Otoño primaveral en el Magreb

El norte de África experimenta, a su manera, los esperanzadores ecos de una protesta regional en favor de la dignidad, la mejora de las condiciones materiales y la consolidación del Estado de Derecho
Manifestación Argelia

REUTERS/RAMZI BOUDINA  -   Manifestantes marchan por las calles de Argel para pedir la caída del régimen

Como otras partes del norte de África y Oriente Medio, el Magreb se mete de lleno en un otoño de marcados aires primaverales. Varios países de la región viven en estos momentos protestas -pero no solo el mundo arabo-islámico; América Latina también registra semanas de turbulencias electorales y movilizaciones sociales-, desde Argelia hasta Irak pasando por el Líbano. Con mayor o menor intensidad, la mayor parte de las movilizaciones comparten una serie de demandas: adopción de medidas económicas que mejoren las condiciones materiales de la población, coto a la corrupción sistémica, más Estado de Derecho. A pesar de las dificultades de que el statu quo siga reinando y de que las fuerzas de la reacción ganen impulso, la circunstancia magrebí invita al optimismo.

Sin duda, lo que ocurre en Argelia, Túnez y Marruecos está relacionado con lo que pasa en el conjunto de la región, como así fue desde que en 2011 comenzara la Primavera Árabe. Como apuntó entonces el historiador Eugene Rogan, la Primavera Árabe no supuso el resurgir de un nuevo panarabismo, pero sin duda subrayó los vínculos sociales y culturales entre una comunidad, qué duda cabe, heterogénea y diversa como es el mundo arabo-musulmán. Pero es igualmente claro que la situación en el Norte de África presenta características específicas, como particulares son las realidades nacionales de tunecinos, argelinos, mauritanos o marroquíes.

¿Hemos entrado, pues en una Primavera Árabe 2.0? “El reto en el mundo árabe hoy es que el viejo orden Árabe, basado en el patronazgo apoyado en los recursos petroleros y la fuerza bruta, ha pasado. Pero un nuevo orden Árabe basado en la buena gobernanza, mérito y productividad, está teniendo dificultades en su creación”, afirmaba recientemente Marwuan Muasher, exministro de Exteriores jordano e investigador del Carnegie Middle East Center, think tank con sede en Beirut. En su opinión esta nueva fase se caracteriza, a diferencia de la primera, por tres hechos: las protestas son pacíficas, no sectarias y sus protagonistas no se fían ya de las promesas de reformas de los líderes actuales.

Protestas en Túnez
 AP/HASSENE DRIDI - Una multitud se reúne en la avenida principal de Túnez, el domingo 13 de octubre de 2019

El país que ha mostrado el camino al resto desde que se iniciara, en enero de 2011 -con la inmolación de un vendedor de frutas en la localidad de Ben Arous-, la llama de la Primavera Árabe, ha sido Túnez. El pequeño Estado magrebí acaba de celebrar elecciones parlamentarias y presidenciales, las quintas desde 2011 (hasta diciembre de ese año, cuando se eligió a la Asamblea Nacional Constituyente, Túnez llevaba medio siglo sin celebrar elecciones democráticas). Lo ha hecho de manera pacífica y respetando, como han dado testimonio observadores internacionales, unos más que aceptables estándares organizativos. La victoria en las parlamentarias ha correspondido al partido islamista Ennhada –aunque con 52 escaños sobre un total de 217 en una cámara muy fraccionada-, y en las presidenciales la victoria ha sido para el candidato independiente Kais Saied.

A pesar de la incógnita que representa su figura, la declaración de intenciones del nuevo presidente tras su aplastante victoria –casi el 73% de los votos- concede motivos a la esperanza: su prioridad no es la puesta en práctica de un programa con tintes partidistas ni sectarios, sino la de la consolidación del Estado de Derecho para la consolidación de la democracia, incluida la defensa de las libertades individuales y los derechos de las mujeres, y la mejora de la economía. Y es que los retos económicos de Túnez son ingentes: la deuda puede rozar el 90% del PIB al finalizar el año. La democracia es el menos malo de los sistemas para dirimir las diferencias entre distintos, pero no garantiza que problemas como el de un país endeudado y con graves retos de desempleo vayan a resolverse por arte de birlibirloque.  

Nuevo presidente tunecino
 PHOTO/KHALED NASRAOUI -  El nuevo presidente tunecino, Kais Saied, tras prestar juramento

Entretanto, Argelia sigue dejando claro en las calles de las principales ciudades que la movilización va en serio: no se conformarán ya con cambios cosméticos. Exigen a los militares, en el poder desde la independencia, que se marchen de la escena para que sea la sociedad civil la que rija sus destinos. Un auténtico reto el planteado. Al menos aparentemente –el desarrollo de los acontecimientos permitirá ver si es así – la sociedad argelina está unida, por encima de las diferencias ideológicas. Son ya 37 los viernes consecutivos en los que, desde que el ya expresidente Abdelaziz Bouteflika anunciara que se volvía a presentar a la reelección, la que habría sido la quinta, los argelinos protestan en la vía pública sin que se perciban en las marchas divisiones agudas según líneas religiosas o políticas.

Protesta jueces en Argelia
PHOTO/AFP - Jueces y fiscales argelinos, durante una protesta frente al Consejo de la Magistratura en la capital, Argel, el 29 de octubre de 2019

Se da la coincidencia que esta misma semana se recordaban con movilizaciones especialmente masivas los 65 años del inicio del proceso de liberación nacional. Como no lo fue entonces, esta coyuntura argelina tampoco será sencilla. Este mismo sábado conocíamos que solo cinco de los 23 candidatos a presidir Argelia tras los comicios del próximo 12 de diciembre han superado el filtro de la Autoridad Electoral Nacional Independiente (AENI). No habrá, eso sí, por primera vez en décadas un candidato del Frente de Liberación Nacional (FLN), como informaba EFE. Lo cierto es que una gran parte de quienes se manifiestan, el Hirak, no quiere elecciones: pretende una nueva revolución, como abiertamente proclamaba este pasado viernes.

Marruecos sigue siendo un poco el verso suelto de la región. La única monarquía del Magreb continúa representando un ejemplo de estabilidad a pesar de las deficiencias democráticas, la pobreza y las desigualdades sociales que existen. A día de hoy la inmensa mayoría de la población no cuestiona la autoridad ejecutiva del jefe del Estado, el monarca Mohamed VI –y el majzén, entorno del poder en torno a la corte-, quien es la máxima autoridad religiosa además. Pero Marruecos también ha sido escenario en los últimos tiempos de protestas, menos numerosas sin duda que las argelinas y en este caso dirigidas contra el sistema judicial. El protagonista ha sido el caso de la periodista Hajar Raissouni –redactora de un diario crítico con el sistema-, encarcelada el pasado 30 de agosto junto a su prometido y personal sanitario de una clínica rabatí por haber mantenido relaciones prematrimoniales y haber abortado. En 2018 la justicia marroquí persiguió a más de 17.000 personas por estos motivos, además de por adulterio u homosexualidad. En sólo dos semanas más de 10.000 personas firmaron un manifiesto para pedir la abolición del artículo 490 del código penal marroquí, que criminaliza las relaciones sexuales fuera del matrimonio.

La periodista Hajar Raissouni
AFP/ FADEL SENNA - La periodista marroquí Hajar Raissouni al ser puesta en libertad el pasado 16 de octubre

Como en otras ocasiones, ha sido el propio monarca, Mohamed VI, el que ha intervenido para apagar el fuego tras la polémica desatada dentro y fuera del país. El día 16 de octubre, la joven era indultada y puesta en libertad. Como ocurrió en 2011 cuando los ecos de la Primavera Árabe llegaban a las principales ciudades marroquíes, unidos de la mano el Movimiento del 20 de Febrero y los islamistas para pedir más democracia al régimen y el rey propuso nada menos que una nueva Constitución. Por una parte el monarca alauita ha logrado calmar los ánimos, pero por otro ha evidenciado la fragilidad y falta de independencia del sistema judicial, así como la pervivencia de leyes percibidas como injustas y desfasadas por una parte de los marroquíes. Unos cuantos cientos de personas durante varias jornadas bastan para tumbar una sentencia dictada por los tribunales de la monarquía magrebí. “La gracia del rey no recompra el abuso del procurador. Ella no hará que el atentado a la dignidad y a la reputación de una ciudadana se restituya. Ella no impedirá que vuelva a reproducirse la misma infamia”, apuntaba recientemente el periodista marroquí Ahmed Benchemsi, quien fuera director del semanario TelQuel.

Lo cierto es que, con la jefatura del Estado y la clase política al abrigo de las críticas, son los temas sociales los que han puesto a flor de piel las sensibilidades en Marruecos en los últimos años. Por ejemplo, hace seis años, el rey tuvo que dar marcha atrás cuando había indultado a un pederasta español detenido en Marruecos a raíz de la oleada de indignación desatada por el caso. Las próximas décadas serán testigos de si son afrontados los enormes retos de un país que, indudablemente, está experimentando cambios materiales y en infraestructuras muy destacados en los últimos años y en el que las clases medias urbanas están adquiriendo cada vez más poder adquisitivo. Aunque hay muchos Marruecos, geográficamente existen fundamentalmente dos: el eje urbano Tánger-Rabat-Casablanca-Marrakech, por un lado, y, por otro, el resto, como subraya en su último libro ‘Marruecos el extraño vecino’ el periodista español de la agencia EFE Javier Otazu. Ni las condiciones materiales son iguales ni los derechos sociales se protegen de igual manera en estas dos mitades, dibujadas con trazo grueso, de Marruecos. No bastarán, en fin, las buenas intenciones y el sentido anticipatorio de un rey que escucha a la calle como Mohamed VI, es necesaria mayor implicación de las élites económicas y sociales en la adopción de reformas  al mismo tiempo que una mayor participación de la población civil en la política.

Protestas Rabat
 AP/NADINE ACHOUI-LESAGE - Protestas en Rabat pidiendo la liberación de la reportera

La realidad es que, a pesar de que la mayoría de regímenes de la región lograron a partir de 2013-14 capear el temporal y mantenerse en pie, las condiciones objetivas en materia de gobernanza, pluralismo político, productividad económica, y consolidación, en suma, del Estado social y democrático de Derecho son similares a las que había antes de la irrupción de la Primavera Árabe. Todos ellos siguen teniendo economías pobres, desiguales, poblaciones jóvenes y altos niveles de analfabetismo, falta de cultura democrática, una fuerte presencia de la religión en la esfera pública y en la legislación, etc. Indudablemente, juega a favor del Magreb –mayoritariamente musulmán sunita- la ausencia de divisiones sectarias como las que lastran la convivencia en el Oriente Próximo. También, la proximidad a la Unión Europea, socio económico fundamental de Marruecos, Argelia y Túnez y estrecho observador de los asuntos de la región. Está ver si las élites políticas y económicas locales están a la altura de las demandas de sus jóvenes sociedades.

Lo apostilló con claridad el novelista libanés Amin Maalouf en Madrid hace unos días en la presentación de su último libro: no hay diferencias esenciales entre las reivindicaciones de los árabes y las del resto de ciudadanos del mundo. En una sociedad cada vez más planetaria gracias a Internet y las redes sociales los regímenes en pie lo tendrán cada vez más difícil para ocultar sus abusos. Así está quedando claro en un proceso abierto y de horizontes inciertos como esta segunda etapa primaveral que se siente también en la orilla sur y próxima del Mediterráneo.