Ser musulmán en China no es tan peligroso como ser uigur

Mientras que el Gobierno maltrata a los miembros de este grupo étnico, es más permisivo con otras comunidades; además, permite a Irán acrecentar su influencia entre los chiíes
Un manifestante sostiene un cartel durante una manifestación para mostrar su apoyo a los uigures y su lucha por los derechos humanos en Hong Kong, el 22 de diciembre de 2019

AP/LEE JIN-MAN  -   Un manifestante sostiene un cartel durante una manifestación para mostrar su apoyo a los uigures y su lucha por los derechos humanos en Hong Kong, el 22 de diciembre de 2019

A menudo, cuando se realiza un análisis político sobre el islam en China, suele pensarse, en primer término, en la complicada relación del Ejecutivo de Pekín con la etnia uigur. En efecto, los miembros de este grupo humano, mayoritariamente musulmán y emparentado con otras comunidades procedentes de Asia Central, llevan décadas sometidos a una campaña de represión muy intensa por parte de las autoridades. Sin embargo, ni las interpretaciones del islam son monolíticas entre las personas que lo profesan en China ni el tratamiento que les dispensa Pekín es igual para todas.

Esta foto de archivo tomada el 4 de junio de 2019 muestra una instalación que se cree que es un campo de reeducación donde muchos uigures son detenidos, al norte de Akto en la región noroccidental de Xinjiang en China
AFP/GREG BAKER - Esta foto de archivo tomada el 4 de junio de 2019 muestra una instalación que se cree que es un campo de reeducación donde muchos uigures son detenidos, al norte de Akto en la región noroccidental de Xinjiang en China
Los uigures: vigilancia, asimilación y reeducación

El caso de los uigures, desde luego, es el más sangrante y, también, el más conocido fuera de las fronteras del gigante asiático. Una reciente filtración puso negro sobre blanco la realidad que muchos activistas por los derechos de los uigures llevan tiempo denunciando: el Partido Comunista de China tiene instalado en la región de Xinjiang, en el extremo noroccidental del país, donde residen la mayor parte de los uigures, un ubicuo sistema de vigilancia que, en la práctica, elimina todo derecho a la intimidad. La vida de millones de personas lleva años siendo monitorizada al detalle por el poder de Pekín, como mostraban los documentos que se conocieron como ‘China cables’. 

En Xinjiang, residen aproximadamente 11 millones de uigures. Constituyen una minoría étnica bastante importante. De forma general, en el plano religioso, se adscriben a las corrientes más tolerantes del islam suní; las escuelas de pensamiento que beben de la transición sufí tienen un gran enraizamiento en la sociedad de la región. No obstante, también hay sectores minoritarios más rigoristas.

En el plano político, precisamente entre esas facciones más radicales, se ha cultivado ciertamente un movimiento secesionista que busca conseguir más autonomía del Ejecutivo central o, directamente, la independencia de la región. Ocasionalmente, esto ha derivado en episodios puntuales de violencia que, a la larga, han acabado siendo utilizados en su beneficio por el Gobierno.

De este modo, cuando se ha acusado al Gobierno chino de perpetrar repetidas violaciones de los derechos humanos de los uigures, los portavoces del régimen se han defendido aludiendo a que las medidas tomadas se enmarcan en una campaña de lucha contra el terrorismo yihadista. Si bien es cierto que algunas organizaciones armadas uigures han sido calificadas, efectivamente, como terroristas por Naciones Unidas o Estados Unidos, lo cierto es que la política oficial con respecto a la totalidad de los integrantes de este grupo étnico parece bastante desproporcionada.

Los mecanismos de vigilancia revelados en los ‘China cables’ representan solo una pata de las acciones emprendidas por el Gobierno para, dentro de lo posible, eliminar todo rastro de identidad uigur de su territorio. Así, desde las instancias oficiales, se ha incentivado continuamente la inmigración de personas de la etnia han, la predominante en China, a la región de Xinjiang. 

¿Qué se pretende conseguir con este proceso de colonización? Básicamente, se está intentando recluir a la población uigur en espacios cada vez más reducidos, de forma que no tengan más remedio que adaptarse a vivir en una sociedad mayoritariamente han. Esta asimilación social está viniendo acompañada de una asimilación cultural que está haciendo desaparecer, poco a poco, rasgos identitarios de sus miembros.

Para aquellos que, aun así, no están dispuestos a pasar por el aro, China tiene abierta en Xinjiang una red de campos de reeducación para presos políticos. En ese archipiélago gulag diseñado ad hoc por las autoridades para mantener bajo control a los uigures más recalcitrantes, organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado la comisión de actos de tortura.

Gráfico sobre los campos de “reeducación” en la región china de Xinjiang, según una investigación publicada en noviembre de 2019 por el Movimiento para el Despertar Nacional del Turkestán Oriental
AFP/AFP - Gráfico sobre los campos de “reeducación” en la región china de Xinjiang, según una investigación publicada en noviembre de 2019 por el Movimiento para el Despertar Nacional del Turkestán Oriental
La cara amable del sunismo para Pekín

Los abusos cometidos sobre los miembros de este grupo étnico han sido reflejados con relativa amplitud en el panorama mediático internacional. Ello se debe a que los uigures cuentan entre sus miembros con prominentes activistas, entre ellos, el escritor Ilham Tohti, último premio Sajárov del Parlamento Europeo. Sin embargo, los uigures no son los únicos musulmanes asentados de forma permanente en China. Dentro de la rama suní, existe una comunidad numerosa que, por el contrario, goza, en líneas generales, del favor de las autoridades: los hui.

¿Quiénes son los hui? Como los uigures, son un grupo étnico de mayoría musulmana que tiene su núcleo en las regiones de Gansu y Ningxia, vecinas de Xinjiang, pero cuyos miembros están desperdigados por toda China. A diferencia de sus correligionarios, los hui se encuentran bastante asimilados, tanto étnica como culturalmente, a los dominantes han. Están totalmente integrados en la sociedad china y no albergan anhelos políticos que supongan grandes preocupaciones para el poder.

Como consecuencia, su relación con las autoridades de Pekín es bastante más cordial que la que tienen los uigures. Los hui sí que pueden, al menos en un mayor grado, dar muestras de su fe en público, practicar el ayuno durante el mes de Ramadán… Según un reportaje publicado por la revista Time, “los hui son considerados los buenos musulmanes y los uigures, los malos musulmanes”, en palabras de un experto en la materia que declaró bajo la condición de anonimato.

El hecho de ser vistos de un modo distinto por el poder ha llevado, en ocasiones, a que los hui sean el blanco de las campañas violentas promovidas de tarde en tarde por los sectores más radicales de la población uigur.

Hombres musulmanes de etnia Hui saliendo de la mezquita de Laohuasi después de las oraciones del viernes en Linxia, provincia china de Gansu
AFP/JOHANNES ELISELE - Hombres musulmanes de etnia Hui saliendo de la mezquita de Laohuasi después de las oraciones del viernes en Linxia, provincia china de Gansu
Chiíes: Irán y su ‘soft power’

La cuestión religiosa tampoco parece ser un problema en el caso de los ciudadanos chinos musulmanes chiíes. Según un informe publicado por The Washington Institute, uno de cada diez musulmanes chinos es chií. La mayoría proceden de la escuela ismaelita y pertenecen a minorías tayikas o kirguizas de la región de Xinjiang, como los uigures. Otros, miembros de diásporas de países de Oriente Próximo como Irak y Líbano, viven en las provincias meridionales, según explica un informe de noviembre de 2019 del Middle East Institute.

La relación de Pekín con ellos está mediada por un actor externo bastante poderoso y cuya influencia no debe ser obviada: Irán. En todos los campos, los lazos entre China y el régimen de los ayatolás son bastante fuertes. ‘Grosso modo’, Pekín y Teherán comparten bloque geopolítico y sus gobiernos han compartido durante décadas una oposición casi sin fisuras a Estados Unidos y sus aliados. A pesar de la apertura al resto del mundo de China, también al gigante norteamericano, sus relaciones con la República Islámica han seguido siendo buenas, por ejemplo, en el ámbito comercial, donde Irán exporta petróleo a cambio de productos manufacturados. 

En lo que se refiere estrictamente a la cuestión religiosa, China tampoco ha reprimido con especial dureza a las minorías chiíes de su territorio; al menos, no más que al resto de sus conciudadanos. El Gobierno ha puesto en práctica una campaña de diplomacia con autoridades religiosas de Irán y también de la vecina Irak. 

De hecho, la Universidad Internacional al-Mustafa fundada por el ayatolá Jomeini, situada en la ciudad sagrada de Qom, acoge a unos 700 seminaristas de nacionalidad china. A menudo, esta institución financiada con dinero de las arcas públicas ha sido considerada como uno de los instrumentos más potentes del régimen para expandir la versión más integrista del islam chií; un ejemplo del ‘soft power’ que Teherán ha puesto en práctica en las últimas décadas para tratar de obtener apoyos en el máximo número posible de países.

¿Qué tiene que ganar China con el envío de sus estudiantes de teología allí? Podría tratarse de un intento más de menoscabar a la etnia uigur. Si vuelven a sus lugares de origen, en el extremo occidental de China, comenzarían a predicar una visión alternativa del islam.

Como consecuencia, el Gobierno de Pekín ganaría fuera y dentro de sus fronteras. Fuera, un aliado estratégico como Irán ganaría cierta influencia, aunque controlada desde las instancias de poder. Dentro, la influencia de los uigures podría verse mermada de forma considerable.

Fotografia de archivo que muestra al presidente chino Xi Jinping y a su homólogo iraní Hasán Rohaní, al margen de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek, Kirguistán, en junio de 2019
PHOTO/ Oficina de la Presidencia iraní vía AP - Fotografia de archivo que muestra al presidente chino Xi Jinping y a su homólogo iraní Hasán Rohaní, al margen de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek, Kirguistán, en junio de 2019
¿Religión o política?

Por tanto, puede apreciarse que el tratamiento que el Gobierno chino otorga a los musulmanes que viven en su territorio, ya sean suníes o chiíes, no es uniforme. La variable clave parece sencilla: la diferencia radica en si la persona en cuestión es uigur o no. Por este motivo, es lógico plantearse el siguiente interrogante: ¿hasta qué punto pesa el factor religioso en la ola de represión de las autoridades hacia los uigures? 

Primero, la mayor parte de los uigures observan un culto totalmente opuesto al salafista, de modo que no deberían constituir una preocupación desde el punto de vista securitario. A pesar de eso, son sometidos a campañas de vigilancia y reeducación. Segundo, si la cuestión diferencial fueran las creencias de sus miembros, los hui o los chiíes tayikos y kirguices también deberían estar sometidos a una presión semejante. Sin embargo, no es así.

El profesor Dru Gladney, reputado sinólogo y uno de los mayores estudiosos del islam en China, analizaba así la situación en la revista Time: “No es una cuestión de libertad religiosa. Claramente, hay muchas posibilidades de expresión religiosa que no están restringidas en China, pero cuando se cruza la las a menudo nebulosas y cambiantes fronteras de lo que el Estado considera político, entonces te metes en terreno peligroso”. 

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