Opinión

De Detroit a Minneapolis, pasando por el búnker de Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

Estados Unidos es un país enormemente complejo. Su complejidad es muy difícil de entender para los europeos, por mucho que creamos lo contrario, y lo es pese a que su gestación, su fundación y su desarrollo fue llevada a cabo por emigrantes europeos llegados durante siglos desde el otro lado del Océano. Es la razón fundamental por la que nadie a este lado entiende hoy que, en un momento de devastación sanitaria y económica, cuando la incidencia de un peligroso virus ha dejado más de cien mil fallecidos allí, sea el menor de sus problemas. Desde que el cuello de George Floyd fuera estrangulado por la rodilla del el agente Derek Chauvin en Minneapolis, una ola de disturbios ha sacudido el país, mezclando la comprensible y necesaria protesta de la población negra contra los abusos policiales con la aparición de grupos radicales que tratan de capitalizar la violencia y tomar las calles. 

El país más poderoso del mundo está en serias dificultades por una triple amenaza. La pandemia que sigue sin control en muchos estados; la crisis económica brutal que lleva a cuarenta millones de personas a solicitar la prestación por desempleo; y ahora la violencia social que provoca el toque de queda en las cien ciudades más importantes, admiradas en todo el mundo por su civismo, su organización como colectividad y su respeto a la libertad y los derechos. 

Hay un racismo "sistémico" en EEUU, y lo hay en núcleos importantes de la policía de algunas ciudades. Minneapolis no es una excepción. Cada cierto tiempo salta la espita de una olla que hierve a altísima temperatura, y entonces es imposible parar la erupción, ni siquiera con la Guardia Nacional o el ejército salvo que éste dispare a matar a decenas de miles de manifestantes. Ese comportamiento supremacista no es generalizado, pero lo sienten incluso compatriotas nuestros, españoles que viven en el país más poderoso del mundo y sienten un rechazo visceral en muchos de sus vecinos al ser identificados como “latinos”, una tipología que muchas clases sociales norteamericanas repudian pese a la inmensa aportación que realiza a diario con su trabajo y su integración. 

Lo ocurrido en Minneapolis, una vez más, nos remite al cine y a la historia. La directora Kathryn Bigelow estrenó en el verano de 2017 su película Detroit, basada en los gravísimos hechos que sucedieron en la industrial ciudad del estado de Michigan. Una redada policial realizada cincuenta años antes en el motel Algiers había sido el origen de la revuelta racial, al entender la población negra la actuación de los agentes como un abuso violento de poder. Los altercados duraron varios días y terminaron con casi medio centenar de afroamericanos muertos por golpes y balas de los cuerpos policiales. El detonante de Detroit-1967 ni mucho menos fue tan grave como el que ha originado Minneapolis-2020: los agentes creyeron que alguien les había intentado disparar desde una ventana, y se llevó a cabo el registro plagado de torturas y malos tratos como detalla Bigelow en su película. Los policías creían firmemente que el motel era un nido de marginales problemáticos y que cualquier forma de tenerlos a raya estaría justificada. Como Chauvin y su rodilla. La gravedad del homicidio registrado en la urbe más poblada de Minnesota, la Minnesota de los Coen y de Sinclair Lewis, no es comparable a ese nimio incidente que fue el origen de la revuelta de 1967, además de que la rodilla del policía ha tenido como sustancia acelerante la caída en el paro y marginación provocada por la pandemia. 

La respuesta del presidente Donald Trump ha sido declarar como organización terrorista a algo muy etéreo como Antifa y a la extrema izquierda del país. Como Alana Moceri ha explicado en el programa Atalayar de Capital Radio, Antifa no es un grupo organizado sino una red de activistas que se cuidan mucho de dejar rastro de sus convocatorias o sus integrantes, y que bajo el manto de su radicalismo antifascista (muchos piensan que el peor fascismo es el de los antifascistas) contribuyen a crear ese ambiente de caos en el que más tarde los delincuentes aprovechan para perpetrar saqueos y agresiones a ciudadanos inocentes. Con la simbólica huida al búnker en la noche del viernes, Trump ha sembrado la duda sobre el poderío de su administración, y todo dependerá de cómo en las próximas noches pueda controlar la situación en las calles.