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Un corazón multipolar

Las ciudades africanas, protagonistas de la literatura continental
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Reales o ficticias. Cosmopolitas e hijas de la emigración. Las ciudades africanas, con sus bares, sus barrios, sus mercados y, sobre todo, sus gentes, son indispensables para saber qué ocurre y de qué se escribe en África.

Una inmensa mayoría de personas sigue viendo el continente africano con las gafas de lo rural. De hecho, aún causa sorpresa el mostrar imágenes de modernas y cosmopolitas ciudades africanas, ya sean Adís Abeba (Etiopía), Lagos (Nigeria) o Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Pero lo cierto es que ha habido, como en el resto del mundo, un trasvase del campo a la ciudad que ha conllevado un cambio en múltiples aspectos

En una obra tan importante como Las delicias de la maternidad, de Buchi Emecheta, la vida rural y la urbana aparecen como antagónicas. Mientras que en el ámbito rural los hijos son una bendición porque pueden ayudar en el campo, donde siempre hay comida y un lugar donde cobijarse, en el ámbito urbano se convierten en una carga: hay que darles de comer y tener dinero para pagar una casa. En el campo, se forma una cadena según la cual los padres saben que sus hijos cuidarán de ellos. En el núcleo urbano, los hijos solo aspiran a marcharse para poder ganar más dinero y alejarse de sus progenitores.

La ciudad, más allá de un espacio físico, es el escenario de muchas obras escritas desde el continente africano. Un ámbito que deviene plural y personal al vivirse y contarse desde la experiencia particular o colectiva. Su mutación es, además, constante. Frente a la tradición, una rabiosa modernidad se apuntala en cada esquina de estas urbes cuyo trazado nos lleva a perdernos por arterias que palpitan llenas de vida al tiempo que muestran sus miserias. 

«Nada existe fuera de nuestra percepción de las cosas. Sentimos al mismo tiempo que percibimos», escribe Theo Ananissoh en el cuento «Antes Accra. Después Cotonú», que aparece en la antología Doce relatos urbanos. Doce voces africanas. La literatura nos da la oportunidad de viajar, venciendo las barreras del espacio y del tiempo, hasta estas urbes, maravillarnos o convulsionarnos y mezclarnos con sus gentes, permitiéndonos percibir lo que suponen estos lugares que ofrecen oportunidades inusitadas, laboratorios donde examinar cuestiones diversas.

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PHOTO/MUNDO NEGRO - El paisaje de las ciudades congoleñas inspiró a Fiston Mujila para construir un país imaginario en «Tranvía 83». En la imagen, una estampa cotidiana en Lubumbashi (RDC).
Ciudades contadas

Lo urbano ha sido, también, el comienzo del declive de la transmisión oral frente a lo escrito. El reinado de la oralidad, tan extendido en el continente africano, ha visto mermada su presencia al ganar cada vez más terreno el ámbito urbano, tecnológico y líquido, que ha propiciado otros medios de comunicar las historias. Sin embargo, no sería completo un itinerario de estas características sin tener en cuenta las visiones que nos regalan las narrativas orales.

Así, de la mano del maliense Hampaté Bâ en Njeddo Dewal, madre de la calamidad nos sumergimos en el paradisíaco país de Heli y Yoyo hasta que todo se tuerce y hace su aparición la temible Njeddo Dewal. En el cuento iniciático que lleva su nombre, esta edifica una ciudad invisible, Weli-weli, que será el comienzo del calvario para los habitantes del antes bienaventurado país de los peúles.

Weli-weli es un lugar inhóspito, desasosegante y donde toda llamada a la bondad y a la pureza encuentran un inhóspito eco.

Ciudades imaginadas

A menudo el escritor prefiere ubicar el relato en un lugar con visos de ficción pero que tiene un gran parecido con núcleos urbanos fácilmente reconocibles.

Fiston Mwanza Mujila se fijó en varias ciudades mineras muy importantes de su país y también en Kinshasa para dar vida a una ciudad-país imaginaria que, en opinión del autor, puede recoger el ambiente de todas las ciudades africanas con la misma problemática. En ella destaca su bar, otro lugar recurrente en muchas obras de ficción, un -micromundo donde emergen europeos, chinos, americanos y africanos, llamado Tranvía 83 que da título a la novela.

Los barescomo cosmos donde la gente habla sin pelos en la lengua, donde se deja libertad al cuerpo para expresarse, el mejor escenario para mostrar la diversidad social, cultural y política que anida en toda metrópoli. Como El Cliente es el Rey, situado en un barrio de Yaundé (Camerún) llamado Madagascar, mediante el que Patrice Nganang traslada la narración a pie de calle en Tiempo de perro, o el que inspiró a Alain Mabanckou para su mugriento local congoleño de nombre El Crédito se fue de Viaje en su novela Vaso Roto. El bar sirve de escenario a las pasiones y bajezas de quienes los transitan y reflejan con altos grados de veracidad los corazones y sombras de hombres y mujeres y sus relaciones de amistad, afectivas o sexuales.

De igual manera, los barrios estallan de vida e historias urbanas. Son, quizás, los verdaderos reductos de lo vital, bajo capas de desorganización y de su propio tejido de diversidad y convivencia. El contraste entre las dos ciudades de La polka del togolés Kossi Efoui ofrece interesantes puntos de vista. La llamada Ciudad Alta o Capital es, a los ojos de su narrador, un lugar sin nombres propios, ciudad no de deseo sino de decisión, ahogada en su ruido, sin memoria. Frente a ella, la Ciudad Baja es un barrio, donde la vida fluye a pesar de que en ella todo está roto, fragmentado, pero que sabe hacer soñar como los «mapas fantásticos de antiguas geografías».

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PHOTO/MUNDO NEGRO - El mercado Roque Santeiro de Luanda (Angola) aparece descrito en «También los blancos saben bailar», de Kalef Epalanga.
Ciudades reales

Las ciudades modernas son cada vez más mestizas, en ellas se cruzan lenguas y nacionalidades. Reconvierten a sus pobladores. Este tránsito no se vive y se contempla de la misma manera desde fuera que desde dentro. Aquellos que han visto sus ámbitos sucumbir a una rápida metamorfosis nos recuerdan que dentro de esos lugares públicos y privados duerme aún un ecosistema que existió y que lucha por permanecer, a veces sin más remedio que adaptarse a la mutación. 

Tánger sin Chukri es imposible de entender. Toda su obra está regada por los olores, los sabores, los sonidos y los colores de la ciudad mítica. Más allá de cualquier construcción o sitio reconocible de la urbe marroquí, Chukri construyó un alfabeto nuevo para penetrar en la ciudad ocultada, aquella que él nos descubre título a título en un intento por alcanzar el centro de su silencio lleno de historias y vidas que nunca fueron contadas. «Tánger ¿un mito? Cierto es innegable, pero ¿para quién? Tánger ¿un paraíso perdido? Sí, porque existen todavía testigos de su antigua prosperidad, pero ¿para quién? ¿El encanto irresistible e indomable de Tánger? No deja de ser cierto, pero, repito ¿para quién?» escribía en Paul Bowles, el recluso de Tánger.

Sin duda, la visión nostálgica de un lugar que ya no se reconoce ofrece descripciones poderosas. La Dakar de la infancia de Boubacar Boris Diop nada tiene ya que ver con la que ahora se enseña a los turistas. Reconvertida o demolida pierde a sus ojos esa pátina de sueño de un chaval. En El libro de los secretos nos la describe así: «Caótica. Trepidante. Imprevisible, como esos locos harapientos, hirsutos y azorados con quienes nos -cruzamos, -echándonos a un lado con temor y repugnancia, en los cruces de nuestras calles. Todos los olores reunidos. Gasolina. Humo de tubos de escape. Pescado frito y salsa de cacahuetes de los almuerzos de los oficinistas, obreros y artesanos de los alrededores». 

A veces los lugares que se han amado ya no existen. Las urbes también sucumben y se inmolan, sufren las consecuencias de conflictos bélicos hasta el punto de desdibujarse. La cosmopolita, hermosa y vibrante, la perla del océano Índico, Mogadiscio ha sido profanada hasta el punto de pensar que nos encontramos delante de otra ciudad. Nuruddin Farah transmite muy bien lo que es sentir la pérdida de puntos de referencia. En Nudos lo expone así: «Allí donde mira solo ve ruinas, casas sin techo, farolas con los cables arrancados, ventanas sin cristal; un Mogadiscio saqueado y destruido. A su alrededor, ve mujeres con chadores baratos, hombres con sarong y chanelas y las armas colgadas del hombro en bandolera. Llega a la conclusión de que la ciudad, por la idea que extrae a partir del encuentro con la mayor parte de sus habitantes, parece desposeída de su identidad cosmopolita y da la impresión de que en su lugar hubieran arraigado la zafiedad de los clanes, los hábitos desaliñados de los campesinos andrajosos».

En un mundo globalizado lo que une a las metrópolis africanas con las del resto del planeta aparece más concreto que nunca. Lo urbano se reconoce en cuanto se entra en contacto. Los seres que habitan estos espacios se vislumbran pronto utilizando, si no los mismos, parecidos códigos, las mismas tuberías subterráneas que engrasan las cartografías urbanas mundiales. 

El Accra de Taiye Selasi en Lejos de Ghana es un buen reflejo de lo anterior: «Hay los mismos grandes letreros verdes de autopista que se ven por todo el mundo, prueba indiscutible de «desarrollo», tal como ha oído usar la palabra, como si desarrollar un país equivaliera a convertirlo en un remedo de California: supermercados, todoterrenos familiares, palmeras, contaminación y demás. Niños con camisetas que exhiben enormes retratos de estrellas de rap se acercan correteando al taxi para pregonar su mercancía: manzanas importadas y meticulosamente alineadas, gomas de mascar PK, plátanos, diarios, esponjas de exfoliar, cerillas. Importados de China, de Sudáfrica, los productos llaman la atención por sus alegres colores primarios (…)».

Y, sin embargo, cada núcleo urbano destila su propia esencia, su propia composición acústica y sensitiva, lo que la hace única incluso en su fealdad. Frente a la despersonalización de sus señas de identidad, las urbes africanas ofrecen espacios como los mercados donde bulle la vida en toda su intensidad. A escasos metros del puerto de Luanda, emerge el mercado Roque Santeiro, donde se vende, se conversa y uno se pierde, tal es como lo describe Kalef Epalanga, con una mezcla de descubrimiento y sorpresa, en su novela musical También los blancos saben bailar. Verdaderos reductos donde se guardan las mejores esencias de esas tierras y a donde vuelve la memoria, sin remedio, a la búsqueda del tiempo perdido.

Ciudades africanas de todos y de nadie. En tránsito permanente. Tienen sus pulmones la capacidad de insuflar vida, a diestra y siniestra, al tiempo que contienen altas dosis de ferocidad que pueden llegar a desdibujar y anular los perfiles de quienes las transitan. Como crisálidas dispuestas siempre a la modificación, muchas empiezan a mostrar un cambio inminente fruto de una promesa de algo en lo que quizás se convertirán. Al tiempo.

Referencias*

Buchi Emecheta, Las delicias de la maternidad. Traducción Maya Vinuesa. Zanzíbar 2004, 336 págs. 

Theo Ananissoh, Antes Accra. Después Cotonú. Traducción Iballa López. En AA. VV., Doce relatos urbanos. Doce voces africanas. Baile del Sol 2019, 174 págs.

Hampaté Bâ, Njeddo Dewal, madre de la calamidad. Traducción Nuria Mireia Porta i Arnau.
Zanzíbar 2004, 236 págs.

Fiston Mujila, Tranvía 83. Traducción Rubén Martín Giráldez. Pepitas de Calabaza 2017,
224 págs.

Patrice Nganang, Tiempo de perro. Traducción Manuel Serrat Crespo. El Aleph 2010, 304 págs.

Alain Mabanckou, Vaso Roto. Traducción Mireia Porta i Arnau. Alpha Decay 2007, 169 págs.

Kossi Efoui, La polka. Traducción Núria Viver Barri. El Cobre 2004, 144 págs.

Mohamed Chukri, Paul Bowles, el recluso de Tánger. Traducción Rajae Boumediane El Metni. Cabaret Voltaire 2012, 216 págs.

Boubakar Boris Diop, El libro de los secretos. Traducción Wenceslao-Carlos Lozano. Almuzara 2015, 313 págs.

Nurudin Farah, Nudos. Traducción Eugenia Vázquez Nacarino. Siruela 2013, 468 págs.

Taiye Selasi, Lejos de Ghana. Traducción Rita da Costa. Salamandra 2014, 348 págs.

Kalef Epalanga, También los blancos saben bailar. Traducción Juan Cárdenas. Temas de Hoy 2020, 272 p.

*Los libros aparecen citados por orden de mención en el texto.