Quo vadis Turquía?

El Neo-otomanismo y Recep Tayyip Erdogan
El presidente turco Recep Tayyip Erdogan, en el Parlamento, en Ankara, el miércoles 16 de octubre de 2019

HOTO/ Turkish Presidency Press Service via AP  -   El presidente turco Recep Tayyip Erdogan, en el Parlamento, en Ankara, el miércoles 16 de octubre de 2019

La excepcionalidad es uno de los factores más importantes a considerar cuando analizamos el porqué de la actual política exterior turca. La excepcionalidad es la cualidad que su privilegiada situación geográfica confiere a Turquía, la capacidad de ser parte de dos mundos diferentes, Oriente y Occidente, enfrentados al mismo tiempo. La excepcionalidad, combinada con el Neo-otomanismo lleva a Turquía a presentarse como mediador entre ambas realidades enfrentadas.

La pérdida o abandono del poder disuasorio, pérdida de proyección naval, de Estados Unidos en el Mediterráneo, provocada por un desplazamiento de los intereses políticos y estratégicos de EEUU hacia el eje Asia-Pacífico, han dado lugar a la sustitución de los EEUU como potencia dominante en el Mediterráneo oriental por múltiples actores. Dentro del teatro de operaciones del Mediterráneo oriental, la excepcionalidad turca ofrece a Ankara la posibilidad de jugar un papel clave como miembro de la OTAN, situada como bisagra entre Europa y el Levante. Este aspecto clave, como veremos más adelante, en el pasado ha llevado a EEUU a considerar a Turquía como su aliado más fiable en la zona, priorizando en momentos de crisis acercamientos bilaterales con Ankara para tratar de minimizar el impacto que la influencia rusa e iraní tenían, tanto en los Balcanes como en Oriente Medio, Levante y en la propia Turquía.

Sin embargo, el apoyo de Estados Unidos a las YPG (Unidades de Protección Popular) en Siria y la negativa del Gobierno de Washington a la extradición de Fetulah Gülen han reorientado la política exterior turca hacia un acercamiento a Rusia y en menor medida a Irán en Oriente Medio y el Levante, y al desarrollo de una agenda propia en política exterior orientada a reposicionar a Turquía en el ámbito internacional de acuerdo con sus propios intereses. Esta doctrina en política exterior es el Neo-otomanismo, parte inseparable de la construcción del discurso de la excepcionalidad turca que extiende la influencia de Ankara por los Balcanes, el Mediterráneo oriental y África, rompiendo la tradicional doctrina aislacionista y de supeditar la política exterior a las cuestiones kurda y griega, no siendo ya estos factores determinantes en el planteamiento exterior del presidente Erdogan.

Neo-otomanismo

Esta doctrina política de acción exterior que apela al pasado de Turquía como potencia, la habilita para intervenir, mediar o influir en los países que una vez estuvieron dentro de la órbita turca, y en los países en los que la emigración turca tiene un peso específico elevado. Esta política, paternalista por momentos, está ligada al ex ministro de exteriores Ahmet Davutoglu, principal impulsor de la misma durante su etapa como ministro de Exteriores primero y primer ministro después, que a su vez ha tenido cierto reflejo en las políticas domésticas turcas.

El Neo-otomanismo se caracteriza, en primer lugar, a nivel interno, por una dinamización de la economía turca, un discurso islámico moderado y un marcado tono nacionalista, haciendo que el gobierno se apropie de los postulados del partido ultranacionalista MHP, Partido de Acción Nacionalista, socio en el gobierno del AKP, como doctrina de estado. 

El dinamismo económico está basado principalmente en el sector de la construcción, aunque presenta importantes carencias: alta inflación, alto déficit debido al alto nivel de endeudamiento y total dependencia energética en lo que a hidrocarburos se refiere, hecho que ha llevado a Turquía a apoyar proyectos como el fracasado Proyecto Nabucco para la construcción de un gasoducto al corazón de Europa desde Azerbaiyán, patrocinado por la Unión Europea y EEUU. A estos factores, unimos la poca diversificación y la escasa modernización de la economía turca, que provocan altos niveles de desempleo. Sin embargo, pese a los continuos encontronazos con la UE, esta sigue siendo el principal socio económico de Turquía, recibiendo el 40% de las exportaciones turcas, que a su vez es receptora de alrededor de un 25% de las exportaciones de la UE. También Turquía ha encontrado en China un socio privilegiado con el que desarrollar infraestructuras estratégicas en materia de transporte y comunicaciones que permitan modernizar y mejorar la relativamente antigua red viaria nacional. 

Dentro del discurso político interno dos son los factores más importantes a considerar: la cuestión kurda y la eliminación sistemática de toda disidencia política, ya sean kurdos, gülemistas o elementos críticos dentro de las filas del propio AKP del espacio político turco. Ahmet Davutoglu, eminencia gris del Neo-otomanismo y mano derecha del presidente Erdogan, ha sido el último miembro del AKP en abandonar el partido a mediados de septiembre de 2019, uniéndose al expresidente Abdulá Gül y a Alí Babacan, exministro de Economía, debido a la deriva autocrática en la dirección del partido. 

En cuanto a la cuestión kurda, estamos asistiendo a una ofensiva turca sobre los enclaves kurdos en Siria, que no debería sorprender a nadie, no solo porque ha sido repetida hasta la saciedad por Ankara la necesidad de un colchón de seguridad entre Siria y Turquía destinado a contener a las milicias kurdas que pretendiesen penetrar en Turquía, sino que, también, por el temor a que la creación de una entidad política autónoma en el Kurdistán iraquí se reprodujese en Siria, lo que llevó a las Fuerzas Armadas turcas a lanzar en 2016 la operación Escudo del Éufrates, destinada a penetrar entre 15 y 20 km en el interior de Siria para crear un área de seguridad libre de elementos de Daesh, pero también, y aún más importante para Ankara, de elementos de las YPG. Declarando el Gobierno turco en marzo de 2017, al finalizar la operación Escudo del Éufrates, que se reservaban el derecho a intervenir en un futuro si veían de nuevo comprometida su seguridad en la zona. La operación Rama de Olivo lanzada en 2018 responde a las mismas razones que Escudo del Éufrates, crear una zona de seguridad libre de elementos kurdos que pudieran suponer un problema futuro.

Sería muy inocente por nuestra parte, vistos los precedentes, pensar que Turquía va a permitir la concentración de fuerzas armadas kurdas en su frontera, con capacidad operativa en territorio turco y legitimadas por el apoyo occidental, apoyo que se ha diluido al retirarse las tropas americanas y consecuentemente precipitando la esperada intervención turca contra las YPG. A nivel interno, si bien los partidos pro kurdos consiguieron una mínima representación en las elecciones de 2018, la presión constante de Ankara sobre el PKK y las regiones donde sus apoyos son más fuertes, ha evidenciado una perdida considerable de respaldo electoral. El Ejército es un elemento clave dentro de las políticas neo-otomanas del Gobierno turco, pues estas se sustentan en tres pilares, esfuerzo modernizador en materia militar, expansión naval por el mediterráneo oriental y protagonismo a nivel internacional en la lucha contra el terrorismo.

En segundo lugar, el neo-otomanismo se caracteriza por la proyección política, económica y cultural hacia los países que una vez fueron parte del Imperio Otomano y hacia países y regiones donde la diáspora turca tiene más peso, apostando por la estabilidad regional y expansión política, económica y de seguridad por el Mediterráneo oriental, los Balcanes y África. Esta política exterior bascula entre sus aliados de la OTAN, Rusia, y los propios intereses marcados por una agenda exterior propia que le ha llevado a enfrentarse a sus aliados de la OTAN, entre ellos, como ya hemos visto, EEUU. 

La relación con la UE, liderada por Alemania -país receptor de la mayor parte de la comunidad turca fuera de Turquía-, como potencia económica continental apoyada en el poder militar de Francia pero sumida en una grave crisis de valores, y tratando de gestionar el fracaso que supone el Brexit, no pasa por sus mejores momentos -si es que alguna vez pasó por un buen momento-.

Las iniciativas de la UE tanto en el ámbito Mediterráneo como balcánico, las dos tradicionales áreas de influencia turca, priorizan las acciones de cooperación en materia económica, política y social, teniendo un éxito limitado, ya que los desencuentros con Turquía en cuestiones capitales, como el retroceso en derechos y libertades y la inmigración, suponen un conflicto constante entre Ankara y Bruselas condicionando estos últimos años el ingreso de Turquía en la UE. En este sentido, en 2016, el Parlamento Europeo votó suspender las negociaciones para el ingreso de Turquía en la UE debido al retroceso en derechos humanos que se estaba produciendo en Turquía tras el golpe de estado de 2016. Pero el gran caballo de batalla a día de hoy de la UE con Turquía es la inmigración.

Tras un primer acuerdo en 2016 y una inyección de 6.000 millones de euros para cooperación y gestión de los movimientos forzosos de población de Siria hacia Turquía, el Gobierno de Ankara, que acoge a más de tres millones de refugiados en su territorio, ha convertido la crisis producida por el desplazamiento forzado de más de 6 millones de seres humanos en una herramienta de presión contra Bruselas, que es esgrimida contra el bloque comunitario ante la más mínima amenaza o crítica hacia el Gobierno turco, como recientemente hemos podido comprobar, tras la nueva operación turca en Siria, cuando ante las críticas de Bruselas, el presidente Erdogan ha apuntado a la posibilidad de abrir sus fronteras ante la presumible nueva crisis de desplazados que se vislumbra en Siria, amenazando explícitamente a la UE con la llegada de 3,5 millones de nuevos migrantes que Turquía dejaría pasar hacia Europa provenientes de Siria. De nuevo Turquía juega la carta de la excepcionalidad de forma magistral y, su comodín, los refugiados. 

En las relaciones de la UE con Turquía también influyen las relaciones con dos de sus vecinos, Grecia y Bulgaria, miembros de la UE, especialmente las relaciones con Grecia. Las relaciones greco-turcas foco son un foco de tensión entre Bruselas y Ankara, un conflicto enquistado entre dos vecinos, socios, además en la OTAN. El asilo de militares turcos tras el golpe de estado de 2016 y, de nuevo, la crisis de los refugiados, marcan las relaciones inmediatas entre Grecia y Turquía. En 2010, Grecia declaró la intención de construir un muro en Tracia para contener a los refugiados que vienen de Turquía. La tensión ha ido creciendo desde entonces entre ambos países, con incidentes en el Egeo y entre ambas Fuerzas Armadas, resultando en una suspensión de los acuerdos con Grecia en materia de refugiados y otra amonestación de la UE a Ankara.

Con respecto a Bulgaria, la influencia de Turquía es muy fuerte sobre todo a nivel político, donde el AKP se presenta a las elecciones de 2017, con una marca local, el partido DOST, Partido de los Demócratas por la Responsabilidad, la Libertad y la Tolerancia, representando a la minoría turca, la diáspora, en el país, aproximadamente un 10% de la población. Esta posible injerencia turca en las elecciones búlgaras ha causado malestar en Sofía y Bruselas, pero no ha impedido que, durante 2018, Bulgaria dentro de la presidencia rotativa de la UE presentase una iniciativa para el acercamiento entre Turquía y la UE, en una apuesta por la distensión de las relaciones con Ankara y la estabilidad regional. 

Sin embargo, tanto la UE como Turquía deberían estar condenados a un entendimiento antes o después, no solo por la ya mencionada presencia de la llamada diáspora turca en países clave de la UE como Alemania u Holanda, sino porque tanto Turquía presenta un volumen de negocio considerable para la UE como la UE para Turquía como vimos anteriormente. Otro argumento de peso para la normalización de relaciones debiera ser la cooperación en seguridad y políticas antiterroristas, pero Ankara supedita este aspecto a sus propios condicionantes y necesidades, siendo la Operación Primavera de Paz el más reciente ejemplo. Por si acaso, durante las dos primeras legislaturas del AKP como partido mayoritario en el Gobierno turco, el presidente Erdogan miró hacia sus dos socios más importantes, Bruselas y Washington, mientras penetraba profundamente en los Balcanes y firmaba un acuerdo de libre comercio con Serbia.

Las relaciones con Rusia se encuadran dentro un marco en el que el país liderado por Vladimir Putin trata de recuperar el espacio perdido en el este tras la Guerra Fría y, en este sentido, la estrategia rusa con respecto a Turquía es clara: reforzar lazos económicos, políticos y de seguridad en Balcanes y Levante, donde junto a Irán ha sido el principal sostén del Gobierno sirio, creando un cinturón de seguridad alrededor de Turquía, tratando de minimizar su influencia en ambas regiones y propiciando un acercamiento entre Rusia, Irán y Turquía. Este acercamiento se ha puesto de manifiesto en la cumbre de Sochi, en la gestión de la crisis producida por el derribo de un SU 24 ruso en espacio aéreo turco y en la famosa compra de sistemas balísticos S-400 rusos por parte del Gobierno de Ankara, además del desarrollo de infraestructuras energéticas rusas en territorio turco  y cooperación económica y militar. El condicionante de Irán en las relaciones ruso-turcas, es cuanto menos curioso. Una relación de amor-odio entre dos regímenes con paralelismos religiosos separados por la confesión suní turca y chií en Irán, aliados en Siria y enemigos en Yemen donde cada país apoya a una facción diferente de las enfrentadas en la guerra civil. 

En los Balcanes, Turquía se presenta como mediador entre Sarajevo y Belgrado en conversaciones a tres bandas con el objetivo de distender la relación entre ambos vecinos y llegar a un entendimiento y normalización de las relaciones. La influencia turca se deja sentir en el plano económico, político y religioso, con acciones como la financiación de mezquitas y centros religiosos. A nivel político, Turquía considera a países como Albania piezas fundamentales en la estabilidad de la región, y como tal mantiene una fuerte relación sobre todo en temas de seguridad, en el que Albania, además de ser socio de Turquía en la OTAN, es uno de sus más fuertes aliados en la lucha contra la organización de Fetulah Gülen.

La influencia política turca en una de las zonas calientes de la región balcánica, Kosovo, es notable. Turquía es el principal aliado de Kosovo en el camino hacia un reconocimiento internacional del territorio. Igualmente, fructífera es la relación en materia de seguridad, encontrando a lo largo del 2018 ejemplos de colaboración entre Pristina y Ankara en la cruzada turca contra la FETÖ.

Otro de los apoyos en la región es Macedonia. Turquía, desde 1991, año de la independencia de la República de Macedonia reconoce nombre y símbolos nacionales, y considera a Macedonia uno de sus aliados estratégicos más importantes su expansión por los Balcanes. En 2014, se acusó durante las elecciones al partido BESA, El Juramento, formado por albaneses de ser la marca blanca del AKP en Macedonia. Estas acusaciones fueron formuladas por miembros del resto de partidos políticos que agrupan a la minoría albanesa independiente de los postulados turcos. Finalmente, con Montenegro las relaciones son fluidas, siendo de nuevo Turquía el máximo valedor de la asociación de Montenegro con la OTAN, y el máximo impulsor de su plena membresía. Como ya ocurriera con Kosovo y Macedonia del Norte, Turquía fue el primer país en reconocer la independencia de Montenegro, con el que mantiene relaciones centradas principalmente en temas religiosos, en el que Turquía continúa posicionándose como la cabeza del islam balcánico, financiando sobre todo programas de formación superior de estudiantes montenegrinos en Turquía.

El último de los elementos de la política exterior turca, y quizá el menos conocido, es la politización y el apoyo a los expatriados de la llamada diáspora turca en forma de financiación cultural y religiosa, en países donde la inmigración turca tiene un peso considerable; o como en el caso búlgaro, mediante la presión política a nivel interno, financiando partidos políticos pro turcos -caso de DOST en la propia Bulgaria-. Turquía busca influir en comunidades religiosas locales hacia las que proyecta su influencia, presentando al presidente Erdogan como líder de las comunidades musulmanas de tradición turca.

Turquía se postula en los Balcanes occidentales como mediador en todas las disputas regionales, especialmente entre Serbia y Bosnia, y, como parte de su estrategia de expansión regional en los Balcanes, el AKP ha abierto delegaciones políticas en varios países de la zona, entre ellos, Bosnia Herzegovina, Serbia y Macedonia del Norte. Kosovo, Albania y Macedonia del Norte son los tres países considerados clave por Ankara en su estrategia de expansión balcánica, ya que la influencia turca en Bosnia es muy sólida, tanto que es el principal impulsor de las relaciones entre Serbia y Bosnia en aras de una completa normalización de las relaciones bilaterales entre ambos vecinos. Es significativa la presencia del presidente Erdogan en Sarajevo en 2018, exhortando durante un mitin a adquirir a los turcos que viven fuera de Turquía la nacionalidad de los países en los que residen, como una forma más de influir en las sociedades en las que viven. Como vemos, la diáspora turca, pese a lo desconocido, tiene un peso muy grande en las políticas de expansión y proyección regional ligadas al Neo-otomanismo. 

Erdogan

Recep Taiyyip Erdogan ha consolidado con su última victoria electoral a su partido el AKP, Partido Justicia y Desarrollo, en el poder, desplazando a las antiguas élites políticas y burocráticas y sustituyéndolas por otras afines a sus postulados políticos; purgando todos los estamentos que conforman la estructura estatal como pueden ser las fuerzas de seguridad, y la judicatura de kemalistas, kurdos, izquierdistas, o islamistas afines a Fetulah Gülen; abriendo una brecha, hasta el momento insalvable entre laicos e islamistas. Estas purgas se vienen produciendo de manera más o menos constante desde la consolidación del AKP en el poder, acelerándose desde el fallido golpe de estado de 2016. El rol impuesto por Mustafá Kemal al Ejército de ser el garante de la constitución con el deber de intervenir en la política turca siempre que la deriva de esta se considere contraria a los principios del kemalismo y la no injerencia religiosa en el gobierno, ha dado paso, con las purgas, a un ejército completamente afín al AKP y, sobre todo, menos inclinado a la intervención militar en momento de crisis o de discrepancia política. 

La intención de Erdogan ha sido en todo momento asumir mayor poder ejecutivo como presidente, apoyándose en los partidos nacionalistas y valiéndose de la retórica y la praxis del discurso Neo-otomanista. Igualmente ha ocurrido en organizaciones fundamentales en la estructura social del país, como pueden ser los medios de comunicación, vetando o clausurando a todos aquellos que den voz a los elementos considerados indeseables o excesivamente críticos con el actual gobierno. Erdogan se ha erigido como defensor de los musulmanes en toda la órbita otomana, influyendo decisivamente en la diáspora, con visitas constantes a las comunidades turcas fuera de Turquía ante las que se presenta como su defensor e impulsando como forma de influir mas profundamente la integración en las sociedades de acogida.

Este activismo político para con la diáspora ha sido recibido de buen grado en tradicionales aliados turcos, como Bosnia Herzegovina o con un número significativo de musulmanes de origen turco, pero, durante la campaña electoral de 2018, Alemania prohibió al presidente turco hacer campaña en territorio alemán, lo que originó un nuevo encontronazo con la UE, además de las protestas de gobiernos como el de Holanda o Austria, contrarios a la presencia de Erdogan en la UE, ya sea en visita de estado o como parte de acciones de proselitismo político. 

Durante los dos últimos años el presidente Erdogan ha visitado dos veces Serbia, con fines económicos, para renovar el tratado de libre comercio entre Serbia y Turquía de 2009, y con fines religiosos y culturales destinados a fortalecer lazos con las comunidades musulmanas del sur de Serbia, pero también con el propósito de restar influencia a la cofradía de Fetulah Gülen, organización firmemente asentada en las repúblicas de la antigua Yugoslavia a través de escuelas y organizaciones humanitarias, y con una fuerte presencia en Novi Pazar.

En su cruzada contra la organización de Gülen, considerada terrorista por Ankara, Erdogan ha encontrado un firme aliado en el presidente serbio Aleksandar Vucic, que ha declarado a Erdogan amigo y aliado. El caballo de batalla del presidente Erdogan, es su otrora aliado Fetulah Gülen.  Enemigo público número uno de Turquía, es un clérigo sunita, de tradición hanafita, apolítico pero opuesto a los partidos de izquierdas; líder de una organización religiosa a nivel mundial, que ha buscado influir en todos los sectores de la sociedad mediante campañas de proselitismo religioso centradas en la educación, medios de comunicación y la divulgación cultural, incluyendo la estructura misma del estado, islamizando progresivamente a la sociedad turca. La organización de Gülen es muy heterogénea, abarcando amplios sectores sociales y organizaciones cívicas y religiosas, y sin una estructura formal como organización.

En las elecciones del 2000, Gülen y su organización se unen a Erdogan en la creación de un nuevo partido político de corte religioso moderado con la intención de asaltar el poder en Turquía. El resultado es el AKP, el Partido Justicia y desarrollo, que gana las elecciones en el 2002. Las elecciones de 2011 marcan el tope electoral del AKP y su momento de máxima popularidad, accediendo a un tercer mandato y alcanzando en los comicios casi un 50% de votos, aumentando el porcentaje logrado en las elecciones de 2007. 

La progresiva presencia de miembros de la organización de Gülen, conocida como Hizmet o más popularmente en Turquía como Cemaat, en puestos clave del gobierno, la creciente popularidad de Gülen y su organización en la sociedad turca y la diáspora llevan a un alejamiento entre Erdogan y el clérigo, distanciamiento que se transforma en enfrentamiento durante las protestas de Taksim Gezi en 2013. Gülen se pone del lado de los manifestantes y acusa al presidente de autoritario y de brutalidad policial por la represión de las protestas ciudadanas. En 2015, la organización de Fetulah Gülen es declarada terrorista por el Gobierno turco.

La decidida apuesta del presidente Erdogan por una política exterior agresiva y expansiva; la ambivalencia entre aliados tradicionales, OTAN, socios comerciales, UE y aliados y socios temporales, Rusia o incluso Irán; apoyada por una estabilidad a nivel interno basada en la homogeneidad política lograda a través de un endurecimiento de las leyes, presión sobre oposición y purga de los sectores internos más críticos con el gobierno; un punto autocrático y el apoyo de la diáspora, vuelven a situar a Turquía en el centro del tablero político mundial.  

A nivel interno, la oposición denuncia una dura represión, censura en medios de comunicación y persecución de kurdos e izquierdistas. Las purgas en el Ejército tras el golpe de estado de 2016 han allanado el camino al presidente Erdogan, eliminando a no menos de 200 altos oficiales de tradición kemalista y sustituyéndolos por oficiales afines a sus postulados políticos. Igualmente en contra, la economía, uno de los pilares del Neo-otomanismo, es el eslabón más débil de la Turquía del AKP: déficit alto debido a unos muy altos niveles de endeudamiento, que han conducido a la Lira turca a perder en agosto de 2019 el 40% de su valor; mientras, la relación con su mayor socio comercial, la UE, lejos de estabilizarse se complica por momentos con continuos desencuentros, siendo el último la amenaza de sanciones debido a la operación Primavera de la Paz, algo que también ha costado a Turquía una seria advertencia de EEUU y el establecimiento de una primera batería de sanciones económicas unilaterales por parte de Washington.