Terroristas extranjeros: en busca de una nueva identidad

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Alexandra Dumitrascu

Pie de foto: El nivel de alerta antiterrorista ha aumentado en gran parte de los países europeos. En la foto: soldados franceses vigilan las calles alrededor de la Catedral de Notre Dame

Se cumplen tres años desde el primer atentado terrorista en suelo europeo llevado a cabo por un terrorista extranjero afiliado al Daesh. El pasado 24 de mayo de 2014, Nemmouche Mehdi, un joven de 29 años, de origen francés, irrumpió en el Museo Judío de Bruselas y descargó su arma contra los presentes, matando a cuatro personas. Los ataques islamistas radicales en Europa, por aquel entonces no eran un fenómeno nuevo, aunque sí algo aislados.

Dos años atrás, en 2012, otro ciudadano francés, de 23 años, miembro de Al Qaeda, asesinó a siete personas en una serie de atentados en las ciudades francesas de Toulouse y Montauban, antes de ser abatido por la policía.

Si bien pertenecientes a organizaciones terroristas diferentes, ambos individuos guardan a primera vista perfiles relativamente similares. Hombres, jóvenes por debajo de 30 años, ciudadanos occidentales, descendiente de segunda generación de inmigrantes musulmanes, con antecedentes penales por infracciones menores, terroristas y combatientes extranjeros que previamente han viajado a zonas en conflicto de Oriente Medio, en donde se han incorporado en el seno de alguna agrupación terrorista.

La cada vez mayor adhesión de los ciudadanos occidentales, principalmente al Daesh, aunque no exclusivamente, unido al incremento de los atentados terroristas en Occidente a mano de los así llamados combatientes extranjeros o foreign fighters, ha aumentado el interés entre los gobiernos, las instituciones académicas y de seguridad, así como de los medios de comunicación, entre otros, en orden a esclarecer los motivos que existen detrás de la decisión de los individuos a adherirse al terrorismo global, más allá del proceso de radicalización inducido por la hasta ahora eficaz propaganda de las organizaciones terroristas.

La profundización en las indagaciones en este sentido revela que el grupo de los combatientes extranjeros occidentales no se puede tratar ya como un grupo homogéneo, más allá de las características comunes a todos, sino que cada individuo debe ser analizado por separado, dejando con ello claro que no se trata únicamente de la persecución de una utopía religiosa – contribuir a la consolidación de un califato global – sino que las motivaciones son de las más variopintas.

Religión: ¿fe o herramienta?

Los informes más recientes en este sentido ponen de manifiesto nuevos perfiles, cuya principal revelación es el nulo o escaso conocimiento de los combatientes extranjeros en materia de fe islámica. Tal como pone de manifiesto un informe del Centro de Lucha Contra el Terrorismo en West Point (CTC, acrónimos del inglés), menos de un 15% de los combatientes tienen una formación religiosa formal. Adicionalmente, del 68% de los combatientes extranjeros que tuvieron una experiencia religiosa con el Islam desde su infancia, únicamente el 28% han demostrado ser muy religiosos. El documento de West Point concuerda así con los registros del Daesh filtrados por el medio sirio Zaman al-Wasl en los que el 70% de los combatientes reclutados tenían un conocimiento básico de la Sharia, y un 24% una educación intermedia de la misma.

Un ejemplo de ello es el caso de Mohamed Bouhlel que el pasado 14 de julio embistió un camión contra una multitud en Niza. Este fue descrito por su entorno más cercano como indiferente a la religión, amante de la salsa y de las bebidas alcohólicas. Al igual que Karim Mohammad-Aggad, el hermano de uno de los atacantes en la sala Bataclan de París, que ante la Corte que le sentenció a nueve años de cárcel por vinculación con el yihadismo, declaró que su creencia religiosa “no tuvo nada que ver” con su viaje a Siria.

La ignorancia del Islam es una característica preferida por el Daesh, en particular, dado que los reclutados se unen a una causa sin cuestionar de forma crítica la retórica yihadista de acuerdo con los preceptos del Islam. Por tanto, el Islam resulta ser una herramienta al alcance de los líderes yihadistas que la van amoldando a su criterio de acuerdo a sus propios intereses.

Conversos al Islam

Otra revelación importante del informe del CTC es que una gran parte de los que se  adhieren al radicalismo islámico son conversos recientes al Islam, provenientes de familias no practicantes o, incluso, ateas, como es el caso de Amedy Coulibaly que, si bien era de origen musulmán, descubrió el Islam a una edad avanzada, al crecer en un hogar no creyente.

Con la conversión los jóvenes muestrarían una especie de rebeldía contra la familia y contra las sociedades de las cuales proceden.

Si bien la mayor parte de los conversos son descendientes de familias musulmanas, es también cada vez más habitual, de acuerdo con determinados expertos, encontrar dentro de este grupo a idealistas y revolucionarios, simpatizantes de la ideología de extrema izquierda, que desilusionados con el proyecto fallido del comunismo, encuentran en el salafismo, en particular, una ideología alternativa, que da sentido a sus vidas, y les induce la esperanza de seguir la lucha armada a favor de una causa, que, en el caso del Daesh, guarda la similar promesa del bienestar social y justicia social universales.

Sin embargo, las motivaciones detrás de la decisión de los individuos occidentales de emprender el viaje a Siria o Irak varían desde la búsqueda de aventuras, impresionar a las familias, la promoción social, hasta el sentimiento de pertenencia.

El factor identitario, tanto en el caso de los musulmanes de nacimiento, como de los conversos, jugaría un papel muy importante a la hora de la radicalización de los jóvenes. Tal como apuntan diversas instituciones, entre ellas el Real Instituto Elcano, el sentimiento de desafección de los jóvenes occidentales implica tanto el rechazo de las sociedades en la que han crecido, negando el sistema de valores predominantes en las mismas, así como la nula identificación con los países de origen de los padres. La afiliación a una ideología transnacional les confiere así la sensación de diferenciación, mediante la adquisición de una identidad enmarcada dentro de una nueva revolución generacional que desafía, y rechaza a obedecer las normas existentes.   

Cada vez más jóvenes

La etapa de adolescencia es en la que, presumiblemente, se dan en mayor medida los casos de crisis identitaria, aunque son los jóvenes, en general, los que están más propensos a experimentar un sentimiento de desafección. Esto explica que, de acuerdo con el estudio de CTC de la totalidad de combatientes extranjeros analizados por el centro, el 14% tienen edades por debajo de 18 años, y los jóvenes de entre 18 y 29 años suman un total de 70%.

Un caso reciente ha sido el del menor  de 12 años nacido en Alemania, de origen iraquí, que a principios de diciembre colocó presuntamente una bomba en el mercadillo de Navidad en Ludwigshafen, que no llegó a estallar por un fallo en el mecanismo de detonación.

En esta misma línea, un informe reciente de la INTERPOL asegura que entre los nuevos perfiles yihadistas se incluyen niños de incluso 16 y 17 años que no apuntan necesariamente a ser islamistas radicales sino a imitarlos. Estos jóvenes no conocen el Islam, y son captados por los reclutadores gracias a su pasado criminal, o porque han experimentado algún tipo de discriminación o marginación social, e incluso, con problemas mentales, dada su situación de vulnerabilidad. Esta temprana edad es lo que en parte podría explicar que gran parte de los combatientes extranjeros poseen altos niveles de “disponibilidad biográfica”, concepto que en términos del CTC significa que, salvo excepciones, estos “no tienen fuertes compromisos externos como el matrimonio o una carrera profesional”, lo que hace que muestren una actitud mucho más temeraria a la hora de llevar a cabo funciones más arriesgadas dentro de la organizaciones terroristas. 

El hecho de que tengan una alta disponibilidad biográfica, tal como aclara el informe de CTC, sugiere que el aburrimiento, el deseo de aventura, la influencia de los amigos, el atractivo de la rebelión y la identidad religiosa o étnica pueden jugar un papel importante a la hora de decidir viajar a Siria e Irak. Si bien hay que aclarar que de la totalidad que optan por viajar a esas zonas de conflicto no necesariamente se incorporan a alguna organización terrorista, sino que lo hacen empujados por un espíritu cívico con el objetivo de proporcionar ayuda en uno u otro bando, incluido el pro Assad.

Status socioeconómico

Un aspecto sobre el que los distintos análisis acerca del fenómeno de la radicalización no se ponen de acuerdo es la importancia de las condiciones socioeconómicas de los individuos. De acuerdo con el CTC esta variable sería muy relevante a la hora de planificar políticas de prevención de la radicalización, dado que de acuerdo con el estudio en más de 1200 casos de combatientes extranjeros estos emergerían en entornos con condiciones socioeconómicas bajas y de falta de oportunidades laborales. Si bien no destacan disparidades entre combatientes previamente empleados y los desempleados, la diferencia radica en que de entre los que sí tenían empleos previos a su radicalización, más de la mitad ocupaba un puesto de baja cualificación. Sin embargo, tal como se desprende del informe del CTC, las dificultades de estos en el mercado laboral son más obvias cuando se compara con la totalidad de población de los países de los que proceden, destacando unas tasas de desempleo considerablemente superiores entre los combatientes extranjeros. Más específicamente, si solamente se toman en consideración los países que mayor número de combatientes extranjeros han registrado –Bélgica, Reino Unido, y Francia – la brecha en el desempleo con la población general es tres veces mayor.

Esto se explica principalmente por los bajos niveles de estudios que se registran entre los combatientes extranjeros, siendo el 10% los que disponen de un título de bachillerato o una carrera universitaria, y el 15% los que sólo completaron los estudios secundarios.

En cuanto a la decisión de viajar a Siria o Irak, de los casos analizados por el CTC, y corroborado por el INTERPOL, se ha demostrado que la influencia de un grupo de pertenencia, como los amigos, juega un papel mucho más relevante que los líderes religiosos de la comunidad islámica. Así es como se explica igualmente que del total de combatientes extranjeros analizados por el CTC, el 70% procedían de la misma ciudad que otro, poniendo en evidencia una concentración de los esfuerzos de reclutamiento.

Una vez en las zonas conflictivas, los reclutados se incorporan a un campo de entrenamiento en donde reciben adiestramiento que varía de dos semanas a más de un año, y que incluye también clases de religión, además del manejo de las armas. Una vez preparados, estos asumen distintos roles dentro de la organización terrorista, que no necesariamente es de combatiente o suicida, sino que pueden asumir funciones de liderazgo o simplemente ejercer de apoyo de personal.

Los retornados, tal como se desprende del estudio del CTC solamente representan un 10% de la totalidad de combatientes extranjeros, y de estos, el 87% optan por retornar en menos de un año, lo que, por una parte, podría sugerir que algunos experimentan una sensación de desencanto con el proyecto del Daesh.

La propaganda del Daesh, junto con las victorias sobre el terreno, han contribuido en mayor medida a la llamada de los combatientes extranjeros. De acuerdo con la INTERPOL, en el primer semestre de 2015, más de 800 personas han sido denunciadas por actos relacionados con el terrorismo, de los cuales más de la mitad eran combatientes extranjeros, en su mayoría europeos. El número de detenciones por actividades yihadistas experimentó una subida de hasta 67% en los casos registrados en el mismo periodo.

Sin embargo, la capacidad del Daesh por mantener los territorios conquistados, y por seguir acumulando éxitos ha demostrado ser cada vez más difícil. Esto, unido a los esfuerzos de impedir la salida de los aspirantes sobre todo a través de la frontera con Turquía, ha hecho que la afluencia descendiera dramáticamente a lo largo de 2016. Tal como ha informado la inteligencia de Estados Unidos, de un pico de 2000 extranjeros de todo el mundo que mensualmente viajaba a Siria, en 2016 se registraron tan sólo 50 casos cada mes, lo que por supuesto se traduce también en una drástica caída de los incidentes europeos.