Opinión

Había una vez, un circo…

Circo

Mucha gente piensa que como los circos, al ser mayoritariamente espectáculos dirigidos a los más pequeños, no hace falta que sean empresas bien engrasadas, preparadas, serias y formales; que, al no existir una gran capacidad de discernimiento entre su mejor y más numeroso público, todo fallo puede ser fácilmente aceptado, tapado, se puede dejar de lado o pasar por alto.   

Pensamiento erróneo donde los haya, porque todo circo que se precie de ello, debe ser constituido sobre el conocimiento, la profesionalidad, la preparación, el ensayo, el orden y la autoridad. Autoridad, que normalmente la ejerce y emana de ese al que se le denomina jefe de pista, quien constituye el centro y el foco de atención y que, generalmente, con su voz fuerte y enérgica anima al público, les atrae y embauca hacia la siguiente actuación a la vez que controla los movimientos y tiempos de sus comediantes, artistas o animales en la pista y de los que están preparados y dispuestos para entrar e intervenir en ella, así como de toda su parafernalia, fanfarrias y atrezo. 

Ni que decir tiene, que el problema se multiplica si el circo tiene en acción simultanea dos o más pistas; la complicación se agranda y para paliarlo se precisa de unos asistentes, quienes, como segundos al mando, tras los previos y tácitos acuerdos, coordinan con el jefe aunque solo sea por la vista, los números y los tiempos de tal modo y manera, que sea aquél quien lleve y mantenga la atención del público de una pista a otra, según la importancia o aparatosidad del número presentado en cada momento, compruebe su armonía, contemple los tiempos y la oportunidad del cada evento; sin que nadie, por su propia cuenta, se erija inesperadamente en el centro o el foco de la atención casi nunca, y menos cuando no le corresponda. 

Un circo, además, lleva tras sus grandes y vistosos cortinajes, un gran aparato de logística, desarrollo, propaganda y económico que mueve los necesarios hilos para que todo esté a punto en el lugar preciso según un plan, un programa de eventos y unos detallados y afinados presupuestos, que deben ser trazados con antelación para cumplir y cubrir los objetivos sin que el prestigio y la popularidad del mismo decaída a cotas insalvables, porque ello supondría su ruina o desaparición. 

Pues bien, valga este ejemplo simplificado, como la imagen y el sustento de lo que debe ser un gobierno. Un gobierno que lo tenga todo estudiado, calculado, presupuestado y engranado; que sepa reaccionar ante cualquier imprevisto y que funcione como un reloj suizo debido a su preparación, experiencia y, sobre todo, porque su ‘jefe de pista’ sea un hombre diestro, bragado, empático, humilde, que conoce bien su oficio y que con buenas dosis de liderazgo dirige a todos en cada momento sin dejar que, como en un cajón de grillos, cada uno vaya por su lado, ocupe el espacio o el número de otro, o actúe a su aire porque busca su personal brillo, así le plazca o le venga en gana.

Si decidimos asistir a un circo que no cumple para nada su programa, que hace todo lo contrario de lo que anuncia y proclama, mal acabaremos. Si nada más empezar la función, vemos que los números no salen a escena cuando se les llama, se dilata su aparición y cuando por fin aparecen se les nota que no tienen ni idea de lo que deberían hacer, no van vestidos para la ocasión, cambian sus papeles, se pisan el reparto y llevan hasta cambiados sus disfraces y el atrezo, empieza a surgir entre el público un tremendo murmullo, que suele acabar en una gran protesta, cierto pataleo y mucha confusión.

Si se nos anuncia una cosa y aparece otra, como si los enanos hacen el trabajo de los domadores de fieras, los payasos se convierten en equilibristas, los gigantes en enanos y los domadores en ilusionistas, el desconcierto es muy grande. Cuando vemos que el jefe de pista habla en demasía creando falsas ilusiones y expectativas de algo que nunca llega a ponerse en escena o, por contario, está afónico, no puede o no quiere hablar, no anuncia nada que nos atraiga o convenza y sus ayudantes hablan más claro que él, atrayendo cada uno la atención de su sector sin orden ni concierto o cuando tras sus chillonas proclamas se aprecia que lo que anuncian no es lo que sale en su pista, sino en la de al lado mucho más tarde o por anticipado, el total desastre está servido y preparado. 

Para completar esta triste situación, solo resta añadir que, si cada espectador se encuentra que la silla en la que le han acomodado no es la marcada en su ticket, que el costo de la entrada ha subido en el último momento y que las chuches que iban incluidas en el precio de las butacas no son ni chuches ni nada, salvo preciosos envoltorios vacíos o llenos de serrín, aunque con mucha parafernalia, la gente se rebela y protesta con razón por tanta patochada.

Aunque parezca mentira, a día de hoy, entre los políticos y en la sociedad, poco o no muy bien formada, aún quedan muchas personas a las que les cuesta comprender que no se pueden prometer cosas que afectan a la sensibilidad de las personas y que tras un tiempo más que prudencial, no se cumplen o lo hacen solo parcialmente; que para llevar a buen término las cosas, los medios empleados deben cumplir los mínimos requisitos de seguridad y eficiencia porque de lo contrario estamos destinados al ridículo y al más estrepitoso fracaso. 

Obrar al tuntún, sin reflexionar sobre las consecuencias de las decisiones tomadas y sus actos, tomar decisiones espontáneamente y sin consultar a los sectores implicados ni a la oposición y no analizar las capacidades de actuación y las posibilidades de éxito, es peor que jugar a la ruleta rusa con tres proyectiles en el tambor del cargador. Situaciones como estas, por desgracia, las hemos visto a mansalva en estos 37 días desde que se declaró el estado de alarma.

Lo malo de todas ellas es que quien paga realmente las consecuencias -al menos inicialmente- no es el gobierno, sino los ciudadanos que restan sobrecogidos y muy afectados por: la mala cabeza de aquél, su falta de previsión, demasiadas y perniciosas agendas ocultas, desviaciones, intereses espurios o mucha incapacidad para la gestión. Cosas y situaciones todas ellas, que debido a sus graves consecuencias, les conducen a una especie de represión vigilada en sus hogares, a cerrar sus medios de sustento ‘sine die’ o a perder parte de su libertad de información por el velado control y determinadas censuras varias sobre los que protestan; por el excesivo bombardeo por los medios oficiales o de aquellos otros estómagos bien agradecidos, palmeros y apesebrados, que son muchos -casi todos- los que intentan convencernos en las tertulias, redes o diarios y  que además por su alta actividad, suelen estar bien pagados. 

Desde el principio de pandemia y antes de que alcanzara tal categoría se nos ha mentido en casi todo, ocultado mucha información fehaciente, disimulado los datos en temas muy importantes como el número de fallecidos y contagios por parte de los incansables y prolíficos medios que nos han presentado la cara bonita o menos fea de esta terrible moneda, con cientos de detalles anecdóticos, milagrosas curaciones muy propias de los santos antes de ser canonizados, canciones alegres, dedicatorias, felicitaciones, aplausos en los balcones y sirenas de todos los tipo sonando al unísono como si todos quisiéramos fundirnos constantemente en una prolongada llantina de alegría o en un virtual abrazo porque en España estamos tan bien, mejor que los demás, y porque no ocurre nada malo. 

Pero la verdad es muy tozuda y, al mismo tiempo, se nos ha ocultado el lado amargo y humano de la historia; nuestros mayores muriendo a puñados, solos en sus casas o en residencias de ancianos, quienes a pesar de que el vicepresidente segundo, Iglesias Turrión el pasado 19 de marzo prometió tomar cartas en el asunto y una pronta solución, siguieron abandonadas a su suerte cual nichos de muerte por “culpa exclusiva” de las CCAA, porque nadie se preocupó desde hace años y mucho más desde el principio de esta maldita infección en darles el necesario apoyo sanitario -salvo por unos bravos soldados que acudieron a proporcionarles su apoyo con una buena desinfección- que todo centro de este tipo necesita para ofrecer la mínima asistencia y atención.

Otros pobres desgraciados, hacinados en las salas de espera y los pasillos hospitalarios rogando una cama -aunque sea caliente- y un respirador para no fallecer de un modo desgarrador y con tan solo un apretón de manos de una persona a la que no se ve el rostro ni el tipo por ir cubierta de trapos y plásticos para mal protegerse del bicho exterminador; quien a pesar de todo ello, seguirá incansable al pie del cañón si es que tiene suerte,  y a los pocos días no se ve también obligada a ocupar un sillón en la sala de urgencias del mismo hospital en espera de saber si tiene o no la dichosa infección. 

Las familias de los fallecidos, además de no haber podido acompañar a sus seres queridos en su momentos postreros, ni agradecerles lo mucho que hicieron y les dieron a ellos, tienen  que verse obligados a un calvario interminable para: cubrir el traslado de los restos, su depósito, identificación, incineración en la misma ciudad o en otra comunidad y la final recuperación de las cenizas o del cuerpo en un ataúd (sellado) para su entierro tal y como mandan los cánones de nuestra costumbre y religión. 

Pasan dicha larga y penosa situación sin saber nada de lo que ha ocurrido durante días o semanas con los restos del finado ni donde están; porque nadie se ha preocupado en centralizar por ciudades, regiones o un único registro de difuntos en España con información veraz de todos los casos y sus avatares. Para más ‘inri’, además de saberse y conocerse este generalizado hecho tan despiadado e inhumano, durante más de 37 días aún no se ha corregido ni solventado. 

Para colmo de todo este dolor, hemos sabido que muchas funerarias no solo se han visto desbordadas en su capacidad de atención e información, sino que rastreros y aprovechados avaros han subido los precios entre tanto movimiento y confusión. El Gobierno y el Ministerio de Consumo prometieron una pronta solución, aunque me temo que, como con otras muchas incumplidas promesas, no ha sido así por el momento y ya veremos, si algún día procede aceptar algún tipo de reclamación. 

Como guinda y colofón a este asunto tan triste y muy macabro, tenemos a un PSOE y un Gobierno que en su día dieron claras instrucciones para que no se rindieran actos ni gestos de luto hacia las víctimas por no sé qué escondidos propósitos, a fin de que no se pensara en ellas, como si no existieran o fueran simples números estadísticos a sabiendas que ellos reflejaban el pésimo  resultado de sus acciones y gestiones, lo que realmente y por lo abultado del asunto, no le beneficiaban en absoluto. 

Han tenido que ser las diferencias marcadas por algunas ciudades y regiones y que el socialista alcalde de Villareal haya denunciado tal impostura para que, superados con creces los 20.000 fallecidos “oficiales” y ante tamaña vergüenza, el presidente del Gobierno, comenzara y terminara su décimo mensaje-mitin de ‘Aló presidente’ a la nación del pasado fin de semana acordándose de ellos y, a modo de compensación, anunciara un gran acto en su honor “cuando todo esto pase”. Otro tema importante, que pasa al grupo de los asuntos archivados o demorados entre otras muchas cosas, como la asunción de sus responsabilidades; por lo que la mayor parte de sus actos y errores de verdadera y dura responsabilidad quedan allí aparcados para un momento futuro sin especificar, que solo Dios sabe si algún día llegará. Y a renglón seguido, sin pena ni gloria, nos dice y proclama que ellos -el Gobierno-, son muy autocríticos y que asumen todas sus responsabilidades. Increíblemente vergonzoso.       

En el asunto económico, se han prometido millones de ayudas, retrasos en pagos y muy pocas o ninguna condonación, pero pronto vimos que de dinero contante y sonante la mitad de la mitad, la mayoría consisten en avales, aplazamientos de cuotas y que las pocas que puedan ser efectivas no llegan a tiempo, son cosméticas y solo cubren una mínima parte de los que lo habían solicitado para poder salir airosos de esta ruinosa situación.

Veremos cómo acaba el tema de la renta mínima vital, por cuánto nos saldrá, si es solo temporal o supondrá un permanente sumidero de dinero que solo busca la subvención y la vida gratis para retener el granero de votos llenos de estómagos agradecidos, vagos o hasta delincuentes que jueguen al mismo tiempo a la subvención del Estado y a moverse en la economía sumergida para así evitar pagar ningún tipo de impuestos y hacer que las arcas del Estado recauden menos de lo esperado.

Los problemas y grandes espectáculos dados con el tema del abastecimiento, la compra, llegada y distribución del material sanitario y de protección, fundamentalmente para los más expuestos al contagio, los enfermos y finalmente para el resto del personal, han sido muchos, variados, escandalosos y absolutamente penosos; por lo que espero que algún día ocupen un lugar preferente en el más que obligatorio y necesario proceso de investigación judicial posterior a esta crisis porque, mucho me temo, que hay bastante de abandono de responsabilidad, actuación temeraria con riesgo de muerte y fundamentalmente, de reiteradas promesas por el ministro de Consumo, que aún a día de hoy, siguen sin cumplirse ya que, si alguien es capaz de encontrar una mascarilla en una farmacia, su existencia y venta es limitada, de una sola puesta y al precio de tres euros cuando antes de esta pandemia costaban unos cincuenta céntimos. Según anuncia el BOE a última hora de ayer domingo, en un plazo de 48 horas, una comisión fijará los precios máximos para tan necesario elemento. Ya veremos si es así y cómo se cumple.

El tema de la enseñanza con el curso inacabado, qué hacer con su evaluación, como será la vuelta a las aulas que ya antes de la crisis sufrían una gran masificación -que será aún mayor si el Gobierno acaba acogotando, como parece pretender, a la enseñanza concertada- y la salida de los niños menores de edad a las calles a tomar el aire y el sol tras un larguísimo e inexplicable encierro para aquellos millones de niños que no tienen jardín, tal y como el otro día se jactaba de tenerlo, en pleno hemiciclo, el vicepresidente del Gobierno Iglesias, aunque con la boca pequeña, aparentaba sentir que no fuera igual situación para todos.

Las muchas promesas incumplidas, las decenas de falsas esperanzas jamás logradas, errores de apreciación, acciones no tomadas y malas actuaciones de principio han podido ocasionar graves perjuicios o miles de pérdidas de vidas y que tan solo han quedado en la anécdota como si fueran fruto de pequeños errores y lo que es peor, no han levantado la protesta del sufrido pueblo ni de los familiares cercanos y más afectados tan nefastas acciones o decisiones. 

Los intentos de ocultar las gestiones, sobre todo las fallidas, por parte de un Gobierno que aprovecha la situación de estado de alarma para restringir -quizá por encima de lo que permite la propia Ley que lo regula- los derechos y libertades de los ciudadanos pretendiendo limitar, y hasta suprimir la libertad de movimientos, y ya veremos que sucede con la de prensa e información porque  hasta se ha llegado a anunciar clara o veladamente la posible restricción de la libertad de expresión, los mensajes de los ciudadanos y de los partidos políticos amparándose en que la mayoría de ellos critican las acciones del Gobierno, lo hacen por medio de bulos, que alientan el ataque al mismo sin causa ni motivo y fomentan el odio. Situaciones estas muy graves al filo de la partidaria ‘judialización de la política’, que deben ser cuidadosamente estudiadas por una cuanto menos ‘especial’ Fiscalía General del Estado, dado que de alguna mala actuación o alegría gubernamental resulte una denuncia y escandalo mayor ante los más altos tribunales nacionales e internacionales. 

Los pactos de gobierno previos a la aparición de la crisis con separatistas y filoterroristas han supuesto un lastre increíble al principio, durante y para la salida de la crisis sanitaria; serán un gran obstáculo para encontrar una solución a la crisis social ya en marcha y, por supuesto, supondrán un casi insalvable impedimento para llevar a buen puerto ese asidero al que se coge el Gobierno y que bautizó como los nuevos Pactos de la Moncloa y ahora se redefinen para la Reconstrucción. Tratar de llevar a aquellos partidos que no acatan la Constitución y que solo piensan en España para encontrar la forma más productiva para salirse de ella, en busca de un consenso nacional o la firma de un cheque en blanco por todas las fuerzas políticas tal y como pretende el Gobierno, es imposible con ellos; pero también lo será para que se sumen al apoyo de forma sumisa lo que se entiende por la oposición. 

Oposición que arrastra y, de nuevo, se vuelve a intensificar una tremenda división en tres partidos que poco o nada tienen que ver, con el acostumbrado feo y poco sincero papel de Cs en busca permanente de su espacio perdido, por lo que no duda en acercarse, con su escasa y mermada flota al calor y el cobijo de un puerto cercano e identificado con el poder aun a costa de separase e incluso criticar duramente a sus socios de bancada y de gobierno en las CCAA y grandes ciudades donde lo hacen en coalición. Con un Vox, que, a pesar de seguir siendo la tercera fuerza política en España, y que se define como de derechas, se dedica a dinamitar las políticas, planes y presupuestos del PP-Cs; así como a decantarse tanto hacia el extremo derecha, que en breve será imposible hacer nada junto a ellos sin correr el riesgo de ser identificados o tachados como de dicho extremo, con los problemas que ello acarrea tanto en España, como en Europa. 

Situaciones estas que le dan al PSOE mucha más ventaja a pesar de su mala previsión, pésima gestión y los grandes errores realizados en esta crisis por su poca preparación y escasos mimbres para afrontar la brutal crisis económica que ya llegó y se nos viene encima como una gran e imparable bola de nieve y que llegará a ser, según la mayoría de los estudiosos del tema, mucho más grave que todas las crisis económicas pasadas recientemente, al menos para España. 

En cualquier caso, si alguien piensa en que, pasado este torbellino y si la crisis económica nos da un respiro para poder protestar, nos lanzaremos al unísono a la calle para hacerlo; debemos tener presente, que las medidas de protección posteriores a la salida de la infección, basadas en la precaución para evitar los nuevos contagios, impedirán oficialmente cualquier protesta masiva en el modo y forma a los que estamos acostumbrados a protestar en el mundo civilizado (un derecho más que seguramente también quedará cercenado), lo que junto con el alargamiento en el tiempo o supresión oficial (por falta de oportunidad y tiempo) para la real investigación de los hechos y la asunción de responsabilidades o de dar las más que necesarias explicaciones -cosas que con este Gobierno de trileros jamás llegarán- y además, le darán alas para escaparse -tal y como lo viene haciendo- de responder seriamente a las situaciones peligrosas con resultado de muertes masivas a las que sus múltiples acciones u omisiones han sumido y sometido a la nación entera y a sus ciudadanos.

Sinceramente, creo que a este circo tal y como lo tienen montado, y a pesar de los ingentes y hasta a veces poco éticos esfuerzos de su equipo de propaganda, como está funcionando tan pesimamente mal, le acabarán creciendo los enanos, los elefantes perderán sus orejas, los payasos harán llorar y el jefe de pista a pesar de su estudiada e impostada voz y pleno de gestos embaucadores dejará de convencer a muchos más espectadores, sobre todo, cuando se acabe la teta de la UE o nos impongan duras condiciones porque, ella será la que finalmente, pague la cuenta de esta gran fiesta.         
 

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