Turquía y Egipto tienden puentes tras una década de antagonismo

Las delegaciones turca y egipcia se reúnen en Ankara al tiempo que Erdogan redefine su política exterior
Erdogan y al-Sisi

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El orden geopolítico en Oriente Medio promete dar un giro de 180 grados en los próximos meses. Los cambios estructurales que atraviesa la región abren la puerta a futuras distensiones después de una década de abierta hostilidad. Un claro ejemplo de ello es el viraje político ejecutado por Turquía, donde las numerosas problemáticas internas han obligado al presidente otomano, Recep Tayyip Erdogan, a diseñar una nueva hoja de ruta exterior capaz de integrar a algunos sus vecinos regionales con los que ha protagonizado fuertes desavenencias.

Uno de los actores clave en esta ecuación es Egipto. El derrocamiento en 2013 del líder de los Hermanos Musulmanes y estrecho aliado del mandatario turco, Mohamed Mursi, a manos del entonces ministro de Defensa, Abdel Fattah al-Sisi, abrió un capítulo de profundos desencuentros entre Ankara y El Cairo que han ido ‘in crescendo’ en los últimos ocho años. Desencuentros que parecen formar parte del pasado. Al menos esa es la intención que manifiestan ambos países tras mantener su segunda cumbre desde la completa desaparición de los islamistas en Egipto.

Cumbre Egipto Turquía
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Una delegación encabezada por el viceministro de Asuntos Exteriores egipcio, Hamdi Sanad Loza, viajó el martes a Ankara para mantener una nueva reunión bilateral con su homólogo turco, Sedat Önal, acompañado a su vez por altos cargos del Gobierno. Los interlocutores marcaron los tiempos de un encuentro que abarcó diversas temáticas, pero que iba enfocado a acercar posturas entre ambas administraciones. En la cita previa, celebrada el pasado 5 de mayo en El Cairo, se asentaron las bases del deshielo en lo que supuso su primera toma de contacto en casi una década.

“Franca y profunda”. Así describieron ambas partes la ronda de negociaciones cairota. Los dos países muestran señales positivas para el acercamiento, sobre todo Turquía, a priori la parte más interesada. El titular de Exteriores, Mevlüt Çavuşoğlu, se mostró optimista tras la segunda cita y adelantó a la emisora NTV que “darían los pasos para nombrar un nuevo embajador” en caso de avanzar en las negociaciones. Çavuşoğlu incidió en las “medidas positivas” puestas en marcha por el Ejecutivo otomano para mejorar las relaciones con sus vecinos y remató añadiendo que en las relaciones internacionales “no hay ni amistad ni enemistad duraderas”.

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Desde Egipto, sin embargo, se opta por la prudencia. El régimen de al-Sisi cuenta con mejores cartas en la partida atendiendo al aislamiento regional de Ankara. En cualquier caso, el país norteafricano pondría poner en riesgo sus relaciones con Grecia y Chipre en caso de ir demasiado lejos con Turquía. Por este motivo, el autócrata egipcio exigirá una serie de concesiones a Erdogan al tiempo que marca las distancias, como ya hizo en julio. Entonces, el Ministerio de Exteriores emitió un comunicado de condena por la reapertura de la ciudad chipriota de Varosha, ubicada en la parte norte ocupada por Turquía. Un mensaje de tranquilidad a sus socios en aguas del Mediterráneo oriental.

Condiciones del acercamiento

La reconciliación entre El Cairo y Ankara pasa en primera instancia por suturar las cicatrices provocadas por la Primavera Árabe, el estallido revolucionario de 2011 que cambió el orden regional. Los levantamientos contra los regímenes de Túnez, Libia, Siria, Bahréin y Yemen también llegaron a la plaza Tahrir, en el corazón de la capital egipcia, desde donde la acuciante presión popular acabó tumbando a Hosni Mubarak. En ese impasse, Erdogan vio la oportunidad de oro para tomar el control en la región e imponer su agenda.

El líder del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) venía de cosechar su tercera victoria consecutiva en las urnas y experimentaba su apogeo político. El mandatario acogió los levantamientos, una estrategia que irritó a las monarquías del Golfo por considerarlo una seria amenaza a su estabilidad, y modificó su política exterior tras abandonar su papel neutral y próximo a sus socios de la OTAN para erigirse en líder regional.

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Para ello, Erdogan estableció vínculos con los islamistas en Egipto e impulsó con éxito su candidatura a las elecciones en ese país celebradas en 2012. Un envite que buscaba convertir al eje turco-egipcio en el actor dominante a nivel regional y que acabó siendo infructuoso tras el golpe del Ejército egipcio sobre el mandato de los Hermanos Musulmanes, justo el mismo año en que Erdogan hacía frente a un levantamiento popular en su contra. De hecho, una de las exigencias de al-Sisi es la extradición de 10.000 militantes de la organización islamista residentes en Turquía, un grupo considerado “terrorista” por El Cairo.

Las desavenencias entre ambos se amplificaron después de respaldar a distintas facciones en la guerra civil libia. Un escenario donde también ha combatido contra Arabia Saudí y Emiratos, países a los que también pretende aproximarse. Riad puso como condición una normalización de las relaciones entre Ankara y El Cairo antes de mejorar los vínculos con Turquía. Las injerencias de Erdogan a través del respaldo al islamismo político deberán cesar.

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Viraje en política exterior

Los denodados esfuerzos del Gobierno turco por recuperar las relaciones bilaterales con sus vecinos se enmarcan en una estrategia de fondo destinada a mitigar su aislamiento regional. La falta de socios sumado a la disputa por los hidrocarburos en aguas del Mediterráneo, la galopante inflación y la devaluación de la lira ponen a Erdogan entre las cuerdas, en una posición de extrema debilidad. En este contexto, el mandatario turco apuesta por una nueva política exterior cimentada sobre el pragmatismo que incluso abandona los preceptos fundamentales de la ideología que ha vertebrado hasta el momento su presidencia.

De puertas hacia adentro, Erdogan avanza en su agenda islamista y mantiene el Gobierno gracias al respaldo del Partido Acción Nacionalista, formación defensora de la Doctrina de la Patria Azul, una teoría que extiende la soberanía turca desde el Mar Negro hasta el Mediterráneo oriental atravesando el Egeo. De puertas hacia fuera, Erdogan tiende puentes con sus vecinos tras cortar el apoyo a los movimientos islamistas.