Opinión

COVID 19: una crisis de consecuencias imprevisibles

EEUU vs CHINA

Han pasado algo más de dos semanas desde la publicación de nuestra primera valoración de la crisis de la COVID-19 y sus posibles consecuencias. Si algo caracteriza esta situación es la imprevisibilidad y la dificultad para establecer no ya un escenario a futuro, sino en cierto modo incluso para enmarcar y entender el presente. A lo largo de la historia, la humanidad ha sufrido numerosas pandemias, y todas ellas han tenido como consecuencia, más allá del coste en vidas humanas y las implicaciones sanitarias, un impacto tanto en la forma de vida como en la economía y, como consecuencia de esto último, en el equilibrio global. Lo paradójico es que no todo son efectos negativos, pues este tipo de situaciones, al igual que los conflictos bélicos, llevan aparejados avances de toda condición, fruto de la necesidad de buscar formas de vencer al enemigo (ya sea un virus o un ejército) y de paliar las secuelas de la lucha. Y es una obviedad afirmar que en este tipo se situaciones siempre hay quien sale más perjudicado y quien consigue sacar provecho. 

La COVID-19 llegó a un mundo dominado por la globalización, con una potencia dominante clara en plena confrontación con otra que buscaba cuanto menos ponerse a la altura de su rival. Y con otros dos actores periféricos inmersos, uno, en la búsqueda de su propio camino hacia el poder o la importancia que en su día tuvo, y otro, tratando de reforzar sus costuras después de un desgarro duro y doloroso. Seguro que el lector será capaz de poner nombre a cada uno de esos cuatro actores.

Como ya se refirió en el artículo anterior, la determinación del origen del virus es un tema espinoso, difícil y complicado y, probablemente, algo que jamás sabremos. Entre otras cosas, por las implicaciones que tendría reconocer que su procedencia no fuera completamente responsabilidad de la naturaleza. Ni siquiera en ese hipotético caso, los más afectados por su dispersión se atreverían a reconocerlo. Y si así fuera, poco importa que su liberación hubiera sido algo premeditado o accidental. Pero este asunto, en el punto en que nos encontramos, es casi que el menos importante. Lo que cuenta es que ya está aquí, los efectos que está provocando y los que va a provocar.

Es interesante, para enmarcar la situación y llevarnos al planteamiento de los posibles escenarios que habremos de enfrentar, realizar una relación de hechos objetivos: El virus causante de la COVID-19 tiene su origen en China, concretamente en la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan. La población de dicha provincia es de algo más de 60 millones de habitantes. China, durante las últimas dos décadas ha sido asimismo el origen de virus similares como el SARS.

En dicha ciudad se encuentra uno de los laboratorios con el nivel más alto de bioseguridad del mundo. Su origen se remonta a 2017 y, con su creación, China conseguía convertirse en uno de los países con capacidad para la investigación y empleo de la tecnología necesaria para combatir virus como el Ébola. No obstante, diversos científicos mostraron sus reticencias hacia dicha instalación, la cual trabaja, (algo normal por otro lado), bajo un gran secretismo. La revista Nature llegó a señalar el riesgo de que gérmenes letales escapasen de esa instalación.

Laboratorio de Wuhan

Cuando el virus comenzó a diseminarse, la reacción de China ante el avance de la enfermedad, o al menos su aceptación ante la comunidad internacional de que algo grave estaba sucediendo, fue tardía. Esta opacidad, algo habitual en el régimen chino, no solo fue una irresponsabilidad, sino que solo sirvió y sirve para dar pábulo a todo tipo de especulaciones por descabelladas que sean. Y, precisamente en los últimos días, las teorías más inculpatorias están tomando gran auge, lo cual no deja de ser aventurado, como se expondrá más adelante.

Este hecho provocó que su rival, Estados Unidos, con el que se encontraba en una implacable lucha económica y tecnológica, aprovechara la ocasión para desacreditar al país asiático, desencadenando una campaña de información muy dura en contra del régimen. Por si aún hay quien no se ha dado cuenta, estábamos asistiendo ya a lo que se denomina un “conflicto en la zona gris”, que, en ese momento, se libraba en el plano económico y en el dominio cognitivo. Recordemos la famosa doctrina Gerasimov ya tratada en otras ocasiones en esta publicación. Dicha doctrina se basa en parte en lo expuesto por Sliptjenko en 1999 en su teoría sobre la “Guerra de Sexta Generación”. De acuerdo con esta, los conflictos enmarcados en esta nueva modalidad tienen tres objetivos principales:

  • La derrota militar del enemigo en su propio territorio.
  • La destrucción de su actividad económica y su potencial industrial.
  • Subvertir o cambiar el sistema político del oponente.

 

Pero es importante señalar que para la consecución de la victoria no es necesario alcanzar esos tres objetivos. En este nuevo tipo de conflicto la guerra no se detiene, simplemente se desencadena y evoluciona de un modo continuo desde la fase de preparación, variando en intensidad y modificando progresivamente su centro de gravedad. El estado final deseado es una sociedad debilitada, desestabilizada y aislada.

Gerasimov, basándose en Slipjenko, plantea en su doctrina el escenario de un estado permanente de guerra como algo consustancial a la existencia de las naciones. La denomina “guerra existencial”, y esto significa que los objetivos de la guerra ya no son la conquista física de un territorio. La estrategia ya no consiste en la destrucción, intimidación o aniquilación. Por ello, el uso de la fuerza militar directa ya no es el método más importante. La estrategia se transforma en el uso de otros métodos indirectos cuyo objetivo es crear un “caos organizado”. Todo ello nos lleva a otro concepto como es “la guerra cultural”, que no consiste sino en crear corrientes de influencia política, económica y cultural. Para ello se necesitan medios o vías que proporcionen influencia directa sobre las figuras o estamentos del oponente escogidas como objetivo (políticos, grupos de influencia, mandos militares, sectores de población…), con el fin de llegar a provocar un colapso interno, o al menos una situación de inestabilidad. En resumen, esta “guerra de bajo contacto” se interpreta como una forma de “hacer la guerra” usando elementos técnicos, actores y métodos que reduzcan al mínimo posible el enfrentamiento directo. Por tanto, en enfrentamiento contra un oponente debe entenderse como una guerra total y continua con varios grados de intensidad siguiendo varias líneas de operaciones simultaneas en los diferentes dominios, bien sea de forma simultánea o sucesiva. Una vez hecho este inciso, sigamos con la relación de sucesos. 

Al mismo tiempo que la campaña contra el retraso en la reacción y la falta de transparencia de China se recrudecía, los efectos de la COVID-19 en la economía del país comenzaron a hacerse notar. Las estrictas medidas de confinamiento y la paralización en parte de la producción industrial comenzaron a revelar sus negativas consecuencias. Pero esas consecuencias económicas se reflejaron en Europa principalmente y en EEUU de un modo inesperado. El tejido industrial y tecnológico comenzó a sufrir por el desabastecimiento de componentes fabricados en el país asiático. Incluso antes de recibir el azote de la pandemia, Occidente recibió el primer golpe económico, llegando incluso a reducir o paralizar la producción en diversos sectores. El 23 de enero, China anunció la construcción de un hospital para atender a las víctimas de la COVID-19 y, en un alarde de capacidad, con la consiguiente propaganda y con imágenes impactantes cuidadosamente suministradas, mostró su obra finalizada el día 3 de febrero. Sin duda, un logro admirable. En resumen, en este punto, la foto fija de los hechos era la siguiente:

  • China: Conteniendo la enfermedad; haciendo acopio de material sanitario; contrarrestando la campaña en su contra.
  • Unión Europea: Sumida en cierto desconcierto; sin datos precisos sobre la COVID-19, empezando a sufrir los efectos en el sistema sanitario de alguno de sus miembros, con su industria afectada por el desabastecimiento.
  • EEUU: Tratando de sacar rédito de la situación en China.
  • Rusia: En parte al margen y a la espera de acontecimientos.

 

Y es aquí cuando se produce un giro en los acontecimientos. Al mismo tiempo que comenzaba la expansión del virus en Europa, y con la industria europea sufriendo las consecuencias del desabastecimiento de componentes procedentes del país asiático, se inició el cambio en la actitud china hacia el problema. Su política de comunicación dio un vuelco de 180º y comenzó a “vender” su reacción ante la enfermedad, anunciando sus estrictas medidas de confinamiento, de control de la población y, por supuesto, con el estandarte del hospital construido en diez días por bandera. Y con ese estado de las cosas, y con el avance de la enfermedad, declarada oficialmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) pandemia mundial el 11 de marzo, diversos países de la UE se deslizaron peligrosamente hacia el colapso y no solo de sus sistemas sanitarios. Italia, España, Francia, Portugal y Reino Unido, uno tras otro entraron en una espiral diabólica de expansión exponencial de la enfermedad, saturación de los servicios sanitarios, escasez de suministros y equipamiento, y viéndose forzados a tomar medidas tan drásticas como las adoptadas en China.

Envío de ayuda humanitaria

Ante esta situación, lejos de actuar de forma unida y coordinada, la imagen dada por la UE fue la de “sálvese quien pueda” en lo que se refiere a la adquisición de material sanitario, probablemente fruto del pánico de los respectivos gobiernos a no poder actuar adecuadamente por la falta del mismo. Este perfil quedó agravado con la negativa de algunos países a poner en marcha la iniciativa de los llamados “coronabonos” para paliar, en parte, las consecuencias económicas de la enfermedad. Las acciones de algunos países y las discusiones respecto a las medidas económicas es algo que en un futuro no muy lejano serán recordadas, y no es sino otro elemento que socava los cimientos de la UE.

Es en este momento cuando China, que ya comenzaba a salir de su particular crisis de la COVID19, aparece como salvadora o benefactora de Europa, enviando equipos médicos a Italia y toneladas de material sanitario a diferentes países. Este apoyo podría enmarcarse en la campaña de imagen del país asiático para lavar su reacción inicial ante la enfermedad, y como parte de su estrategia para posicionarse ante la Unión Europea como un socio o aliado fiable. 

Es interesante no pasar por alto como Rusia hizo acto de presencia en el escenario, “prestando ayuda” no solo a países de su órbita como Serbia, sino también a Italia. La imagen de vehículos militares rusos exhibiendo su bandera por las calles de Roma fue, cuanto menos, impactante. Y todo ello en paralelo a la tímida respuesta no solo de la UE para ayudar a sus socios más necesitados, sino de la propia OTAN, que tras la petición de ayuda de España solo fue correspondida por un número minoritario de sus socios.

Pero los siguientes pasos de China han sido muy sutiles, tanto que casi han pasado desapercibidos. Por un lado, se ha pasado del envío de ayuda a la venta pura y dura. La mayor parte del material sanitario que se necesita se produce en el país origen de la pandemia. Y en palabras de algunos mandatarios y ministros, dicho suministro se ha convertido en un “mercado persa”. Es decir, son empresas chinas las que están obteniendo pingues beneficios de la necesidad suscitada por la enfermedad.

Por otro, un movimiento poco difundido pero interesante, ha sido la compra masiva de petróleo. Es cierto que antes de la crisis el precio del crudo se encontraba en mínimos casi históricos. Pero las medidas de confinamiento y paralización de las economías europeas han significado una disminución de la demanda que ha desplomado aún más los precios. Y solo entre enero y febrero China ha comprado más de 150 millones de barriles, siendo su objetivo alcanzar unas reservas de más de mil millones barriles, lo que supondría una autonomía de unos 85 días, de lejos mucho más de la que dispone actualmente EEUU. 

Y, por último, tenemos el papel del cuarto en discordia: EEUU. EEUU ha pasado de liderar la campaña inicial contra China con motivo de la expansión de la COVID-19, sintiéndose en cierto modo a salvo de la misma, a ser duramente golpeado por esta, provocando un deterioro en su economía de consecuencias aún imprevisibles, y una tragedia humana de proporciones mucho mayores de las que enfrenta Europa. Esto ha tenido como consecuencia la desactivación de EEUU como actor con capacidad de influencia en Europa, desde que su máxima prioridad es solventar su problema interno. Visto así el escenario actual, las conclusiones son poco tranquilizadoras.

En primer lugar, es importante aproximarse a estas teniendo en mente el breve recordatorio sobre la “Doctrina Gerasimov” y la “Guerra de sexta Generación”. La consecuencia más evidente es que la economía que más está sufriendo y más va a sufrir a causa de la expansión de la COVID-19 es la de la zona euro, seguida de la de EEUU. La UE, como consecuencia de la deslocalización, es hoy en día totalmente dependiente de China.
La respuesta de la UE ante las peticiones de ayuda de alguno de sus miembros y las posiciones de otros no ha hecho sino minar la confianza en la institución, y a medio plazo afectará negativamente a una UE que acaba de sufrir el golpe del Brexit. La idea que está calando y que forma parte de la campaña de información desatada es que los países con regímenes más autoritarios han actuado más eficientemente en la lucha contra la enfermedad.

Parlamento Europeo

En paralelo a lo anterior, poco a poco y semana tras semana, va calando en nuestras sociedades liberales y demócratas la necesidad de medidas de control. Medidas cada vez más duras, y muchas de las cuales hace solo unos meses habrían parecido inconcebibles y su solo planteamiento habría dado lugar cuando menos a protestas airadas. No es que dichas medidas no sean necesarias, pero poco a poco se van interiorizando. Y de ahí a lo siguiente hay un solo paso, porque si se usa para controlar a los contagiados de la COVID-19, ¿por qué no usarlo para otras enfermedades contagiosas? ¿O para personas con antecedentes violentos? Por poner un ejemplo. ¿Dónde está el límite? Sin apenas darnos cuenta, estamos adoptando medidas propias de esos regímenes autoritarios que antes denostábamos, pero que “han sido más eficaces en el control de la pandemia”.

En el plano internacional, hay un aspecto también muy interesante. Es de sobra conocido el aumento del interés de China por el continente africano y su creciente presencia en el mismo. La aparición del virus está teniendo un primer efecto, que es la retirada de tropas de la UE de dicho continente y la suspensión de las misiones que allí se llevaban a cabo. Esto puede ser visto por los países en los que se actuaba como un abandono a su suerte. Una segunda consecuencia, en caso de expansión descontrolada de la enfermedad, puede ser un aumento de la presión migratoria hacia la UE. Es decir, otro factor de desestabilización en Europa, al tiempo que se deja el campo expedito al país asiático en África, donde puede erigirse, como lo hizo en Europa a comienzos de la crisis, en salvador y benefactor.

Para terminar, la consecuencia más inquietante es la deriva tomada en la última semana por EEUU y seguida por Francia y Reino Unido de acusar directamente a China de provocar la pandemia desde el conocido laboratorio de Wuhan. Sendas naciones han anunciado que pedirán explicaciones al régimen chino, dando a entender que el origen del virus causante de la COVID-19 se encuentra en dichas instalaciones, acusaciones respaldadas por diversas investigaciones periodísticas. Esta estrategia puede obedecer a la necesidad de buscar un responsable, un enemigo común al que culpar del mal que se está sufriendo, dirigiendo la atención del gran público hacia ese enemigo y así lograr hacer frente común para evadir los problemas internos y las propias responsabilidades. ¿Estamos ante el inicio de otra campaña de información? Es muy probable. Pero seguir esa dirección entraña un riesgo. La reacción del acusado en estos casos puede ser impredecible y, si no se miden bien las consecuencias, la posibilidad de un devenir de tipo bélico a pequeña o mediana escala no es descartable, lo que, por otro lado, y aunque parezca un sin sentido, sería una forma de reactivar y reinventar el sistema económico y de volver a colocar todas las piezas en el tablero.

No obviemos entonces las nuevas teorías de los conflictos ya expuestas. Originado espontáneamente por la naturaleza, o por la mano del hombre, el coronavirus ha sido el catalizador que ha acelerado el enfrentamiento entre aquellas potencias que aspiran al control hegemónico en el mundo, que no es otro que el control económico. Todas han tratado de aprovecharlo, y el futuro no puede ser más incierto. No dejamos de oír que después de la pandemia nuestra vida cotidiana y nuestra forma de relacionarnos no será la misma, pero casi más importante es el efecto que tendrá en el balance de poder mundial.