Opinión

Preparativos de guerra en el mar de China

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La conmemoración de la revolución china de 1911, que acabara con el derrocamiento del emperador, el entonces niño Pu Yi, último de la dinastía de la monarquía imperial, se celebra tanto en Pekín como en Taipei. A ambos lados del Estrecho de Formosa se reconoce el papel del doctor Sun Yat-sen, el efímero primer presidente de la nueva república, como el común padre de la patria china postimperial. 

Para Xi Jinping, el actual sucesor en el tiempo de Sun Yat-sen, es tiempo de acelerar la reunificación de China y someter a la “isla rebelde” a la soberanía única de Pekín. Así lo ha manifestado Xi Jinping ante todos los demás dirigentes en el Palacio de la Asamblea del Pueblo, esta vez tutelados por un gran retrato de Sun Yat-sen. Xi ha prometido la “reunificación” como un acontecimiento ineludible, o sea por las buenas o por las malas. Obviamente ha instado a que el proceso sea pacífico, pero no ha tenido empacho alguno en dejar la puerta abierta a que, si la isla de 23 millones de habitantes se resistiere, se le obligue por la fuerza de las armas. 

La gran pompa con la que Xi Jinping ha enmarcado su mensaje ha venido precedida por una creciente intimidación tanto a los habitantes de la isla como a su principal protector y garante, Estados Unidos. Con la progresividad habitual con que actúan los chinos, la aviación de Pekín realizó 380 incursiones aéreas en el espacio de Taiwan a lo largo de 2020. Desde el 1 de enero de este año ya van más de 600, incluyendo el masivo despliegue simultáneo del pasado día 4 de octubre en que 36 cazas, 12 bombarderos equipados con armamento nuclear y otras 8 aeronaves de apoyo entraron descaradamente en la zona de identificación aérea de Taiwan. El jueves, 7 de octubre, fueron otros 38 aviones, y el viernes, 39 aeronaves, según las cifras aportadas por el propio Ministerio de Defensa taiwanés. 

Como era lógico, el Gobierno de Taipei ha protestado lo más enérgicamente que ha podido. Su ministro portavoz, Chiu Chui-cheng denuncia las incursiones aéreas como “un grave quebrantamiento del statu quo” de la situación en el estrecho, para exigir seguidamente a Pekin “el cese inmediato de sus acciones provocadoras, no pacíficas e irresponsables”, para terminar con la promesa a los taiwaneses y el aviso a la China de Xi Jinping de que “Taiwan no cederá jamás ante tales amenazas”.

Quemando etapas hacia un choque inevitable

Es evidente que Pekín ha subido notablemente la presión y que su actual presidente pisa el acelerador para resolver lo que a su juicio será el pilar en el que se asiente su legado histórico: la reunificación del país. Y, en este caso, no parece probable que se juegue siquiera a un proceso, siquiera teórico, como el de la descolonización de Hong Kong, primero bajo el lema que acuñara Deng Xiao-ping de “un país, dos sistemas”, para luego ir acogotando a los que reclamaban su cumplimiento mediante leyes represivas de contundente e inmediata aplicación. O sea, que para Xi habrá que quemar etapas y proceder lo antes posible, y mediante los medios que sean precisos, para poner a Taiwan bajo la soberanía absoluta de Pekín. 

También es obvio que este desafío lo es, y casi en primer lugar, a Estados Unidos, todavía la primera superpotencia global, y a la que China aspira a sustituir, como ya ha sucedido en el liderazgo mundial hasta diecisiete veces a lo largo de los últimos tres milenios de la historia de la humanidad. 

De momento, Pekín conmina a Washington a que no se inmiscuya en un asunto que aquel considera interno y por lo tanto a ventilarse entre chinos exclusivamente. Advertencia que Estados Unidos tiene por fuerza que desoír, y a la que la Administración del presidente Joe Biden ha respondido no solo con protestas diplomáticas sino también con actuaciones preventivas. 
Respecto de las primeras, Washington muestra “su inquietud ante las provocaciones militares, actos desestabilizadores para la paz y la estabilidad de la región”, y exige a Pekín “el cese de sus “presiones militares, diplomáticas y económicas [en la región] y las medidas coercitivas contra Taiwan”, declaración que acompañaba con la reafirmación de su “inquebrantable compromiso de permanecer al lado de la isla”. 

Al mismo tiempo, el presidente Biden ha manifestado con gestos inequívocos su disposición a enfrentarse a una China, de la que piensa está mutando su presunto comportamiento suave en una agresividad sin disimulo. El abandono de Afganistán, la instauración del acuerdo a tres bandas con Australia y Reino Unido y el reforzamiento de las alianzas en todo el ámbito indo-pacífico muestran bien a las claras que está dispuesto al enfrentamiento. Algo a lo que no puede renunciar –y así ha sido históricamente- ninguna primera potencia global cuando otra emergente la ha desafiado para ocupar su lugar. 

La chispa que desencadene el choque puede producirse en cualquier lugar del planeta, habida cuenta de que ambos tienen bastante claros los perfiles y contornos de su influencia. Pero, de producirse finalmente, hay muchas posibilidades de que ocurra en y a causa de Taiwán.