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Opinión

Cambios importantes en el liderazgo

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Mientras cada vez inquieta más la amenaza de conflictos muy graves – el primero entre Rusia y la OTAN ya iniciado –el liderazgo mundial está renovándose de manera casi podría decirse que galopante. En cuestión de horas dos de los países más importantes de Europa, el Reino Unido e Italia, estrenan Gobiernos de características bastante diferentes, uno de corte conservador ortodoxo y el otro de remembranzas fascistas disimuladas como no podría ser en una democracia firmemente institucionalizada. Ambos comparten dudas sobre su éxito e incluso sobre su duración.

Rishi Sunak en Londres y Giorgia Meloni en Roma acceden al poder en medio de fuertes crisis políticas y económicas en sus países. Ambos son recibidos con especial atención en la Unión Europea, sumida como es bien conocido en la incertidumbre el futuro que ha creado, primero la pandemia y ahora la agresión de Rusia contra Ucrania con los efectos negativos que está creando a toda la comunidad internacional. El Reino Unido sufre los efectos del Brexit y de los trepidantes cambios de gobiernos que siembran un desconcierto político sin precedente y en Italia se padece el descrédito de una política caracterizada por su inestabilidad crónica.

En Europa, además, los otros dos países con mayor influencia, Alemania y Francia, atraviesan también etapas de incertidumbre, bien es verdad que de diferente calibre: más profundos en Alemania tras el acceso a la Cancillería del socialdemócrata Olaf Scholz (quien todavía no ha  conseguido librarse del recuerdo que dejó en herencia su predecesora Angela Merkel), y en Francia, los derivados de unas elecciones que reeligieron al presidente Emmanuel Macron, aunque con menos apoyos que le obligan a  cambios como lo revela la personalidad y la actuación inicial de la nueva primera ministra, Elisabeth Borne.

La sombra amenazadora de Vladimir Putin, quien encaramado en el Kremlin se ha convertido en una amenaza para la paz internacional como está demostrando, coincide con la exaltación en China de Xi Jinping con sus poderes reforzados y las dudas que despierta su convicción de que efectivamente  tiene en sus manos una de las dos grandes superpotencias y anticipa que como principal objetivo para pasar a la historia tiene la recuperación de la isla de Taiwán, lo cual no es necesario añadir que sería abrir unas hostilidades que darían al traste con la frágil convivencia que  empieza a transformarse en una Segunda Guerra Fría.

Entre tanto, en los Estados Unidos que, por supuesto no renuncian a ser los gendarmes de la paz que a menudo ellos también alteran, se está desenvolviendo sin pena ni gloria la campaña para las elecciones intermedias que se celebrarán el ocho de noviembre, las perspectivas ante el inminente futuro no son menos confusas. La crisis ha azotado muy fuerte estos últimos tiempos a la economía y el presidente, Joe Biden, cuya imagen salió tan deteriorada del abandono de Afganistán y apenas recuperó en su respuesta clara a Rusia en defensa de Ucrania, se teme que salga mal parado.

Los pronósticos expresados en miles de encuestas anticipan que, si bien puede mantener el empate en el Senado, los puestos a relevar dependen más de los estados, se teme que pierda la mayoría de la Cámara de Representantes, que se renueva por completo y que es fundamental para mantener sus proyectos en unos momentos tan difíciles y, por supuesto, las posibilidades ante la reelección a la que asegura aspirar en las presidenciales de dentro de dos años.  

Tampoco es desdeñable a la hora de analizar el panorama internacional el resultado de las elecciones brasileñas que se celebrarán este fin de semana. El empate técnico que auguran las encuestas entre los dos candidatos tan opuestos como el izquierdista Lula da Silva y el ultraderechista Jair Bolsonaro incrementa el interés y no sólo por la importancia que tiene Brasil como principal potencia latinoamericana sin olvidar algo tan importante como es la conservación  de la Selva del Amazonas, fundamental en la defensa del cambio climático, la victoria de Lula, a pesar de ser un político moderado como demostró en su primer mandato, supondrá que prácticamente todo el continente quede en manos de la izquierda, en algunos casos  revolucionaria.