias deba la bienvenida los mandatarios. Las mullidas alfombras del gran edificio de “la Primera con la Cuarenta y dos” amortiguaban los recelos y el mundo parecía apacible, al menos por un buen rato.

A mediados de los años ochenta, arreciaba la batalla por Centroamérica. Tras la caída de Somoza en Nicaragua, tanto El salvador, como Honduras eran un polvorín.  Estados Unidos activo a la conocida como La Contra para hostigar a los regímenes nacionalistas o procomunistas. En un viaje por la zona con Ronald Reagan, un grupo de periodistas nos apeamos de la gira en san Pedro Sula (Honduras) donde Reagan se reunió entre otros con el presidente guatemalteco y reconocido genocida, el general Ríos Montt y el resto de colegas. Bajamos en coche hasta Tegucigalpa donde inopinadamente compartimos hotel con los pilotos norteamericanos que actuaban supuestamente en secreto como colaboradores de la Contra, y hasta nos topamos con el ministro israelí de defensa Ariel Sharon cuando subía escoltado al ascensor… Tiempo mas tarde saldría a la luz el escandalo Irán-Contra que efectivamente conectaba de forma inverosímil Oriente Medio con Centro América. 

Los ecos del conflicto en Nueva York fueron constante en esa época, con las visitas tanto de los lideres oficiales de los países, como los de los partidos ilegales que luchaban en su contra. Gracias a las Naciones Unidas subían hasta la ciudad de los rascacielos y nos servían mucha información. E algunos casos fuera de la ONU, como los encuentros organizados por periodistas que habían cubierto repetidamente la zona, como la corresponsal del italiano L´Unita, Lucia Annunziata que prestaba el salón de su escueto apartamento del Village para facilitar los encuentros con la prensa internacional acreditaba en la ciudad. Años mas tarde Lucia accedería a la presidencia de la RAI, aunque por poco tiempo por desavenencias políticas.

Corresponsales Nueva York
Pinies, coronado

En el año 1985, un incombustible Jaime de Pinies conseguía coronar su largo periplo en Nueva York con la Presidencia de la Asamblea General justo en la celebración del periodo de sesiones número 40. Una doble celebración para el veteranísimo diplomático que acaba de contraer matrimonio tras enviudar  con la norteamericana de origen italo-mexicano Julia Ghirardi. Un momento dulce de su carrera, rodeado de los mas importantes dirigentes mundiales del momento que acudieron a la sesión, y lejos de la maniobras que debió hacer durante y después del franquismo sobre las cuestiones candentes para España en la ONU.

Gibraltar y el Sahara, defendiendo tras la precipitada salida o abandono español del territorio la descolonización y el derecho de autodeterminación para los saharauis. Curiosamente sería el primer ministro socialista de Asuntos Exteriores tras la llegada de la democracia, Fernando Morán quien le sustituiría al frente de la Misión española ante Naciones Unidas.  Fui testigo unos años antes del viaje semi secreto que en su momento hizo Moran para entrevistarse con altos funcionarios del departamento de estado en Washington antes de que los socialistas accediesen al poder en España. Debió ser un sondeo mutuo, que Moran con gran discreción nos contó a algunos periodistas españoles en el Consulado de España en Nueva York, gracias a los oficios del entonces cónsul Dicenta.    

Calles Nueva York

Junto al edificio que alberga la ONU, quizá el rascacielos mas ancho de Manhattam, se levantaban unas chimeneas humeantes, señal de la combustión energética que produce el sistema de conducción que produce las famosas fumarolas que se escapan del asfalto neoyorquino. Ambas dos claras formas de identificar a la ciudad,. No se imagina uno NY sin sus humos tan cinematográficas, y sin las Naciones Unidas y su marchamo internacional. Tambien es cierto que ambos sistemas- el calorífico y el de la diplomacia multilateral - aparecen ahora como decadentes y casi en desuso. Yo les contemple en un periodo de pleno rendimiento y confieso que me identifique tanto con ellos, que no creo que el mudo futuro de Nueva York y del cosmopolitismo pueda sobrevivir sin el concurso de ambos.     

Con la pandemia, Nueva York se libró de los incomodos atascos que producían las caravanas de los lideres mundiales durante el periodo de sesiones de la Asamblea general en el mes de septiembre. Esperado con interés el 75 aniversario de la organización, quedó finalmente deslucido. Ya no había cábalas sobre quien asistiría o no; todos se quedaban en casa. El mundo multipantalla también se instaló en el formato de dialogo de Naciones Unidas. Ahora los insultos cruzados, mas que las palabras conciliatorias, se disparaban desde el plasma de Trump al del líder chino Xi Jinping. El nuevo des-orden mundial quedaba a la vista de todos. El avance de la influencia china, económica y diplomática, resulta imparable. El cuestionamiento del método norteamericano con el presidente Trump, también. Ante este nueva situación multipolar, ¿se vestirá el mundo con la corbata e la ONU o recurrirá de nuevo al traje de combate?