Opinión

Líbano en llamas

Líbano en llamas

Tanto en sentido metafórico como real. Cuando a alguien todo parece salirle mal, los castizos decían que tenía un circo y le crecían los enanos y eso es precisamente lo que parece ocurrirle al Líbano, sumido en una crisis existencial donde acaban de saltar por los aires nada menos que 2.700 toneladas de nitrato amónico, un material altamente inflamable almacenado desde hace años en el puerto sin las mínimas condiciones de seguridad. Que eso haya ocurrido es otro síntoma de la ineficacia de un Estado que hace años que hace aguas por todos lados. El destrozo en muertos y heridos es enorme, buena parte de Beirut ha quedado destruida y unas 300.000 personas han perdido su hogar. La explosión fue tan fuerte que se oyó en Chipre, a 150 millas de distancia. 

Líbano es un invento de los franceses. Cuando acabó la Gran Guerra y el imperio Otomano desapareció, Francia y el Reino Unido se repartieron sus despojos en Oriente Medio con la famosa Línea Sykes-Picot que se dibujó en un mapa desde la E de Acre hasta la K de Kirkuk. El este con el petróleo para los británicos y el oeste para Francia, la Gran Siria de la que se desgajó Líbano para dar una patria a los cristianos maronitas. Creado en 1920, alcanzó la independencia en 1943, convirtiéndose en poco tiempo en un centro cultural (los libaneses hacen muy buen cine, por ejemplo), comercial y turístico de primer orden. La Corniche de Beirut era el lugar de solaz, descanso y disipación para todos los ricachones de Oriente Medio asfixiados bajo las estrictas leyes morales del Islam. Lo que pasa es que Damasco nunca aceptó esa independencia y fueron las injerencias sirias las que en buena medida explican la guerra civil que asoló el país entre 1975 y 1990 jugando con las lealtades religiosas de la población. Porque lo que inicialmente fue un país cristiano ha dejado a estos en minoría como consecuencia del crecimiento de las comunidades sunnita y chiíta, sin contar con los minoritarios montañeses drusos. Esa realidad confesional se ha impuesto en una Constitución que reparte los cargos en función de la religión: el presidente tiene que ser cristiano, el primer ministro es suní y el presidente del Parlamento es chií. La emigración palestina y la vecindad de Israel han dado luego pie al nacimiento del Partido de Dios, Hizbulá, de confesión chií, que es como un estado dentro de otro y que dispone de milicias más poderosas y mejor armadas (por Irán) que el mismo ejército regular libanés. 

Con estos ingredientes no es fácil adivinar que gobernar Líbano es una tarea poco menos que imposible que se vuelve todavía más complicada con la frecuente intromisión de potencias extranjeras como Israel (que todavía ocupa territorio libanés en las Granjas de Sheba, en una frontera vigilada por tropas de la ONU con importante participación española), Irán (que utiliza a Hizbulá como herramienta a su servicio en Siria y frente a Israel), Francia (antigua potencia colonial que se cree con derechos y deberes históricos que ya no tiene capacidad de materializar), Arabia Saudí (que pretende poner y quitar presidentes y cuya influencia económica es dominante), Estados Unidos (que con la reciente Cesar Act prohíbe comerciar con Siria), y la misma aunque muy debilitada Siria. Peor todavía porque, por si no fuera suficiente con todo lo anterior, Líbano no para de acoger refugiados. Primero los desplazados de Palestina por la creación del Estado de Israel (y luego expulsados de Beirut con Arafat a la cabeza tras la invasión de Sharon en 1982), y ahora un millón y medio de refugiados de la guerra siria, que son una carga enorme para un país que no llega a 7 millones de habitantes porque supone un refugiado por cada cuatro libaneses. 

Con estos mimbres no es de extrañar que la economía hiciera aguas y que el malestar creciente se materializara en manifestaciones cada vez más masivas y cada vez menos pacíficas desde el pasado año, con cambio de gobierno incluido. Son protestas muy comprensibles por el aumento del paro, la devaluación de la libra, el aumento de precios de los productos básicos, la “dolarización informal” de la economía, los constantes cortes de electricidad, el hundimiento de la clase media, la inflación, una deuda e terna que alcanza ya el 150% del PIB, las desigualdades crecientes (el 1% de la población tiene el 40% de la renta), los servicios públicos degradados, la corrupción rampante, las peleas políticas que dejan al país sin gobiernos resolutivos durante mucho tiempo, un presupuesto opaco, un sistema bancario en crisis... y podría seguir. Todo esto aboca al país a una crisis existencial porque es a la vez económica, social, institucional, financiera, confesional e identitaria. 

Pero no acaban ahí sus males porque sobre este terrorífico escenario se abate ahora la crisis del coronavirus que afecta al Líbano de tres maneras por lo menos: como emergencia sanitaria en un país con los hospitales desbordados, y como desastre económico agravado porque ha desaparecido el turismo, las remesas de los emigrantes en el extranjero se han reducido mucho y encima ha caído el comercio hacia Europa que era la ocupación predilecta de los descendientes de los fenicios y cartagineses que ya descollaban hace dos mil años por sus habilidades en este campo. La ruina es total y encima ahora estalla este depósito de nitrato amónico que en ningún lugar del mundo se hubiera almacenado durante seis años y sin garantías en un centro urbano, en otra prueba del desorden y del desgobierno imperantes. 

Beirut es -o ha sido- una de las ciudades más bellas y antiguas del Mediterráneo, que visitó y retrató Eça de Queiroz tras asistir a la inauguración del Canal de Suez. Hoy el país y sus gentes laboriosas merecen mejor suerte y eso exige cambiar de arriba abajo un sistema político desbordado y que ha quedado superado por la marcha de los tiempos. Más difícil será cambiar su otro gran problema que es una ubicación geográfica desafortunada en mitad de una convulsa región y con vecinos ambiciosos y de mayor tamaño. Personalmente he visitado Líbano en varias ocasiones, en los momentos duros de la guerra civil y en otros posteriores más amables, me entristece mucho lo que está pasando y pienso que quizás lo ahora ocurrido sea el impulso que necesita para emprender un proceso de modernización que me parece inevitable. Ojalá lo intenten y ojalá le dejen hacerlo los paises que hasta ahora no han dejado de incordiarle de una u otra forma. Inch-Allah! Sería el mejor regalo para celebrar con esperanza el centenario de su nacimiento el próximo 1 de septiembre.