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Opinión

España/Marruecos: el epicentro de la crisis

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Los gobiernos de los países socios o aliados de España y Marruecos siguen sorprendidos por la persistencia de la crisis bilateral entre Madrid y Rabat. Los servicios de inteligencia y los observadores internacionales no consiguen discernir la raíz del desencuentro entre ambos países que adquiere síntomas de enquistamiento pertinaz. Sólo los dos protagonistas principales, el presidente español Pedro Sánchez y el rey marroquí Mohamed VI, conocen las causas profundas y saben dónde se sitúa el epicentro de la crisis.

Resultan llamativos los esfuerzos del ministro de Exteriores español, José Manuel Albares, que no pierde ocasión para rogar al gobierno marroquí poner fin a la crisis, enviar la embajadora Karima Benyaich de vuelta a Madrid, encontrarse oficialmente con su homólogo Nacer Burita, y pasar página. Todo ello en vano.

Los gestos por parte hispana cargados de simbolismo y de buenas intenciones, como los del rey Felipe VI que visitó el stand marroquí en la Feria de Turismo en Madrid acompañado por la reina Letizia, amén de las repetidas frases del presidente Sánchez sobre “las relaciones históricas”, “la buena vecindad”, “la alianza estratégica” y otros etcéteras, tampoco han servido para mucho. La crisis persiste.

Para intentar entender lo que esconde el cabreo bilateral, con grandes dosis de cólera e indignación por ambas partes, hay que remontarse al mes de agosto pasado, cuando con motivo de la Fiesta de la Revolución del Rey y del Pueblo, que conmemora la insurgencia nacionalista contra la deportación a Madagascar del Sultán Mohamed V por las Autoridades coloniales francesas, el rey Mohamed VI en su discurso proclamó solemnemente su intención de “inaugurar una etapa inédita” en las relaciones entre Marruecos y España, que se debe basar, dijo el monarca,  “en la confianza, la transparencia, la consideración mutua y el respeto a los compromisos”.

Después de estas palabras, todos esperaban que la crisis se resolviese o al menos se encauzase, y que se volviera a la normal. Y no fue así. ¿Qué ha ocurrido en estos cinco meses pasados desde el discurso de Mohamed VI?

La declaración del soberano alauí contiene al menos dos puntos que hay que señalar. El primero, el anuncio de que Marruecos y España estaban llamados a inaugurar “una etapa inédita” en sus relaciones; es decir, nunca vista anteriormente en la historia bilateral; una etapa que sorprendería a todos, y que prometía grandes proyectos conjuntos. Pero para que esa “nueva era” entrase en vigor, era fundamental el segundo punto: que se “respetasen los compromisos”. 

¿A qué compromisos se refería el rey marroquí? ¿Quién se había comprometido, y a qué?  Esos compromisos, ¿afectaban sólo a la parte española, o eran de los dos? Desde entonces, ni el monarca alauí ni el presidente español han dado ninguna pista para elucidar este asunto.

Hay algunos diplomáticos, sobre todo por la parte marroquí, que piensan que existió en efecto un compromiso por parte de España de hacer algo, que después no se ha hecho. Cuando Mohamed VI habló de “etapa inédita” no era un ofrecimiento lo que estaba haciendo, sino la respuesta a una propuesta o declaración de intenciones española. Si esos compromisos no se han respetado, dicen, no hay razón para dar por concluida la crisis.

Los conocedores de la idiosincrasia alauí piensan que el Rey marroquí no habría empleado los términos que utilizó en su discurso, si no hubiese recibido por parte española la promesa de que se iba a hacer algo, que, por otra parte, sólo puede tener relación con la descolonización del Sahara. Y esa promesa sólo podía venir del presidente español, que es quien tiene el poder de cumplirla. Ni el ministro de Exteriores, ni el jefe de la Oposición, ni siquiera el rey Felipe VI, pueden hacer una promesa que sólo puede cumplir el presidente del gobierno dadas sus prerrogativas constitucionales.

Esta interpretación de como la crisis ha continuado a pesar de la mano tendida del rey marroquí, permite suponer que Rabat estaba seguro de tener por parte española un acuerdo firme de lanzar una iniciativa, que después no se ha concretado. El soberano marroquí no puede hablar de algo “inédito” sin tener una base sólida para ello, porque compromete el prestigio de la institución y el suyo propio.

De la hipotética promesa española, solo hay especulaciones. Está claro que, si la hubo, solo puede venir del presidente del gobierno Pedro Sánchez en persona. El rey marroquí no otorga confianza a las promesas de ningún subordinado.

En la historia de Marruecos en el último siglo, los sultanes y reyes marroquíes sólo firman acuerdos con Reyes y jefes de Estado.  Con España, también. Mohamed V y Hassan II tuvieron como interlocutor al jefe del Estado español, el general Franco. Tras la muerte de éste, Hassan II aceptó al presidente del gobierno español Felipe González, y en parte a su sucesor José María Aznar, como interlocutores directos con la aquiescencia del rey Juan Carlos. Fue la excepción a la regla: el rey de Marruecos sólo trataba en directo con los presidentes de Francia y Estados Unidos, y en un plano más colateral con los jefes de gobierno de Italia, Gran Bretaña y Alemania.

Sólo hay dos posibles promesas por parte española capaces de alentar a Mohamed VI para hablar de “etapa inédita” con España: el compromiso personal de Pedro Sánchez de declarar que “la propuesta marroquí de autonomía regional para el Sahara, debe constituir la base de las negociaciones políticas”;  o una Declaración oficial del Gobierno español dando por válidos y legales los Acuerdos de Madrid firmados entre España, Mauritania y Marruecos, sobre la cesión de la Administración de las provincias españolas del Sahara Occidental a los dos países norteafricanos. En ambos casos, la autonomía como base de negociación y la legalidad de los Acuerdos de Madrid, se viene a reconocer de facto la soberanía de Marruecos sobre el territorio.

Mientras el presidente del Gobierno Pedro Sánchez no asuma esta responsabilidad, la crisis permanecerá abierta. La mediación de Estados Unidos, que deja entender el ministro Albares, sería inútil en este caso. Si hubo compromiso personal del presidente Sánchez al rey Mohamed VI, y alguien impidió llevarlo a la práctica, es muy probable que el soberano alauita lo tomase al pie de la letra, y al no concretarse, congeló de nuevo las relaciones institucionales, que se encuentran en un punto muy bajo.