Tánger, la seducción de la memoria

La ciudad del Estrecho sigue fascinando gracias a un poderoso e insondable magnetismo
Tánger

Flickair  -   Vista de la medina de la ciudad marroquí de Tánger

¿Sabe alguien dónde radica el misterio de Tánger? ¿Qué es lo que nos gusta cada vez más de esta ciudad? Cuando han pasado más de sesenta años desde que desapareciera el Tánger internacional que atrajo a artistas y bohemios, poetas y pintores, desheredados y viciosos, y espías y contrabandistas, la seducción de la ciudad sigue intacta. A pesar de que sabemos que la ciudad internacional, la que fue hogar de marroquíes, españoles, sefarditas, italianos, británicos y franceses, todos juntos y mejor avenidos que en casi ninguna parte y en ninguna época, es solo un recuerdo en libros, fotografías en sepia, películas y, claro, lugares. Pero Tánger, la ciudad soñada, la ciudad de la memoria, continúa seduciendo. Y no sabemos por qué, pero cada vez más: las novelas y obras académicas ambientadas y centradas tanto en la ciudad internacional y como en la de nuestros días proliferan. Habríamos vendido el alma al diablo por haber conocido sus burdeles y cabarés en las profundidades de la noche, escuchado el acento de la jaquetía hebrea en los callejones de la medina, por haber estado en alguno de los fiestones que se montaban los miembros de la 'beat generation', por haber paseado, en fin, por el bulevar Pasteur atestado de gente de aquí y de allá en un mediodía de domingo. 

De Tánger nos gusta, probablemente, más la ciudad de la memoria que la actual, a pesar de que las autoridades marroquíes estén acertando en Tánger -y en otras ciudades del país- con su política de recuperación y restauración con buen gusto de edificios con solera. El Tánger de la corniche y los nuevos hoteles con gimnasio y spa y el nuevo puerto deportivo y todo eso está muy bien, lo celebramos, y da cada vez más la impresión de una ciudad moderna y dinámica (a pesar de la pobreza omnipresente y de la tristeza que siguen desprendiendo las populosas barriadas obreras del cinturón tangerino). Pero lo que mola es la medina, la ciudad vieja. 

Tánger

La ciudad de la memoria y la memoria de la ciudad. Como le ocurre a otros lugares de Marruecos, uno no comprende la paradoja de la belleza del conjunto. A menudo, cuando el observador se detiene en los detalles aprecia suciedad y abandono. Sin embargo, los conjuntos son difícilmente inigualables en belleza en este país. Nos ocurrió desde el principio en Rabat. Y ocurre, desde luego, en Tánger. Prueben a mostrar una fotografía o un video de unos cuantos tejados de la qasba tangerina a un observador desapasionado: destacará el descuido y la falta de armonía de las construcciones; antenas parabólicas oxidadas, muros amarillentos por la humedad, tenderetes horteras, techos convertidos en basureros. Pero abran el encuadre y prueben a mostrar una panorámica de la medina, con las ropas azotadas por los vientos del Estrecho como velas de barquitos, la luz cegadora y el cielo azul, y el conjunto de la bahía tangerina. A eso nos referíamos. 

Los últimos testigos de aquel Tánger de Paul y Jane Bowles, y de William Burroughs y de Tennessee Williams, y de Mohamed Chukri y Jean Genet, y de Emilio Sanz de Soto, Ángel Vázquez y Juan Goytisolo, se están terminando de ir. Hace unos días fallecía la librera de la mítica Librairie des Colonnes –parada imprescindible de Tánger, no encuentro mejor lugar en el mundo entero donde uno puede ponersa a resguardo de la lluvia en una tarde de invierno-, la sefardí Rachel Muyal. Una institución en la ciudad, locuaz guardiana de secretos y memoria viva del Tánger judío –otro Tánger dentro de Tánger que ha pasado definitivamente a la historia- desde su refugio del bulevar Pasteur. “Disfrutona, sabionda, tierna y leal; núcleo de un universo donde su cetro era el escaparate de la librería Les Colonnes y su religión los buenos libros. No ha conocido la vejez, la soledad ni la enfermedad. Se ha ido joven a sus 86, maquillada y perfecta, la benjamina de las 'chicas de oro' del Casino Judío, que usaba la jaquetía, slang en extinción de los tangerinos, para soltar la lengua y esconderse, o entenderse con José Hernández, Emilio Sanz de Soto, Alberto Pimienta, Pepe Carleton y Julia Schumarcher Abrines”, escribían a dos manos en El País su obituario Javier Rioyo –actual director del Instituto Cervantes de la ciudad- y Ada del Moral.

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Los conjurados de Tánger

El testigo de nombres como los antecitados lo han tomado varias generaciones de escritores e investigadores –mayoritariamente españoles- que en artículos, iniciativas y libros siguen reflejando con constancia un amor desmedido por Tánger. No quiero dejarme nombres, algunos de ellos son amigos o conocidos del que firma estas líneas, pero recordaremos aquí a Mohamed M’Rabet -este escritor y pintor de vida extraordinaria es uno de los últimos testigos directos del Tánger mítico-, Santiago de Luca, Randa Jebrouni, Simon-Pierre Hamelin –director actual de la Librairie des Colonnes- Javier ValenzuelaBernabé López GarcíaAlberto Gómez-Font, Rocío Rojas-Marcos –autora de una reciente y monumental historia literaria de la ciudad-, Farid Othman-Bentria Ramos o Cristina López Barrio. 'Los conjurados de Tánger'. (Varios de ellos firmaron hace unos meses un libro titulado justamente así).

Precisamente un riad -casa tradicional normalmente ubicada en la parte vieja de las ciudades marroquíes- propiedad de uno de ellos, el investigador y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid Bernabé López García, acoge desde hace solo unos días gracias al Instituto Cervantes un bello espacio dedicado a rescatar la memoria de los pintores españoles Josep Tapiró y Antonio Fuentes, que en su día también sucumbieron al encanto de la ciudad del Estrecho y cuyas obras decoran viviendas, despachos y cafés de todo Marruecos y más allá de él.

Además de por la inauguración de la casa de los pintores, esta misma semana Tánger ha vuelto a los titulares internáuticos y de papel por la aprobación por parte del Gobierno de España del trámite –solo falta ahora que lo ratifiquen las Cortes Generales- que acabará con la cesión a las autoridades marroquíes de la propiedad del Gran Teatro Cervantes. Esperamos que las autoridades de Rabat hagan buen uso del lugar y mantengan parte de su esencia. Para muchos conjurados y nostálgicos de Tánger descender desde el bulevar, entre solares llenos de escombros, para contemplar el estado de abandono del viejo teatro español es una especie de ritual obligatorio. “¡Qué pena! ¿No hay nadie que pueda hacer nada para arreglarlo?”. Pues parece que ha llegado el momento. Penas fuera -¿en qué quedamos? ¿Necesitamos al cabo un poco de nostalgia para seguir alimentándonos?-, adiós a los jaramagos y la basura: nueva vida para el Cervantes. 

Se nos podrá acusar con razón de que nuestro amor por Tánger tiene cierto tufillo cultureta y orientalista –a la manera definida por Edward Said-, y que los conjurados –de antes y de ahora- por la ciudad blanca no necesitan adentrarse demasiado en la realidad de la sociedad marroquí, en su miseria y sus desvelos, para alimentar su fascinación. Pero ¿y qué le hacemos? Al fin y al cabo Tánger ha sido la menos marroquí de las ciudades de Marruecos para poder presumir de ser también mediterránea y atlántica, andaluza y española, rifeña y berberisco a un tiempo. 

“¿Qué tiene Tánger?”. No nos lo preguntamos nosotros, sino el mismísimo Mick Jagger al regresar de una de sus estancias en la ciudad. No queda otra que seguir regresando a la ciudad en busca de pistas. Y Tánger sigue ahí, en la otra orilla del Estrecho, al otro lado de las gaviotas y las bocinas de los buques del puerto de Algeciras, con su decadencia y miseria, con su letargo provinciano y sus afanes de rascacielos de cristal de nuevo rico. Como un sueño brumoso desde los chiringuitos surferos de las playas andaluzas del otro lado. El otro Tánger, el soñado, el de la memoria, ya se ha ido del todo. Nos queda el consuelo de su memoria, parafraseando a Manrique, y el de poder embarcarnos en un ferry en una mañana soleada de invierno para adentrarnos en su pegajosa y fascinante medina, y bebernos un té con yerbabuena perfumados de kif y jazmín en la terraza del café Hafa.