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Marruecos

Opinión

África: problemas y oportunidades

África

Decir que África es un continente particularmente inestable es una obviedad porque en buena parte está poblada por países que han alcanzado recientemente la independencia, que son institucionalmente muy débiles, que tienen poblaciones jóvenes y poco educadas, y que son muy dependientes de cambios climáticos y de alteraciones que no controlan en los precios de las materias primas. Como consecuencia, los Estados son débiles, cuando no son directamente fallidos como Somalia, las hambrunas son recurrentes en algunas zonas (la invasión rusa de Ucrania las aumentará pues impide la exportación de su importante producción de alimentos y fertilizantes), los desastres naturales se ceban en otras regiones, sus riquezas naturales son explotadas y en muchas ocasiones expoliadas por empresas del primer mundo y también de China (piensen en el cobalto del Congo), y las democracias son asaltadas con regularidad por golpes de Estado que imponen regímenes autoritarios.

Crece en África el terrorismo yihadista que se desplaza desde Oriente Medio hacia el Sahel occidental, algo que nos debe preocupar mucho por su inquietante vecindad, y que no es ajeno a la reciente ola de golpes de Estado en Mali, Burkina Faso y Guinea Conakry, alcanza también a Níger, Camerún y Nigeria, y amenaza a Costa de Marfil, Togo y Ghana, igual que ya ocurre en norte de Mozambique. Francia, con el apoyo de otros países europeos, como España, trata de combatirlo desde hace años con la operación Barkhane entre crecientes dificultades que la obligan a abandonar sus bases en Mali para trasladarlas a Níger, mientras llegan mercenarios rusos del grupo Wagner a Bamako. Se ve que los dictadores se entienden mejor con ellos. Disminuye así la tradicional influencia francesa en el continente, que junto al potencial nuclear y al derecho de veto en el Consejo de Seguridad son la base de influencia global de París, mientras crece en África la presencia de países como Rusia y Turquía, que buscan aumentar su influencia política y la venta de armas, y también aumenta la de China, interesada en materias primas e inversiones que ofrecen sobre las nuestras la ventaja de no molestar con cuestiones de buen gobierno, corrupción o derechos humanos. Y como consecuencia disminuye la influencia occidental. Lo muestra el hecho de que ningún país africano condene sin reparos la invasión rusa de Ucrania o se apunte al régimen de sanciones. Algunos como Sudáfrica comparan la invasión rusa de Ucrania con la de Irak por Estados Unidos, acusan a Occidente de doble rasero y dicen que la culpa de lo que ocurre la tiene la OTAN. Otros como Marruecos se ausentan de la Asamblea General de la ONU cuando iba a comenzar la votación de condena a Rusia para no tener que “retratarse”. Ven esa guerra como algo ajeno y no quieren enemistarse con Rusia.

Son países muy diferentes entre sí, pero que en general comparten serias carencias en los planos de la política y de la economía: ningún país africano tiene asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que es el principal órgano de gobernanza global, y tan sólo uno, Sudáfrica, es miembro del G-20 que reúne a las principales economías del planeta. Los medios de comunicación sólo parecen prestar atención al continente cuando ocurre alguna desgracia. Los países africanos muestran graves deficiencias en estructuras tan básicas como acceso la electricidad, que todavía no llega a 640 millones de hogares, agua y saneamiento, educación, sanidad, carreteras, teléfono... por no hablar de internet o wifi. Menos del 20% de la población africana está vacunada contra la COVID, aunque se debe reconocer que por imperfectas que sean las estadísticas continentales el número de fallecidos en África es reducido por razones aún no bien conocidas pero que en principio se asocian con la juventud relativa de la población, con los hábitos de la vida rural y con una posible mayor resistencia física a los virus que allí forman parte de la vida diaria pues no en vano si la diferencia en esperanza de vida entre la República Centroafricana y España es de unos 30 años (53 a 83)  se debe precisamente a los virus.

Frente a una Europa envejecida, donde la media de edad alcanzaba los 43,9 años en 2020 (en España era un año más, 44,9), en Nigeria sólo es de 18 años y eso es tanto una fuente de energía, de dinamismo y de creatividad, como de problemas para dar techo, comida y trabajo a una explosión demográfica que no muestra por ahora signos de ceder. Egipto tiene un millón más de habitantes cada año. La mortalidad disminuye con rapidez mientras las tasas de natalidad siguen muy altas en muchos países. Si en 1914 la población africana era de 134 millones (7% de la humanidad), un siglo más tarde es de 1.300 millones (diez veces más) con expectativas de llegar a casi 2.500 millones en 2050, lo que supondría el 25% de la humanidad. Según la ONU, África podría albergar al 40% (4.200 millones) de habitantes del mundo a fines del presente siglo. Y eso, unido a los problemas que plantea el calentamiento global con sus secuelas de desertificación y otros desastres naturales, auguran un importante aumento de las corrientes migratorias tanto intracontinentales como hacia el exterior. Eso significa descomunales procesos de urbanización (casas, comunicaciones, infraestructuras de todo tipo) dentro de África, e igualmente grandes oleadas de emigración hacia otras tierras.

Por todo ello nuestra vecina África será en los próximos años el continente donde se aunarán grandes problemas con grandes oportunidades.

Jorge Dezcallar

Embajador de España