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Opinión

Israel celebra las quintas elecciones en cuatro años

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Israel celebra esta primero de noviembre las quintas elecciones legislativas en cuatro años. Todo un récord difícil de imaginar en un país tan evolucionado y pragmático. La proliferación de partidos de todos los colores, algunos condicionados por la ortodoxia religiosa y otros incluso por representar a los dos millones de árabes – alrededor del veinte por ciento de la población – con nacionalidad israelí, que todavía ofrecen la imagen de un mundo aparte,  convierten a estos comicios sólo como el comienzo de un cambio político que tendrá que lograrse después en las arduas negociaciones que serán necesarias para conseguir una mayoría de 61 escaños de los 120 que integran  la Knesset, el Parlamento.

Entre tanta proliferación de partidos con la mayor pluralidad de ideologías que cabe imaginar, es difícil que las prospecciones hechas durante la campaña puedan ofrecer unas probabilidades de resultados dignas de merecer consideración. Quizás lo más elocuente es la disputa por el liderazgo entre el incombustible ultraderechista Benjamín Netanyahu, líder del partido Likud, que después de doce años como  primer ministro, no se resigna a la jubilación, y el actual jefe del Gobierno, Yair Lapid, roto enseguida  por su propio partido, y aspirante también a la reelección con argumentos de centro izquierda y con la promesa abierta en su mensaje de septiembre ante la ONU de abrirse a la creación de un Estado palestino el tema tabú para Netanyahu.

Compiten bastantes líderes más, por supuesto, cada uno con sus seguidores, y todos con la ambición de colocarse en alguna de las coaliciones que se intente formar y, si su aportación de escaños lo justifica, conseguir alguna cartera de ministerial que desempañaría con bastante independencia. La fragmentación política y la proliferación de planteamientos, paradójicamente a menudo similares pero distintos, las dificultades que se crean para formar una mayoría, suelen repetirse después en los debates parlamentarios y en las propias reuniones del Consejo de Ministros, donde los desacuerdos son frecuentes. No puede decirse que Israel no sea un país democrático: lo es sin ningún reparo qué hacer. Si acaso si se puede afirmar que se trata de una democracia complicada y casi me atrevería que en la práctica demasiado fragmentada.