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Opinión

Salvini rompe la baraja ante la debacle electoral de su partido en las elecciones administrativas

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Era cuestión de tiempo, pero tenía que suceder, si bien aún no sabemos de qué manera concluirá. Matteo Salvini, líder de Lega y en cabeza de todos los sondeos de intención de voto desde septiembre de 2018, ha decidido plantarse ante la reforma del sistema tributario que pretende llevar a cabo el presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. En realidad, esta reforma del sistema fiscal, de la que aún se sabe muy poco, pero que constituye uno de los compromisos de Draghi para obtener los fondos de la Unión Europa, no es más que la excusa para que Salvini pueda salir del cada vez mayor atolladero en que se encuentra metido desde hace meses. Y ese atolladero tiene un nombre propio: la romana Meloni, lideresa de Hermanos de Italia y en este momento la persona que ha pasado a encabezar la intención de voto de cara a unas futuras elecciones generales, aunque aún sea por muy poco margen de diferencia respecto a la Lega de Salvini.

Salvini alcanzó su máximo de popularidad en las elecciones europeas de mayo de 2019: más del 34% de los italianos decidieron darle su voto. En realidad, todo ello venía a confirmar lo que estaba sucediendo desde hacía casi un año antes: que su agresiva política de puertos cerrados a la inmigración irregular (iniciada en junio de 2018, cuando se convirtió en viceprimer ministro y titular de Interior) le otorgó una amplia popularidad entre una población que llevaba desde 2013 viendo cada año llegar a suelo italiano entre 150.000 y 200.000 inmigrantes que luego no eran repartidos entre los países miembros de la Unión Europa. Salvini, entonces, decidió enfrentarse con las autoridades comunitarias y decidió que ni un solo barco más atracara en su país, lo que granjeó un 70% de popularidad. Todo ello, añadido a la muy evidente ineptitud de los dirigentes del Movimiento Cinco Estrellas para gobernar (Toninelli y el Ponte Morandi, Bonafede y la excarcelación masiva de mafiosos con gravísimos delitos de sangre, Di Maio y su incapacidad para cumplir con lo prometido en la controvertida “renta de ciudadanía”), llevó a que Salvini, en las diferentes elecciones al gobierno de la región (Cerdeña, Abruzzos, Basilicata, etc.) fuera de victoria en victoria, aplastando a sus compañeros de coalición.

Fue precisamente esa realidad la que le llevó a hacer caer, en la primera semana de agosto de 2019, el Gobierno del que formaba parte con vistas a que el presidente Mattarella no tuviera más remedio que convocar elecciones anticipadas ante el hecho de que en principio no había mayoría alternativa. Pero la respuesta de Matteo Renzi, ex primer ministro y defenestrado secretario general del Partido Democrático (PD), mostrando su disposición a pactar con la formación que más le había denigrado (que no era otra que Cinco Estrellas), acabó con un nuevo Gobierno (el segundo de la legislatura) que pasó del “giallo-verde” (Cinco Estrellas-Lega) al “giallo-rosso” (Cinco Estrellas-PD), y que duraría desde septiembre de 2019 hasta febrero de 2021.sergio-mattarella-italia

A pesar de ello, la popularidad de Salvini apenas se resintió. Además de ganar en octubre de 2019 una nueva región (Umbria) y de estar a punto de dar la campanada en Emilia-Romagna (enero de 2020), seguía siendo con diferencia el político más popular del país, y el líder indiscutible de la formación de centroderecha.

Pero ya en la segunda mitad del año 2020 todo comenzó a torcerse para Salvini. El “lockdown” impuesto por la epidemia del coronavirus le impedía hacer la política populista en la que tan bien se desenvuelve él: el contacto directo con los votantes, el ir de “paesino” en “paesino” para dar rienda suelta a su populismo e igualmente a su célebre ultranacionalismo. Sin embargo, las elecciones a los gobiernos de siete regiones dejaron claro que Salvini había entrado en una dinámica diferente: ganó el Valle de Aosta, Liguria, Veneto y Las Marcas, pero perdió contra el centroizquierda en Toscana, Campania y Puglia. Aún así, podía estar medianamente tranquilo, porque Cinco Estrellas no hacía más que seguir con la descomposición iniciada casi desde el inicio de la legislatura y el PD, a su vez, seguía sin mejorar las cifras que habían llevado a Matteo Renzi a dejar la Secretaría General del partido y marcharse formando su propio partido (Italia Viva).

Y es que el problema para Salvini no estaba realmente en la coalición de centroizquierda (donde Renzi iba ya directo a romper con esta y a hacer caer el Gobierno de coalición, como así finalmente hizo en la primera semana de febrero de 2021), sino en su propia coalición, porque, de manera completamente inesperada, la romana Meloni comenzaba a pisarle los talones y de qué manera. A pesar de que la formación de ésta (Hermanos de Italia) ha sido durante años un pequeño partido, y de que Salvini triplica en la actualidad a Meloni en número de parlamentarios, la realidad es que ésta le ha ido comiendo terreno hasta convertirse en su principal rival dentro de la coalición de centroderecha. De la misma generación (Salvini nació en 1973 y Meloni en 1977), ambos llevan al frente de sus respectivos partidos el mismo tiempo (ocho años, desde 2013), y son, ciertamente, los políticos con más futuro en este momento. 

Los dos, además, tienen en común ser los únicos que llevan demandando desde hace año elecciones anticipadas ante la evidencia de que la población quiere, y así lo manifiesta sondeo tras sondeo, una coalición de centroderecha que una de centroizquierda al frente de la Presidencia del Consejo de Ministros. Pero ambos comenzaron a seguir caminos distintos con motivo de la “fiducia” (confianza) al Gobierno Draghi: mientras Salvini votaba a favor, Meloni se abstenía. Lo que ha dado “manos libres” a Meloni para presentarse como la única que no hace seguidismo del actual Gobierno, y a presentar mociones de confianza cuando lo considere necesario.

Pero, más allá de esta diferencia, y de que Meloni se encuentra mucho más apoyada por las instituciones comunitarias (los conservadores la escogieron hace un año líder de su grupo en el Parlamento Europeo, como manera de debilitar a Salvini y fortalecer a la política romana, que nunca ha renegado de la construcción europea, a diferencia de Salvini), el gran problema para el líder de la Lega es que el Gobierno Draghi le ha dejado sin discurso. draghi-italia

Salvini había cimentado su popularidad en la guerra contra la inmigración irregular y en el antieuropeísmo (cuestiones ambas íntimamente entrelazadas), y ahora, con un Gobierno donde su cabeza visible (Mario Draghi) está logrando una remontada histórica para la economía italiana (todas las previsiones indican que en un solo año va a recuperar casi todo el PIB perdido en el año 2020), y que le ha llevado a recibir un 60% de apoyo entre la población, algo sencillamente impensable en un gobierno presidido y dirigido por independientes, Salvini comienza a pasar a un claro segundo plano, a estar fuera de foco.

La inmigración irregular ha dejado de ser un problema: ya no llegan ni 50.000 personas en todo el año. La Unión Europea, a su vez, no hace más que regar con dinero las economías europeas, y, muy en particular, la italiana y la española. Y el resto de los partidos importantes (¡incluido el Movimiento Cinco Estrellas!) apoyan sin fisuras a un Draghi que está dejando cada vez más empequeñecida la figura de Salvini, hasta entonces rutilante estrella del panorama político nacional.

Consecuencia de todo ello es que Salvini no sólo no ha logrado que un candidato suyo se lleve en estas elecciones alguna de las ciudades más importantes del país (Sala, del PD, barrió en la capital de Lombardía; Gualteri, también del PD, tiene casi todas las papeletas para ganar en la segunda vuelta o “ballottaggio” en Roma; y Manfredi, como Sala, también ganó abultadamente en Nápoles), sino que, además, en muchas localidades la formación de Meloni ha sido más votada que la de Salvini, algo sencillamente impensable hace un año.

Ante esta realidad, Salvini sabe algo tiene que hacer: y, de momento, está retando en toda regla al primer ministro Draghi. Porque, de quedarse quieto, y ante la cada vez mayor quimera que supone que Draghi sea el siguiente presidente de la República, Salvini tiene por delante un año y medio en que ha de revertir la situación si quiere volver a ser el líder indiscutible del centroderecha y el hombre con más posibilidades de convertirse en el nuevo primer ministro tras las elecciones a celebrar, previsiblemente, en febrero-marzo de 2023. ¿Y por dónde empezar? Claro está: por romper la baraja en relación a la “maggioranza” y a cuenta de la reforma tributaria, a pesar de que realmente ni sabe en qué está llevando la contraria al actual primer ministro. Y es que es mucho lo que hay en juego.

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor del Centro Universitario ESERP y autor del libro Historia de la Italia republicana, 1946-2021 (Madrid, Sílex Ediciones, 2021).