Opinión

Borrar a toda costa el recuerdo de Tiananmen

Tiananmen

Saber cuántas personas murieron el 4 de junio de 1989 en la Plaza de Tiananmen de Pekín es un imposible. Pudieron ser 200, 700, 1.500 o incluso más de 2.000, según los diferentes testimonios recogidos en su día por quienes estuvieron en la primera línea de fuego. Pero se ha convertido en un secreto de Estado guardado celosamente por las autoridades de China, de manera que se vaya diluyendo el recuerdo hacia los que en aquella jornada creyeron equivocadamente que se habían abierto las alamedas de la libertad.

Las jóvenes generaciones chinas desconocen la multitudinaria explosión popular y la implacable represión con que el régimen chino decidió arrancar de cuajo lo que consideró, seguramente con toda razón, la raíz de la posible destrucción de su sistema. Ni los libros de texto de los centros de enseñanza ni los archivos que se ofrecen al público en las más diversas instituciones albergan la menor referencia, antes bien quienes violen la prohibición expresa de contarlo se arriesgan a duras penas de prisión. En ningún lugar de China es posible, por lo tanto, encontrar recuerdo alguno de aquella masacre. Hasta ahora, el único rincón donde se recordaba a las víctimas era Hong Kong, cuyo parque Victoria se llenaba en esta efeméride de velas y canciones, en una vigilia celebrada ininterrumpidamente durante los últimos treinta años. El resto del año quién quisiera contemplar fotos, objetos, testimonios y recuerdos de aquellos días de 1989 podía acudir al pequeño Museo del 4 de Junio, un recinto de apenas cien metros cuadrados, erigido y mantenido por algunos de los que escaparon y se refugiaron en la isla. 

So pretexto de la pandemia del coronavirus esa tradición se ha interrumpido este año, y es más que probable que no vuelva a reanudarse. La Asamblea Nacional Popular de China ha aprobado una nueva ley de seguridad para Hong Kong, pasando por encima del propio parlamento de la antigua colonia británica. El texto suprime de hecho el sistema democrático de determinadas libertades que Hong Kong debería disfrutar durante los cincuenta años siguientes a 1997, fecha de la retrocesión a China de la colonia británica. Por lo tanto, los derechos de expresión y manifestación se unifican con los que ya gozan los 1.350 millones de chinos restantes, es decir más bien ninguno. 

La creciente irritación hacia Londres

La guerra fría en curso entre China y Estados Unidos es la excusa de Pekín para desplegar todo tipo de movimientos en pos de asegurar su seguridad. En virtud de tan sacrosanto principio Hong Kong no puede ser una piedra en el zapato, sea por la incompatibilidad de su sistema de libertades democráticas con el de partido único y líder eterno, sea porque sus más de siete millones de habitantes son apriorísticamente sospechosos de colaborar con el potencial enemigo exterior. 

El presidente chino, Xi Jinping, ya ha advertido a Reino Unido de que dé “un paso atrás en su interferencia” en los asuntos internos chinos, en referencia al ofrecimiento del primer ministro Boris Johnson de ofrecer la ciudadanía británica e incluso la residencia a los hongkoneses que no quieran ver socavados sus derechos y libertades, merced a la aplicación, presumiblemente violenta y sin contemplaciones, de esa nueva Ley de Seguridad Nacional. La extensión del “pasaporte británico de ultramar” a todos los habitantes de su antigua colonia ha irritado a Pekín, que por otra parte ha incluido por primera vez en su voluntad de reunificación con la isla de Taiwán la posibilidad de hacerlo por la fuerza. 

La concentración de varios miles de soldados chinos en las inmediaciones de Hong Kong, y las amenazas de los dirigentes de Pekín de darles la orden de que entren para “pacificar” posibles revueltas, ha sembrado el temor. Consulados y otras oficinas de representación internacional están recibiendo una avalancha de peticiones de información para marcharse de la isla, síntoma de que lo que barruntan sus habitantes no es precisamente la felicidad celestial. 

Tiananmen ya no será un recuerdo. Si su sometimiento se acelera, tal vez el de Hong Kong también se intente diluir en la nueva normalidad de China.