Opinión

Prueba de fuego para Libia

kamala harris-macron

Con el correspondiente respaldo internacional acordado en la Conferencia de Paris, Libia debería celebrar el próximo 24 de diciembre las primeras elecciones presidenciales y legislativas libres, regulares, inclusivas y creíbles. Los comicios deberían así poner punto final, o al menos suponer más que una tregua temporal, a la polarización que sufre el país y que de hecho lo tiene dividido en dos partes, subdivididas a su vez en zonas donde impera aún la ley del más fuerte de los nuevos señores de la guerra.  

La vuelta de Libia a una cierta normalidad es primordial para desactivar uno de los focos de inestabilidad que sacuden al Mediterráneo. De ahí el empeño del presidente francés, Emmanuel Macron, en reunir en la capital francesa a todos los que están jugando sus distintas bazas en la zona. Acudieron todos, desde el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, a la canciller alemana, Angela Merkel, y su quizá sucesor como líder político de la UE, el italiano Mario Draghi, y el presidente egipcio, Abdel Fatah Al-Sissi, y por supuesto los libios Mohamed Al-Manfi, presidente del Consejo presidencial, y el primer ministro Adbel Hamid Dbeibah. Así hasta una treintena de países interesados en sacar a Libia del marasmo que sufre desde el derrocamiento y asesinato de Muammar El Gaddafi.  

En ese concierto de primeras voces faltaron no obstante dos de las más importantes e implicadas: las de los presidente ruso, Vladímir Putin, y turco, Recep Tayyip Erdogan, que enviaron al ministro de Exteriores, Serguei Lavrov y al viceministro Sedat Önal, respectivamente. 

Rusia y Turquía son actores principales en Libia. La primera apoya abierta e incluso descaradamente al mariscal Khalifa Haftar, hombre fuerte de la Cirenaica, y candidato insoslayable en las elecciones. Este cuenta con los servicios de la compañía rusa de servicios de seguridad y logísticos Wagner, cuyos mercenarios están copando los puestos más importantes del círculo presidencial en países como Malí o la República Centroafricana, mientras que Haftar dispondría de unos 300 agentes de Wagner a su exclusivo servicio. Por supuesto, el Kremlin, por boca del jefe de su diplomacia, Sergei Lavrov desmiente cualquier relación de dependencia con Wagner. Alineados con el apoyo de Rusia a Haftar están fundamentalmente los Emiratos Árabes Unidos y Egipto. 

A su vez Turquía mantiene su apoyo al gobierno de unidad de Trípoli a través de un contingente militar y cobertura oficiosa de una red de agentes, en su mayoría sirios ganados para la causa turca. En ese escenario de presuntos respaldos, espionaje y lealtades mutantes también se mueven agentes de Sudán y Chad, países muy afectados asimismo por todo lo que ocurra en Libia. Se supone que en tal escenario, la UE quiere y trabaja neutralmente por una solución duradera arbitrada por las propias fuerzas políticas libias.  

Peligroso cementerio de chatarra militar  

El país, convertido en un cementerio de material militar, incluido el nuclear de baja intensidad, ha sido presa del pillaje de esa chatarra bélica por parte de todo tipo de bandas, incluidas por supuesto las militantes del yihadismo más radical, convirtiéndose en consecuencia en base incontrolada de operaciones de ocupación progresiva de zonas del Sahel.  

La peligrosidad de esa deriva es la que ha llevado a Macron a tomar la iniciativa, saldada en principio con el respaldo de toda la comunidad internacional representada en París a las futuras elecciones como punto de partida hacia la estabilización. Para ello turcos y rusos en primer lugar deberían retirar a sus fuerzas militares y mercenarias, a las que unos y otros acusan de polarizar aún más a un país muy fragmentado.  

Aparte del insoslayable Haftar, habrá que ver qué otros candidatos concurren, y –cuestión primordial- si aceptan de antemano el resultado que salga de las urnas. No hacerlo arrojaría la fundada sospecha de que, en caso de perder, volverían a echarse al monte de las taifas dominadas por los señores de la guerra

Pese a sus desmentidos, otro candidato que debería ser insoslayable es Abdel Hamid Dbeibah, el actual primer ministro del gobierno de unidad nacional y de transición. Amaga también con concurrir a las elecciones Saadi al Islam Gaddafi, el hijo listo del linchado líder libio. Su presencia, y sobre todo el resultado que obtenga, dará la medida de la hipotética nostalgia de los libios por el régimen del dictador o de las ansias de pasar página en uno de los países del Mediterráneo con mayores potencialidades.