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Opinión

Bloqueo completo en la elección del presidente de la República

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La quinta jornada de votaciones para elegir nuevo presidente/a de la República ha servido únicamente para una cosa: para medir el nivel de fragmentación de la clase política actual. Una vez más, la anomalía vuelve a imponerse. Una anomalía que realmente comenzó a ponerse de manifiesto el pasado jueves 27, cuando, llegado el primer momento de votación por mayoría simple (tras tres días de mayoría cualificada), ninguno de los grupos parlamentarios relevantes presentó un solo candidato. Con lo que se confirmaba lo que se venía viendo desde hacía días: en lugar de votar posibles candidatos y estos, al final, no lograr al final el “quorum” necesario de la asamblea de electores, directamente quedaban fuera de juego en encuentros entre los principales líderes.

Finalmente, este viernes Matteo Salvini, que posee el grupo parlamentario no más numeroso (le supera aún Cinque Stelle) pero sí el más compacto porque saben que su líder tiene muchas posibilidades de ganar las siguientes elecciones generales, se lanzó a poner un candidato y someterlo a votación. Y fue precisamente la persona más previsible: la veneciana Maria Elisabetta Alberti Casellati, actual presidenta del Senado y por ello tercera autoridad de la nación. Casellati no pertenece al partido de Salvini (la Liga), sino al de Berlusconi (Forza Italia), pero reunía, como hemos dicho en anteriores ocasiones, todos los requisitos para poder ser la primera mujer en acceder a la presidencia de la República: edad (75 años cumplidos en agosto pasado), amplia carrera parlamentaria (entró en la cámara baja ya en 1994 y sólo ha dejado el Parlamento para formar parte del Consejo Superior de la Magistratura), trayectoria intachable (no se le conoce ningún asunto de corrupción ni nada parecido), buena presencia y, como decimos, el ser mujer en un momento en que comienza a ser cada vez más anacrónico que en la tercera economía de la eurozona solo sean hombres los que ostentan tanto la jefatura del Estado como la del gobierno (ya van doce Presidentes de la República y hasta 31 presidentes del Consejo de Ministros todos hombres).

Casellati sabía, desde antes de comenzar la votación, que tenía pocas posibilidades de salir adelante, porque, fuera de la centroderecha (que contaba con 460 votos), nadie había anunciado que iba a apoyarla: ni siquiera Matteo Renzi, que con su casi medio centenar de votos podía haberla acercado mucho a la mayoría simple, establecida en 504 sufragios. Pero es que la realidad es que la política italiana se ha instalado en un escenario preelectoral, Renzi se ha percatado de que mientras el centroderecha tiene un líder fuerte (Salvini, porque las encuestas de Meloni dan la impresión de arrojar un grado de apoyo que no se corresponde con la realidad), el centroizquierda, en cambio, sigue teniendo un grave problema de liderazgo desde que él mismo dimitiera en marzo de 2018: su sucesor, Nicola Zingaretti, constituyó un auténtico fiasco y, tras dos años sin apenas presencia en los medios de comunicación, presentó su dimisión. Ahora el PD tiene como cabeza visible al exPrimer ministro Letta, que en la práctica es un Secretario General interino (“regente” se le llama) y quien no tiene pensado ser el candidato de su partido en las siguientes elecciones ni seguramente nadie se lo pedirá.

Pero, independientemente de lo que decidiera Renzi, y que Casellati sabía de esto desde hacía días, lo que ha demostrado la votación de este viernes es el grado de descomposición en que se encuentra su partido (Forza Italia). Porque una vez más han aparecido los célebres “francotiradores” (aquellos que votan en contra de su partido amparándose en el voto secreto), y lo peor para Casellati es que ha “superado” la “plusmarca” de Bersani en 2013: si a este uno de cada cuatro de los suyos se negó a votarle en su momento, en el caso de Casellati nos vamos a un tercio (casi 60 sobre cerca de 180). Porque lo cierto es que no da la impresión de que ninguno de Meloni ni de Salvini haya desobedecido la orden de votar a Casellati.

Con posterioridad ha habido una segunda votación este pasado viernes, pero para ese momento ya se había vuelto a abrir la negociación entre los tres partidos, con un Salvini que ha tenido que volver a ver a Draghi no sabe en concreto para qué, pero seguramente para que éste le pida personalmente al presidente saliente, Sergio Mattarella, que acepte un segundo mandato que en este caso sería temporal. Salvini, cuyas relaciones con Mattarella nunca han sido buenas, sabe que él único capaz de persuadir al veterano político y jurista siciliano es precisamente Draghi, quien comparte enorme sintonía con éste y que viene a ser el otro “independiente” en las principales magistraturas del Estado (recordemos que Mattarella es, a fin de cuentas, demócratacristiano, y que la Democracia Cristiana fue disuelta a comienzos del año 1993).

Fuera de Draghi y Mattarella, da la impresión de que solo hay una tercera carta por jugar, la de otro demócratacristiano, Casini. Tiene a su favor haber sido tanto ministro como presidente de cámara (lo fue en 2006-08 de la baja), la edad (68 años) y moverse en una posición de centralidad que le da la posibilidad de “pescar” en ambos caladeros (a derecha e izquierda). En su contra está la falta de prestigio dentro de la sociedad: aunque sin asuntos de corrupción a sus espaldas, es considerado el clásico “político de profesión”, en otras palabras, el que lleva toda una vida viviendo de la política. Por eso ya sabe que seguramente no le votará Cinque Stelle, que detesta la clase política anterior a su irrupción en política en 2009, y luego está el problema de la centroderecha, que se vería obligado a votar a alguien de centroizquierda cuando ellos tienen mayoría (más allá de los célebres francotiradores).

La elección de Casini aseguraría que todo siguiera como está: Draghi ejerciendo como primer ministro con una amplia “maggioranza” apoyando su Ejecutivo; y que la legislatura finalizara en tiempo previsto (marzo de 2023). Así que, ahora que la elección presidencial ha entrado en fase no sólo de votación por mayoría simple, sino también de dos votaciones diarias, seguramente lo que suceda es que Mattarella espere a que Casini (u otro/a) salga elegido y, de no serlo, no tener más remedio que hacer como Napolitano en 2013: aceptar un segundo mandato consecutivo a pesar de su avanzada edad (Napolitano tenía 88 años en ese momento por 80 de Mattarella).

En el fondo, nos encontramos ante una situación inédita, porque nunca antes se había tenido que elegir presidente de la República con un primer ministro no perteneciente a ningún partido, cuando la norma no escrita dice que el “premier”, que ostenta la “maggioranza” para gobernar, debe llevar la iniciativa a la hora de proponer un nuevo Jefe del Estado. Y es que, aunque lo parezca, lo que le está tocando vivir a Draghi no es lo mismo que le tocó vivir en 2013 al “altro Mario” (Monti, primer ministro entre noviembre de 2011 y abril de 2013). Porque Monti, como Draghi, encabezaba un gobierno de independientes (si bien en el de Monti no había políticos, a diferencia del de Draghi, donde hay hasta 15 políticos ostentando ministerios), pero, en el caso del economista de Varese (Monti), acababan de celebrarse elecciones generales; el PD de Pierluigi Bersani había vencido por la mínima; y fue éste quien debió proponer los nombres para Jefe del Estado, no logrando sacar adelante a ninguno de ellos y finalmente cayendo abatido por los famosos “francotiradores”.

Veremos qué sucede, pero el bochorno a cargo de los políticos está creciendo por momentos y de este fin de semana difícilmente pasarán sin haber elegido Jefe del Estado. Lo cierto es que, al menos de momento (porque debe recordarse que la otra candidata con fuerza, la diplomática Belloni, no ha sido sometida a votación, y podría ser quien asumiera el honor al que no ha podido acceder Casellati), se ha perdido una ocasión histórica para poner una mujer al frente de la presidencia de la República: claro que, si casi seis decenas de los tuyos no te votan, “apaga y vámonos”. Y eso es lo que le ha sucedido a una Casellati que aún no se cree lo sucedido. Pero lo cierto es que en este tema (la elección presidencial y los “francotiradores”), suena demasiado conocido: que se lo digan a Amintore Fanfani, mito de la DC, seis veces Primer Ministro y quien en 1971 se quedó con las ganas de ser el nuevo inquilino del Palacio del Quirinal precisamente porque una parte significativa de los suyos se negó a apoyarle, saliendo finalmente elegido Giovanni Leone.-Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es Profesor del Centro Universitario ESERP y autor del libro Historia de la Italia republicana, 1946-2021 (Madrid, Sílex Ediciones, 2021).