Opinión

Patadas en nuestro trasero

Tribunal de Justicia de la UE

Me excuso por adelantado porque supongo que puede ser políticamente muy incorrecto decir que “éramos pocos y parió la abuela”, o que estamos en un circo al que “le crecen los enanos” porque no quiero ofender a nadie. Pero la realidad es que parece que los hados se conciertan para crear problemas en nuestras siempre complicadas relaciones con Marruecos.

Primero fue la disputa por la venida a España del presidente de la autodenominada República Árabe Saharaui Democrática y líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, enfermo de coronavirus y con la ingenuidad por nuestra parte de no avisar previamente a Rabat y de suponer luego que no se enteraría. En el fondo daba igual porque Rabat hubiera buscado otra excusa para presionarnos, como antes había hecho con Alemania, con objeto de que cambiáramos nuestra postura sobre el Sáhara Occidental aprovechando el paso dado por Trump (y no revertido por Biden) de reconocer su soberanía sobre ese territorio. Antes de mover ficha, Rabat debería ser consciente de lo que España puede y no puede hacer. Se evitaría pasos en falso y nos evitaría disgustos.

Para calmar a Mohamed VI Pedro Sánchez le ofreció en bandeja la cabeza de la ministra de Exteriores Arantxa González Laya, aunque no debemos engañarnos porque lo único que apaciguó de verdad al marroquí fue la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de Argelia y la imposibilidad de estar peleado al mismo tiempo con sus dos vecinos del norte y del este. Al final Argel no solo rompió relaciones diplomáticas con Rabat, sino que también cerró su espacio aéreo a los vuelos marroquíes, y para perjudicar a Marruecos amenaza con dejar de enviarnos gas a nosotros por el gasoducto Magreb-Europa. Argelia ha decidido subir el nivel de su enfrentamiento con Marruecos al tiempo que también choca con Francia, y al hacerlo muestra un nerviosismo probablemente debido a sus muchos problemas internos pues ya se sabe que estos se disimulan con el fantasma de un enemigo exterior.

Y ahora se abre un nuevo frente -que también nos perjudica teóricamente- con la decisión del Tribunal General Europeo de anular los Acuerdos de Pesca y de Comercio entre la UE y Marruecos porque abarcan productos del Sáhara Occidental sobre el que la comunidad internacional no reconoce la soberanía marroquí. Para no crear inseguridad jurídica, el Tribunal da un plazo de dos meses antes de hacer efectiva esta sentencia que tiene una fuerte carga política y constituye una indudable victoria del Frente Polisario. Contra ella cabe recurso ante el Tribunal de Justicia de la UE que ya se ha manifestado anteriormente al respecto cuando, tras anular en 2015 un acuerdo comercial firmado en 2012, rectificó en 2016 para permitir su aplicación, pero dejando claro que Marruecos no podía exportar como propios productos de origen saharaui. Dada la importancia de las relaciones comerciales entre la UE y Marruecos (35.000 millones de euros con un superávit de 5000 para Europa) es previsible que el Consejo recurra y que cuando el recurso se admita a trámite, el propio TJUE suspenda cautelarmente la aplicación de esta sentencia hasta que dicte un pronunciamiento definitivo... que podría tardar el par de años que les queda de vigencia a ambos acuerdos.

En teoría, más en teoría que en la práctica, la anulación del acuerdo pesquero por el que Rabat percibe 50 millones de euros anualmente se supone que afecta principalmente a España porque son españoles 93 de los 128 barcos autorizados a faenar en aguas marroquíes y del Sahara. 47 son andaluces (Barbate, Tarifa, Conil y Algeciras), 38 canarios y 7 gallegos. Pero la realidad es que en aguas del Sáhara solo faenan 22 barcos españoles dedicados a las modalidades de arrastre de fondo y artesanal sur que capturan pez sable, jurel, parco y voraz, pues no tenemos licencias para la pesca de cerco, palangre de fondo y de atuneros cañeros, que es a lo que se dedican barcos alemanes y bálticos en aguas saharianas. Y si vamos al acuerdo comercial de 2019 también anulado ahora, la realidad es que nuestro sector agrícola ha acogido la sentencia con indisimulada satisfacción encubierta pues no lo considera un buen acuerdo porque no le protege de la competencia marroquí en frutas y verduras que se cosechan con costes más bajos al mismo tiempo que las nuestras.

Nuestra relación con Marruecos es muy importante porque cubre asuntos muy sensibles como la cooperación antiterrorista, la inmigración ilegal, comercio, inversiones, el contrabando de drogas, los desacuerdos sobre Ceuta y Melilla y el Sáhara, la Operación Paso del Estrecho, la delimitación de aguas tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo... y otros muchos asuntos delicados que exigen ánimo templado y que aconsejan evitar estos sobresaltos, aunque no nos sean siempre achacarles a nosotros. Porque la realidad incuestionable es que a los dos países nos interesa aparcar las diferencias, trabajar en lo que nos une y mirar juntos al futuro porque lo compartiremos, nos guste o no nos guste. Y por eso mismo, más vale que nos guste.

Jorge Dezcallar, embajador de España